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miércoles, 22 de mayo de 2013

Guy de Maupassant - La madre de los monstruos

La madre de los monstruos
por Guy de Maupassant



Recordé esta horrible historia y a aquella horrible mujer al ver pasar hace unos días, en una playa apreciada por la gente adinerada, a una joven parisiense muy conocida, elegante, encantadora, adorada y respetada por todos.

Mi historia se remonta muy atrás, pero ciertas cosas no se olvidan. Me había invitado un amigo a quedarme un tiempo en su casa en una pequeña ciudad de provincias. Para hacerme los honores del país, me paseó por todos los sitios, me hizo ver los paisajes alabados, los castillos, las industrias, las ruinas; me enseñó los monumentos, las iglesias, las viejas puertas esculpidas, unos árboles de enorme tamaño o con forma extraña, el roble de Saint André y el tejo de Roqueboise.

Mientras examinaba con exclamaciones de entusiasmo benévolo todas las curiosidades de la región, mi amigo me dijo con aire desolado que ya no quedaba nada por visitar. Respiré. Ahora iba a poder descansar un poco, a la sombra de los árboles. Pero de pronto dio un grito:

—¡Ah, sí! Tenemos a la madre de los monstruos, debes conocerla.
—¿A quién? —pregunté—. ¿A la madre de los monstruos?
—Es una mujer abominable —prosiguió—, un verdadero demonio, un ser que da a luz cada año, voluntariamente, a niños deformes, horribles, espantosos, en fin unos monstruos, y que los vende al exhibidor de fenómenos.

Esos siniestros empresarios vienen a informarse de vez en cuando de si ha producido algún nuevo engendro y, cuando les gusta el sujeto, se lo llevan y le pagan una renta a la madre. Tiene once engendros de esta naturaleza. Es rica. Crees que bromeo, que invento, que exagero. No, amigo mio. No te cuento más que la verdad, la pura verdad. Vayamos a ver a esa mujer. Luego te contaré cómo se convirtió en una fábrica de monstruos.

Me llevó a las afueras de la ciudad.

Ella vivía en una bonita casita al borde de la carretera. Resultaba agradable y estaba muy cuidada. El jardín, lleno de flores, olía bien. Parecía la residencia de un notario retirado de los negocios. Una criada nos hizo entrar a una especie de pequeño salón campesino y la miserable apareció. Tendría unos cuarenta años. Era una mujer alta, de rasgos duros, pero bien hecha, vigorosa y sana, el auténtico tipo de campesina robusta, medio bruta y medio mujer. Sabía de la reprobación general y parecía recibir a la gente con una humildad llena de odio.

—¿Qué desean los señores? —preguntó.
—Me han dicho que su último hijo estaba hecho como todo el mundo —respondió mi amigo—, pero que no se parecía en absoluto a sus hermanos. He querido cerciorarme de ello. ¿Es verdad?

Nos echó una mirada ladina y furiosa y contestó:

—¡Oh, no! ¡Oh, no, señor! Es casi más feo que los otros. Mi mala suerte, mi mala suerte. Todos así, señor, todos así, qué desgracia tan grande, ¿cómo puede nuestro Señor tratar así a una pobre mujer como yo, sola en el mundo? ¿Cómo puede ser?

Hablaba deprisa, los ojos bajos, con aire hipócrita, igual que una fiera que tiene miedo. Endulzaba el tono áspero de su voz y uno se extrañaba de que aquellas palabras lacrimosas e hiladas en falsete salieran de ese gran cuerpo huesudo, demasiado fuerte, con ángulos bastos, que parecía estar hecho para los gestos vehementes y para aullar del mismo modo que los lobos.

—Quisiéramos ver a su pequeño —pidió mi amigo.

Me pareció que se sonrojaba. ¿Quizá me equivoqué? Tras unos instantes de silencio, dijo en voz más alta:

—¿De qué les serviría?

Y había vuelto a enderezar la cabeza, mirándonos de hito en hito con ojeadas bruscas y con fuego en la mirada.

—¿Por qué no nos lo quiere enseñar? —insistió mi compañero—. A otra gente sí que se lo enseña. ¡Sabe de quién hablo!

