sábado, 29 de mayo de 2021

Julio Cortázar - Manual de instrucciones (Selección) (1962)

Manual de instrucciones
(Selección)

por Julio Cortázar






INSTRUCCIONES PARA LLORAR

Dejando de lado los motivos, atengámonos a la manera correcta de llorar, entendiendo por esto un llanto que no ingrese en el escándalo, ni que insulte a la sonrisa con su paralela y torpe semejanza. El llanto medio u ordinario consiste en una contracción general del rostro y un sonido espasmódico acompañado de lágrimas y mocos, estos últimos al final, pues el llanto se acaba en el momento en que uno se suena enérgicamente.

Para llorar, dirija la imaginación hacia usted mismo, y si esto le resulta imposible por haber contraído el hábito de creer en el mundo exterior, piense en un pato cubierto de hormigas o en esos golfos del estrecho de Magallanes en los que no entra nadie, nunca.

Llegado el llanto, se tapará con decoro el rostro usando ambas manos con la palma hacia dentro. Los niños llorarán con la manga del saco contra la cara, y de preferencia en un rincón del cuarto. Duración media del llanto, tres minutos.



INSTRUCCIONES PARA SUBIR UNA ESCALERA

Nadie habrá dejado de observar que con frecuencia el suelo se pliega de manera tal que una parte sube en ángulo recto con el plano del suelo, y luego la parte siguiente se coloca paralela a este plano, para dar paso a una nueva perpendicular, conducta que se repite en espiral o en línea quebrada hasta alturas sumamente variables. Agachándose y poniendo la mano izquierda en una de las partes verticales, y la derecha en la horizontal correspondiente, se está en posesión momentánea de un peldaño o escalón. Cada uno de estos peldaños, formados como se ve por dos elementos, se sitúa un tanto más arriba y adelante que el anterior, principio que da sentido a la escalera, ya que cualquier otra combinación producirá formas quizá más bellas o pintorescas, pero incapaces de trasladar de una planta baja a un primer piso.

Las escaleras se suben de frente, pues hacia atrás o de costado resultan particularmente incómodas. La actitud natural consiste en mantenerse de pie, los brazos colgando sin esfuerzo, la cabeza erguida aunque no tanto que los ojos dejen de ver los peldaños inmediatamente superiores al que se pisa, y respirando lenta y regularmente. Para subir una escalera se comienza por levantar esa parte del cuerpo situada a la derecha abajo, envuelta casi siempre en cuero o gamuza, y que salvo excepciones cabe exactamente en el escalón. Puesta en el primer peldaño dicha parte, que para abreviar llamaremos pie, se recoge la parte equivalente de la izquierda (también llamada pie, pero que no ha de confundirse con el pie antes citado), y llevándola a la altura del pie, se le hace seguir hasta colocarla en el segundo peldaño, con lo cual en éste descansará el pie, y en el primero descansará el pie. (Los primeros peldaños son siempre los más difíciles, hasta adquirir la coordinación necesaria. La coincidencia de nombre entre el pie y el pie hace difícil la explicación. Cuídese especialmente de no levantar al mismo tiempo el pie y el pie).

Llegado en esta forma al segundo peldaño, basta repetir alternadamente los movimientos hasta encontrarse con el final de la escalera. Se sale de ella fácilmente, con un ligero golpe de talón que la fija en su sitio, del que no se moverá hasta el momento del descenso.



PREÁMBULO A LAS INSTRUCCIONES PARA DAR CUERDA AL RELOJ

Piensa en esto: cuando te regalan un reloj te regalan un pequeño infierno florido, una cadena de rosas, un calabozo de aire. No te dan solamente el reloj, que los cumplas muy felices y esperamos que te dure porque es de buena marca, suizo con áncora de rubíes; no te regalan solamente ese menudo picapedrero que te atarás a la muñeca y pasearás contigo. Te regalan —no lo saben, lo terrible es que no lo saben—, te regalan un nuevo pedazo frágil y precario de ti mismo, algo que es tuyo pero no es tu cuerpo, que hay que atar a tu cuerpo con su correa como un bracito desesperado colgándose de tu muñeca. Te regalan la necesidad de darle cuerda todos los días, la obligación de darle cuerda para que siga siendo un reloj; te regalan la obsesión de atender a la hora exacta en las vitrinas de las joyerías, en el anuncio por la radio, en el servicio telefónico. Te regalan el miedo de perderlo, de que te lo roben, de que se te caiga al suelo y se rompa. Te regalan su marca, y la seguridad de que es una marca mejor que las otras, te regalan la tendencia a comparar tu reloj con los demás relojes. No te regalan un reloj, tú eres el regalado, a ti te ofrecen para el cumpleaños del reloj.



INSTRUCCIONES PARA DAR CUERDA AL RELOJ

Allá en el fondo está la muerte, pero no tenga miedo. Sujete el reloj con una mano, tome con dos dedos la llave de la cuerda, remóntela suavemente. Ahora se abre otro plazo, los árboles despliegan sus hojas, las barcas corren regatas, el tiempo como un abanico se va llenando de sí mismo y de él brotan el aire, las brisas de la tierra, la sombra de una mujer, el perfume del pan.

