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lunes, 2 de enero de 2023

Jean Tardieu - Pequeños problemas y trabajos prácticos

Pequeños problemas y trabajos prácticos
por Jean Tardieu





Explique y comente


El espacio

- Dado un muro, ¿qué pasa detrás?
- ¿Cuál es el camino más largo entre dos puntos?
- Dados dos puntos, A y B situados a igual distancia el uno del otro, ¿cómo hacer para desplazar a B sin que A lo advierta?
- Cuando usted habla del Infinito, ¿hasta cuántos kilómetros puede hacer sin cansarse?
- Prolongue una línea recta al infinito ¿qué encontrará al final?



El tiempo

- Dados dos viajeros, uno nacido en 1913 y el otro en 1890, ¿cómo harán para encontrarse en 1944?
- Medir en décimos de segundo el tiempo que se necesita para pronunciar la palabra “eternidad”.



El espacio y el tiempo

- Fije en su mente, antes de dormirse, dos puntos cualesquiera del espacio y calcule el tiempo que se necesita, durmiendo, para ir del uno al otro.
- Un aviador de veinte años de edad da la vuelta a la tierra con tanta rapidez, que “gana” tres horas por día. ¿Al cabo de cuanto tiempo habrá vuelto a la edad de tres años?



Problemas de álgebra con dos incógnitas

- Dado que va a ocurrir no sé qué ni cuándo, ¿qué providencias toma usted?
- Una bola de billar remonta un plano inclinado. Haga una averiguación.



La astronomía

- Una estrella fugaz cae en su mirada. ¿Qué hace usted?



Pequeña cosmogonía práctica

- Construya un mundo coherente a partir de Nada, sabiendo que: Yo = Tú y que Todo es Posible. Haga un dibujo.



La lógica

- Cuando usted “supone resuelto un problema”, ¿por qué continúa, pues, la demostración? ¿No sería mejor que se fuera a dormir?
- Encuentre en qué estriba el vicio de construcción del siguiente silogismo:

          Mortal era Sócrates
          Ahora bien, yo soy parisiense
          Luego, todos los pájaros cantan


El lenguaje

- Tome una palabra corriente. Póngala bien visible sobre una mesa y descríbala de frente, de perfil y de tres cuartos.
- Repita una palabra tantas veces como sean necesarias para volatilizarla, y analice el residuo.
- Encuentre un solo verbo para significar el acto que consiste en beber un vaso de vino blanco con un compañero borgoñón, en el café de Los Dos Chinos, a las seis de la tarde, un día de lluvia, hablando de la no-significación del mundo, sabiendo que acaba usted de encontrarse con su antiguo profesor de química y mientras cerca de usted una muchacha le dice a su amiga: “¡Sabes cómo hice que le viera la cara a Dios!”.



Las metáforas

- Dada una vieja cajita de madera que quiero destruir o arrojar a la basura, ¿tengo el derecho de decir que la mato, que la espulgo, que la cocino, que la como, que la digiero, o bien que la borro, que la tacho, que la condeno, la encarcelo, la destierro, la destituyo, la vaporizo, la extingo, la desuello, la embalsamo, la fundo, la electrocuto, la deshincho, la barro? Responda a cada una de estas preguntas.



La arqueología

- Regrese con el pensamiento a los tiempos antiguos. La municipalidad de Atenas pone la piedra fundamental de las ruinas del Partenón. Describa la ceremonia.



La geografía

- ¿En dónde desembocaría el Sena si su fuente estuviera en los Pirineos?
- Aplaste el relieve de Suiza y calcule la superficie así obtenida.



La personalidad

- Observe con atención su mano izquierda y diga a quién pertenece.
- Suponga que usted no es usted: encuentre un reemplazante.



La moral

- Un muchacho ha robado un anillo valioso para regalárselo a su novia. Ahora bien, a la chica no le gusta el anillo. Lo rechaza. ¿Qué debe hacer el muchacho?



La psicología

- ¿Cómo se representa usted la falta de pescado? Dibújelo.
- ¿Cómo hace usted para sorprender a los personajes indeseables que se deslizan entre sus pensamientos? Enumere diversos procedimientos.
- A fin de remontarse en sus recuerdos, aplique una escalera contra la pared, pero no empiece a subir sin haberse provisto de una cuerda, uno de cuyos extremos será sólidamente fijado al piso y el otro enrollado alrededor de su puño izquierdo. Por no haber tomado esta precaución, muchas personas nunca han vuelto.



La sinceridad

- Dado que usted me presenta un tarjeterito afirmándome que está vacío, si al abrirlo bruscamente me encuentro con un cocodrilo de gran tamaño, ¿quién ha mentido: usted o yo? Adivine lo que quiero decir.



Tareas de poesía

- Un barco ebrio cuenta sus recuerdos de viaje. Este barco es usted. Dígalo en la primera persona del singular.
- Un fauno cree advertir, después del almuerzo, unas ninfas. Quiere perpetuarlas. Este fauno es usted. Dígalo en la primera persona del singular.
- Un hombre visita el cementerio de su aldea, a orillas del Mediterráneo. Ve unas velas en el mar y las toma por palomas que picotean sobre un techo. Desarrolle esta alucinación. El visitante es usted. Dígalo en la primera persona del singular.
- Usted es El Tenebroso. Se ha quedado viudo y necesita que lo consuelen. Por otra parte, es usted príncipe de Aquitania y acaban de destruir su torre. Considera melancólicamente su suerte. Pide que le restituyan el Pausílipo y, de ser posible, el mar de Italia con una flor y un parral, que le gustan mucho. Haga lo que hiciere, dígalo siempre en la primera persona del singular.



Hablemos de Metafísica

Preguntas:

- ¿Acaso el universo se le ofrece como un “peso”? ¿Un peso que usted lleva, que usted arrastra? O, por el contrario, ¿tiene usted la sensación de “flotar” sobre el mundo? Motive sus respuestas.
- ¿A qué hora y en qué circunstancias siente usted con claridad a su “yo”? ¿Tiene éste un olor? ¿Un sabor? ¿Un color? ¿Una forma? ¿Tiene un “rostro”? ¿Cuándo tiene usted la impresión de que se le escapa?
- ¿Le agradan los en-sí? ¿O prefiere los para-sí?
- Comúnmente suele decirse que “el tiempo es oro”. Haga el cálculo en dólares.
- ¿Cómo se representa usted al Ser? ¿Tiene plumas en los cabellos?
- ¿Es la Nada más sensible el domingo que los otros días? ¿Desea usted pasar en ella sus vacaciones?
- ¿La Esencia está mezclada con los objetos en forma de polvo? ¿O como un líquido? ¿O bien cómo raíces muy sutiles inmersas en el centro de las cosas?

viernes, 21 de mayo de 2021

Paul Lafargue - Las consecuencias de la sobreproducción (1880)

Las consecuencias de la sobreproducción
por Paul Lafargue





Un poeta griego de la época de Cicerón, Antipatros, celebraba así la invención del molino de agua (para la molienda del grano), que iba a emancipar a las mujeres esclavas y a recuperar la edad de oro:

«¡Ahorren la fuerza del brazo que hace girar la piedra del molino, oh molineras, y duerman apaciblemente! ¡Qué el gallo les advierta en vano que ya es de día! Dao impuso a las ninfas el trabajo de las esclavas y miren cómo saltan alegremente en el camino y cómo el eje del carro rueda con sus rayos, haciendo girar la pesada piedra rodante. ¡Vivamos la vida de nuestros padres y, ociosos, regocijémonos de los dones que la diosa otorga!»

Lamentablemente el ocio que el poeta pagano anunciaba no llegó; la pasión ciega, perversa y homicida del trabajo transforma la máquina liberadora en un instrumento de servidumbre de los hombres libres: su productividad los empobrece.

Una buena obrera hace con el huso sólo cinco mallas por minuto; algunos telares circulares hacen treinta mil en el mismo tiempo. Cada minuto a máquina equivale entonces a cien horas de trabajo de la obrera; o bien cada minuto de trabajo de la máquina da a la obrera diez días de descanso. Lo que es cierto para la industria del tejido es más o menos cierto para todas las industrias renovadas por la mecánica moderna. ¿Pero qué vemos nosotros? A medida que la máquina se perfecciona y quita el trabajo del hombre con una rapidez y una precisión constantemente crecientes, el obrero, en vez de prolongar su descanso en la misma proporción, redobla su actividad, como si quisiera rivalizar con la máquina. ¡Qué competencia absurda y mortal!

Para que la competencia del hombre y de la máquina se acelerara, los proletarios abolieron las sabias leyes que limitaban el trabajo de los artesanos de las antiguas corporaciones; suprimieron los días feriados. Puesto que los productores de entonces trabajaban sólo cinco días sobre siete, ¿creen pues, tal como dicen los economistas mentirosos, que no vivían más que del aire y del agua fresca? ¡Vamos! Tenían tiempo libre para disfrutar de las alegrías de la tierra, para hacer el amor y divertirse; para hacer banquetes jubilosamente en honor del alegre dios de la Holgazanería. La melancólica Inglaterra, hoy sumida en el protestantismo, se llamaba entonces la «alegre Inglaterra» (Merry England). Rabelais, Quevedo, Cervantes y los autores desconocidos de novelas picarescas, hacen que se nos haga agua la boca con sus pinturas de esas monumentales francachelas, con las que se regalaban entonces entre dos batallas y entre dos devastaciones, y en las cuales «se tiraba la casa por la ventana». Jordaens y la escuela flamenca las han plasmado en sus divertidas pinturas. Sublimes estómagos gargantuescos, ¿en qué se han convertido? Sublimes cerebros que abarcaban todo el pensamiento humano, ¿en qué se han convertido? Ahora estamos muy disminuidos y muy degenerados. La carne en mal estado, la papa, el vino adulterado y el aguardiente prusiano sabiamente combinados con el trabajo forzado debilitaron nuestros cuerpos y redujeron nuestros espíritus. ¿Y es precisamente cuando el hombre ha achicado su estómago y la máquina ha agrandado su productividad, que los economistas nos predican la teoría malthusiana, la religión de la abstinencia y el dogma del trabajo? Habría que arrancarles la lengua y arrojársela a los perros.

Puesto que la clase obrera, con su buena fe simplista, se dejó adoctrinar; puesto que, con su impetuosidad natural, se precipitó ciegamente en el trabajo y la abstinencia, la clase capitalista se vio condenada a la pereza y al disfrute forzados, a la improductividad y al sobreconsumo. Pero si el sobretrabajo del obrero martiriza su carne y atormenta sus nervios, también es fecundo en dolores para la burguesía.

La abstinencia a la que se condena la clase productiva obliga a los burgueses a dedicarse al sobreconsumo de los productos que ella produce en forma desordenada. Al comienzo de la producción capitalista, hace uno o dos siglos, el burgués era un hombre ordenado, de costumbres razonables y apacibles; se contentaba casi exclusivamente con su mujer; sólo bebía cuando tenía sed y comía cuando tenía hambre. Dejaba a los cortesanos y a las cortesanas las nobles virtudes de la vida libertina. Hoy en día, no hay hijo de cualquier advenedizo que no se crea obligado a desarrollar la prostitución y mercurializar su cuerpo para darle un objetivo al trabajo que se imponen los obreros de las minas de mercurio; no es un burgués que se precie el que no se atraque con capones trufados y con vinos exquisitos para alentar a los ganaderos de La Flèche y a los vinicultores de Bordelais. En este trabajo, el organismo se arruina rápidamente: se cae el pelo, los dientes se descarnan, el tronco se deforma, el vientre se hincha, la respiración se altera, los movimientos se hacen más pesados, las articulaciones se anquilosan, las falanges se traban. Otros, demasiado débiles para soportar las fatigas de la vida libertina, pero dotados de la joroba del proudhonismo, consumen sus sesos como los Garnier de la economía política y los Acollas de la filosofía jurídica, elucubrando gruesos libros soporíferos para ocupar el tiempo libre de los tipógrafos e impresores.

Las mujeres de mundo viven una vida de martirio. Para probar y hacer valer las telas maravillosas que las costureras se matan para fabricar, ellas se pasan el día y la noche cambiándose constantemente de vestido; durante horas, entregan su cabeza hueca a los artistas peluqueros que, a toda costa, quieren satisfacer su pasión por edificar postizos. Apretadas dentro de sus corsés, incómodas en sus zapatos, con escotes que hacen enrojecer hasta a un granadero, giran durante noches enteras en sus bailes de caridad a fin de recolectar algunas monedas de cobre para los pobres. ¡Santas almas!

Para cumplir su doble función social de no productor y de sobreconsumidor, el burgués debió no solamente violentar sus gustos modestos, perder sus hábitos laboriosos de hace dos siglos y entregarse al lujo desenfrenado, a las indigestiones trufadas y a libertinajes sifilíticos, sino también sustraer al trabajo productivo una masa enorme de hombres a fin de procurarse ayudantes.

