lunes, 10 de mayo de 2021

Franz Kafka - Un médico rural (1918)

Un médico rural
por Franz Kafka




Me encontraba en un gran apuro. Debía emprender un viaje con la mayor urgencia, un enfermo grave me esperaba en un pueblo, situado a diez millas de distancia; una fuerte ventisca de nieve azotaba el amplio espacio que nos separaba. Disponía de un coche ligero, de grandes ruedas, apropiado para nuestros caminos. Yo estaba en el patio, cubierto con la piel y con el maletín del instrumental en la mano, listo para partir; no obstante, faltaba el caballo, no había caballo. Mi caballo había muerto la noche anterior a causa de la extenuación provocada por el gélido invierno; mi criada recorría el pueblo para ver si alguien le prestaba un caballo, pero en vano, yo lo sabía muy bien, y allí permanecía yo sin objeto, cada vez más cubierto de nieve, cada vez más inmóvil. La muchacha apareció en la puerta, sola, balanceando la linterna; es natural, ¿quién iba a prestar su caballo para un viaje semejante? Recorrí de nuevo el patio; no encontraba ninguna solución; angustiado, atormentado, pegué una patada a la resquebrajada puerta de la pocilga, que no se utilizaba desde hacía años. Se abrió y osciló sobre el quicio. De la pocilga se escapó un olor y un calor como de caballos. Una turbia lámpara de establo se balanceaba en una cuerda. Un hombre, acurrucado bajo el cobertizo, mostró su rostro franco, de ojos azules.

—¿Debo enganchar? —preguntó, saliendo a gatas.

—Ayúdale —dije, y la solícita muchacha se apresuró para acercarle los arneses del coche al palafrenero. Pero apenas se le había acercado, cuando el mozo la abrazó y pegó su rostro al suyo. Ella gritó y huyó hacia mí; en su mejilla se podían ver las marcas rojas de dos hileras de dientes.

—¡Tú, bestia! —grité furioso—, ¿quieres probar el látigo?

No obstante, me acuerdo de que es un extraño, de que no sé de dónde viene y de que me ayuda voluntariamente en lo que los demás han fracasado. Como si pudiera leer mis pensamientos, no toma a mal mi amenaza, sino que se vuelve hacia mí, siempre ocupado con los caballos.

—Sube —dice entonces, y, en efecto, todo está preparado. Me doy cuenta de que nunca había viajado con un tiro tan hermoso, así que subo contento.

—Pero yo lo guiaré, tú no conoces el camino —digo yo.

—Por supuesto —dice él—, yo no voy contigo, me quedo aquí con Rosa.

—No —grita Rosa, y corre hacia la casa con el presentimiento de un destino inevitable.

Oigo cómo suena la cadena de la puerta cuando la echa, y luego cómo cierra con llave. A continuación se la puede ver recorriendo el pasillo y todas las habitaciones, apagando las luces para que no la pueda encontrar.

—Vienes conmigo —le digo al palafrenero—, o renuncio a salir, por muy urgente que sea. No te voy a dar a la muchacha como precio por el viaje.

—¡Adelante! —dice, y da una palmada; el coche se ve arrastrado, como madera en un torrente; aún oigo cómo la puerta de mi casa se hace añicos tras la embestida del palafrenero; tanto mis ojos como mis oídos quedan afectados por un silbido que invade simultáneamente todos los sentidos. Pero sólo dura un instante, pues aparezco en mi lugar de destino como si se abriera la puerta de mi enfermo directamente ante la puerta de mi patio; los caballos permanecen tranquilos; ha dejado de nevar; la luz de la luna ilumina el entorno. Los padres del enfermo salen presurosos de la casa, la hermana detrás de ellos; prácticamente me sacan del coche; de sus confusas palabras no puedo deducir nada. En la habitación del enfermo el aire es irrespirable, el descuidado fogón del horno humea; abriré la ventana, pero primero quiero ver al enfermo. Delgado, sin fiebre, tampoco está frío, ni caliente, con ojos vacíos, sin camisa, el joven se yergue bajo el edredón y se abraza a mi cuello, susurrándome al oído:

—Doctor, déjeme morir.