La mujer se sobresaltó y, liberando su voz, dando rienda suelta a su ira, gritó:

—Diga, ¿pa' eso han venido? ¿Pa' insultarme, eh? ¿Porque mis hijos son como animales, verdá? No lo van a ver, no, no, no lo van a ver; váyanse, váyanse. ¿Por qué les dará a todos por torturarme así?

Venía hacia nosotros, con las manos en las caderas. Al sonido brutal de su voz, una especie de gemido o más bien de maullido, un lamentable grito de idiota salió del cuarto vecino. Me hizo estremecerme hasta los tuétanos. Retrocedimos ante ella.

—Tenga cuidado, Diabla —en el pueblo la llamaban la Diabla—, tenga cuidado, tarde o temprano le traerá mala suerte.

Se echó a temblar de furor, agitando sus puños, desquiciada, gritando:

—¡Váyanse! ¿Qué me traerá mala suerte? ¡Váyanse! ¡Canallas!

Se nos iba a lanzar encima. Nos escapamos, con el corazón en la boca. Cuando estuvimos fuera de la casa, mi amigo preguntó:

—¡Pues bien! ¿La has visto? ¿Qué te parece?
—Cuéntame ya mismo la historia de esa bruta —pedí.

Y he aquí lo que me contó mientras volvíamos con pasos lentos por la blanca carretera general, orlada de cosechas ya maduras, que un viento ligero, a ráfagas, hacía ondular como a un mar tranquilo.

Hace tiempo, esa chica servía en una granja; era trabajadora, formal y ahorradora. No se le conocían enamorados, no se sospechaba que tuviera debilidades. Cometió una falta, como lo hacen todas, una tarde de cosecha, en medio de las gavillas segadas, bajo un cielo de tormenta, cuando el aire inmóvil y pesado parece estar lleno de un calor de horno y empapa de sudor los cuerpos morenos de los muchachos y de las muchachas. Pronto se dio cuenta de que estaba embarazada y la atormentaron la vergüenza y el miedo. Para esconder su desgracia a toda costa se apretaba con violencia el vientre con un sistema que había inventado, un corsé de fuerza, hecho con tablillas y cuerdas. Cuanto más se le hinchaba el vientre por la presión del niño que iba creciendo, más apretaba el instrumento de tortura: un verdadero martirio. Pero se mantenía valiente ante el dolor, siempre sonriente y ágil, sin dejar que se viera ni se sospechara nada.

Desgració en sus entrañas al pequeño ser oprimido por la horrible máquina; lo comprimió, lo deformó, hizo de él un monstruo. Su cabeza apretada se alargó, se desprendió en forma de punta con dos gruesos ojos saltones que salían de la frente. Los miembros oprimidos contra el cuerpo crecieron, retorcidos como la madera de las vides, se alargaron desmesuradamente, acabados en dedos semejantes a las patas de las arañas. El torso se quedó muy pequeño y redondo como una nuez. Dio a luz en pleno campo una mañana de primavera. Cuando las escardadoras, que acudieron en su ayuda, vieron lo que le salía del cuerpo, se escaparon gritando. Y corrió el rumor en la región de que había parido un demonio. Desde entonces la llaman "la Diabla".

La echaron del trabajo. Vivió de la caridad y quizás de amor en la sombra, ya que era buena moza, y no todos los hombres temen el infierno. Crió a su monstruo, a quien por cierto aborrecía, con un odio salvaje, y a quien quizás habría estrangulado si el cura, previendo el crimen, no la hubiera asustado con la amenaza de la justicia. Ahora bien, un día, unos exhibidores de fenómenos que estaban de paso oyeron hablar del espantoso engendro y pidieron verlo para llevárselo si les gustaba. Les gustó y pagaron a la madre quinientos francos contantes y sonantes. Ella, primero vergonzosa se negaba a dejar ver a esa especie de animal; pero cuando descubrió que valía dinero, que excitaba el deseo de esa gente, se puso a regatear, a discutir cada céntimo, azuzándoles con las deformidades de su hijo, alzando sus precios con una tenacidad de campesino.