He aquí algunas cifras que prueban cuán colosal es este desperdicio de fuerzas productivas:

«Según el censo de 1861, la población de Inglaterra y del país de Gales comprendía 20.066.224 personas, de las cuales 9.776.259 eran del sexo masculino y 10.289.965, del sexo femenino. Si se restan aquéllos que son demasiado viejos o demasiado jóvenes para trabajar, las mujeres, los adolescentes y los niños improductivos, más las profesiones ideológicas como el gobierno, la policía, el clero, la magistratura, el ejército, los eruditos, artistas, etc., luego las personas exclusivamente dedicadas a comer del trabajo de otros, bajo la forma de renta de la tierra, de intereses, de dividendos, etc., y finalmente, los pobres, los vagabundos, los criminales, etc., quedan aproximadamente ocho millones de individuos de los dos sexos y de todas las edades, incluyendo a los capitalistas ocupados en la producción, el comercio, las finanzas, etc. Entre estos ocho millones, se cuentan:

Trabajadores agrícolas (incluyendo pastores, criados y criadas que habitan en el establecimiento agrícola) 1.098.261;

Obreros de las fábricas de algodón, de lana, de lino, de cáñamo, de seda, de encajes y otros 642.607;

Obreros de las minas de carbón y de metal 565.835;

Obreros empleados en las fábricas metalúrgicas (altos hornos, laminados, etc.) y en las manufacturas de metal de todo tipo 396.998;

Clase doméstica 1.208.648

Si sumamos los trabajadores de las fábricas textiles y los de las minas de carbón y de metales, obtenemos la cifra de 1.208.442; si sumamos los primeros y el personal de todas las fábricas y de todas las manufacturas metalúrgicas, tenemos un total de 1.039.605; es decir, en ambos casos un número más pequeño que el de los esclavos domésticos modernos. He aquí el magnífico resultado de la explotación capitalista de las máquinas».

A toda esta clase doméstica, cuya extensión indica el grado alcanzado por la civilización capitalista, debe agregarse la numerosa clase de los infelices dedicados exclusivamente a la satisfacción de los gustos dispendiosos y fútiles de las clases ricas: talladores de diamantes, encajeras, bordadoras, encuadernadores de lujo, costureras de lujo, decoradores de mansiones de placer, etc.

Una vez acurrucada en la pereza absoluta y desmoralizada por el goce forzado, la burguesía, a pesar del mal que le acarreó, se adaptó a su nuevo estilo de vida. Considera con horror todo cambio. La visión de las miserables condiciones de existencia aceptadas con resignación por la clase obrera y de la degradación orgánica engendrada por la pasión depravada por el trabajo aumentaban también su repulsión por toda imposición de trabajo y por toda restricción del goce.

Es precisamente entonces que, sin tener en cuenta la desmoralización que la burguesía se había impuesto como un deber social, a los proletarios se les puso en la cabeza infligir el trabajo a los capitalistas. Los ingenuos tomaron en serio las teorías de los economistas y de los moralistas sobre el trabajo y se empeñaron en imponer la práctica a los capitalistas. El proletariado enarboló la consigna «el que no trabaja, no come»; Lyon, en 1831, se rebeló por 'trabajo o plomo'; las guardias nacionales de marzo de 1871 declararon a su levantamiento la Revolución del Trabajo.

A este arrebato de furor bárbaro, destructor de todo goce y de toda pereza burgueses, los capitalistas no podían responder más que con la represión feroz; pero sabían que, si habían podido reprimir esas explosiones revolucionarias, no habían ahogado en la sangre de sus masacres gigantescas la absurda idea del proletariado de querer imponer el trabajo a las clases ociosas y mantenidas, y es para evitar esta desgracia que se rodean de pretorianos, policías, magistrados y carceleros mantenidos en una improductividad laboriosa. Ya no se puede conservar la ilusión sobre el carácter de los ejércitos modernos. Ellos son mantenidos en forma permanente sólo para reprimir al «enemigo interno»; es así que los fuertes de París y de Lyon no fueron construidos para defender la ciudad contra el extranjero, sino para aplastar una revuelta. Y si fuera necesario un ejemplo irrefutable, podemos mencionar al ejército de Bélgica, ese paraíso del capitalismo; su neutralidad está garantizada por las potencias europeas, y sin embargo su ejército es uno de los más fuertes en proporción a la población. Los gloriosos campos de batalla del valiente ejército belga son las planicies de Borinage y de Charleroi; es en la sangre de los mineros y de los obreros desarmados que los oficiales belgas templan sus espadas y aumentan sus charreteras. Las naciones europeas no tienen ejércitos nacionales, sino ejércitos mercenarios, que protegen a los capitalistas contra la furia popular que quisiera condenarlos a diez horas de trabajo en las minas o en el hilado.

Entonces, al ajustarse el cinturón, la clase obrera desarrolló con exceso el vientre de la burguesía condenada al sobreconsumo.

Para ser aliviada de su penoso trabajo, la burguesía retiró de la clase obrera una masa de hombres muy superior a la que permanece dedicada a la producción útil, y la condenó a su vez a la improductividad y al sobreconsumo. Pero este rebaño de bocas inútiles, a pesar de su voracidad insaciable, no basta para consumir todas las mercancías que los obreros, embrutecidos por el dogma del trabajo, producen como maníacos, sin quererlas consumir y sin siquiera pensar si se encontrará gente para consumirlas.

Ante esta doble locura de los trabajadores —matarse de sobretrabajo y vegetar en la abstinencia—, el gran problema de la producción capitalista ya no es encontrar productores y duplicar sus fuerzas, sino descubrir consumidores, excitar sus apetitos y crearles necesidades artificiales. Puesto que los obreros europeos, tiritando de frío y de hambre, se niegan a vestir los tejidos que producen y a beber los vinos que elaboran, los pobres fabricantes, rápidos como galgos, deben correr a las antípodas para buscar a quien los vestirá y beberá: son las centenas y miles de millones que Europa exporta todos los años, a los cuatro rincones del mundo, a pueblos que no las necesitan. Pero los continentes explorados no son lo suficientemente vastos; se necesitan regiones vírgenes. Los fabricantes de Europa sueñan noche y día con el África, con el lago sahariano, con el ferrocarril de Sudán; siguen con ansiedad los progresos de los Livingstone, de los Stanley, de los Du Chaillu, de los de Brazza; escuchan las historias maravillosas de esos valientes viajeros con la boca abierta. ¡Cuántas maravillas desconocidas encierra el «continente negro»! Los campos están sembrados de dientes de elefante; ríos de aceite de coco arrastran pepitas de oro; millones de culos negros, desnudos como la cara de Dufaure o de Girardin, esperan las telas de algodón para aprender la decencia, las botellas de aguardiente y las biblias para conocer las virtudes de la civilización.

Pero todo es inútil: burgueses que comen en exceso, clase doméstica que supera a la clase productiva, naciones extranjeras y bárbaras que se sacian de mercancías europeas; nada, nada puede llegar a absorber las montañas de productos que se acumulan más altas y más enormes que las pirámides de Egipto: la productividad de los obreros europeos desafía todo consumo, todo despilfarro. Los fabricantes, enloquecidos, no saben ya qué hacer, ya no pueden encontrar la materia prima para satisfacer la pasión desordenada, depravada, de sus obreros por el trabajo. En nuestros departamentos laneros, se destejen los harapos sucios y a medio podrir para hacer paños llamados «de renacimiento», que duran lo que duran las promesas electorales; en Lyon, en vez de dejar a la fibra suave su sencillez y su flexibilidad natural, se la sobrecarga de sales minerales que, al agregarle peso, la vuelven desmenuzable y poco durable. Todos nuestros productos son adulterados para facilitar el flujo y reducir las existencias. Nuestra época será llamada la «edad de la falsificación», como las primeras épocas de la humanidad recibieron los nombres de edad de piedra, edad de bronce, etc., a partir del carácter de su producción. Los ignorantes acusan de fraude a nuestros piadosos industriales, mientras que en realidad el pensamiento que los anima es el de proporcionar trabajo a los obreros, que no pueden resignarse a vivir de brazos cruzados. Si bien esas falsificaciones —cuyo único móvil es un sentimiento humanitario, aunque brindan enormes beneficios a los fabricantes que las practican—, son desastrosas para la calidad de las mercancías y constituyen una fuente inagotable de despilfarro de trabajo humano, prueban el filantrópico ingenio de los burgueses y la horrible perversión de los obreros que, para saciar su vicio de trabajo, obligan a los industriales a ahogar los gritos de su conciencia e incluso violar las leyes de la honestidad comercial.

Y sin embargo, a pesar de la sobreproducción de mercancías, a pesar de las falsificaciones industriales, los obreros invaden el mercado de manera innumerable, implorando: ¡trabajo!, ¡trabajo! Su superabundancia debería obligarlos a refrenar su pasión; por el contrario, la lleva al paroxismo. En cuanto una oportunidad de trabajo se presenta, se arrojan sobre ella; entonces reclaman doce, catorce horas para lograr su saciedad, y la mañana los encontrará nuevamente arrojados a la calle, sin nada para alimentar su vicio. Todos los años, en todas las industrias, la desocupación vuelve con la regularidad de las estaciones. Al sobretrabajo mortal para el organismo le sucede el reposo absoluto, durante dos a cuatro meses; y sin trabajo, no hay comida. Puesto que el vicio del trabajo está diabólicamente arraigado en el corazón de los obreros; puesto que sus exigencias ahogan todos los otros instintos de la naturaleza; puesto que la cantidad de trabajo requerida por la sociedad está forzosamente limitada por el consumo y la abundancia de la materia prima, ¿por qué devorar en seis meses el trabajo de todo el año? ¿Por qué no distribuirlo uniformemente en los doce meses y obligar a todos los obreros a contentarse con seis o cinco horas por día durante todo el año, en vez de indigestarse con doce horas durante seis meses? Seguros de su parte cotidiana de trabajo, los obreros no se celarán más, no se golpearán más para arrancarse el trabajo de las manos y el pan de la boca; entonces, no agotados su cuerpo y su espíritu, comenzarán a practicar las virtudes de la pereza.

Atontados por su vicio, los obreros no han podido elevarse a la comprensión del hecho de que, para tener trabajo para todos, era necesario racionarlo como el agua en un barco a la deriva. Sin embargo, los industriales, en nombre de la explotación capitalista, desde hace tiempo demandaron una limitación legal de la jornada de trabajo. Ante la Comisión de 1860 para la enseñanza profesional, uno de los más grandes manufactureros de Alsacia, el señor Bourcart, de Guebwiller, declaraba:

«Que la jornada de doce horas era excesiva y debía ser reducida a once horas, que se debía suspender el trabajo a las dos del sábado. Aconsejo la adopción de esta medida aunque parezca onerosa a primera vista; la hemos experimentado en nuestros establecimientos industriales desde hace cuatro años y nos encontramos bien, y la producción media, lejos de haber disminuido, aumentó».

En su estudio sobre las máquinas, F. Passy cita la siguiente carta de un gran industrial belga, M. Ottavaere:

«Nuestras máquinas, aunque iguales a las de las hilanderías inglesas, no producen lo que deberían producir y lo que producirían estas mismas máquinas en Inglaterra, aunque las hilanderías trabajan dos horas menos por día. […] Nosotros trabajamos dos largas horas de más; tengo la convicción de que si no se trabajara más que once horas en vez de trece, tendríamos la misma producción y produciríamos en consecuencia más económicamente».

Por otro lado, el señor Leroy-Beaulieu afirma que «un gran manufacturero belga observa que las semanas en las que cae un día feriado no aportan una producción inferior a la de semanas comunes».

A lo que el pueblo, engañado en su simpleza por los moralistas, no se atrevió jamás, un gobierno aristocrático se atreve. Despreciando las altas consideraciones morales e industriales de los economistas, que, como los pájaros de mal agüero, creían que disminuir en una hora el trabajo en las fábricas era decretar la ruina de la industria inglesa, el gobierno de Inglaterra prohibió por medio de una ley, estrictamente observada, el trabajar más de diez horas por día; y como antes, Inglaterra siguió siendo la primera nación industrial del mundo.

Ahí está la gran experiencia inglesa, ahí está la experiencia de algunos capitalistas inteligentes, que demuestran irrefutablemente que, para potenciar la productividad humana, es necesario reducir las horas de trabajo y multiplicar los días de pago y los feriados; pero el pueblo francés no está convencido. Pero si una miserable reducción de dos horas aumentó en diez años cerca de un tercio la producción inglesa, ¿qué marcha vertiginosa imprimirá a la producción francesa una reducción legal de la jornada de trabajo a tres horas? Los obreros no pueden comprender que al fatigarse trabajando, agotan sus fuerzas y las de sus hijos; que, consumidos, llegan antes de tiempo a ser incapaces de todo trabajo; que absorbidos, embrutecidos por un solo vicio, no son más hombres, sino pedazos de hombres; que matan en ellos todas las facultades bellas para no dejar en pie, lujuriosa, más que la locura furibunda del trabajo.