Miro a mi alrededor, nadie lo ha oído; los padres permanecen inclinados y en silencio, esperan mi diagnóstico; la hermana ha traído una silla para mi maletín de mano. Abro el maletín y busco en mi instrumental; el joven sigue tanteando fuera de la cama hacia mí para recordarme su súplica; cojo unas pinzas, las examino a la luz de la vela y las vuelvo a dejar en su sitio.

«Sí» —reniego en silencio—, «en casos así los dioses ayudan, mandan el caballo que falta, añaden por las prisas un segundo caballo, y para colmo envían un palafrenero». Ahora vuelvo a acordarme de Rosa; ¿qué puedo hacer?, ¿cómo podría salvarla?, ¿cómo podré sacarla de debajo de ese palafrenero, a diez millas de distancia, y con esos caballos indomables? Esos caballos que, por añadidura, han aflojado las riendas y, no sé cómo, empujan la ventana desde fuera. Cada uno abre una ventana e introduce la cabeza a través de ella y, sin preocuparse de los gritos de la familia, contemplan imperturbables al enfermo. «Regresaré de inmediato», pienso, como si los caballos me incitaran a emprender el viaje, pero permito que la hermana me quite el abrigo de piel, pues cree que el calor me aturde. Me sirven un vaso de ron; el viejo me da unas palmadas en el hombro, el que me haya dado a probar el ron, su tesoro, justifica esta confianza; rechazo el ofrecimiento con la cabeza; la estrechez mental del viejo me marea, sólo por eso me niego a beber. La madre permanece en la cama, me hace una seña para que vaya; me acerco y, mientras uno de los caballos relincha con fuerza hacia el techo, pongo la cabeza sobre el pecho del niño, que se estremece con el contacto de mi barba mojada. Se confirma lo que ya sabía, el niño está sano, pero la circulación no es buena, ya que la madre lo ha atiborrado de café, pero está sano y lo mejor sería sacarlo de la cama de un empujón. Pero no aspiro a reformar el mundo, así que lo dejo acostado. He sido empleado por el distrito y cumplo con mi deber hasta el límite de mis posibilidades. Aunque mal pagado, soy generoso y caritativo con los pobres. Sólo tengo que preocuparme por Rosa, luego puede que tenga razón el chico y yo también quiera morirme. ¿Qué hago aquí, en este invierno eterno? Mi caballo ha reventado, y no hay nadie en el pueblo que me preste el suyo. Tengo que sacar mi tiro de caballos de la pocilga; si no fueran casualmente caballos, hubiera tenido que viajar tirado por cerdos. Así es. Y me despido de la familia con un gesto. No saben nada de esto, y si lo supieran, no lo creerían. Es fácil extender recetas, pero, en lo demás, resulta difícil entenderse con la gente. Bien, mi visita ha terminado, han logrado que me vuelva a esforzar en vano, ya estoy acostumbrado, con la ayuda de mi timbre nocturno me atormenta todo el distrito, pero que, encima, ahora tenga que entregar a Rosa, a esa muchacha tan bonita que, sin apenas fijarme en ella, ha vivido en casa durante años. Este sacrificio es demasiado grande, tengo que emplear todas las argucias para apartarlo de mi mente y no abalanzarme sobre esta familia que, al fin y al cabo, tampoco podría devolverme a Rosa ni con su mejor voluntad. Pero cuando cierro el maletín de mano y hago una seña para que me traigan el abrigo, la familia permanece allí, junta, el padre olisqueando el vaso de ron que tenía en la mano, la madre, lacrimosa, probablemente decepcionada por mi actuación —pero ¿qué es lo que espera de mí esta gente?—, mordiéndose los labios, y la hermana agitando una pesada toalla empapada en sangre; ahora estaba dispuesto a admitir, bajo determinadas circunstancias, que el joven, tal vez, estaba enfermo. Voy hacia él, me sonríe conforme me acerco, como si le llevara la sopa más reconfortante. Ay, los caballos vuelven a relinchar; parece como si el ruido hubiera sido ordenado desde las alturas para ayudarme en el reconocimiento. Ahora lo veo, sí, el joven está enfermo. En el costado derecho, en la zona de la cadera, se ha abierto una llaga tan grande como la palma de la mano. Rosada, con múltiples matices, oscura en el centro, más clara en los bordes, la superficie suavemente granulada, con sangre acumulada e irregularmente distribuida, abierta como una mina subterránea. Ése es el aspecto que ofrece a cierta distancia. Al aproximarme noto una complicación. ¿Quién puede contemplar eso sin dejar escapar un silbido? Gusanos, tan largos y gruesos como mi dedo meñique, de color rosado y manchados de sangre, firmemente adheridos al interior de la herida, se abren camino hacia la luz con sus cabecitas blancas y sus numerosas patitas. Pobre muchacho, ya nada te puede ayudar. He encontrado tu gran herida; con esa flor en el costado sucumbes. La familia está feliz, me ven en acción; la hermana se lo dice a la madre, la madre al padre, el padre a algunos de los huéspedes que entran de puntillas por la puerta, balanceándose con los brazos extendidos y atravesando el resplandor de la luna.