Para que no la robaran, les hizo firmar un papel. Y se comprometieron a abonarle además cuatrocientos francos por año, como si tomaran ese bicho a su servicio. Aquella ganancia inesperada enloqueció a la madre y ya no la abandonó el deseo de dar a luz a otro fenómeno, para disfrutar de rentas como una burguesa. Como era muy fértil, consiguió lo que se proponía, y se volvió hábil, parece ser, en variar las formas de sus monstruos según las presiones que les hacía padecer durante el tiempo del embarazo. Tuvo engendros largos y cortos, algunos parecidos a cangrejos, otros semejantes a lagartos. Varios murieron, y se sintió afligida.

La justicia intentó intervenir, pero no se pudo probar nada. Se la dejó pues fabricar sus fenómenos en paz. En este momento tiene once engendros bien vivos, que le proporcionan, año tras año, de cinco a seis mil francos. Sólo uno no está colocado todavía, el que no ha querido enseñarnos. Pero no se lo quedará mucho tiempo, porque hoy en día todos los feriantes del mundo la conocen y vienen de vez en cuando a ver si tiene algo nuevo. Incluso organiza subastas entre ellos cuando el sujeto lo merece. Mi amigo calló. Una repugnancia profunda me levantaba el corazón, así como una ira tumultuosa, un arrepentimiento de no haber estrangulado a aquella bruta cuando la tenía al alcance de la mano.

—¿Pero quién es el padre? —pregunté.
—No se sabe —contestó—. Tiene o tienen cierto pudor. Se esconde o se esconden. A lo mejor comparten los beneficios.

Ya no pensaba en esa lejana aventura hasta que vi, hace unos días, en una playa de moda, a una mujer elegante, encantadora, coqueta, amada, rodeada por hombres que la respetan. Iba por la playa arenosa con un amigo, el médico de la estación. Diez minutos más tarde, vi a una criada que cuidaba a tres niños envueltos en la arena. Unas pequeñas muletas que yacían en el suelo me conmovieron. Noté entonces que los tres pequeños seres eran deformes, jorobados y corvos, horrorosos.

—Son los productos de la encantadora mujer con la que acabamos de cruzarnos —me dijo el doctor.

Una lástima profunda por ella y por ellos se apoderó de mi alma.

—¡Oh, pobre madre! —exclamé—. ¡Cómo puede seguir riéndose!
—No la compadezcas, querido amigo —respondió el doctor—. Son los pobres pequeños a quienes hay que compadecer. Ésos son los resultados de las cinturas que permanecieron finas hasta el último día. Estos monstruos se fabrican con el corsé. Ella sabe perfectamente que se juega la vida. ¡Qué más le da, con tal de ser bella y amada!

Y recordé a la otra, la campesina, la Diabla, que vendía sus fenómenos.

miércoles, 6 de marzo de 2013

Guy de Maupassant - Minué

Minué
por Guy de Maupassant


-Las grandes desgracias no me impresionan. He visto muy de cerca la guerra y he pasado sin emocionarme por encima de montones de cadáveres -decía Juan Bridelle, un solterón con cara de escéptico-. Las tremendas atrocidades de la naturaleza y de la humanidad pueden arrancarnos gritos de indignación o de espanto, pero no alcanzan a darnos esa punzada en el corazón, ese escalofrío que nos corre por la espina dorsal cuando vemos ciertas escenas pequeñas y tristes.

Para una madre, perder un hijo es la cosa más penosa que le puede ocurrir, como es, para cualquier hombre, la pérdida de su madre. Son desgracias crueles, terribles, que trastornan y desgarran; pero de la misma manera que se cicatrizan las heridas profundas y sangrientas, se cura también el alma que ha sufrido tales catástrofes. Sin embargo, ciertos hechos pequeños, ciertas realidades apenas advertidas, apenas adivinadas, ciertos pesares secretos, ciertas perfidias del destino que remueven en nuestro interior todo un mundo de dolorosos pensamientos, que nos entreabren la puerta misteriosa de los sufrimientos morales, complicados e incurables, tanto más profundos cuanto menos benignos, tanto más vivos cuanto más fugaces, tanto más persistentes cuanto menos espontáneos, nos dejan en el alma un reguero de tristeza, un regusto de amargura, un sensación de desencanto de la cual nos cuesta mucho desprendernos.

En este momento recuerdo dos o tres hechos en los que quizás otros no habrían reparado, pero que se metieron en mí como punzadas hondas e incurables.