Como los loros de la Arcadia, repiten la lección de los economistas: «Trabajemos, trabajemos para incrementar la riqueza nacional». ¡Idiotas! Es porque ustedes trabajan demasiado que la maquinaria industrial se desarrolla lentamente. Dejen de rebuznar y escuchen a un economista; no es un águila, no es más que el señor L. Reybaud, que hemos tenido la alegría de perder hace algunos meses:

«La revolución en los métodos de trabajo se determina, en general, a partir de las condiciones de la mano de obra. En tanto que la mano de obra brinde sus servicios a bajo precio, se la prodiga; cuando sus servicios se vuelven más costosos, se busca ahorrarla».

Para obligar a los capitalistas a perfeccionar sus máquinas de madera y de hierro, es necesario elevar los salarios y disminuir las horas de trabajo de las máquinas de carne y hueso. ¿Las pruebas que apoyan esto? Se las puede proporcionar por centenares. En la hilandería, el telar intermitente (self acting mule) fue inventado y aplicado en Manchester porque los hilanderos se rehusaron a seguir trabajando tanto tiempo como hasta entonces.

En Estados Unidos, la máquina se extiende a todas las ramas de la producción agrícola, desde la fabricación de manteca hasta la trilla del trigo: ¿por qué? Porque el estadounidense, libre y perezoso, preferiría morir mil veces antes que vivir la vida bovina del campesino francés. La actividad agrícola, tan penosa en nuestra gloriosa Francia, tan rica en cansancio, en el oeste americano es un agradable pasatiempo al aire libre que se hace sentado, fumando negligentemente la pipa.

sábado, 1 de mayo de 2021

Paul Lafargue - Bendiciones del trabajo (1880)

Bendiciones del trabajo
(fragmento de El derecho a la pereza)
por Paul Lafargue





En 1770 apareció en Londres un escrito anónimo titulado «An Essay on Trade and Commerce», que provocó en la época un cierto alboroto. Su autor, gran filántropo, se indignaba por el hecho de que «a la plebe manufacturera de Inglaterra se le había metido en la cabeza la idea fija de que por ser ingleses, todos los individuos que la componen tienen, por derecho de nacimiento, el privilegio de ser más libres y más independientes que los obreros de cualquier otro país de Europa. Esta idea puede tener su utilidad para los soldados, dado que estimula su valor; pero cuanto menos estén imbuidos de ella los obreros de las manufacturas, mejor será para ellos mismos y para el estado. Los obreros no deberían jamás considerarse independientes de sus superiores. Es extremadamente peligroso estimular semejantes caprichos en un estado comercial como el nuestro, donde, quizás, siete octavos de la población tienen poca o ninguna propiedad. La cura no será completa en tanto que nuestros pobres de la industria no se resignen a trabajar seis días por la misma suma que ganan ahora en cuatro».

De esta manera, cerca de un siglo antes de Guizot, se predicaba abiertamente en Londres el trabajo como un freno a las nobles pasiones del hombre.

«Cuanto más trabajen mis pueblos, menos vicios habrá», escribía Napoleón desde Osterode el 5 de mayo de 1807. «Yo soy la autoridad […] y estaría dispuesto a ordenar que el domingo, luego de la hora de la misa, las tiendas se abrieran y los obreros volvieran a su trabajo».

Para extirpar la pereza y doblegar los sentimientos de arrogancia e independencia que ella engendra, el autor del Essay on Trade proponía encarcelar a los pobres en las casas de trabajo ideales (ideal workhouses) que se convertirían en «casas de terror donde se haría trabajar catorce horas por día, de tal manera que, restando el tiempo de la comida, quedarían doce horas de trabajo plenas y completas».

Doce horas de trabajo por día: he ahí el ideal de los filántropos y de los moralistas del siglo XVIII. ¡Cómo hemos sobrepasado ese non plus ultra! ¡Los talleres modernos se han convertido en casas ideales de corrección donde se encarcela a las masas obreras, donde se condena a trabajos forzados durante doce y catorce horas, no solamente a los hombres, sino también a las mujeres y a los niños! ¡Y pensar que los hijos de los héroes del Terror se dejaron degradar por la religión del trabajo al punto de aceptar después de 1848, como una conquista revolucionaria, la ley que limitaba a doce horas el trabajo en las fábricas! Proclamaban, como un principio revolucionario, el derecho al trabajo. ¡Vergüenza al proletariado francés! Sólo los esclavos hubiesen sido capaces de tal bajeza. Hubieran sido necesarios veinte años de civilización capitalista para que un griego de los tiempos heroicos concibiera tal envilecimiento.

Y si las penas del trabajo forzado, si las torturas del hambre se abatieron sobre el proletariado, en mayor cantidad que las langostas de la biblia, es porque ha sido él quien las ha llamado.

Este trabajo, que en junio de 1848 los obreros reclamaban con las armas en la mano, lo impusieron a sus familias; entregaron a sus mujeres y a sus hijos a los barones de la industria. Con sus propias manos, demolieron su hogar; con sus propias manos, secaron la leche de sus mujeres; las infelices, embarazadas y amamantando a sus bebés, debieron ir a las minas y a las manufacturas a estirar su espinazo y fatigar sus músculos; con sus propias manos, quebrantaron la vida y el vigor de sus hijos. ¡Vergüenza a los proletarios! ¿Dónde están esas comadres de las que hablan nuestras fábulas y nuestros viejos cuentos, osadas en la conversación, francas al hablar, amantes de la divina botella? ¿Dónde están esas mujeres decididas, siempre correteando, siempre cocinando, siempre cantando, siempre sembrando la vida y engendrando la alegría, pariendo sin dolor niños sanos y vigorosos? ¡Hoy tenemos niñas y mujeres de fábrica, enfermizas flores de pálidos colores, de sangre sin brillo, con el estómago destruido, con los miembros debilitados! ¡Ellas no conocieron jamás el placer robusto y no sabrían contar gallardamente cómo perdieron su virginidad! ¿Y los niños? Doce horas de trabajo para los niños. ¡Oh, miseria! Pero todos los Jules Simon de la Academia de Ciencias Morales y Políticas, todos los Germinys de la jesuitería, no habrían podido inventar un vicio más embrutecedor para la inteligencia de los niños, más corruptor de sus instintos, más destructor de su organismo, que el trabajo en la atmósfera viciada del taller capitalista.

Nuestra época es, dicen, el siglo del trabajo; es en efecto el siglo del dolor, de la miseria y de la corrupción.

Y sin embargo, los filósofos, los economistas burgueses —desde el penosamente confuso Augusto Comte hasta el ridículamente claro Leroy-Beaulieu—; los hombres de letras burguesas —desde el charlatanescamente romántico Víctor Hugo hasta el ingenuamente grotesco Paul de Kock—, todos han entonado sus cánticos nauseabundos en honor del dios Progreso, el hijo primogénito del Trabajo. Al escucharlos, puede pensarse que la felicidad reinará sobre la tierra: ya se siente su llegada. Ellos fueron a indagar en el polvo y la miseria feudales de los siglos pasados para recuperar de la oscuridad las delicias de los tiempos presentes. ¿Nos cansaron los bien alimentados, los satisfechos, hasta hace poco todavía miembros de la servidumbre de grandes señores, y hoy sirvientes literarios de la burguesía, muy bien pagos? ¿Nos cansaron con la rusticidad del retórico La Bruyère? Y bien, he aquí el brillante cuadro de los gozos proletarios en el año del progreso capitalista de 1840, pintado por uno de ellos, el Dr. Villermé, miembro del Instituto, el mismo que, en 1848, formó parte de esa sociedad de sabios (Thiers, Cousin, Passy, Blanqui, el académico, etc.) que propagaba en las masas las tonterías de la economía y de la moral burguesas.

El Dr. Villermé habla de la Alsacia manufacturera, de la Alsacia de Kestner, de Dollfus, la flor y nata de la filantropía y del republicanismo industrial. Pero antes de que el doctor muestre ante nosotros el cuadro de las miserias proletarias, escuchemos a un manufacturero alsaciano, el señor Th. Mieg, de la casa Dollfus, Mieg y Compañía, describiendo la situación del artesano de la antigua industria:

«En Mulhouse, hace cincuenta años (en 1813, cuando nacía la moderna industria mecánica), los obreros eran todos naturales del territorio, que habitaban la ciudad y los pueblos circundantes y que poseían casi todos una casa y a menudo un pequeño campo».

Era la edad de oro del trabajador. Pero, entonces, la industria alsaciana no inundaba el mundo con sus telas de algodón y no enriquecía a sus Dollfus y sus Koechlin. Pero veinticinco años después, cuando Villermé visitó a Alsacia, el minotauro moderno —el taller capitalista—, había conquistado la región; en su hambre de trabajo humano, había arrancado a los obreros de sus hogares para retorcerlos mejor y para exprimir mejor el trabajo que ellos contenían. Los obreros acudían por millares al silbido de la máquina.

«Un gran número», dice Villermé, «cinco mil sobre diecisiete mil, fueron obligados, por la carestía de los alquileres, a alojarse en los pueblos vecinos. Algunos habitaban a dos leguas y cuarto de la manufactura donde trabajaban.

En Mulhouse, en Dornach, el trabajo comenzaba a las cinco de la mañana y terminaba a las cinco de la tarde, tanto en verano como en invierno. […] Hay que verlos llegar cada mañana a la ciudad y partir cada tarde. Hay entre ellos una multitud de mujeres pálidas, flacas, caminando descalzas en medio del barro y que, a falta de paraguas, se protegen la cara y el cuello con sus delantales y sus enaguas, volcados sobre la cabeza, tanto si llueve como si nieva; y un número más considerable aún de pequeños niños no menos sucios, no menos pálidos, cubiertos de harapos, todos engrasados de aceite de los telares que cae sobre ellos mientras trabajan. Estos últimos, mejor protegidos de la lluvia por la impermeabilidad de sus vestimentas, no tienen en el brazo, como las mujeres de las que se acaba de hablar, una cesta con las provisiones de la jornada; pero llevan en la mano, o cubren bajo su chaleco o como pueden, el pedazo de pan que debe alimentarlos hasta la hora de su vuelta a casa.

De esta manera, a la fatiga de una jornada desmesuradamente larga —ya que es de por lo menos quince horas—, se suma para estos infelices la fatiga de las idas y venidas tan frecuentes, tan penosas. El resultado es que a la noche llegan a sus casas abrumados por la necesidad de dormir, y que a la mañana salen antes de estar completamente descansados, para encontrarse en el taller a la hora de su apertura».

Veamos ahora los cuartuchos donde se amontonaban aquéllos que habitaban en la ciudad:

«Vi en Mulhouse, en Dornach y en las casas vecinas, esos miserables alojamientos donde dos familias se acostaban cada una en un rincón, sobre la paja arrojada sobre el piso y sostenida por dos tablas. Esta miseria en la que viven los obreros de la industria del algodón en el departamento del Alto Rin es tan profunda que produce este triste resultado: mientras que en las familias de los fabricantes negociantes, fabricantes de paños, directores de fábricas, etc., la mitad de los niños alcanzan los 21 años, esa misma mitad deja de existir antes de cumplir los dos años en las familias de tejedores y de obreros de las hilanderías de algodón».

Refiriéndose al trabajo en el taller, Villermé agrega:

«No es un trabajo, una tarea, sino una tortura, y se la inflige a los niños de seis a ocho años. […] Es este largo suplicio de todos los días el que mina principalmente a los obreros de las hilanderías de algodón».

Y a propósito de la duración del trabajo, Villermé observaba que los presidiarios de las mazmorras no trabajaban más que diez horas, los esclavos de las Antillas nueve horas promedio, mientras que en la Francia que había hecho la revolución del 89 y que había proclamado los pomposos Derechos del Hombre, existían manufacturas donde la jornada era de dieciséis horas, sobre las que se otorgaba a los obreros una hora y media para comer.

¡Oh miserable aborto de los principios revolucionarios de la burguesía! ¡Oh lúgubre regalo de su dios Progreso! Los filántropos aclaman como benefactores de la humanidad a los que, para enriquecerse holgazaneando, dan su trabajo a los pobres; mejor valdría sembrar la peste o envenenar las fuentes que levantar una fábrica en medio de una población rural. Introduzcan el trabajo fabril, y adiós alegría, salud, libertad; adiós todo lo que hace la vida bella y digna de ser vivida.

Y los economistas siguen repitiendo a los obreros: ¡trabajen para aumentar la riqueza social! Y sin embargo un economista, Destut de Tracy, les responde:

«Es en las naciones pobres donde el pueblo vive con comodidad; es en las naciones ricas donde es, comúnmente, pobre».

Y su discípulo Cherbuliez continúa:

«Los trabajadores mismos, cooperando en la acumulación de capitales productivos, contribuyen al hecho que, tarde o temprano, debe privarlos de una parte de su salario».

Pero aturdidos e idiotizados por sus propios alaridos, los economistas responden: ¡Trabajen, trabajen siempre para crear su propio bienestar! Y en nombre de la mansedumbre cristiana, un cura de la iglesia anglicana, el reverendo Townshend, salmodia: Trabajen, trabajen noche y día; trabajando, ustedes hacen crecer su miseria, y su miseria nos dispensa de imponerles el trabajo por la fuerza de la ley. La imposición legal del trabajo «es demasiado penosa, exige demasiada violencia y hace demasiado ruido; el hambre, por el contrario, es no sólo una presión apacible, silenciosa, incesante, sino que, en tanto el móvil más natural del trabajo y de la industria, provoca también los esfuerzos más poderosos».