—¿Me salvarás? —susurra el muchacho sollozando, completamente ofuscado por la vida que pulula en su herida. Así es la gente de mi comarca. Siempre le exigen al médico lo imposible. Han perdido la fe antigua; el cura se queda sentado en casa y deshilacha las casullas, una detrás de otra; pero el médico tiene que lograrlo todo con su hábil mano de cirujano. Bien, como quieran, no me he ofrecido voluntariamente, que me utilicen para fines sagrados si les da la gana, también lo aceptaré. ¿Qué más puedo pedir yo, un viejo médico rural, al que han robado la criada? Y ahora vienen todos, la familia y los ancianos del pueblo. Me desnudan. El coro del colegio, con el maestro a la cabeza, está ante la puerta y canta una canción con una melodía extremadamente simple:

«¡Quitadle la ropa, entonces curará,
y si no cura, se le matará!
Sólo es un médico, sólo es un médico».

Ya estoy desnudo y contemplo tranquilamente a la gente con el dedo en la barba y la cabeza inclinada. Estoy muy sereno y me muestro superior a todos, aunque no me ayuda, pues me cogen por la cabeza y por los pies y me llevan a la cama. Me dejan al lado de la pared, junto al costado de la herida. Luego salen todos de la habitación, cierran la puerta y el coro enmudece. Las nubes ocultan la luna, el cálido edredón me cubre, las cabezas de los caballos se agitan como sombras en las ventanas.

—¿Sabes? —me dicen al oído—, tengo poca confianza en ti. Te han lanzado hasta aquí, ni siquiera has venido por tus propios medios. Por añadidura, en vez de ayudar, me dejas menos espacio en mi cama de moribundo. Lo mejor es que te saque los ojos.

—De acuerdo —digo—, es una vergüenza. Y bien, soy el médico, ¿qué debo hacer? Créeme, tampoco es fácil para mí.

—¿Y tengo que conformarme con esa disculpa? Ay, ya lo creo, siempre tengo que conformarme. Vine al mundo con una hermosa herida, eso fue todo lo que traje.

—Joven amigo —le digo—, tu error es que careces de una visión general de los hechos. Yo, que he estado en todas las habitaciones de enfermo que hay a lo largo y ancho de la región, te digo: tu herida no es tan mala. Dos golpes de azada en ángulo agudo, nada más. Muchos se limitan a ofrecer su costado y apenas oyen la azada en el monte, y mucho menos cuando se les acerca.

—¿Realmente es así, o tratas de engañarme aprovechándote de mi fiebre?

—Es así, acepta la palabra de honor de un médico rural y llévatela al otro mundo.

Y la aceptó, quedándose en silencio. Pero había llegado el momento de pensar en mi salvación. Aún estaban los fieles caballos en su sitio. Reuní rápidamente la ropa, el abrigo de piel y el maletín; no quería perder el tiempo vistiéndome; si los caballos se daban tanta prisa como al venir, sería como saltar desde esta cama a la mía. Uno de los caballos se retiró obediente de la ventana, arrojé las cosas al coche, el abrigo fue demasiado lejos, quedó colgado de milagro en un gancho por una de las mangas, eso bastaba. Me subí al caballo, las riendas sueltas, rozando el suelo; los caballos mal enganchados; el coche detrás, tambaleándose, al final el abrigo, arrastrándose por la nieve.