¿Qué más quiere, qué más quiere? Átelo pronto a su muñeca, déjelo latir en libertad, imítelo anhelante. El miedo herrumbra las áncoras, cada cosa que pudo alcanzarse y fue olvidada va corroyendo las venas del reloj, gangrenando la fría sangre de sus pequeños rubíes. Y allá en el fondo está la muerte si no corremos y llegamos antes y comprendemos que ya no importa.

jueves, 27 de mayo de 2021

Anónimo - El hombre que soñó (Las mil y una noches)

El hombre que soñó
(Las mil y una noches)
(Anónimo)


Vivió cierta vez en Bagdad un hombre rico, que perdió todo su caudal y quedó tan desposeído que solo trabajando duramente podía ganarse la vida. Una noche se acostó a dormir, abatido y pesaroso, y vio en sueños a un personaje que le decía:

—En verdad, tu fortuna está en El Cairo. Ve allá y búscala.

Y el hombre se puso en camino del Cairo. Pero a su arribo lo sorprendió la noche y se acostó a dormir en una mezquita. Más tarde, por designio de Alá Todopoderoso, entró en la mezquita una banda de malhechores, que a través de ella penetraron en la casa vecina. Mas los propietarios, perturbados por el ruido de los ladrones, despertaron y dieron la alarma. Y en seguida acudió en su ayuda, con sus hombres, el jefe de policía.

Huyeron los ladrones, pero el Wali entró en la mezquita y encontrando allí dormido al hombre de Bagdad, lo prendió y le hizo dar tantos azotes con varas de palma, que casi lo dejaron por muerto. Arrojáronlo después a la cárcel, donde estuvo tres días. Cumplidos los cuales, el jefe de policía mandó buscarlo y le preguntó:

—¿De dónde eres?

Y él respondió:

—De Bagdad.

Dijo el Wali:

—¿Qué te trae al Cairo?

Respondió el de Bagdad:

—En un sueño vi a Uno que me decía: «Tu fortuna está en El Cairo. Ve a buscarla». Mas cuando llegué al Cairo, descubrí que la fortuna que me prometía eran los varazos que tan generosamente me habéis dado.

El Wali se rio hasta dejar a la vista sus muelas del juicio.

—Hombre de poco ingenio —dijo—, tres veces he visto yo en un sueño a alguien que me decía: «Hay en Bagdad una casa, en tal barrio y de tal aspecto, y tiene un jardín en cuyo extremo hay una fuente, y bajo ella una gran suma de dinero sepultada. Ve y tómala». Pero yo no fui; en cambio tú, por tu poca cabeza, has viajado de un lado a otro, dando crédito a un sueño que no era más que ocioso engaño de la fantasía.

Y le dio dinero, diciéndole:

—Con esto, regresa a tu país.

Y el hombre tomó el dinero y emprendió el regreso. Pero la casa que el Wali le había descrito era la propia casa que el hombre tenía en Bagdad. Y cuando estuvo en ella, el peregrino cavó bajo la fuente de su jardín y descubrió un gran tesoro. Y así, por gracia de Alá, ganó una maravillosa fortuna.

martes, 25 de mayo de 2021

Eduardo García - No se trata de un juego (1998)

No se trata de un juego
por Eduardo García





No se trata de un juego. Estoy perdido
en anónimas calles
de una ciudad desconocida. Voy
buscando a un hombre que huye tras mis pasos,
su voz, su gesto grave, su silueta
confundiéndose, lejos, entre la multitud.

Sé que lo acosaré con la mirada,
sé que se ocultará a mis tristes ojos,
que dejará un reguero de piezas inconexas,
una casa en el campo, la sombra de una encina,
la risa de su madre al despertarle
un domingo, las chicas, confidencias
al calor de la hoguera, el corazón
como el pájaro herido que vacila:
sonrisas que ya no, gestos de viento
disipándose al tacto como estrellas fugaces.

Alzo la mano. Estoy
a punto de tocarle tan despacio,
tan cortina de niebla estremecida,
tan infinitamente cerca, aquí,
debajo de mi voz, en el espacio
que media entre la espada y la pared.

Al descubrir su cara lo comprendo.
Yo soy mi cazador, yo soy la presa;
yo soy quien me sonríe en la penumbra.
Nos separa un papel y sin embargo
no podré cruzar nunca ese desierto. 

viernes, 21 de mayo de 2021

Paul Lafargue - Las consecuencias de la sobreproducción (1880)

Las consecuencias de la sobreproducción
por Paul Lafargue





Un poeta griego de la época de Cicerón, Antipatros, celebraba así la invención del molino de agua (para la molienda del grano), que iba a emancipar a las mujeres esclavas y a recuperar la edad de oro:

«¡Ahorren la fuerza del brazo que hace girar la piedra del molino, oh molineras, y duerman apaciblemente! ¡Qué el gallo les advierta en vano que ya es de día! Dao impuso a las ninfas el trabajo de las esclavas y miren cómo saltan alegremente en el camino y cómo el eje del carro rueda con sus rayos, haciendo girar la pesada piedra rodante. ¡Vivamos la vida de nuestros padres y, ociosos, regocijémonos de los dones que la diosa otorga!»

Lamentablemente el ocio que el poeta pagano anunciaba no llegó; la pasión ciega, perversa y homicida del trabajo transforma la máquina liberadora en un instrumento de servidumbre de los hombres libres: su productividad los empobrece.

Una buena obrera hace con el huso sólo cinco mallas por minuto; algunos telares circulares hacen treinta mil en el mismo tiempo. Cada minuto a máquina equivale entonces a cien horas de trabajo de la obrera; o bien cada minuto de trabajo de la máquina da a la obrera diez días de descanso. Lo que es cierto para la industria del tejido es más o menos cierto para todas las industrias renovadas por la mecánica moderna. ¿Pero qué vemos nosotros? A medida que la máquina se perfecciona y quita el trabajo del hombre con una rapidez y una precisión constantemente crecientes, el obrero, en vez de prolongar su descanso en la misma proporción, redobla su actividad, como si quisiera rivalizar con la máquina. ¡Qué competencia absurda y mortal!