Trabajen, trabajen, proletarios, para aumentar la riqueza social y sus miserias individuales; trabajen, trabajen, para que, volviéndose más pobres, tengan más razones para trabajar y ser miserables. Tal es la ley inexorable de la producción capitalista.

Prestando oído a las falsas palabras de los economistas, los proletarios se han entregado en cuerpo y alma al vicio del trabajo, precipitando así a toda la sociedad en las crisis industriales de sobreproducción que convulsionan el organismo social. Entonces, debido a que hay una plétora de mercancías y escasez de compradores, los talleres se cierran y el hambre azota las poblaciones obreras con su látigo de mil tiras. Los proletarios, embrutecidos por el dogma del trabajo, no comprenden que el sobretrabajo que se infligieron en los tiempos de pretendida prosperidad es la causa de su miseria presente; no corren al granero de trigo y gritan: «¡Tenemos hambre y queremos comer! Cierto, no tenemos ni un centavo pero por más pobres que seamos, sin embargo somos nosotros los que segamos el trigo y recolectamos la uva…».No asedian los almacenes del señor Bonnet, de Jujuriex, el inventor de los conventos industriales y exclaman: «Señor Bonnet, he aquí a sus obreras ovalistas, torcedoras, hilanderas, tejedoras; tiritan bajo sus telas de algodón, que están tan remendadas que perturbarían hasta a un judío y sin embargo, son ellas las que hilaron y tejieron los vestidos de seda de las mujerzuelas de toda la cristiandad. Las pobres, trabajando trece horas por día, no tenían tiempo de pensar en acicalarse; hoy, holgazanean y pueden hacer crujir los vestidos que hicieron. Desde que perdieron sus dientes de leche, se han dedicado a vuestra riqueza y han vivido en la abstinencia; ahora, tienen tiempo libre y quieren gozar un poco de los frutos de su trabajo. Vamos, señor Bonnet, entregue sus vestidos; el señor Harmel proporcionará sus muselinas, el señor Pouyer-Quertier sus telas de algodón, el señor Pinet sus botines para sus queridos piecitos fríos y húmedos. Vestidas de pies a cabeza y vivaces, será un placer contemplarlas. Vamos, nada de tergiversaciones: ¿usted es amigo de la humanidad, verdad? ¿Y cristiano antes que mercader, no? Ponga entonces a disposición de sus obreras la riqueza que ellas le construyeron con la carne de su carne. ¿Usted es amigo del comercio? Facilite la circulación de las mercancías; he aquí a los consumidores todos juntos; ábrales créditos ilimitados. Usted está obligado a dárselo a negociantes que no conoce, que no le han dado nada, ni siquiera un vaso con agua. Sus obreras cumplirán como puedan: si el día del vencimiento, ellas dejan que protesten su firma, usted las declarará en quiebra, y si ellas no tienen nada que pueda ser embargado, usted les exigirá que le paguen con plegarias: ellas lo enviarán al paraíso, mejor que sus abates negros con las narices llenas de tabaco».

En vez de aprovechar los momentos de crisis para una distribución general de los productos y una holganza y regocijo universales, los obreros, muertos de hambre, van a golpearse la cabeza contra las puertas del taller. Con rostros pálidos, cuerpos enflaquecidos, con palabras lastimosas, acometen a los fabricantes: «¡Buen señor Chagot, dulce señor Schneider, dennos trabajo; no es el hambre sino la pasión del trabajo lo que nos atormenta!». Y estos miserables, que apenas tienen la fuerza como para mantenerse en pie, venden doce y catorce horas de trabajo a un precio dos veces menor que en el momento en que tenían pan sobre la mesa. Y los filántropos de la industria aprovechan la desocupación para fabricar a mejor precio.

Si las crisis industriales siguen a períodos de sobretrabajo tan fatalmente como la noche al día, arrastrando tras ellas el descanso forzado y la miseria sin salida, ellas traen también la bancarrota inexorable. Mientras el fabricante tiene crédito, da rienda suelta al delirio del trabajo, pidiendo más y más dinero para proporcionar la materia prima a los obreros. Hay que producir, sin reflexionar que el mercado se abarrota y que, si sus mercancías no se venden, sus pagarés se vencerán. Aguijoneado, va a implorar al judío, se arroja a sus pies, le ofrece su sangre, su honor. «Una pequeña pieza de oro haría mejor mi negocio», responde el Rothschild; «usted tiene 20.000 pares de medias en su tienda; valen veinte monedas de cobre, yo los tomo a cuatro». Obtenidas las medias, el judío las vende a seis u ocho monedas de cobre y se embolsa las inquietas cien monedas de cobre que no le deben nada a nadie: pero el fabricante retrocedió para saltar mejor. Finalmente llega la debacle y las tiendas estallan; se arrojan entonces tantas mercancías por la ventana, que no se sabe cómo entraron por la puerta. El valor de las mercancías destruidas se calcula en centenas de millones; en el siglo XVIII, se las quemaba o se las tiraba al agua.

Pero antes de llegar a esta conclusión, los fabricantes recorren el mundo en busca de salida para las mercancías que se amontonan; obligan a su gobierno a anexar el Congo, a apoderarse de Tonkin, a demoler a cañonazos las murallas de la China, para esparcir allí sus telas de algodón. En los siglos pasados, hubo un duelo a muerte entre Francia e Inglaterra para definir quién tendría el privilegio exclusivo de vender en América y en las Indias. Miles de hombres jóvenes y fuertes enrojecieron los mares con su sangre durante las guerras coloniales de los siglos XVI, XVII y XVIII.

Los capitales abundan tanto como las mercancías. Los rentistas ya no saben dónde ubicarlos; van entonces a las naciones felices que se tiran al sol a fumar cigarrillos, para construir líneas férreas, levantar fábricas e importar la maldición del trabajo. Hasta que esta exportación de capitales franceses se termina una mañana por complicaciones diplomáticas; en Egipto, Francia, Inglaterra y Alemania estuvieron a punto de tomarse de los cabellos para saber a qué usureros les pagarían primero; o por las guerras de México, donde se envía a soldados franceses para hacer el trabajo de alguaciles para cobrar las deudas impagas.

Estas miserias individuales y sociales, por grandes e innumerables que sean, por eternas que parezcan, desaparecerán como las hienas y los chacales ante la proximidad del león, cuando el proletariado diga: «Yo quiero que terminen». Pero para que tome conciencia de su fuerza, el proletariado debe aplastar con sus pies los prejuicios de la moral cristiana, económica y librepensadora; debe retornar a sus instintos naturales, proclamar los Derechos de la Pereza, mil veces más nobles y más sagrados que los tísicos Derechos del Hombre, proclamados por los abogados metafísicos de la revolución burguesa; que se limite a trabajar no más de tres horas por día, a holgazanear y comer el resto del día y de la noche.

Hasta aquí, mi tarea fue fácil: no tenía más que describir los males reales bien conocidos —lamentablemente— por todos nosotros. Pero convencer al proletariado de que la palabra que se les inoculó es perversa, de que el trabajo desenfrenado al que se entregó desde comienzos del siglo es la calamidad más terrible que haya jamás golpeado a la humanidad, de que el trabajo sólo se convertirá en un condimento de placer de la pereza, un ejercicio benéfico para el organismo humano, una pasión útil para el organismo social en el momento en que sea sabiamente reglamentado y limitado a un máximo de tres horas por día, es una tarea ardua superior a mis fuerzas; sólo los médicos, los higienistas, los economistas comunistas podrían emprenderla. En las páginas que siguen, me limitaré a demostrar que estando dados los medios de producción modernos y su potencia reproductiva ilimitada, hay que debilitar la pasión extravagante de los obreros por el trabajo y obligarlos a consumir las mercancías que producen.

miércoles, 21 de abril de 2021

Yasmina Reza - Una desolación (Fragmentos) (1999)

Una desolación
(Framentos)

por Yasmina Reza




Me gustaría que me explicaras la palabra feliz. El domingo le hablo de ti a tu hermana, porque hablo de ti. Tú crees que no hablo de ti pero sí hablo de ti. Me dice él es feliz.

¿Feliz? El otro día, en casa de René Fortuny, un imbécil dijo: «El objetivo sigue siendo ser feliz.» De vuelta en el coche le dije a Nancy: «¿Has oído alguna vez una observación más mediocre?» A lo que Nancy responde discretamente: «¿Y cuál sería, en tu opinión, el objetivo?…» Para ella, la felicidad es legítima, comprendes. Forma parte de esa gente para la cual la felicidad es legítima.

[...]

O sea que eres feliz. Bueno, es lo que se dice de ti.

Hablando de tu inacción, de tu esterilidad, me dicen es feliz. He traído al mundo a un tipo feliz.

Yo, que me esfuerzo por sentir una leve satisfacción en medio de este agradable parterre, he engendrado a un hombre feliz. Yo que fui acusado, comenzando por tu madre, de tiranía, especialmente contigo, acusado de severidad excesiva, de injusticia cada dos por tres, contemplo ahora el buen, el excelente resultado de mi gestión educativa. La verdad es que no preveía la eclosión de un contemplativo pero qué quiere un padre, la dicha de los suyos, ¿no?

[...]

Te felicito, chico, en una generación te cargas el único credo que ha conseguido moverme. Yo, cuyo único terror es la monotonía de los días, yo, que empujaría las puertas del infierno para escapar de ese enemigo mortal, tengo un hijo que saborea los frutos exóticos entre los canacos. La verdad tiene muchas caras, me dice tu hermana en un arranque de gilipollez. Es cierto. Pero, sabes, la verdad con los rasgos del degustador de papayas me resulta opaca.

Sería inútil buscar en ti huellas de impaciencia, de intranquilidad, supongo que duermes, que duermes bien, no eres de esos vagabundos de la madrugada, amigos míos, sería inútil buscar en ti huellas de vanos tormentos, de agitaciones incoherentes, en una palabra, de inquietud. Ni siquiera estoy seguro de que comprendas mi preocupación por ti. Que yo pueda preocuparme por tu despreocupación debe de parecerte una muestra de mi monomanía, ¿verdad? Te preguntas por qué no descanso, te dices qué hace con sus días, siempre en proceso, ¿a cuento de qué?, nunca satisfecho, nunca tranquilo. ¡Tranquilo! Palabra desconocida. Hijo mío, el que ha saboreado la acción teme el cumplimiento ya que no hay nada más triste, más descolorido que la cosa realizada. Si yo no estuviera continuamente en perpetuo proceso, tendría que luchar contra la melancolía de los finales, no quiero terminar con los sofocos del ama de casa. A tu edad, yo conocía la conquista pero sobre todo, ya entonces, conocía la pérdida. Porque mira, jamás he deseado conquistar las cosas para conservarlas. Ni ser nada que dure. Al contrario. Cada vez que he sido algo, he tenido que desintegrarlo. Ser sólo el prójimo de uno mismo, chico. Sólo hay satisfacción en la esperanza. Y me encuentro con que mi descendencia se prepara para una prosperidad estable fundada en la falta de ambición y las admiraciones por doquier. En el fondo, si nunca me he atrevido a enfrentarme a la felicidad, insisto, a enfrentarme, fíjate bien, como se conquista una fortaleza, eso no se consigue comiendo papayas bajo el sol, si no me he enfrentado a la felicidad, digo, tal vez sea porque es el único estado del que es imposible salir bien parado. Nadie se cura de un roce semejante. Tú, pobrecito, prefieres la paz inmediatamente. ¡Por fin la paz! Mira cómo te hago los honores del vocabulario. Digamos mejor el bienestar. Tú quieres ser un alga cuanto antes. Ni siquiera haces el esfuerzo de fingir alguna afición espiritual, yo podría dejarme engañar, soy algo ingenuo. No. Tú regresas bronceado, tranquilo, sonriente, has mandado dos o tres tarjetas postales tranquilizadoras y me dicen, creyendo que así me complacen —¡creyendo que así me complacen!—, es feliz.

[...]

En el cruce Laugier-Faraday hay un árbol. Un castaño, me parece, pero no estoy seguro. En fin, un único árbol que Lionel, desde su ventana, lleva cuarenta años observando. Todos los días, en todas las estaciones. Los brotes, las hojas, el otoño y así sucesivamente. Todos los días, en todas las estaciones, Lionel habrá contemplado la espantosa indiferencia del tiempo.

En una generación te cargas el único credo que ha conseguido moverme. Yo, cuyo único terror es la monotonía de los días, yo, que empujaría las puertas del infierno para escapar de ese enemigo mortal, tengo un hijo que se agazapa en el ocio. Puede que hayas sabido de antemano —¡qué sabiduría si así fuera!— que uno está condenado a ser inferior a sí mismo. Día tras día el mundo me ha empequeñecido. Y, créeme, he procurado incesantemente luchar contra ese empequeñecimiento aunque fuera una batalla perdida de antemano. Entonces, me dirás, amparado en la desoladora aleación de prosaísmo y mediocridad que parece ser tu fuerte, ¿para qué librarla? Pues porque cualquier guerra, por inútil que sea, por mortífera que sea, es superior a la comodidad.