—¡Ánimo! —dije—, pero no avanzamos mucho; nos desplazábamos, lentos como ancianos, a través de aquel desierto nevado; largo tiempo resonó a nuestras espaldas el nuevo y erróneo canto de los niños:

«¡Alegraos, pacientes,
os hemos puesto al médico en la cama!».

A este paso no llegaré nunca a casa; mi floreciente consulta en la ruina; un sucesor me roba, pero en vano, pues no me puede sustituir; el repugnante palafrenero campa por sus respetos en mi casa, Rosa es su víctima; no quiero ni pensarlo. Desnudo, expuesto al frío de la más desgraciada de todas las épocas, en un coche terrenal y con caballos ultraterrenos, yo, un viejo, voy a la deriva. Mi abrigo cuelga de la parte trasera del coche, pero no lo puedo alcanzar, y nadie en la movediza chusma de pacientes es capaz de mover un dedo. ¡Estafado! ¡Estafado! Una vez que se ha seguido la falsa llamada del timbre nocturno, ya no hay remedio.

sábado, 8 de mayo de 2021

Karmelo C. Iribarren - Figuras tristes con cierta mítica (2007)

Figuras tristes con cierta mítica
por Karmelo C. Iribarren





Los he visto muchas veces,
apostados en las esquinas de las barras,
con la mirada absorta
en el fondo del vaso,
como si el tiempo se hubiese detenido para ellos,
como si fuese ése y ningún otro su sitio,
el que siempre han estado buscando,
a través de aeropuertos, terminales y estaciones
(de matrimonios rotos, de rutina, de espeso asco)
Son figuras tristes y con una cierta mítica
que se pierden un día en la madrugada
llevándose quién sabe a dónde
su pequeño misterio y su luz.
Otros como ellos ocupan su lugar.

viernes, 7 de mayo de 2021

Oscar Wilde - El maestro (1894)

El maestro
por Oscar Wilde





Y cuando las tinieblas cayeron sobre la tierra, José de Arimatea, encendiendo una antorcha de madera resinosa, bajó de la colina al valle. Porque tenía que hacer en su casa.

Y arrodillado sobre los sílices del Valle de Desolación, vio a un joven que estaba desnudo y que lloraba. Sus cabellos eran del color de la miel y su cuerpo como una flor blanca, pero las espinas habían desgarrado su cuerpo y sobre sus cabellos había puesto cenizas como una corona.

Y José, que tenía grandes riquezas, dijo al joven que estaba desnudo y que lloraba:

—No me asombra tu gran pesar, porque, en verdad Él era un hombre justo.

Y el joven respondió:

—No lloro por Él, sino por mí mismo. Yo también he cambiado el agua en vino, y he curado al leproso y he devuelto la vista al ciego. Yo he paseado sobre las aguas, y he arrojado a los demonios que habitan las tumbas. Yo he alimentado a los hambrientos en el desierto donde no había alimento alguno, y he hecho levantarse a los muertos de sus fosas, y a mi orden, y ante una gran multitud, una higuera estéril se ha secado. Todo lo que ese hombre ha hecho, yo también lo he hecho. Y, sin embargo, no me han crucificado.

jueves, 6 de mayo de 2021

Leopoldo María Panero - Qué es el viento sin sombra, sino una nada (1994)

Qué es el viento sin sombra, sino una nada
por Leopoldo María Panero




A Esther

Qué es el viento sin sombra, sino una nada
a sí misma abrazada.
Qué es la serpiente muerta, sino
una luz en los ojos, una imagen
que nombra a la cosa.
Qué es tu vida, mamón, sino algo
que es menos todavía que una vida
que una mano pálida que torpemente araña
la pared.