Les parecerá a ustedes incomprensibles la emoción que me han dejado esas fugaces impresiones. Voy a relatarles solamente una, que data de antiguo, pero que sigue tan palpitante como si fuese de ayer. Es posible que el enternecimiento que me produce sea obra por completo de mi imaginación.

Hoy tengo cincuenta años. Entonces era un muchacho estudiante de derecho.

Yo era un joven algo triste y soñador, impregnado de una filosofía melancólica. En ese momento no me gustaban los cafés bulliciosos ni los compañeros alborotadores ni las muchachas livianas. Madrugaba, y uno de mis placeres favoritos era el de pasearme solo, a eso de las ocho de la mañana, por los viveros de árboles del Luxemburgo.

Ustedes no han conocido esos viveros, ¿no es así? Eran como un jardín olvidado del último siglo, un parque bonito como una dulce sonrisa de anciana. Tupidos setos dividían las avenidas angostas y rectas, eran avenidas tranquilas, resguardadas por dos muros de follaje, recortados con exactitud geométrica. Las grandes tijeras del jardinero no cesaban de trabajar igualando aquellos verdes muros; de trecho en trecho había terrazas de flores festoneadas de minúsculos arbolitos, alineados como colegiales de paseo, grupos de rosales magníficos y grandes plantaciones de árboles frutales.

Un lugar preferencial de aquel parque cautivador estaba reservado a las abejas. Sus colmenas de paja, sabiamente espaciadas sobre tablones, abrían al sol sus puertas, del tamaño del hueco de un dedal; y por donde quiera que caminase, zumbaban los insectos de oro, verdaderos dueños de aquel lugar pacífico, auténticos paseantes de aquellas avenidas que parecían pasillos. Allí pasaba yo casi todas las mañanas. Me sentaba en un banco y leía. A veces dejaba el libro sobre mis rodillas para soñar, para escuchar en torno mío la palpitación de la vida de París y gozar del sosiego infinito de aquel parque del siglo pasado.

Sin embargo, pronto me di cuenta de que yo no era el único visitante habitual que aparecía en aquel sitio desde que se abrían las puertas; y más de una vez, al doblar un matorral, me encontré cara a cara con un viejecito curioso. Usaba zapatos con hebillas de plata, pantalones con portañuelas, levita color tabaco de España, una puntilla por corbata y un inverosímil sombrero gris de anchas alas, de la época del diluvio.

Era seco, muy seco, anguloso, sonriente y algo amanerado. Sus ojos, llenos de viveza, parecían palpitar y estremecerse debido a que sus párpados se abrían y se cerraban constantemente. Se apoyaba en un magnífico bastón con puño de oro que sería, seguramente, algún antiguo recuerdo.

En un principio aquel extraño viejecito despertó mi asombro, pero acabó interesándome de una manera extraordinaria. Lo espiaba a través de aquellos muros de hojas, lo seguía de lejos y me detenía en los recovecos de los bosquecillos para que no me viese.

Hasta que una mañana, creyéndose completamente solo, se puso a hacer unos movimientos sorprendentes: dio primero unos saltitos e hizo enseguida una reverencia; sus frágiles piernas trenzaron luego una cabriola, con bastante soltura, y a continuación empezó a girar sobre sí mismo, dando saltos y moviéndose con viveza, de una manera especial, sonriendo como si estuviera ante un público, haciendo venias, entrelazando sus brazos, contorsionando su cuerpo de muñeco, repartiendo en aquella soledad leves inclinaciones de cabeza, enternecedoras y ridículas. ¡Bailaba!

Quedé suspendido por el asombro, pensando si estaría loco él o sería yo el que veía visiones.

Abruptamente la danza terminó y el viejecito se adelantó como un actor en un escenario, se inclinó y, retrocediendo graciosamente, empezó a lanzar sonrisas y besos, los que enviaba con mano trémula a las hileras de árboles recortados. A continuación reanudó con mucha seriedad su paseo.

Desde aquel día no lo perdí de vista; todas las mañanas repetía la inverosímil escena.

Me entraron unas ganas locas de conversar con él. Me arriesgué y, después de saludarlo, le dije:

-Hace un hermoso día, señor.