[...]

A Lionel ya no se le levanta.

—Una maldición menos —anuncia.

Yo le digo:

—¿Dónde está la novedad? Hace mucho tiempo que no se te levanta.

—No, no —dice—, error, ya no se me levanta con Joelle. Con Joelle la cosa está enterrada, pero fuera salía del paso. El problema está en que ahora ya no se me levanta con nadie. De la noche a la mañana el asunto se ha estropeado. Me han faltado fuerzas para alegrarme del todo. He ido a ver a un individuo, un tal doctor Sartaoui, especialista en el tema. En la sala de espera, éramos dos —dice Lionel—, me he dicho vaya, es más joven y tampoco se le levanta. En ese momento eso me ha reconfortado.

El tipo le prescribe unas píldoras para tomar dos horas antes.

—Dos horas antes de qué —digo.

—¿Antes de qué? ¡Antes de follar!

—¿Y cómo sabes que vas a follar dos horas después?

—Porque con las putas puedes programarlo, colega.

Ésa ha sido siempre la gran diferencia entre Lionel y yo. Él es muy aficionado, yo realmente nunca he ido mucho de putas. En fin, Lionel prueba la píldora, que funciona estupendamente. Segunda prueba, también estupenda, aunque breve. Se pone como loco. Decide, él, que prácticamente ya no sale, él, que desde hace unos años ignora la complicación de la vida urbana y social, decide lanzarse a una aventura. Ya ha encontrado la presa en la persona de una camarera del Petit Demours donde todos los días de la semana Lionel se sienta a la mesa para almorzar. La chica lleva un año trabajando allí, y de bromita en miradita se ha creado un vínculo miserable entre los dos. Drogado con las píldoras de Sartaoui, Lionel pasa a la ofensiva concreta. Ofensiva que arranca con la siguiente frase: «Sabe usted que en Australia las viudas negras se instalan en la ciudad y la serpiente amarilla, muy venenosa, también», susurrada entre el estofado y el café. Lionel, date cuenta, sólo ha tratado putas o mujeres con angustia vital con las que, probablemente, no tiene ninguna expectativa sexual pero a las que subyuga con sus parrafadas contra el amor, los niños, la reproducción, en fin contra la vida. La camarera, cincuenta años más joven que él —fíjate en este detalle—, pertenece a una categoría intermedia desconocida por él. De ahí lo sorprendente de esta entrada en materia.

La chica ríe. La chica ríe y dice, con lo que la frase se revela excelente: «Entre nosotros también hay animales peligrosos.» Pavoneo de Lionel, que ipso facto se considera en condiciones de proponer una cita. La chica acepta. Lionel vuelve a casa y comienza a hacer cálculos. Se han citado a las cuatro y media en un café cercano, la chica vuelve al Demours a las siete, o sea un intervalo de dos horas treinta, media hora en el café para los preliminares verbales, a las cinco un hotel… ¿Hotel? ¿En su casa? ¿Qué hotel? Lionel opta por su casa, que sólo presenta ventajas pese a una rémora inútil de escrúpulos pronto disipados, así que a las cinco en su casa, digamos cinco y cuarto en caso de contratiempo, por tanto la píldora debe de ser ingerida a las tres horas quince minutos o sea inmediatamente, hop, Lionel engulle la píldora. Da vueltas durante una hora, se unge de perfume, ejecuta dos, tres ejercicios de estiramientos que recomienda una revista de Joelle, decide suscribirse a Terre sauvage, revista en la que encontró la frase de embestida y que descubrió en la sala de espera de Sartaoui, decididamente crucial en la historia.

A las cuatro y cuarto, sale de casa. Sube por la rue Laugier mucho más risueño que de costumbre, hace buen tiempo, es uno de esos días en que Dios y el viento han decidido soplarte por el lado bueno. Es feliz. Durante cuatro minutos, Lionel camina como el rey del mundo.

A las cuatro y veinte está en el café, donde pide un Schweppes de limón que detesta para mantener un aliento atractivo. A las cinco menos veinticinco la chica no ha llegado, a las cinco menos cuarto tampoco. A las cinco menos cinco, llega. Encuentra a un anciano alelado que le tiende una mano temblorosa. Ella pide un té y anuncia inmediatamente que tiene que abandonarle a las seis. La píldora de Sartaoui, pese al aspecto endeble de su usuario, ha emitido en la sombra sus primeras señales. Cronometraje desastroso. La chica está tranquila, sonriente. A la escucha. Como lo estaría una enfermera en un servicio de cuidados paliativos. Mientras ella sopla en su infusión, Lionel se lleva una mano al pecho, único elemento acorde con el instante, último jirón de horizonte.

Va a jugarse el todo por el todo.

—No me encuentro bien —dice—, estoy mareado, ¿me acompañaría a casa?

—¿No se encuentra bien?

—No —dice levantándose con dificultad extrema—, todo me da vueltas.

—¿Todo le da vueltas?

—Todo me da vueltas, sí.

Ella le coge del brazo. Salen. La rue Pierre-Demours está atestada, ruidosa, el tiempo es gris. Ella le sostiene amablemente. Buena chica, se dice él, ¡qué absurdo!

Llegan ante su portal.

—¿Quiere que suba con usted? —propone ella compasivamente.

—Sí, por favor —contesta Lionel con voz quejumbrosa y se pregunta cómo, al llegar arriba, negociará el viraje del moribundo al Casanova. El ascensor baja. Llega. Imagínate uno de esos ascensores con rejas modernizados. Lionel ve unos pies, un trozo de falda… ¡Joelle! Joelle, secretaria general de una caja de pensiones en la porte de Picpus, Joelle, que se gana la vida desde hace cuarenta años, que jamás en cuarenta años ha vuelto a casa antes de las siete de la tarde, ese día a las cinco y cuarto en su casa, en la rue Laugier.

—La señora Gagnion ha muerto —dice ella.

Cabrona, piensa Lionel, cabrona de Gagnion que ha decidido diñarla cuando yo la tengo dura, cochina cabrona. Gagnion es su vecina de arriba. Una anciana que sólo cuenta con ellos. Bien, Lionel da las gracias a la chica, dice a Joelle que también él se ha sentido mal en la calle. ¿Cómo mal?, salta Joelle ya traumatizada por Gagnion. Una tontería, una tontería, querida, un ligero mareo. Joelle da unas cuantas instrucciones a la portera, vuelven a subir, Joelle exige que Lionel se acueste. Le ayuda a desnudarse.

—¿Pero qué ocurre —exclama—, la tienes dura?

E inmediatamente, en lugar de aprovechar la situación, le muele a palos sin dejar de gritar. La furcia de abajo no es más que una cochina puta a la que sacará las tripas, él jamás ha estado enfermo, no es más que un pobre desgraciado, un parásito, un golfo de mierda. Así que adiós a Sartaoui, adiós a la camarera del Demours, adiós a que se le levante.

Un final como cualquier otro, me dirás.

Pues sí. Vamos de final en final, muchacho. De final en final. Las cosas se agotan una tras otra. Del esplendor a la oscuridad. Igual que Lionel cruzando la rue Pierre-Demours.

[...]

Has decidido tomarte un año sabático. Fíjate, he tenido la curiosidad de consultar esta locución en el diccionario, la fórmula es completamente inadecuada aplicada a ti ya que se refiere a los universitarios que cada siete años se dedican a investigaciones personales. Pero da igual, si hubiera que evitar los abusos o las extensiones de lenguaje, mejor renunciar a abrir la boca. Así que has decidido tomarte un año sabático, término púdico para designar en realidad, según tus allegados, una vida sabática. En fin, has decidido no volver a dar golpe. Bien. Lo que me interesa de tu decisión, pese a todo, es su absoluta vacuidad. Eso dicho por una vez sin ironía. Cuando decides no volver a dar golpe a excepción de visitar el planeta, no cargas con ningún escrúpulo, con ninguna virtud parasitaria, ajena a ti evidentemente, y te lo agradezco, la idea de consagrar tus horas a un voluntariado cualquiera, de aprovechar tu disponibilidad para defender huérfanos o selvas vírgenes. Radicalmente egoísta, radicalmente entero. En nuestros días, no es tan corriente y más aún cuando cabía temer que tu debilidad de carácter te empujara hacia algún exceso filantrópico.

[...]

¿Te diste cuenta de que me teñía? Me tiño. Fórmula y peluquero de René Fortuny. Un fracaso, ¿no? Me tiño. ¿Sé por qué?

¿Te acuerdas de aquel tema de redacción? Uno se pasea por el bosque y le choca lo pintoresco. Un retrasado mental escribió: Yo me paseaba tranquilamente por el sendero cuando de repente, hábilmente oculto detrás de un árbol apareció el pintoresco y choca conmigo. ¿Te acuerdas de cómo nos reímos? Lo más divertido era el hábilmente oculto detrás de un árbol. Bueno, ya ves, en estos últimos tiempos, para mí el desánimo es exactamente eso. Me paseo despreocupadamente cuando de repente, hábilmente oculto en el decorado, surge el desánimo y choca conmigo. Con un peso, con una fuerza que no puedes ni imaginar. ¿Y qué hago para combatirlo? Me tiño. Cuando el desánimo existencial, sin avisar, se cierne sobre él, tu padre se tiñe.


[...]

Si abres el armario del cuarto de baño de Nancy, tendrás la visión más perfecta del patetismo humano.

Nancy simula envejecer con coraje. Por un instante, llegué a temer que, armada con su nueva espiritualidad, no aceptase arrugas y bigotes y comenzase, empuñando un bastón, a recorrer los caminos. No es así. Abre su armario. Antro de la guerra secreta que Nancy ha declarado al tiempo. Te tropiezas, mi último descubrimiento en este reducto de demencia, con Exfoliating Force C Radiance. Novedad en la que no habría reparado de no ser por el tamaño de la caja y la violencia de su color naranja. Ya sabes que nunca se me ha dado bien el inglés. Force y Radiance. Estas palabras me aterrorizan. ¡Exfoliating! Pobre Nancy, me digo. Pobrecita, que quiere gustar durante una hora o dos antes de apagarse. Pobre criatura que se despelleja la cara, en un afán de arrebatar a la vida su último resto de sal y pimienta. «Pero ¿por qué, Nancy», le digo, «¿por qué tantos productos? ¿Son necesarios?» Nancy se encoge de hombros y desvía inmediatamente la conversación hacia el hecho de que me haya atrevido a meterme en su cuarto de baño estrictamente privado, abrir su armario estrictamente privado para interesarme, despreciando el más elemental respeto, por unos objetos estrictamente privados. Mientras ella enuncia por enésima vez los principios de su intimidad, yo observo su rostro nutrido con todos los potingues del armario prohibido, un rostro suavemente demacrado, un rostro implorante de aprobación, un rostro en tranquilo trayecto hacia su final.

[...]

Día tras día el mundo me ha empequeñecido y hoy es el mundo el que se empequeñece en mí. Así es. La muerte triunfa poco a poco. Nos vamos acostumbrando. Nos vamos acostumbrando a la muerte. No nos disgusta tanto mantener el ritmo universal.

[...]

Tu hermana quiere cultivarme. Curioso cómo en nuestros días las mujeres se inventan misiones. Pretende que sólo me interesa la música. Exacto. Por otra parte, si he de serte sincero, no veo en absoluto para qué sirve todo el resto. Cuando estás habitado por la música, cuando la música llena tu vida, quieres decirme para qué sirven las palabras, incluso las agradables, para qué sirven las historias, adónde lleva esa reproducción de la vida sobre papel, que a todo el mundo le encanta, y que transpira esfuerzo, habilidad, y que apenas te da la sensación de la fatalidad. Tu hermana me ha dicho que yo sería menos espeso si leyera. Textual. No me he ofendido. No me molesta sentirme espeso. ¿Leer qué, querida? Conocer un poco la literatura, no conoces nada, ahora tienes tiempo. En lugar de decirme exactamente lo contrario, que habría sido la única manera adecuada de hablarme, la única manera posible de interesarme por el tema, pero su desconocimiento de mí es inmenso, ahora tienes tiempo, dice, en lugar de decir ahora, papá, ahora que ya no tienes tiempo.

La mayoría de la gente con que me tropiezo, como mi hija, sólo tiene una percepción del tiempo infinitamente trivial.

Nancy también se pirra por la literatura. Más exactamente, porque tengo que admitir que es una mujer a la que siempre he visto más o menos con un libro en la mano, Nancy se pirra por un escritor: André Petit-Pautre (adivinas fácilmente a qué tentaciones me ha expuesto ese nombre). Tú no le conoces. Nadie le conoce. Salvo yo puesto que ella le invita de vez en cuando a cenar con su mujer. Petit-Pautre es su mentor. Y, desde hace algún tiempo, nuestro invitado. En un mundo donde todo el mundo escribe, dije, no es aberrante que André Petit-Pautre también escriba. Lionel me citó el otro día una frase grandiosa de Enesco sobre Bach. El alma de mi alma. A Lionel, a quien siempre le han gustado tanto los libros como la música, le digo:

—¿Puedes citar un solo texto que haya sido el alma de tu alma?