Para que la competencia del hombre y de la máquina se acelerara, los proletarios abolieron las sabias leyes que limitaban el trabajo de los artesanos de las antiguas corporaciones; suprimieron los días feriados. Puesto que los productores de entonces trabajaban sólo cinco días sobre siete, ¿creen pues, tal como dicen los economistas mentirosos, que no vivían más que del aire y del agua fresca? ¡Vamos! Tenían tiempo libre para disfrutar de las alegrías de la tierra, para hacer el amor y divertirse; para hacer banquetes jubilosamente en honor del alegre dios de la Holgazanería. La melancólica Inglaterra, hoy sumida en el protestantismo, se llamaba entonces la «alegre Inglaterra» (Merry England). Rabelais, Quevedo, Cervantes y los autores desconocidos de novelas picarescas, hacen que se nos haga agua la boca con sus pinturas de esas monumentales francachelas, con las que se regalaban entonces entre dos batallas y entre dos devastaciones, y en las cuales «se tiraba la casa por la ventana». Jordaens y la escuela flamenca las han plasmado en sus divertidas pinturas. Sublimes estómagos gargantuescos, ¿en qué se han convertido? Sublimes cerebros que abarcaban todo el pensamiento humano, ¿en qué se han convertido? Ahora estamos muy disminuidos y muy degenerados. La carne en mal estado, la papa, el vino adulterado y el aguardiente prusiano sabiamente combinados con el trabajo forzado debilitaron nuestros cuerpos y redujeron nuestros espíritus. ¿Y es precisamente cuando el hombre ha achicado su estómago y la máquina ha agrandado su productividad, que los economistas nos predican la teoría malthusiana, la religión de la abstinencia y el dogma del trabajo? Habría que arrancarles la lengua y arrojársela a los perros.

Puesto que la clase obrera, con su buena fe simplista, se dejó adoctrinar; puesto que, con su impetuosidad natural, se precipitó ciegamente en el trabajo y la abstinencia, la clase capitalista se vio condenada a la pereza y al disfrute forzados, a la improductividad y al sobreconsumo. Pero si el sobretrabajo del obrero martiriza su carne y atormenta sus nervios, también es fecundo en dolores para la burguesía.

La abstinencia a la que se condena la clase productiva obliga a los burgueses a dedicarse al sobreconsumo de los productos que ella produce en forma desordenada. Al comienzo de la producción capitalista, hace uno o dos siglos, el burgués era un hombre ordenado, de costumbres razonables y apacibles; se contentaba casi exclusivamente con su mujer; sólo bebía cuando tenía sed y comía cuando tenía hambre. Dejaba a los cortesanos y a las cortesanas las nobles virtudes de la vida libertina. Hoy en día, no hay hijo de cualquier advenedizo que no se crea obligado a desarrollar la prostitución y mercurializar su cuerpo para darle un objetivo al trabajo que se imponen los obreros de las minas de mercurio; no es un burgués que se precie el que no se atraque con capones trufados y con vinos exquisitos para alentar a los ganaderos de La Flèche y a los vinicultores de Bordelais. En este trabajo, el organismo se arruina rápidamente: se cae el pelo, los dientes se descarnan, el tronco se deforma, el vientre se hincha, la respiración se altera, los movimientos se hacen más pesados, las articulaciones se anquilosan, las falanges se traban. Otros, demasiado débiles para soportar las fatigas de la vida libertina, pero dotados de la joroba del proudhonismo, consumen sus sesos como los Garnier de la economía política y los Acollas de la filosofía jurídica, elucubrando gruesos libros soporíferos para ocupar el tiempo libre de los tipógrafos e impresores.

Las mujeres de mundo viven una vida de martirio. Para probar y hacer valer las telas maravillosas que las costureras se matan para fabricar, ellas se pasan el día y la noche cambiándose constantemente de vestido; durante horas, entregan su cabeza hueca a los artistas peluqueros que, a toda costa, quieren satisfacer su pasión por edificar postizos. Apretadas dentro de sus corsés, incómodas en sus zapatos, con escotes que hacen enrojecer hasta a un granadero, giran durante noches enteras en sus bailes de caridad a fin de recolectar algunas monedas de cobre para los pobres. ¡Santas almas!

Para cumplir su doble función social de no productor y de sobreconsumidor, el burgués debió no solamente violentar sus gustos modestos, perder sus hábitos laboriosos de hace dos siglos y entregarse al lujo desenfrenado, a las indigestiones trufadas y a libertinajes sifilíticos, sino también sustraer al trabajo productivo una masa enorme de hombres a fin de procurarse ayudantes.

He aquí algunas cifras que prueban cuán colosal es este desperdicio de fuerzas productivas:

«Según el censo de 1861, la población de Inglaterra y del país de Gales comprendía 20.066.224 personas, de las cuales 9.776.259 eran del sexo masculino y 10.289.965, del sexo femenino. Si se restan aquéllos que son demasiado viejos o demasiado jóvenes para trabajar, las mujeres, los adolescentes y los niños improductivos, más las profesiones ideológicas como el gobierno, la policía, el clero, la magistratura, el ejército, los eruditos, artistas, etc., luego las personas exclusivamente dedicadas a comer del trabajo de otros, bajo la forma de renta de la tierra, de intereses, de dividendos, etc., y finalmente, los pobres, los vagabundos, los criminales, etc., quedan aproximadamente ocho millones de individuos de los dos sexos y de todas las edades, incluyendo a los capitalistas ocupados en la producción, el comercio, las finanzas, etc. Entre estos ocho millones, se cuentan:

Trabajadores agrícolas (incluyendo pastores, criados y criadas que habitan en el establecimiento agrícola) 1.098.261;

Obreros de las fábricas de algodón, de lana, de lino, de cáñamo, de seda, de encajes y otros 642.607;

Obreros de las minas de carbón y de metal 565.835;

Obreros empleados en las fábricas metalúrgicas (altos hornos, laminados, etc.) y en las manufacturas de metal de todo tipo 396.998;

Clase doméstica 1.208.648

Si sumamos los trabajadores de las fábricas textiles y los de las minas de carbón y de metales, obtenemos la cifra de 1.208.442; si sumamos los primeros y el personal de todas las fábricas y de todas las manufacturas metalúrgicas, tenemos un total de 1.039.605; es decir, en ambos casos un número más pequeño que el de los esclavos domésticos modernos. He aquí el magnífico resultado de la explotación capitalista de las máquinas».

A toda esta clase doméstica, cuya extensión indica el grado alcanzado por la civilización capitalista, debe agregarse la numerosa clase de los infelices dedicados exclusivamente a la satisfacción de los gustos dispendiosos y fútiles de las clases ricas: talladores de diamantes, encajeras, bordadoras, encuadernadores de lujo, costureras de lujo, decoradores de mansiones de placer, etc.

Una vez acurrucada en la pereza absoluta y desmoralizada por el goce forzado, la burguesía, a pesar del mal que le acarreó, se adaptó a su nuevo estilo de vida. Considera con horror todo cambio. La visión de las miserables condiciones de existencia aceptadas con resignación por la clase obrera y de la degradación orgánica engendrada por la pasión depravada por el trabajo aumentaban también su repulsión por toda imposición de trabajo y por toda restricción del goce.

Es precisamente entonces que, sin tener en cuenta la desmoralización que la burguesía se había impuesto como un deber social, a los proletarios se les puso en la cabeza infligir el trabajo a los capitalistas. Los ingenuos tomaron en serio las teorías de los economistas y de los moralistas sobre el trabajo y se empeñaron en imponer la práctica a los capitalistas. El proletariado enarboló la consigna «el que no trabaja, no come»; Lyon, en 1831, se rebeló por 'trabajo o plomo'; las guardias nacionales de marzo de 1871 declararon a su levantamiento la Revolución del Trabajo.

A este arrebato de furor bárbaro, destructor de todo goce y de toda pereza burgueses, los capitalistas no podían responder más que con la represión feroz; pero sabían que, si habían podido reprimir esas explosiones revolucionarias, no habían ahogado en la sangre de sus masacres gigantescas la absurda idea del proletariado de querer imponer el trabajo a las clases ociosas y mantenidas, y es para evitar esta desgracia que se rodean de pretorianos, policías, magistrados y carceleros mantenidos en una improductividad laboriosa. Ya no se puede conservar la ilusión sobre el carácter de los ejércitos modernos. Ellos son mantenidos en forma permanente sólo para reprimir al «enemigo interno»; es así que los fuertes de París y de Lyon no fueron construidos para defender la ciudad contra el extranjero, sino para aplastar una revuelta. Y si fuera necesario un ejemplo irrefutable, podemos mencionar al ejército de Bélgica, ese paraíso del capitalismo; su neutralidad está garantizada por las potencias europeas, y sin embargo su ejército es uno de los más fuertes en proporción a la población. Los gloriosos campos de batalla del valiente ejército belga son las planicies de Borinage y de Charleroi; es en la sangre de los mineros y de los obreros desarmados que los oficiales belgas templan sus espadas y aumentan sus charreteras. Las naciones europeas no tienen ejércitos nacionales, sino ejércitos mercenarios, que protegen a los capitalistas contra la furia popular que quisiera condenarlos a diez horas de trabajo en las minas o en el hilado.

Entonces, al ajustarse el cinturón, la clase obrera desarrolló con exceso el vientre de la burguesía condenada al sobreconsumo.

Para ser aliviada de su penoso trabajo, la burguesía retiró de la clase obrera una masa de hombres muy superior a la que permanece dedicada a la producción útil, y la condenó a su vez a la improductividad y al sobreconsumo. Pero este rebaño de bocas inútiles, a pesar de su voracidad insaciable, no basta para consumir todas las mercancías que los obreros, embrutecidos por el dogma del trabajo, producen como maníacos, sin quererlas consumir y sin siquiera pensar si se encontrará gente para consumirlas.

Ante esta doble locura de los trabajadores —matarse de sobretrabajo y vegetar en la abstinencia—, el gran problema de la producción capitalista ya no es encontrar productores y duplicar sus fuerzas, sino descubrir consumidores, excitar sus apetitos y crearles necesidades artificiales. Puesto que los obreros europeos, tiritando de frío y de hambre, se niegan a vestir los tejidos que producen y a beber los vinos que elaboran, los pobres fabricantes, rápidos como galgos, deben correr a las antípodas para buscar a quien los vestirá y beberá: son las centenas y miles de millones que Europa exporta todos los años, a los cuatro rincones del mundo, a pueblos que no las necesitan. Pero los continentes explorados no son lo suficientemente vastos; se necesitan regiones vírgenes. Los fabricantes de Europa sueñan noche y día con el África, con el lago sahariano, con el ferrocarril de Sudán; siguen con ansiedad los progresos de los Livingstone, de los Stanley, de los Du Chaillu, de los de Brazza; escuchan las historias maravillosas de esos valientes viajeros con la boca abierta. ¡Cuántas maravillas desconocidas encierra el «continente negro»! Los campos están sembrados de dientes de elefante; ríos de aceite de coco arrastran pepitas de oro; millones de culos negros, desnudos como la cara de Dufaure o de Girardin, esperan las telas de algodón para aprender la decencia, las botellas de aguardiente y las biblias para conocer las virtudes de la civilización.