Me hizo una reverencia.

-Así es, caballero, parece un día de otros tiempos.

A la semana éramos grandes amigos y me enteré de su vida. Había sido maestro de baile en el teatro de la Ópera durante el reinado de Luis XV. Su hermoso bastón le había sido regalado por el Conde de Clermont. Cuando llegábamos al tema de la danza no dejaba de hablar.

Un día me confidenció que se había casado con la Castris, quien hacía su aparición en las tardes.

-Este jardín -me decía- es nuestra delicia y nuestra vida. No nos queda ya más de aquellos tiempos. Si nos lo quitasen, creo que no podríamos seguir viviendo. Tiene abolengo y distinción, ¿no le parece? Me hace el efecto de que aquí respiro la misma atmósfera de mi juventud. En él pasamos mi mujer y yo todas las tardes; pero yo soy madrugador y vengo desde la mañana.

Apenas terminé de comer volví al Luxemburgo y tropecé muy pronto con mi amigo, quien llevaba del brazo a una viejecita menuda, vestida de negro, a la que fui presentado. Era la Castris, la famosa bailarina , amada de príncipes, amada del rey, amada por todo un siglo que dejó tras de sí un aroma de amor galante. Nos sentamos en un banco. Corría el mes de mayo. Por el follaje de las avenidas perfumadas por el aroma de las flores se deslizaba un sol benigno que derramaba sobre nosotros una débil luz. El vestido de la Castris parecía humedecido por gotitas luminosas.

El jardín estaba solitario; a lo lejos se oía un sonido de carruajes. Entonces le pregunté al anciano bailarín:

-¿Querría usted darme una idea de lo que era el minué?

Se estremeció.

-El minué, caballero, es la reina de las danzas, y la danza de las reinas. ¿Me comprende usted? Al desaparecer los reyes, desapareció con ellos el minué.

Comenzó un elogio ditirámbico, hecho en un lenguaje pomposo, sobre el estilo y las figuras y otros detalles, de lo cual no llegué a entender nada. Le pedí que me describiese los pasos, los movimientos, las posturas. Se confundió entero y, al ver su impotencia, se puso nervioso y preocupado. Pero de pronto se volvió a su antigua compañera, que permanecía seria y silenciosa, y le dijo:

-Elisa, ¿serías tan gentil de ayudarme a mostrarle a este señor lo que era el minué?

Miró ella a todos lados con ojos inquietos y después, sin decir palabra, fue a situarse frente a frente al bailarín.

Lo que vi entonces no lo olvidaré jamás.

Ambos iban y venían haciendo delicados gestos infantiles, se dirigían sonrisas, se deslizaban, se inclinaban, daban brinquitos como dos viejas muñecas movidas por un artificio mecánico de otros tiempos, algo forzado, obra de un obrero muy hábil para su época, pero que hoy aparecía algo obsoleto. Yo contemplaba en silencio, con el corazón turbado por sensaciones extraordinarias, sintiendo una indecible melancolía. Creía encontrarme ante una visión lamentable y cómica, ante el remedo anticuado de otra época. Me entraban ganas de reír y sentía necesidad de llorar.

Se detuvieron de improviso; habían terminado las figuras del baile. Durante unos segundos permanecieron en pie, cara a cara, haciendo los más extraños ademanes; después se besaron entre sollozos.

A los pocos día tuve que salir de París. No volví a verlos. A mi regreso, dos años más tarde, habían deshecho los viveros. ¿Qué habrá sido de aquella pareja sin su amado jardín de otros tiempos, con sus paseos dispuestos en forma de laberinto, con su aroma del pasado y las graciosas curvas de sus glorietas? ¿Habrán muerto ya? ¿Andarán errantes, almas en pena, como en país extraño, por las calles modernas? ¿Bailan tal vez, como espectros grotescos, un fantástico minué entre cipreses de un cementerio, al claro de luna, por sendas bordeadas de tumbas?

El recuerdo suyo me persigue, me obsesiona, me tortura; ha quedado dentro de mí como una herida sin cicatrizar. ¿Por qué? Lo ignoro.