—No. Las palabras no llegan hasta allí. Y el alma no lee.

He vuelto a Chopin. Casi podría decir que por primera vez, tan grande fue durante años mi aversión por él. Aparte de algunos instantes de ausencia romántica en mi adolescencia, siempre me había horrorizado Chopin. Y he vuelto a él gracias a Samson François, un tipo al que, hasta ahora, tampoco había podido escuchar a causa de su nombre. Samson de acuerdo, ¡pero François! Samson Apfelbaum vale, pero no Samson François. Atrapado en un embotellamiento, pongo Radio Classique. Nocturne. Lo dejo. Es hermoso. Así que desciendes de nuevo a Chopin en tu vejez, bravo, me digo. ¿Quién toca? Samson François. Una capitulación más. Qué quieres que te diga, no soy mucho más que eso.

Tu hermana, que quiere cultivarme, me ha preguntado si había ido al Museo Picasso. Le he contestado que no sólo no había ido nunca al Museo Picasso sino que jamás iría al Museo Picasso. Suscita demasiado entusiasmo, le digo. Detesto el entusiasmo de las masas por la belleza. En general, toda esa gente que frecuenta las exposiciones y se emboba durante horas me repugna. Tu hermana, que nunca ha tenido sentido del humor, ni la menor distancia y a la que su marido no ha mejorado pero al que se lo perdono todo porque es farmacéutico y con él por lo menos puedo discutir de mejunjes, se encoge de hombros y me pregunta con una secreta desolación cómo paso los días. Pienso, le digo, en lo absurdo de nuestros esfuerzos. Educar a unos seres para que te acaben recomendando, en la recta final, la literatura y el Museo Picasso. Así es como paso mis días, le contesto enfáticamente, con esa clase de meditación. «Te interesas por la política», dice Nancy. «Siempre se interesa mucho por la política», dice amablemente la pobre Nancy, a la que mi espesor ha ofendido personalmente, y que quiere no acudir en mi ayuda, sino rehabilitarse como esposa. «Te equivocas, querida», me veo obligado a corregir, «me intereso por los acontecimientos del planeta como Lionel observa desde su ventana coches y transeúntes. Indiferente prácticamente a todo a excepción del movimiento.» 

[...]

La muerte está en nosotros. Gana terreno progresivamente. Poco a poco, todo se funde y se asemeja. Hijo mío, a partir de cierta edad, todo da exactamente igual y ya no sirve de objetivo. Y si Dios, y le doy gracias por ello, no me hubiera infundido tanto pavor por el tedio, podría acabar como esos viejos alelados que se ven en los bancos públicos, sentados meditando sobre la victoria del tiempo.

[...]

Otra anécdota escolar, más tardía, acababas de volver del instituto con las notas de un examen de matemáticas. Habías quedado quinto y estabas loco de alegría por haber quedado quinto (en circunstancias normales tú eras más bien el penúltimo). En lugar de prometerte una maqueta de Spitfire, te dije en tono de decepción: «¿Y por qué no primero?» Entonces te echaste a llorar, te encerraste en tu habitación dando un portazo y gritando: «¡Nunca estás contento! ¡Eres repelente!» Jérôme podrá decirle sin duda a su padre eres repelente sin que eso cree el menor conflicto. En mi época, no se le decía eso a un padre. Entré en tu cuarto y te solté una bofetada.

Y lo más divertido es que en lugar de crear un hombre duro, he creado un abúlico. Ni siquiera he engendrado un enemigo. ¡Si al menos fueras un enemigo! En la blanda perversidad de tu inercia veo distanciamiento y quizás una pizca de condescendencia. Si me he equivocado, en cualquier caso he sido castigado. He creado el perfecto extranjero.

[...]

¿Debo además, querida, adaptarme a la incoherencia de mi descendencia? ¿Debo, so pretexto de genes, absolver a un ser cuya visión del mundo me da náuseas? ¿Debo, en una palabra, aceptar —me produce escalofríos— para mi vis a vis final a una larva cuyo ideal es no aburrirse como una ostra? En mi filosofía personal, Nancy, le habría dicho, el padre quiere que el hijo no se parezca al resto de la humanidad. En mi filosofía, lo que es bueno para los demás no es bueno para el hijo. Me importa un bledo, le habría dicho a Nancy, que por otra parte no me habría dejado llegar hasta aquí, me importa un bledo, entiéndelo bien, que este chico navegue entre Java y las Bermudas y si insisto en ello con más frecuencia de la necesaria es porque el enunciado de esta geografía absurda alimenta mi tendencia burlona. Pero me importa un bledo su forma de vida, me importa un bledo que esté aquí o allá, que desempeñe tal o cual función me es indiferente, me importa un bledo que su mediocridad resulte, a los ojos de la sociedad, más o menos legítima. Haga lo que haga y vaya a donde vaya, aunque haya dado codazos para conseguirlo o declarado a los cuatro vientos su falta de ambición, mi hijo está adaptado al mundo actual. He engendrado un hombre adaptado (adaptado a todo salvo a su padre, claro está). He dado vida a un ser que, al igual que los mosquitos mutantes —he leído en un Science et Avenir que una clase de mosquitos atrapados a raíz de la construcción del metro londinense había mutado, para sobrevivir, cien veces más rápido de lo previsto—, acaba por doblegarse a las condiciones del mundo y se habilita, en el universo de lo razonable, unos escondrijos confortables esperando la extinción. Había en ti, muchacho, durante la adolescencia, una alteración nerviosa, una obsesión de revancha, un lado ardiente. Yo aprobaba a aquel hijo. Me era hostil pero lo reconocía. Me retabas con esa ridícula sed de absoluto que tiene la gente a esa edad y yo me decía, el chico es vehemente a más no poder, despuntará del montón. Pero no has despuntado de nada. Pasados los hervores de la juventud, recuperaste tu lugar en la medianía. Ni el menor vestigio de insurrección. Ni el menor vestigio de venganza. Ni el menor vestigio de pasión. Todo aquello que alimenta a un hombre, lo fortifica y lo arrastra más allá de su condición, tú lo has apartado de tu camino. Has canjeado la fiebre por la mesura. Y lo hiciste incluso antes de poner los pies en regiones inhóspitas, incluso antes de aventurarte unos pocos pasos por regiones de incertidumbre. Has temido tan pronto por tu piel, pobrecito. Al igual que la cohorte de tus amigos los abúlicos, ya sabes que cualquier gesto se paga, también tú has decidido de entrada no sobresalir. Alejar el sufrimiento, ésa es vuestra epopeya. Os presento a mi hijo, de la pandilla de las flores cortadas. Te habría preferido criminal o terrorista antes que militante de la felicidad.

[...]

Estamos solos. Hijo mío. Con una soledad inmensa. Total. Y apenas hay vínculos entre una soledad y otra. La soledad es larga. Inaprensibles son los alborozos que nos unen.

Día tras día el mundo me ha empequeñecido y hoy es el mundo el que se empequeñece en mí. Así es. La vida habrá podido más que yo. De la misma manera que pudo más que Léopold Fench. De la misma manera que puede más que todos los que la desean intensamente. Nada llega a la altura del deseo, hijo mío. Sólo la soledad. Toda mi vida ha transcurrido entre esas dos palabras. Esas palabras trazan mi intervalo en el tiempo. Parece que Dios se ha retirado a fin de crear un espacio donde ya no esté. Dios, que era Todo y no conocía la ausencia, ha tenido la catastrófica idea de retirarse para que otros (concepto igualmente desconocido para él) experimenten esta maldición. 

[...]

Observa qué curioso. Resulta que Lionel, mi amigo, y el más apasionado de los hombres, no ha dejado de perseguir la ausencia de pasiones. Lo que a mí me duele, hijo mío, reside en esa mirada que veo. Una mirada que oscila entre la compasión y el aburrimiento. Y la irritación tal vez. Me escuchas, te esfuerzas por estar presente y nada de lo que oyes te llena, nada te habla ni te afecta. ¿Sabes que la falta del estar presente es lo más fuerte? ¿Lo has sentido alguna vez? Incluso cuando crees que eres oído y amado, el otro persiste en su ausencia. La tuya, hijo mío, es radical. Puedo cogerte la mano pero tú estás lo más lejos posible. No podemos dar ni un solo paso juntos. Leo en tus ojos tu incomprensión y mi vejez. Leo el abandono. Leo el testimonio de la soledad.

[...]

Ella me gustaba porque estaba chiflada, decía sí, decía no, y sí y no al mismo tiempo, me gustaba porque no la entendía…, ya ves, muchacho, incluso ahora la reinvento…, me gustaba porque nunca me cansaba de desearla, porque era una ilusión incesantemente postergada, mi señuelo más absoluto.

Una noche, la última (la última noche de una locura que duraría casi tres años y, de paso, me separaría de tu madre), la esperé en una habitación del Dieppe (esperarla era mi definición). Botton estaba en la Interstoff, la feria anual del textil de Frankfurt. Su hijo estaba en casa de su hermana, digámoslo así. Esperé, engullendo paquetes de patatas fritas birlados del bar desierto, atiborrándome de agua del grifo (en aquella época no había ni minibar, ni tele), releyendo por enésima vez el Paris-Normandie, dando vueltas como un loco y tropezando con los muebles, a las dos de la madrugada la llamé a su casa. Descolgó el teléfono con voz adormilada, esa voz fue mi perdición. Dije, salgo del hotel y voy a tu casa. Ella dijo, no, no, no lo hagas, ya lo sabes. Yo grité, ¡lo único que sé es que llevo cuatro horas esperando en una habitación de pesadilla! Ella murmuró, mi hijo tiene fiebre, le he hecho quedarse en casa. Yo sabía que mentía, dije yo también, yo también tengo fiebre, ella se rio y colgó. Yo volví a llamar, grité, no volverás a verme nunca, no eres más que una putita provinciana, ni siquiera eres guapa, ¡no eres NADA! Volví a París por la noche, en un estado de auténtica desintegración.

A la mañana siguiente, yo iba a la oficina, un tipo, boulevard des Capucines, me dio una octavilla para la Ayuda al Sahel o algo parecido. No existe mayor sufrimiento decía el papel que el de una madre que asiste impotente a la muerte de su hijo, pensé, qué sabes tú de eso, cabrón, mientras arrugaba la octavilla. Porque lo que corría el riesgo de extinguirse aquel día no era el amor, ni cualquier otra forma de apego terrestre, sino la propia ilusión de la vida. Daba igual, hijo, que esa ilusión quedara reducida a los pasillos de Aunay, a las paredes de las habitaciones de hotel, a los asientos de coche y a unos cuantos tristes porches de Rouen, o sea a nada que pueda parecerse de cerca o de lejos a la normalidad de una ilusión vital. Jamás hubo entre ella y yo el menor clima romántico, ni un solo lugar que hubiéramos visitado juntos, ni un bosque por donde hubiéramos caminado, ni un solo paisaje, ni una calle extranjera, ni un lugar en el mundo donde nos hubiéramos tomado el tiempo de estar. Sólo nos movimos en los umbrales, en rellanos efímeros, y si tuviera algún talento para analizar las cosas, deduciría de ahí que la ilusión de la vida fue, con Marisa, mucho más violenta puesto que jamás fue adornada por un elemento exterior y jamás, jamás confundida con la felicidad.

[...]

En algunas piezas de El arte de la fuga, he encontrado motivo para hacer bailar mi alma. Primera fuga, contrapunctus 1, lento, rápido, escuchado incansablemente, incansablemente puesto y vuelto a poner, lento, rápido, lento, escuchado, hijo mío, durante horas, más o menos lento, más o menos rápido, escuchado incesantemente toda la vida, incansablemente, contrapunctus 10, contrapunctus 12, contrapunctus 13, ¡la decimotercera fuga!, bailada, cantada en los peores momentos, bailada inexplicablemente, inexplicablemente cantada, inexplicablemente portadora de alegría, contrapunctus 14, unfinished en la funda del disco, me gustaba la palabra unfinished, mi, re, do, si, la si, re STOP parón por defunción, prolongado silencio radical, no es una obra inacabada sino infinita, no incompleta sino unfinished, parada e infinita por la tumba.

Bach me habrá salvado de todos vosotros, de vuestros descorazonadores paraísos, Bach me habrá salvado de la vida.

lunes, 19 de abril de 2021

Albert Camus - Calígula (Acto tercero) (1944)

Calígula
(Acto tercero)

por Albert Camus





ESCENA 1.ª

Antes de alzarse el telón, suenan címbalos y tambores. Se levanta el telón y se ve una especie de espectáculo de feria. En el centro hay una cortina ante la cual, sobre un pequeño estrado, se hallan HELICÓN y CESONIA. Los que tañen los címbalos se yerguen a cada lado. Sentados de espaldas a los espectadores, un grupo de PATRICIOS y el joven ESCIPIÓN.