Dicen que estoy vivo.
Dicen que estoy vivo y me llamo de algún modo
y vanamente escribo,
sobre la sombra cruel de la pared.
Pero es verdad que el viento ha deshecho la casa
como el soplo del lobo,
y unas voces me insultan en la cama.

miércoles, 5 de mayo de 2021

Richard Middleton - Cómo se hace un hombre

Cómo se hace un hombre
por Richard Middleton




ERA un empleaducho de oficina enclenque y se había extraviado camino de la estación de Vauxhall en plena noche, y ahora caminaba temerosamente por calles sórdidas pero excepcionalmente poco frecuentadas. Temía estar perdiendo su último tren, pero, cuando se le aproximó una figura callejera, perdió los nervios y no le preguntó el camino. Pensó que podía ser un ladrón. Al mismo tiempo, sabía que la lluvia le estaba empapando y estropeando su único abrigo, y el pensamiento le hizo desgraciado. ¿Por qué no había ido a Waterloo como le había aconsejado Murray? ¿Por qué había olvidado pedir prestado un paraguas? ¿Por qué no había policías? Observó con alivio, sin embargo, que a medida que avanzaba las casas iban mejorando. Se iban haciendo más grandes y más respetables, y confió en la posibilidad de estarse aproximando a una calle principal.

Al poco vio brillar una ventana encendida en el primer piso de una de estas casas, y al acercarse a ella la puerta principal se abrió de par en par y dejó ver a una mujer, que se asomó a mirarlo con curiosidad.

Simmonds se sintió aliviado al ver su sexo, pues no temía a las mujeres. Era muy joven.

—Por favor, señorita, ¿podría usted indicarme el camino hacia la estación de Vauxhall? —preguntó, y se levantó el sombrero con satisfecha conciencia de sus buenos modales.

La mujer lo miró fijamente, de un modo curiosamente intenso.

—¿Es usted estudiante de medicina? —dijo con seriedad.

Simmonds estaba ocupado descubriendo que se trataba de una dama, y guapa, y la pregunta lo dejó estupefacto.

—¿Estudiante de medicina? —repitió estúpidamente.

—No, ya veo que no —dijo ella para sí, y Simmonds vio cómo se le fruncía el ceño en su esfuerzo por pensar rápidamente.

—Si pudiera ser de alguna utilidad… —dijo él ampulosamente, como la gente de las novelas.

La dama tomó una decisión en un abrir y cerrar de ojos.

—Oh, si estuviera usted dispuesto —gritó—. Necesito tanta ayuda —y se hizo a un lado en el portal.

Simmonds vaciló y estuvo a punto de salir huyendo, pero algún instinto, no sabía qué, le hizo obedecer y pasó junto a ella al vestíbulo y esperó bajo el mechero de gas mientras ella cerraba la puerta con llave detrás de él. Simmonds estaba seguro de que debía tratarse de una dama porque llevaba muchos anillos y su vestido era brillante, aunque por su parte delantera bajaba una fea mancha. Ella se había apartado ahora de la puerta y estaba escudriñándolo como si dudara, y el silencio se hizo casi demasiado prolongado para los nervios de Simmonds.

—Es arriba —dijo ella, y pasó majestuosamente junto a él, escaleras arriba, dejándole que la siguiera si lo deseaba.

Simmonds vaciló de nuevo, pero estaba muy mal echarse atrás después de todo y decir que tenía miedo. Así que subió dócilmente y la encontró esperándolo en el rellano con la mano en el picaporte de una puerta. Al acercarse él, ella la abrió, y medio lo empujó, medio lo condujo dentro de la habitación.

—¡Ahí! —dijo—. ¡Ahí!

Simmonds miró y se puso mortalmente enfermo.

La habitación estaba bastante bien amueblada al modo de una sala e iluminada por un mechero de gas que crepitaba de manera abominable. Justo debajo, en el suelo, había un baúl metálico, y, como si estuviera sentado en el borde, allí estaba posado el cuerpo de un hombre con la garganta rajada de oreja a oreja. Aquella cosa no llevaba chaqueta ni chaleco, y le chorreaba sangre fresca por la camisa blanca.

Simmonds pensó en ello y dio una arcada, mientras la mujer lo miraba con curiosidad.

—¿Qué va a hacer? —le preguntó ella cuando él pareció estar mejor.

Él apenas la oyó; no podía oír nada más que el zumbido del gas encima del cadáver, y el ruido lo molestaba.

—¿Está muerto? —susurró.

—Muerto —repitió la mujer—. ¡Muerto! —se acercó a él con estas palabras, pero él la rehuyó. Había sangre en su vestido.