Y ustedes creerán seguramente que estos persistentes recuerdos no son más que una gran tontería.

martes, 11 de septiembre de 2012

Guy de Maupassant - Junto a un muerto

Junto a un muerto
por Guy de Maupassant



Se moría poco a poco, como se mueren los tísicos. Todos los días lo veía sentarse a eso de las dos, bajo las ventanas del hotel, frente al mar, tranquilo, en un banco del paseo.

Permanecía algún tiempo inmóvil bajo el calor del sol, contemplando con ojos sombríos el Mediterráneo.

A veces dirigía una mirada hacia la alta montaña de cumbres brumosas que cierra el Mentón; luego, con un movimiento muy lento, cruzaba sus largas piernas, tan enflaquecidas que parecían dos huesos alrededor de los cuales flotaba el paño del pantalón, y abría un libro, siempre el mismo.

Entonces, sin variar de postura, leía, leía con los ojos y con el pensamiento: parecía que todo su pobre cuerpo desfalleciente leía, que su alma penetraba, se perdía, desaparecía en aquel libro hasta la hora en que el aire fresco lo hacía toser un poco. Entonces, levantándose, penetraba en el hotel.

Era un alemán alto, de barba rubia, que almorzaba y comía en su cuarto y no hablaba con nadie.

Una vaga curiosidad me atrajo hacia él. Un día me senté a su lado, teniendo yo también en la mano, por el bien parecer, un volumen de poesías de Musset.

Me puse a hojear Rolla.

De pronto mi compañero me preguntó en un francés muy correcto:

-¿Sabe usted alemán, caballero?

-Ni una palabra.

-Lo siento; porque, ya que la casualidad nos ha reunido, le hubiera prestado, le hubiera hecho fijarse en una cosa inestimable: este libro que aquí tengo.

-¿Qué libro es ése?

-Es un ejemplar de mi maestro Schopenhauer, anotado por él. Todas las márgenes, como puede usted ver, están cubiertas con su letra.

Cogí con respeto aquel libro y contemplé aquellos garabatos incomprensibles para mí, pero que revelaban el inmortal pensamiento del mayor destructor de sueños que ha pasado por el mundo.

Entonces los versos de Musset estallaron en mi memoria:

VOLTAIRE:
¿Duermes contento, y tu sonrisa horrible
envuelve aún tu rostro de ironía indecible?


Y comparé involuntariamente el sarcasmo infantil, el sarcasmo religioso de Voltaire con la irresistible ironía del filósofo alemán, cuya influencia es, a pesar de todo, imborrable.

Aunque muchos protesten, se enfaden, se indignen o se exalten, no hay duda de que Schopenhauer ha marcado a la humanidad con el sello de su desdén y de su desencanto.

Filósofo desengañado, ha derribado las creencias, las esperanzas, las poesías, las quimeras; ha destruido las aspiraciones, ha asolado la confianza de las almas, ha matado el amor, abatiendo el culto ideal de las mujeres, ha destrozado las ilusiones del corazón; realizó la obra más gigantesca de escepticismo que pudo intentarse. Todo lo ha aplastado con su burla. Hoy mismo, los que lo abominan llevan indudablemente, muy a pesar suyo, en sus ideas, reflejos de su pensamiento.

-¿Ha conocido usted en la intimidad a Schopenhauer -pregunté al alemán.

-Hasta su muerte, caballero -contestó sonriendo con profundo aire de tristeza.

Me habló de él, refiriéndome la impresión casi sobrenatural que causaba aquel ser extraño a cuantos a él se acercaban.

Me contó la entrevista del "viejo demoledor" con un político francés, republicano, el cual, queriendo ver a aquel hombre, le encontró en una cervecería tumultuosa, sentado entre sus discípulos, seco, arrugado, riendo con una risa inolvidable, mordiendo y desgarrando las ideas y las creencias con una sola palabra, como un perro que de un mordisco deshace los tisúes con que está jugando, y me repitió la frase de aquel francés, que al irse, enloquecido y azorado, exclamaba: "He creído pasar una hora con el diablo".

Luego, añadió:

-En efecto, tenía una espantosa sonrisa que nos inspiró miedo hasta después de su muerte. Es una anécdota casi desconocida y que puedo contarle si le interesa.

Su voz cansada era interrumpida con frecuencia por los golpes de tos, mientras me refería lo siguiente:

-Schopenhauer acababa de morir, y convinimos que le velaríamos de dos en dos hasta la mañana siguiente.