HELICÓN (Recitando con tono de charlatán de feria). ¡Acercaos! (Címbalos). Una vez más, los dioses han descendido a la tierra. Cayo, César y Dios, cuyo sobrenombre es Calígula, les ha prestado su forma humana. Acercaos, toscos mortales, que va a producirse ante vuestros ojos el milagro sagrado. En virtud de un favor otorgado singularmente al reino bendito de Calígula, los secretos divinos van a ser revelados a la vista de todos.

(Címbalos).

CESONIA

¡Acercaos, señores! Adorad y aportad vuestro óbolo. El misterio celeste se halla hoy al alcance de todos los bolsillos.

(Címbalos).

HELICÓN

El Olimpo y sus arcanos, sus intrigas, sus intimidades y sus miserias. ¡Acercaos! ¡Acercaos! ¡Toda la verdad sobre los dioses!

CESONIA

Adorad y aportad vuestro óbolo. Acercaos, señores. Va a empezar la función.

(Címbalos. Trajín de ESCLAVOS, que acarrean distintos objetos al estrado).

HELICÓN

Una recreación impresionantemente real, algo sin precedentes. Los majestuosos decorados del poder divino traídos a la tierra, una sensacional y desmesurada atracción, el rayo (Los ESCLAVOS encienden fuegos griegos.), el trueno (Hacen rodar un tonel lleno de piedras.), el mismísimo destino en su marcha triunfal. ¡Acercaos y contemplad!

(Descorre la cortina y CALÍGULA, grotescamente disfrazado de Venus, aparece sobre un pedestal).

CALÍGULA (Amable).

Hoy soy Venus.

CESONIA

Comienza la adoración. Prosternaos (Todos, salvo ESCIPIÓN, se prosternan) y repetid conmigo la sagrada oración a Calígula-Venus:

«Diosa de los dolores y de la danza…».

LOS PATRICIOS

«Diosa de los dolores y de la danza…».

CESONIA

«Nacida de las olas, viscosa y amarga en medio de la sal y la espuma…».

LOS PATRICIOS

«Nacida de las olas, viscosa y amarga en medio de la sal y la espuma…».

CESONIA

«Tú, semejante a una risa y a una añoranza…».

LOS PATRICIOS

«Tú, semejante a una risa y a una añoranza…».

CESONIA

«… un rencor y un arrebato…».

LOS PATRICIOS

«… un rencor y un arrebato…».

CESONIA

«Enséñanos la indiferencia que hace renacer los amores…».

LOS PATRICIOS

«Enséñanos la indiferencia que hace renacer los amores…».

CESONIA

«Instrúyenos sobre la verdad de este mundo, que estriba en no poseerla…».

LOS PATRICIOS

«Instrúyenos sobre la verdad de este mundo, que estriba en no poseerla…».

CESONIA

«Y danos fuerzas para ser dignos de esa verdad sin igual…».

LOS PATRICIOS

«Y danos fuerzas para ser dignos de esa verdad sin igual…».

CESONIA

¡Pausa!

LOS PATRICIOS

¡Pausa!

CESONIA (Prosiguiendo).

«Cólmanos con tus dones, esparce sobre nuestros rostros tu imparcial crueldad, tu odio puramente objetivo; abre sobre nuestros ojos tus manos llenas de flores y crímenes».

LOS PATRICIOS

«… tus manos llenas de flores y crímenes».

CESONIA

«Acoge a tus hijos descarriados. Recíbelos en el desnudo asilo de tu amor indiferente y doloroso. Danos tus pasiones sin objeto, tus dolores carentes de razón y tus alegrías sin futuro…».

LOS PATRICIOS

«… y tus alegrías sin futuro…».

CESONIA (Alzando mucho la voz).

«Tú, Venus, tan vacía y tan ardiente, inhumana, pero tan terrena, embriáganos con el vino de tu equivalencia y sácianos para siempre en tu corazón negro y salado».

(Una vez pronuncian la última frase los PATRICIOS, CALÍGULA, inmóvil hasta ese momento, se despabila y dice con voz estentórea).

CALÍGULA

Concedido, hijos míos, vuestros deseos se verán cumplidos.

(Se sienta con las piernas cruzadas en el pedestal. Los PATRICIOS se prosternan uno tras uno, entregan su óbolo y se alinean a la derecha antes de desaparecer. El último, nervioso, olvida dejar el óbolo y se retira. Pero CALÍGULA se pone en pie de un salto).

CALÍGULA

¡Eh! ¡Eh! Ven aquí, muchacho. Adorar está bien, pero mejor es enriquecer. Gracias. Así está bien. Si los dioses no poseyeran otras riquezas que el amor de los mortales, serían tan pobres como el pobre Calígula. Y ahora, señores, podéis retiraros y difundir por la ciudad el sorprendente milagro que habéis tenido el honor de presenciar: habéis visto a Venus, lo que se dice ver, con vuestros ojos mortales, y Venus os ha hablado. (Los PATRICIOS se ponen en movimiento). ¡Un segundo! Al salir, tomad el pasillo de la izquierda. En el de la derecha he apostado unos guardias que tienen la orden de asesinaros.

(Los PATRICIOS salen precipitadamente y con cierto desorden. Desaparecen los ESCLAVOS y los MÚSICOS).


ESCENA 2.ª

(HELICÓN amenaza a ESCIPIÓN con el dedo).

HELICÓN

¡Otra vez jugando a anarquista, Escipión!

ESCIPIÓN (A CALÍGULA).

Has blasfemado, Cayo.

HELICÓN

¿Y eso qué quiere decir exactamente?

ESCIPIÓN

Mancillas el cielo después de ensangrentar la tierra.

HELICÓN

A este joven le encantan las frases altisonantes.

(HELICÓN se tumba en un sofá).

CESONIA (Con voz muy tranquila).

Te estás pasando de la raya, muchacho; en este momento, en Roma mueren personas por discursos mucho menos elocuentes.

ESCIPIÓN

He decidido decirle la verdad a Cayo.

CESONIA

¡Ya ves, Calígula, lo que le faltaba a tu reinado! ¡Una noble figura moral!

CALÍGULA (Interesado).

¿O sea que crees en los dioses, Escipión?

ESCIPIÓN

No.

CALÍGULA

Pues entonces no entiendo cómo es que detectas tan rápidamente las blasfemias.

ESCIPIÓN

Puedo negar una cosa sin tener por qué ensuciarla o privar a los demás del derecho de creer en ella.

CALÍGULA

¡Pero si eso es modestia, sí, auténtica modestia! ¡Ah, querido Escipión, cuánto me alegro por ti! ¡Y cómo te envidio también! Porque ese es el único sentimiento que tal vez no llegue nunca a experimentar.

ESCIPIÓN

No me envidias a mí, envidias a los mismos dioses.

CALÍGULA

Si te parece, eso constituirá el gran secreto de mi reinado. Cuanto se me puede reprochar en este momento es haber progresado un poco en el terreno del poder y de la libertad. Para un hombre que ama el poder, la rivalidad de los dioses resulta un tanto irritante. Yo la he eliminado. He demostrado a esos dioses ilusorios que un hombre, con solo proponérselo, puede ejercer, sin aprendizaje previo, su ridículo oficio.

ESCIPIÓN

Esa es la blasfemia, Cayo.

CALÍGULA

No, Escipión, eso es clarividencia. Sencillamente, he comprendido que la única manera de igualarse a los dioses es ser tan cruel como ellos.

ESCIPIÓN

Basta con ser un tirano.

CALÍGULA

¿Qué es un tirano?

ESCIPIÓN

Un alma ciega.

CALÍGULA

No es tan seguro, Escipión. Un tirano, sí, es un hombre que sacrifica pueblos a sus ideas o a su ambición. Pero yo no tengo ideas ni nada a que aspirar ya en lo que hace a honores o poder. Solo ejerzo ese poder para compensar.

ESCIPIÓN

¿Para compensar el qué?

CALÍGULA

La estupidez y el odio de los dioses.

ESCIPIÓN

El odio no compensa el odio. El poder no es una solución. Y no conozco más que una forma de equilibrar la hostilidad del mundo.

CALÍGULA

¿Y cuál es?

ESCIPIÓN

La pobreza.

CALÍGULA (Mientras se arregla los pies).

Tendré que probar eso también.

ESCIPIÓN

Entretanto, mueren muchos hombres a tu alrededor.

CALÍGULA

Poquísimos, Escipión, te lo aseguro. ¿Sabes cuántas guerras he rechazado?

ESCIPIÓN

No.

CALÍGULA

Tres. ¿Y sabes por qué las he rechazado?

ESCIPIÓN

Porque te trae sin cuidado la grandeza de Roma.

CALÍGULA

No, porque respeto la vida humana.

ESCIPIÓN

Me estás tomando el pelo, Calígula.

CALÍGULA

Por lo menos, la vida humana me inspira más respeto que un ideal de conquista. Pero también es cierto que no la respeto más que a mi propia vida. Y si me resulta fácil matar, es porque no me resulta difícil morir. No, cuanto más lo pienso, más convencido estoy de que no soy un tirano.

ESCIPIÓN

¿Qué más da, si hemos de pagar tan alto precio?

CALÍGULA (Con cierta impaciencia).

Si supieras contar, sabrías que la menor guerra en la que se embarcara un tirano razonable os costaría mil veces más cara que los caprichos de mi fantasía.

ESCIPIÓN

Pero al menos sería algo razonable, porque lo fundamental es entender.

CALÍGULA

No puede entenderse el destino, y por eso me he erigido yo en destino. He adoptado el rostro estúpido e incomprensible de los dioses. Y eso es lo que han aprendido a adorar los que hace un rato estaban contigo.

ESCIPIÓN

Y esa es la blasfemia, Cayo.

CALÍGULA

No, Escipión, ¡eso es el arte dramático! El error en que caen todos esos hombres es que no acaban de creer en el teatro. Si no, sabrían que cualquier hombre puede permitirse representar las tragedias celestes y convertirse en dios. Basta con endurecerse el corazón.

ESCIPIÓN

Tal vez, Cayo. Pero, si eso es cierto, creo que has hecho lo necesario para que un día se alcen a tu alrededor legiones de dioses humanos, implacables a su vez, y aneguen en sangre tu divinidad pasajera.

CESONIA

¡Escipión!

CALÍGULA (Con voz precisa y dura).

Déjale, Cesonia. No vas nada descaminado, Escipión: he hecho lo necesario. Me cuesta imaginar el día al que te refieres. Pero alguna vez sueño con él. Y sí, en todos los rostros que avanzan hacia mí desde el fondo de esa noche amarga, en sus rasgos contraídos por el odio y la angustia, reconozco, fascinado, al único dios que he adorado en este mundo: un dios miserable y cobarde como el corazón humano. (Con irritación). Y ahora vete. Has hablado demasiado. (Cambiando de tono). Todavía tengo que pintarme de rojo las uñas de los pies. Y la cosa urge.

(Salen todos, salvo HELICÓN, que se pasea en torno a CALÍGULA, mientras este sigue concentrado en sus pies).


ESCENA 3.ª

CALÍGULA

¡Helicón!

HELICÓN

Dime, Calígula.

CALÍGULA

¿Adelanta tu trabajo?

HELICÓN

¿Qué trabajo?

CALÍGULA

Pues… ¡la luna!

HELICÓN

Voy progresando. Es cuestión de paciencia. Pero me gustaría hablar contigo.

CALÍGULA

Puede que tenga paciencia, pero no dispongo de mucho tiempo. La cosa urge, Helicón.

HELICÓN

Ya te he dicho que haré cuanto pueda. Pero antes tengo que comunicarte cosas muy graves.

CALÍGULA (Como si no hubiera oído).

Te diré que ya la he poseído.

HELICÓN

¿A quién?

CALÍGULA

A la luna.

HELICÓN

Sí, claro. Pero ¿sabes que están conspirando contra tu vida?

CALÍGULA

La he poseído, totalmente incluso. Solo dos o tres veces, eso sí. Pero la he poseído.

HELICÓN

Hace tiempo que quiero hablar contigo.

CALÍGULA

Fue el verano pasado. Llevaba tanto tiempo mirándola y acariciándola en las columnas del jardín, que acabó entendiéndolo.

HELICÓN

Dejemos ese juego, Cayo. Aunque no quieras escucharme, mi obligación es decírtelo. Allá tú, si no me quieres oír.

CALÍGULA (Que sigue acuclillado, pintándose las uñas de los pies).

Este esmalte no vale nada. Pero, volviendo a la luna, todo ocurrió una espléndida noche de agosto. (HELICÓN se vuelve con rabia y calla, inmóvil). Algún remilgo hizo. Yo estaba ya acostado. Al principio se la veía envuelta en sangre en el horizonte. Luego empezó a subir, cada vez más ligera y veloz. Conforme subía iba haciéndose más clara. Se acabó convirtiendo en una especie de lago de agua lechosa en medio de aquella noche cuajada de temblorosas estrellas. Llegó entonces con aquel calor, suave, ligera y desnuda. Traspasó el umbral de la habitación y con su firme lentitud se acercó hasta mi cama, se introdujo en ella y me inundó con sus sonrisas y su fulgor. Decididamente, este esmalte no vale nada. Pero, como ves, Helicón, puedo decir sin jactarme que la he poseído.