—Tiene que ayudarme —dijo ella con ferocidad—. ¡Tiene que hacerlo! ¡Tiene que hacerlo! No puedo meterlo en el arcón. Lo he intentado una y otra vez y no he podido. Tiene que ayudarme a cortarlo en pedazos. Puede besarme. Lo que quiera, después.

Él la miró mortecinamente. Nunca había besado a nadie excepto a su madre, y eso había sido hacía mucho tiempo. No le había dado ningún placer especial, pensó. De hecho, más bien le había desagradado. Y ahora esta mujer… Por supuesto, había oído cosas en la oficina, cosas groseras. Él mismo las había dicho. Pero nunca había deseado besar a ninguna mujer. Y sin embargo… había algo… sus labios serían cálidos. A otra gente parecía gustarle… ¿quizá?

—Lo que quieras, después —dijo ella automáticamente, mirándolo.

Simmonds sintió una débil agitación en sus venas, como si le apeteciera besar aquellos labios cálidos, intentarlo al menos. Se descubrió mirando el cuerpo sin horror. Pensó que casi podía ser agradable acuchillar aquellos miembros muertos. Le entraron ganas de cortar algo.

—¡Vamos! —dijo la mujer, y le mostró media docena de cuchillos—. Lo harás, ¿verdad?…, por mí.

De pronto se echó hacia adelante y lo besó en los labios.

Vaya, no fue nada, después de todo… nada de nada. Y sin embargo, él supo en un instante que daría el mundo por tener aquella nada otra vez. Los labios sólo habían rozado los suyos durante un segundo: levemente, como una flor. ¿Qué habría pasado si él los hubiera apretado con fuerza contra los suyos? ¿Hasta que hubiera salido la sangre, rodeándola con los brazos? La miró con una luz nueva en sus ojos, y ella leyó bien en ellos.

—Después —dijo—. Después.

Él cogió uno de los cuchillos y se acercó al cuerpo.

—Me manchará las ropas —balbuceó.

—Pues quítatelas —dijo ella—. Dios, qué crío —porque él retrocedió sonrojándose.

Ella atravesó corriendo una puerta con cortinas que daba a la habitación de al lado y volvió con algunas ropas que arrojó a los pies de él.

—No importa que éstas se estropeen —dijo—; ya no hacen ninguna falta —luego, al ver que él aún dudaba—: está bien, yo no miraré.

Y le dio la espalda mientras él se cambiaba y se ponía las ropas del hombre muerto. Y de los dos, el de ella era el mayor asombro.

Cuando hubo acabado cogió el cuchillo y empezó, al principio mansamente y luego con ferocidad. De vez en cuando alzaba la mirada y la visión de los labios entreabiertos de ella le hacía temblar. Pero al cabo de un rato el horror de aquellos fríos pedazos de carne muerta se impuso a su pasión y trabajó mecánica pero obstinadamente sin saber por qué. Tenía que terminarlo rápidamente, rápidamente… eso era todo.

Los cuchillos estaban romos y él no sabía nada de anatomía, así que para cuando hubo terminado y la tapa estuvo cerrada, grises rayos de luz entraban por las rendijas de la persiana. Había hecho su tarea y se puso en pie. Casi se había olvidado de la mujer, y sus ropas y sus manos y su cara estaban todos moteados de sangre seca.

Con felicidad se preguntaba por qué… algo de algo… no sabía qué. Era muy viejo.

A través de una bruma vio a la mujer al otro lado de la habitación, de pie y mirándolo de forma extraña. Había algo… ¿qué era?

De pronto, ella abrió los brazos y le gritó a través del infinito espacio:

—¡Ven!

Y con aquella palabra algo pareció romperse y un feroz torrente de apasionada sangre recorrió su cuerpo.

Eso era. ¡La mujer! ¡La mujer!