"Estaba de cuerpo presente en una habitación, muy sencilla, amplia y sombría. Dos bujías ardían sobre la mesa de noche.

"El rostro no estaba desfigurado. Sonreía. Aquella arruga que conocíamos tan bien se marcaba en el extremo de sus labios; nos parecía que iba a abrir los ojos, a moverse, a hablar.

"Su pensamiento, o mejor dicho, sus pensamientos nos envolvían; nos sentíamos más que nunca en la atmósfera de su genio, invadidos, poseídos por él. Su dominio nos parecía más soberano a la hora de su muerte. Un misterio se mezclaba con el poder incomparable de aquel espíritu.

"El cuerpo de esos hombres desaparece, pero ellos quedan; y en la noche que sigue a la paralización de su corazón, le aseguro, caballero, que se ofrecen de un modo espantoso.

"Hablábamos bajo, siempre de él, recordando frases, fórmulas, aquellas sorprendentes máximas, semejantes a fulgores que iluminasen con algunas palabras las tinieblas de la vida ignorada.

"-Me parece que va a hablar -dijo mi camarada.

"Y miramos, con una inquietud rayana en miedo, aquel rostro inmóvil que no dejaba de sonreír.

"Poco a poco sentimos cierto malestar, opresión y aun desfallecimiento.

"-No sé lo que tengo, pero te aseguro que estoy malo -balbucí.

"Y entonces notamos que el cadáver olía mal.

"Mi compañero me propuso que nos trasladáramos al cuarto inmediato, dejando la puerta abierta; y yo acepté.

"Cogí una de las bujías que ardían en la mesa de noche, dejando allí la otra, y nos fuimos a sentar al otro extremo de la habitación de manera que pudiéramos ver desde nuestro sitio la cama y el muerto en plena luz.

"Pero nos obsesionaba de continuo; se hubiera dicho que su ser, inmaterial, libre, todopoderoso y dominante, rondaba en torno nuestro; y a veces, el infame olor del cuerpo descompuesto nos alcanzaba, nos penetraba, repugnante y vago.

"De pronto nos sentimos estremecidos hasta los huesos: un ruido, un leve ruido había salido del cuarto del muerto. Nuestras miradas se dirigieron hacia él y vimos, sí, señor, vimos perfectamente uno y otro una cosa blanca deslizándose por encima de la cama para caer en el suelo, sobre la alfombra, y desaparecer debajo de una butaca.

"De pronto nos pusimos de pie, sin saber que pensar, alocados por un terror estúpido, dispuestos a huir. Luego nos miramos el uno al otro. Estábamos horriblemente pálidos.

"El corazón nos latía con tal fuerza que se notaban sus latidos sobre nuestras levitas.

"Fui el primero en hablar.

"-¿Has visto?

"-Sí; he visto.

"-¿No está muerto?

"-Se halla en estado de putrefacción.

"-¿Qué vamos a hacer?

"Mi compañero, vacilante, dijo:

"-Hay que ir a verlo.

"Cogí nuestra bujía y entré delante, registrando con la mirada la extensa habitación de rincones oscuros. Nada se movía. Me acerqué a la cama. Pero permanecí sobrecogido de estupefacción, de espanto: ¡Schopenhauer ya no sonreía! Tenía un gesto horrible: la boca apretada, las mejillas profundamente hundidas.

"-¡No está muerto! -exclamé.

"Pero el olor espantoso que me llegaba a las narices me sofocaba. No me movía, mirándolo con fijeza, tan turbado como ante una aparición.

"Entonces mi compañero, cogiendo la otra bujía, se agachó. Luego me tocó en el brazo, sin decirme una palabra. Siguiendo su mirada, descubrí en el suelo, bajo la butaca, al lado de la cama, muy blanca, sobre la oscura alfombra, abierta como para morder, la dentadura postiza de Schopenhauer.

"El trabajo de la descomposición, que afloja las mandíbulas, la había hecho salirse de la boca.

"Aquel día tuve realmente miedo, caballero."

Y como el sol se acercaba al mar resplandeciente, el alemán tísico se levantó y, después de saludarme, entró en el hotel.