HELICÓN

¿Quieres escucharme y enterarte de lo que te amenaza?

CALÍGULA (Se queda quieto y le mira fijamente).

Yo solo quiero la luna, Helicón. De sobra sé que me matarán. Pero todavía no he agotado lo que puede mantenerme vivo. Por eso quiero la luna. Y no vuelvas a presentarte ante mí sin habérmela conseguido.

HELICÓN

Entonces cumpliré con mi deber y te diré lo que tengo que decirte. Se está tramando una conspiración contra ti. La encabeza Quereas. Ha llegado a mis manos esta tablilla, que puede informarte de lo fundamental. La dejo aquí.

(HELICÓN deposita la tablilla en uno de los asientos y se retira).

CALÍGULA

¿Adónde vas, Helicón?

HELICÓN (Desde el umbral).

A buscarte la luna.


ESCENA 4.ª

(Llaman tímidamente a la puerta del fondo. CALÍGULA se vuelve bruscamente y divisa a EL VIEJO PATRICIO).

EL VIEJO PATRICIO (Titubeando).

¿Me permites, Cayo?

CALÍGULA (Impaciente).

Está bien, pasa. (Mirándolo). Bueno, bonita, ¿qué ocurre? ¿Quieres volver a ver a Venus?

EL VIEJO PATRICIO

No, no es eso. ¡Silencio! ¡Oh!, perdón, Cayo…, quiero decir… Tú sabes que yo te quiero mucho… Lo único que deseo es terminar mis días en paz y tranquilidad…

CALÍGULA

¡Vamos! ¡Acaba de una vez!

EL VIEJO PATRICIO

Sí, bueno. En fin… (Muy rápido). Es muy grave, eso es todo.

CALÍGULA

No, no es nada grave.

EL VIEJO PATRICIO

Pero ¿a qué te refieres, Cayo?

CALÍGULA

A ver, ¿de qué hablamos, amor mío?

EL VIEJO PATRICIO (Mirando a su alrededor).

O sea… (Muy crispado, acaba estallando). Una conspiración contra ti…

CALÍGULA

¿Lo ves? Lo que te decía, no es nada grave.

EL VIEJO PATRICIO

Cayo, quieren matarte.

CALÍGULA (Se acerca a EL VIEJO PATRICIO y lo coge por los hombros).

¿Sabes por qué no puedo creerte?

EL VIEJO PATRICIO (Haciendo ademán de jurar).

Por todos los dioses, Cayo…

CALÍGULA (Despacio y empujándolo hacia la puerta).

No jures, sobre todo no jures. Antes bien, escucha. De ser cierto lo que me dices, cabe suponer que estás traicionando a tus amigos, ¿no?

EL VIEJO PATRICIO (Un tanto desconcertado).

Bueno, Cayo, es que mi amor por ti…

CALÍGULA (Con el mismo tono).

Y eso es algo que no puedo concebir. Siempre he aborrecido la cobardía, tanto que me vería incapaz de no matar a un traidor. Yo te conozco bien. Y estoy seguro de que no querrás ni traicionar ni morir.

EL VIEJO PATRICIO

¡Desde luego, Cayo, desde luego!

CALÍGULA

Pues ya ves que tenía razón no creyéndote. No eres un cobarde, ¿verdad que no?

EL VIEJO PATRICIO

¡Oh, no!…

CALÍGULA

¿Ni un traidor?

EL VIEJO PATRICIO

Eso ni lo dudes, Cayo.

CALÍGULA

Por consiguiente, no hay conspiración. Dime, ¿a que solo era una broma?

EL VIEJO PATRICIO (Descompuesto).

Una broma, una simple broma…

CALÍGULA

Nadie quiere matarme, está claro, ¿no?

EL VIEJO PATRICIO

Por supuesto que no. Nadie quiere matarte.

CALÍGULA (Respirando con fuerza, luego lentamente).

Entonces esfúmate, bonita. Un hombre de honor es un animal tan raro en este mundo que no sé si podría aguantar mucho rato su presencia. Necesito quedarme solo para saborear este gran momento.


ESCENA 5.ª

(Desde donde está, CALÍGULA contempla un instante la tablilla. La coge y la lee. Respira hondo y llama a un GUARDIA).

CALÍGULA

Tráeme a Quereas. (Sale EL GUARDIA). Un momento. (EL GUARDIA se detiene). Con buenas maneras.

(Sale EL GUARDIA. CALÍGULA se pasea un poco de aquí para allá. Luego se dirige hacia el espejo).

CALÍGULA

Habías decidido ser lógico, idiota. La cuestión es saber hasta dónde te puede llevar eso. (Con ironía). Si te trajeran la luna, todo cambiaría, ¿no? Lo imposible pasaría a ser posible y en consecuencia todo quedaría transfigurado de repente. ¿Por qué no, Calígula? ¿Quién puede saberlo? (Mira en torno a él). Es curioso, cada vez hay menos gente a mi alrededor. (Al espejo, con voz sorda). Demasiados muertos, demasiados muertos, demasiados muertos, eso lo va dejando todo vacío. Aunque me trajeran la luna, no podría volver atrás. Por más que los muertos vibrasen bajo la caricia del sol, los asesinatos no quedarían enterrados. (Enfurecido). La lógica, Calígula, hay que perseverar en la lógica. El poder hasta el final, el abandono hasta el final. No, imposible volver atrás. ¡Hay que llegar hasta la consumación!

(Entra QUEREAS).


ESCENA 6.ª

CALÍGULA, repantigado en el asiento, como embutido en su manto. Parece extenuado.

QUEREAS

¿Me has mandado llamar, Cayo?

CALÍGULA (Con voz débil).

Sí, Quereas. ¡Guardias! ¡Antorchas!

(Silencio).

QUEREAS

¿Tienes algo especial que decirme?

CALÍGULA

No, Quereas.

(Silencio).

QUEREAS (Con cierta irritación).

¿Estás seguro de que me necesitas?

CALÍGULA

Totalmente seguro, Quereas. (Nuevo silencio. Repentinamente solicito). Pero discúlpame. Estaba distraído y te he recibido muy mal. Coge ese asiento y conversemos amigablemente. Necesito charlar un rato con una persona inteligente.

(QUEREAS se sienta).

CALÍGULA (Natural, a lo que parece, por primera vez desde el comienzo de la obra).

Quereas, ¿crees que dos hombres con un alma y un orgullo similares pueden, cuando menos una vez en la vida, hablarse con el corazón en la mano, como si estuvieran desnudos el uno frente al otro, prescindiendo de los prejuicios, de los intereses particulares y de las mentiras en que viven?

QUEREAS

En mi opinión, es posible, Cayo. Pero creo que tú eres incapaz de hacerlo.

CALÍGULA

Tienes razón. Solo deseaba saber si pensabas como yo. Pongámonos, pues, las máscaras. Utilicemos nuestras mentiras. Hablémonos como en los combates, cubiertos totalmente hasta la empuñadura de la espada. ¿Por qué no me quieres, Quereas?

QUEREAS

Porque no hay nada amable en ti, Cayo. Porque son cosas que no dependen de uno mismo. Y porque te entiendo demasiado bien y no se puede amar al rostro que uno procura enmascarar en su interior.

CALÍGULA

¿Por qué me odias?

QUEREAS

En eso te equivocas, Cayo. Yo no te odio. Creo que eres un ser dañino y cruel, egoísta y vanidoso. Pero no puedo odiarte porque dudo que seas feliz. Y no puedo despreciarte porque sé que no eres un cobarde.

CALÍGULA

Entonces, ¿por qué quieres matarme?

QUEREAS

Ya te lo he dicho: te considero dañino. Me gusta la seguridad, la necesito. La mayoría de los hombres son como yo. Les resulta imposible vivir en un universo en el que, en un segundo, el pensamiento más extravagante puede penetrar en la realidad, en el que, las más de las veces, ese pensamiento penetra en ella como un cuchillo en el corazón. Yo tampoco quiero vivir en semejante universo. Prefiero saber por dónde piso.

CALÍGULA

La seguridad y la lógica no van a la par.

QUEREAS

Es cierto. No es lógico, pero es sano.

CALÍGULA

Continúa.

QUEREAS

No tengo nada más que decir. No quiero entrar en tu lógica. Tengo otro concepto de mis deberes como hombre. Me consta que la mayoría de tus súbditos opinan como yo. Eres un estorbo para todos. Es natural que desaparezcas.

CALÍGULA

Todo eso está muy claro y es muy legítimo. Para la mayoría de los hombres sería incluso evidente. Pero no para ti. Tú eres inteligente y la inteligencia se paga cara o se niega. Yo la pago. Pero tú, ¿por qué ni la niegas ni quieres pagarla?

QUEREAS

Porque tengo ganas de vivir y de ser feliz. Creo que ninguna de estas dos cosas es posible si se lleva el absurdo hasta sus últimas consecuencias. Soy como todo el mundo. Para sentirme liberado de ello, a veces deseo la muerte de quienes amo, codicio mujeres que me están vedadas por las leyes de la familia o de la amistad. Para ser lógico, debería entonces matar o poseer. Pero considero que esas ideas vagas carecen de importancia. Si todo el mundo las llevara a cabo, no podríamos vivir ni ser dichosos. Una vez más, eso es lo que me importa.

CALÍGULA

Y por lo tanto necesitas creer en una idea superior.

QUEREAS

Creo que hay actos mejores y peores.

CALÍGULA

En cambio, para mí todos son equivalentes.

QUEREAS

Lo sé, Cayo, y por eso mismo no te odio. Pero eres un estorbo, y por tanto tienes que desaparecer.

CALÍGULA

Así es. Pero ¿por qué me lo anuncias si al hacerlo te juegas la vida?

QUEREAS

Porque detrás de mí vendrán otros y porque no me gusta mentir.

(Un silencio).

CALÍGULA

¡Quereas!

QUEREAS

Sí, Cayo.

CALÍGULA

¿Crees que dos hombres con un alma y un orgullo similares pueden, cuando menos una vez en la vida, hablarse con el corazón en la mano?

QUEREAS

Creo que es lo que acabamos de hacer.

CALÍGULA

Sí, Quereas. Y eso que me considerabas incapaz.

QUEREAS

Estaba equivocado, Cayo, lo reconozco y te lo agradezco. Ahora aguardo tu sentencia.

CALÍGULA (Distraído).

¿Mi sentencia? ¡Ah!, quieres decir… (Sacándose la tablilla del manto). ¿Conoces esto, Quereas?

QUEREAS

Sabía que lo tenías.

CALÍGULA (Con tono apasionado).

Sí, Quereas, y tu misma franqueza era fingida. Los dos hombres no se han hablado con el corazón en la mano. De todas formas, da igual. Ahora dejaremos de jugar a ser sinceros y volveremos a ser como antes. De nuevo tendrás que procurar entender mis palabras y soportar mis ofensas y mis malos humores. Escucha, Quereas. Esta tablilla es la única prueba.

QUEREAS

Me voy, Cayo. Este juego estrambótico me tiene harto. Lo conozco demasiado y no quiero verlo más.

CALÍGULA (Con la misma voz apasionada y sopesando las palabras).

Quédate. Es la única prueba, ¿verdad?

QUEREAS

No creo que necesites pruebas para mandar ejecutar a un hombre.

CALÍGULA

Cierto. Pero, por una vez, quiero contradecirme. Eso no molesta a nadie. Y es muy saludable contradecirse de vez en cuando. Y descansa. Yo necesito descansar, Quereas.

QUEREAS

No lo entiendo y no me gustan las complicaciones.

CALÍGULA

Por supuesto, Quereas. Tú eres un hombre sano. ¡No deseas nada que se salga de lo normal! (Soltando una carcajada). Quieres vivir y ser feliz. ¡Ni más ni menos!

QUEREAS

Creo que será mejor que lo dejemos.

CALÍGULA

Todavía no. Un poco de paciencia, ¿de acuerdo? Tengo aquí esta prueba, mírala. Quiero pensar que no puedo condenaros a muerte sin ella. Esa idea me descansa la mente. Pues ahora vas a ver en qué se convierten las pruebas en manos de un emperador.

(Acerca la tablilla a una antorcha. QUEREAS se aproxima. Los separa la antorcha. La tablilla se derrite).

CALÍGULA

¡Ya ves, conspirador! Se derrite, y conforme desaparece esta prueba, se alza un alba de inocencia en tu rostro…, sobre esa frente admirable que tienes, Quereas. ¡Qué hermoso es un inocente, realmente hermoso! Admira mi poder. Ni los propios dioses pueden devolver la inocencia sin antes castigar. En cambio, a tu emperador le basta una antorcha para absolverte y alentarte. Prosigue, Quereas, prosigue hasta el final el magnífico razonamiento que me has expuesto. Tu emperador aguarda el descanso. Es mi manera de vivir y de ser feliz.

(QUEREAS mira a CALÍGULA con estupor. Esboza un gesto, parece comprender, abre la boca y sale bruscamente. CALÍGULA continúa sosteniendo la tablilla en la llama y, sonriendo, sigue a QUEREAS con la vista).

TELÓN