Pero todo es inútil: burgueses que comen en exceso, clase doméstica que supera a la clase productiva, naciones extranjeras y bárbaras que se sacian de mercancías europeas; nada, nada puede llegar a absorber las montañas de productos que se acumulan más altas y más enormes que las pirámides de Egipto: la productividad de los obreros europeos desafía todo consumo, todo despilfarro. Los fabricantes, enloquecidos, no saben ya qué hacer, ya no pueden encontrar la materia prima para satisfacer la pasión desordenada, depravada, de sus obreros por el trabajo. En nuestros departamentos laneros, se destejen los harapos sucios y a medio podrir para hacer paños llamados «de renacimiento», que duran lo que duran las promesas electorales; en Lyon, en vez de dejar a la fibra suave su sencillez y su flexibilidad natural, se la sobrecarga de sales minerales que, al agregarle peso, la vuelven desmenuzable y poco durable. Todos nuestros productos son adulterados para facilitar el flujo y reducir las existencias. Nuestra época será llamada la «edad de la falsificación», como las primeras épocas de la humanidad recibieron los nombres de edad de piedra, edad de bronce, etc., a partir del carácter de su producción. Los ignorantes acusan de fraude a nuestros piadosos industriales, mientras que en realidad el pensamiento que los anima es el de proporcionar trabajo a los obreros, que no pueden resignarse a vivir de brazos cruzados. Si bien esas falsificaciones —cuyo único móvil es un sentimiento humanitario, aunque brindan enormes beneficios a los fabricantes que las practican—, son desastrosas para la calidad de las mercancías y constituyen una fuente inagotable de despilfarro de trabajo humano, prueban el filantrópico ingenio de los burgueses y la horrible perversión de los obreros que, para saciar su vicio de trabajo, obligan a los industriales a ahogar los gritos de su conciencia e incluso violar las leyes de la honestidad comercial.

Y sin embargo, a pesar de la sobreproducción de mercancías, a pesar de las falsificaciones industriales, los obreros invaden el mercado de manera innumerable, implorando: ¡trabajo!, ¡trabajo! Su superabundancia debería obligarlos a refrenar su pasión; por el contrario, la lleva al paroxismo. En cuanto una oportunidad de trabajo se presenta, se arrojan sobre ella; entonces reclaman doce, catorce horas para lograr su saciedad, y la mañana los encontrará nuevamente arrojados a la calle, sin nada para alimentar su vicio. Todos los años, en todas las industrias, la desocupación vuelve con la regularidad de las estaciones. Al sobretrabajo mortal para el organismo le sucede el reposo absoluto, durante dos a cuatro meses; y sin trabajo, no hay comida. Puesto que el vicio del trabajo está diabólicamente arraigado en el corazón de los obreros; puesto que sus exigencias ahogan todos los otros instintos de la naturaleza; puesto que la cantidad de trabajo requerida por la sociedad está forzosamente limitada por el consumo y la abundancia de la materia prima, ¿por qué devorar en seis meses el trabajo de todo el año? ¿Por qué no distribuirlo uniformemente en los doce meses y obligar a todos los obreros a contentarse con seis o cinco horas por día durante todo el año, en vez de indigestarse con doce horas durante seis meses? Seguros de su parte cotidiana de trabajo, los obreros no se celarán más, no se golpearán más para arrancarse el trabajo de las manos y el pan de la boca; entonces, no agotados su cuerpo y su espíritu, comenzarán a practicar las virtudes de la pereza.

Atontados por su vicio, los obreros no han podido elevarse a la comprensión del hecho de que, para tener trabajo para todos, era necesario racionarlo como el agua en un barco a la deriva. Sin embargo, los industriales, en nombre de la explotación capitalista, desde hace tiempo demandaron una limitación legal de la jornada de trabajo. Ante la Comisión de 1860 para la enseñanza profesional, uno de los más grandes manufactureros de Alsacia, el señor Bourcart, de Guebwiller, declaraba:

«Que la jornada de doce horas era excesiva y debía ser reducida a once horas, que se debía suspender el trabajo a las dos del sábado. Aconsejo la adopción de esta medida aunque parezca onerosa a primera vista; la hemos experimentado en nuestros establecimientos industriales desde hace cuatro años y nos encontramos bien, y la producción media, lejos de haber disminuido, aumentó».

En su estudio sobre las máquinas, F. Passy cita la siguiente carta de un gran industrial belga, M. Ottavaere:

«Nuestras máquinas, aunque iguales a las de las hilanderías inglesas, no producen lo que deberían producir y lo que producirían estas mismas máquinas en Inglaterra, aunque las hilanderías trabajan dos horas menos por día. […] Nosotros trabajamos dos largas horas de más; tengo la convicción de que si no se trabajara más que once horas en vez de trece, tendríamos la misma producción y produciríamos en consecuencia más económicamente».

Por otro lado, el señor Leroy-Beaulieu afirma que «un gran manufacturero belga observa que las semanas en las que cae un día feriado no aportan una producción inferior a la de semanas comunes».

A lo que el pueblo, engañado en su simpleza por los moralistas, no se atrevió jamás, un gobierno aristocrático se atreve. Despreciando las altas consideraciones morales e industriales de los economistas, que, como los pájaros de mal agüero, creían que disminuir en una hora el trabajo en las fábricas era decretar la ruina de la industria inglesa, el gobierno de Inglaterra prohibió por medio de una ley, estrictamente observada, el trabajar más de diez horas por día; y como antes, Inglaterra siguió siendo la primera nación industrial del mundo.

Ahí está la gran experiencia inglesa, ahí está la experiencia de algunos capitalistas inteligentes, que demuestran irrefutablemente que, para potenciar la productividad humana, es necesario reducir las horas de trabajo y multiplicar los días de pago y los feriados; pero el pueblo francés no está convencido. Pero si una miserable reducción de dos horas aumentó en diez años cerca de un tercio la producción inglesa, ¿qué marcha vertiginosa imprimirá a la producción francesa una reducción legal de la jornada de trabajo a tres horas? Los obreros no pueden comprender que al fatigarse trabajando, agotan sus fuerzas y las de sus hijos; que, consumidos, llegan antes de tiempo a ser incapaces de todo trabajo; que absorbidos, embrutecidos por un solo vicio, no son más hombres, sino pedazos de hombres; que matan en ellos todas las facultades bellas para no dejar en pie, lujuriosa, más que la locura furibunda del trabajo.

Como los loros de la Arcadia, repiten la lección de los economistas: «Trabajemos, trabajemos para incrementar la riqueza nacional». ¡Idiotas! Es porque ustedes trabajan demasiado que la maquinaria industrial se desarrolla lentamente. Dejen de rebuznar y escuchen a un economista; no es un águila, no es más que el señor L. Reybaud, que hemos tenido la alegría de perder hace algunos meses:

«La revolución en los métodos de trabajo se determina, en general, a partir de las condiciones de la mano de obra. En tanto que la mano de obra brinde sus servicios a bajo precio, se la prodiga; cuando sus servicios se vuelven más costosos, se busca ahorrarla».

Para obligar a los capitalistas a perfeccionar sus máquinas de madera y de hierro, es necesario elevar los salarios y disminuir las horas de trabajo de las máquinas de carne y hueso. ¿Las pruebas que apoyan esto? Se las puede proporcionar por centenares. En la hilandería, el telar intermitente (self acting mule) fue inventado y aplicado en Manchester porque los hilanderos se rehusaron a seguir trabajando tanto tiempo como hasta entonces.

En Estados Unidos, la máquina se extiende a todas las ramas de la producción agrícola, desde la fabricación de manteca hasta la trilla del trigo: ¿por qué? Porque el estadounidense, libre y perezoso, preferiría morir mil veces antes que vivir la vida bovina del campesino francés. La actividad agrícola, tan penosa en nuestra gloriosa Francia, tan rica en cansancio, en el oeste americano es un agradable pasatiempo al aire libre que se hace sentado, fumando negligentemente la pipa.

miércoles, 19 de mayo de 2021

Claudio Bertoni - A una desconocida en el underground de Londres (1973)

A una desconocida en el underground de Londres
por Claudio Bertoni




No te has vestido aún
andas en salto de
cama escobillando tu
pelo frente al espejo
humea un cigarrillo
en tu velador y la
brisa mueve
gentilmente las
cortinas de gasa en
tu pieza el calor de
tus sábanas las
plumas de tu almohada
el sueño de tus ojos
el lánguido despertar
doloroso es no haber
andado a pies pelados
en el choapino junio
a tu cama es no haber
tomado cerveza
contigo en cama es no
haber embocado mis
calzoncillos desde la
cama en el respaldo
de la silla es no
haberte levantado con
zapatillas de taco
terraplén con
penachito bermellón
en el empeine es no
haber amanecido juntos
encima de mi frazada
como 2 panes con
mantequilla el Sábado
a las 3 de la tarde
La Historia de los
Beatles en la BBC 2
tú y yo en pijamas
todavía desesperados
fumando como chimeneas
tú restregándote las
manos como una posesa
y yo sentado al borde
de la cama tomándome
la cabeza
cinematográficamente
a 2 manos
genuinamente
desesperado abriendo
las ventanas en un
arranque de angustia
y respirando como si
nuestra pieza fuera
una pecera
ahogados de amor no
correspondido
inundados de amor
sexual frustrado
sofocados de amor y
de la falta de ese
amor condenados a
vagar eternamente en
nuestro departamento
y a dejarnos
hipnotizar por el
dorado resplandor de
los veladores y el
plateado resplandor
de las zapatillas de
levantarse y el aire
como humo de incienso
espeso y rojo índigo
azafrán mezclado a
otras sedas soles
ponientes rojos y
amarillos venidos de
China y las pinturas
pop Hare Krishna
inglesas.

Pierdo pie y pierdo
aire y juego
demasiado con mi
barba y dejo que los
ruidos ambientales
capturen mi atención
y dejo demasiado
fácilmente que me
influya un poeta y
dejo demasiado
fácilmente de pensar
en ti y te soy infiel
y no recuerdo
precisamente tu cara
se me confunde con la
de una vendedora del
supermercado y olvido
que no debo dejar de
ser triste bajo
ningún capítulo ni
concesiones al mundo
ni perdón nos decía
Bretón con la
terrible decisión en
la mano hurgo en la
húmeda lengua que nos
lleva como a
envoltorios de
caramelo adheridos a
un felpudo de
mermelada en las
terrazas del
subterráneo miro
hacia donde poniente
y roja el aire salado
te arrulla de manteca
las sienes ¡Cómo nos
hemos podido perder!
¿En qué estábamos y
dónde para no darnos
cuenta que sin darnos
cuenta una mano nos
trajo hasta aquí yo y
tú en distintos
departamentos
tú llorando y sobria
en la cima de tu
ropero y yo
escribiendo versos
gratuitos en un
colegio judío de niñas
abandonado!

Una cosa es cierta y
clara y queda
esculpida en rayos
láser o piedra laja en
la cumbre del cerro
Santa Lucía
yo y tú estábamos y
estamos y nunca
estuvimos en contacto
y no tenemos principio
ni fin ni este poema
como el poema que
escribí para la muerte
de José Manuel Uribe
tiene fin o epitafio
pero constante vida
hasta que la última
gota de sangre haya
dejado de acalorar las
venas del último de
los animales de este
planeta
y nosotros estamos
aquí respirando y
manteniendo nuestro
amor a pesar de la
forma incierta de mis 
versos y de los
chismes y habladurías
respecto de amores
perecederos y
embadurnados de
transacciones.

Yo no te quiero para
nada que no sea
probar lo que no
puedo estar seguro de
haber probado porque
por ti me tiene
obnubilado el amor
y el corazón de todo
está en que tú estás
en cada nuez en cada
plátano en cada maní
en cada fruta en cada
cajón que abro estás
tú tendida en tu
ropero despierta o
dormida con esa
imborrable certeza en
los rasgos y en cada
pliegue del vestido
lacio que te cubre
le clara y
acabadamente lo que
oscura y a medias he
intentado decir en
cada línea de este
poema
el juego de luces y
sombras y la fatal
postura de tu cuerpo
pueden condenarme si
quieren a remar
eternamente encadenado
a esta máquina de
escribir como a una
galera porque ya he
terminado cien veces
y un tilín tilín del
resplandor
hollywoodense de tus
ojos me ha hecho
seguir sentado
doliéndome los
riñones y
transpirando.
Ésta es nuestra
libreta de
matrimonio y espérame
en la cima de tu
ropero yo iré casa
por casa y ropero por
ropero y no te hagas
mala sangre pensando
en lo que nos
demoraremos en hacer
realidad nuestro
sueño pero piensa
exclusivamente en el 
momento que nos
veamos de nuevo las
caras y el cuerpo
ese pensamiento
estoy seguro te
mantendrá joven hasta
que te encuentre como
las dunas del
desierto cada vez que
lo pienses un
vientecito las dejará
tersas como no existe
mejilla alguna sin
arruga ninguna.

lunes, 17 de mayo de 2021

Charles Bukowski - Los charlatanes

Los charlatanes
por Charles Bukowski




el muchacho me cruza el alma con
pies enfangados
habla de recitales, virtuosos, directores de orquesta,
las novelas menos conocidas de Dostoievski;
habla de cómo corrigió a una camarera,
una moza que no tenía idea de que la vinagreta
se compone de tal y cual;
parlotea sobre el Arte hasta que me hace
aborrecer el Arte,
y no hay nada más cabal
que regresar a un bar o al
hipódromo y verlos correr,
ver pasar las cosas sin tanto
clamoreo y cháchara,
charla, charla, charla,
la boquita que no para, los ojos venga a parpadear,
un muchacho, un crío, enfermo de tanto Arte,
aferrado a él como al delantal de una madre,
y me pregunto cuántas decenas de miles
como él hay en toda la tierra
en noches de lluvia
en mañanas soleadas
en tardes que deberían ser de paz
en auditorios
en cafés
en recitales de poesía venga
hablar, ensuciar, discutir.

es como cuando un cerdo se acuesta
con una buena mujer
y tú dejas
de desearla.

sábado, 15 de mayo de 2021

Lawrence Durrell - Las cerezas (1936)

Las cerezas
por  Lawrence Durrell




YO vivía en la habitación más pequeña, arriba del todo, justo al final de las escaleras. En la puerta había una manzana blanca que yo tenía que coger y hacer girar con la mano antes de poder meterme dentro. En las paredes había racimos de cerezas: del techo al suelo. En verano me daban sed. Una vez intenté coger algunas del dibujo para comérmelas, pero aquello no salió muy bien. El yeso y la cal tenían un sabor muy ácido. Después, claro, me reí al pensar en mi tontería; pero me escocía mucho la lengua. Aquello duró mucho tiempo: pero, claro, estuve allí mucho tiempo.

Me acuerdo de las calles: muy largas y llenas de piedras que encajaban unas con otras en una superficie lisa. Parecían agua negra. Las farolas me mojaban al pasar con su agua amarilla. Aquello era de verdad. Tenía que cambiarme de ropa a menudo, y pasaba mucho frío. Mi pijama estaba seco, tenía una raya roja y otra azul. Me encantaba. A veces permanecía despierto frotándome el pecho contra él y haciendo presión con los brazos para intentar que me hiciera cosquillas. Me gustaba la raya roja mucho más que la azul, pero nunca lo saqué a la calle, por miedo a las farolas. ¡Oh! Era demasiado listo para salir y que se mojara.

Por la noche solía caminar muy lentamente, y notaba mi abrigo arrastrándose sobre mis hombros. A veces aquello me parecía también gracioso, y reía con fuerza; pero nunca fui capaz de reírme del ruido que hacían mis pies en las calles. Eran sobrios y mortecinos, y, según avanzaban y avanzaban, asestaban a las piedras golpes sonoros como bofetadas. El ruido me traía a la memoria cosas solemnes. No se puede reír con fuerza en una iglesia, ¿verdad? Así que solía mirarlos, viéndolos avanzar y avanzar por debajo de mí, como si en realidad no me pertenecieran. Era tan silencioso como un ratoncillo.

Había muchísima gente en la casa en la que vivía, y todos tenían llave. Ella me dio una llave también a mí, y yo disfrutaba metiéndola en la cerradura. La puerta era preciosa. Tenía un letrero con cifras: así: 33. A veces sabía que era simplemente treinta y tres, pero otras me parecía que era un signo, no un número. Una vez, por la noche, lo miré fijamente hasta que me pareció un rostro. Lo escribí en la pared de mi habitación, pero ella vino por la mañana y se enfadó mucho. Tenía una voz herrumbrosa. Me dejó preocupado. Dijo que no debía lamer el papel pintado, aunque tuviera sed. Me dio miedo. Parecía furiosa. Yo intentaba no encontrarme con ella en el rellano, donde la ventana de cristal hacía que la cara se le viera verde.

Salía, la mayoría de las veces para ir a una casita con luces y mesas; siempre de noche. Allí era feliz. Tenía muchísimas cosas ricas de comer. Mis manos se sosegaban tocando cosas, o agitándose entre sí.

Fue aquí donde la vi por primera vez.

Estaba sentada con el hombre llamado Boris, cuya voz era un mecanismo de relojería, como su rostro. No reía, jamás. Al verla empecé a temblar, y sentí frío en la parte interior de los muslos. Ella sonrió y desvió la mirada. Estaba sentada con el hombre llamado Boris. Desvió la mirada.

Entonces fui a su mesa, llevándole a ella unas flores de un jarrón, y ella se puso muy contenta, mirándome con los ojos muy abiertos. Pero el hombre llamado Boris me puso la mano en el brazo y habló con sus dedos. Yo dije:

—Si la música fuera el sustento del amor —muy alto, una y otra vez—: si la música fuera el sustento del amor.

Pero cuando ella volvió la cabeza mis manos se quedaron inquietas.

Me tomé la comida, pero estuve listo. Los vigilé. Cuando se levantaron yo también me levanté y los seguí. Caminé muy despacio detrás de ellos durante un rato. No tenía nada que darle a ella, así que me arranqué la uña y corrí hacia el hombre llamado Boris.

—Dásela —dije—. Hazle un regalo.

Sus ojos jugaron al escondite en su barba, lo cual me hizo gracia. Así que me reí, sólo un poco, mientras me chupaba la mano. Ella abrió la boca para dejarme ver los dientecillos que tenía dentro. Después de eso me alejé muy rápidamente.

Aquella noche vi el rostro de ella. Lo dibujé en la pared encima de la cama. Así: 33. Era muy bonito, y sentí un dolor en el costado. Me impidió seguir durmiendo, así que leí un libro que decía, en lo alto de la página:


Y haré de mi amor un cuchillo afilado,
para volverlo contra mí, para buscar en mi cuerpo
la vena que duele,
que me duele siempre con la sensación de ella.


Al día siguiente volví allí, entre las luces. Corrí velozmente, con el abrigo bailando a mi alrededor. Me sentía feliz. Mis zapatos eran amarillos y ruidosos.

Pero ella no estaba allí. Esperé y esperé, pero no apareció. El hombre llamado Boris no apareció. Temblaba cada vez que me acordaba de su boca abierta con los dientecillos dentro, y me dolía el costado izquierdo. Me dolía. Pero ella no apareció. Y de nuevo aquella noche no pude dormir. La vi en la pared.

Después de eso pasé muchos días esperando, pero ella no apareció. Seguía teniendo el dolor, abajo en el costado izquierdo, y seguía sin poder dormir mucho. A veces cantaba canciones durante la noche, como ido, pero el hombre del otro lado del rellano dijo que yo sonaba como un perro o algo así. No le hablé del dolor.

Dije, fingiendo:

—Debe de ser la ventana, que chirría —claro que sólo estaba fingiendo—. Es una bisagra —dije.

Creo que me creyó, porque se dio media vuelta y se fue.

¡Cuánto tiempo esperé! ¡Cuánto tiempo fue! Aquello siguió y siguió y siguió, no sé durante cuánto tiempo; pero yo la esperaba siempre. Ni ella ni el hombre llamado Boris aparecieron. La noche se convirtió en un tiempo muy largo. Una noche volví a leer el libro:


Y haré de mi amor un cuchillo afilado,
para volverlo contra mí, para buscar en mi cuerpo
la vena que duele,
que me duele siempre con la sensación de ella.


Claro que parecía muy solemne. Bebí mi llanto según salía de mis ojos. Luego me quité la ropa y me quedé de pie ante el espejo. Se me veía flaco, pero había parado de llorar. Puse la mano en el costado izquierdo, sobre el dolor, para así no errar el punto exacto. Podía ver las cerezas tras mi reflejo en el espejo. La navaja emitió un susurro, como si estuviera cortando seda. Luego me senté en la cama porque me sentía un poquito cansado. También me sentía un poco abierto en cierto modo. Pero aún podía verme en el espejo, con las cerezas tras mi reflejo. Tenía sed, pero sabía que no debía lamerlas.

Tuve mucho cuidado. Noté las manos un poco resbaladizas, pero no me importó. Todo parecía alejarse un poco de mí. Levanté la vista, pero no había venas; sólo tubos rojos rizados. Miré cuidadosamente.

Entonces entraron todos desde fuera, haciendo ruido, y se quedaron de pie en la puerta. Noté lo grandes que tenían los ojos. Daban gritos y agitaban las manos muy rápidamente. Empecé a tener mucho hipo.

Dije:

—No he lamido las cerezas otra vez. Por favor, no he lamido las cerezas…

No parecían entenderme, y tuve miedo, así que me tapé la cara con las manos. Hubo un ruido en el rellano, y todo pareció alejarse. Miré una vez por entre los dedos. Las cerezas seguían allí.