Cruzó la habitación de un salto con un sollozo en los labios, la tomó en sus brazos, y con un beso sobre su rostro ardiente se despidió de su juventud.

lunes, 3 de mayo de 2021

Valeria Cervero - Tal vez lo que quede (2019)

Tal vez lo que quede… 
por Valeria Cervero




Tal vez lo que quede simplemente sea el hueso,
el que hizo de sostén todo este tiempo,
antes y después de la caída,
de la aparición en medio de la tarde
–como una maravilla
de puro olor a jazmines–,
el hueso, en medio de un cielo
que no es cielo ni arte.
¿Porque cuántas vidas abarca una vida?
¿Cuánto amor puede guardar un cuerpo?
Pero el hueso sigue ahí,
en la espera, en la dicha,
en el borde de tanto,
como el ojo del tigre en la espesura
o un destello infinito
en el desierto.

sábado, 1 de mayo de 2021

Paul Lafargue - Bendiciones del trabajo (1880)

Bendiciones del trabajo
(fragmento de El derecho a la pereza)
por Paul Lafargue





En 1770 apareció en Londres un escrito anónimo titulado «An Essay on Trade and Commerce», que provocó en la época un cierto alboroto. Su autor, gran filántropo, se indignaba por el hecho de que «a la plebe manufacturera de Inglaterra se le había metido en la cabeza la idea fija de que por ser ingleses, todos los individuos que la componen tienen, por derecho de nacimiento, el privilegio de ser más libres y más independientes que los obreros de cualquier otro país de Europa. Esta idea puede tener su utilidad para los soldados, dado que estimula su valor; pero cuanto menos estén imbuidos de ella los obreros de las manufacturas, mejor será para ellos mismos y para el estado. Los obreros no deberían jamás considerarse independientes de sus superiores. Es extremadamente peligroso estimular semejantes caprichos en un estado comercial como el nuestro, donde, quizás, siete octavos de la población tienen poca o ninguna propiedad. La cura no será completa en tanto que nuestros pobres de la industria no se resignen a trabajar seis días por la misma suma que ganan ahora en cuatro».

De esta manera, cerca de un siglo antes de Guizot, se predicaba abiertamente en Londres el trabajo como un freno a las nobles pasiones del hombre.

«Cuanto más trabajen mis pueblos, menos vicios habrá», escribía Napoleón desde Osterode el 5 de mayo de 1807. «Yo soy la autoridad […] y estaría dispuesto a ordenar que el domingo, luego de la hora de la misa, las tiendas se abrieran y los obreros volvieran a su trabajo».

Para extirpar la pereza y doblegar los sentimientos de arrogancia e independencia que ella engendra, el autor del Essay on Trade proponía encarcelar a los pobres en las casas de trabajo ideales (ideal workhouses) que se convertirían en «casas de terror donde se haría trabajar catorce horas por día, de tal manera que, restando el tiempo de la comida, quedarían doce horas de trabajo plenas y completas».

Doce horas de trabajo por día: he ahí el ideal de los filántropos y de los moralistas del siglo XVIII. ¡Cómo hemos sobrepasado ese non plus ultra! ¡Los talleres modernos se han convertido en casas ideales de corrección donde se encarcela a las masas obreras, donde se condena a trabajos forzados durante doce y catorce horas, no solamente a los hombres, sino también a las mujeres y a los niños! ¡Y pensar que los hijos de los héroes del Terror se dejaron degradar por la religión del trabajo al punto de aceptar después de 1848, como una conquista revolucionaria, la ley que limitaba a doce horas el trabajo en las fábricas! Proclamaban, como un principio revolucionario, el derecho al trabajo. ¡Vergüenza al proletariado francés! Sólo los esclavos hubiesen sido capaces de tal bajeza. Hubieran sido necesarios veinte años de civilización capitalista para que un griego de los tiempos heroicos concibiera tal envilecimiento.

Y si las penas del trabajo forzado, si las torturas del hambre se abatieron sobre el proletariado, en mayor cantidad que las langostas de la biblia, es porque ha sido él quien las ha llamado.

Este trabajo, que en junio de 1848 los obreros reclamaban con las armas en la mano, lo impusieron a sus familias; entregaron a sus mujeres y a sus hijos a los barones de la industria. Con sus propias manos, demolieron su hogar; con sus propias manos, secaron la leche de sus mujeres; las infelices, embarazadas y amamantando a sus bebés, debieron ir a las minas y a las manufacturas a estirar su espinazo y fatigar sus músculos; con sus propias manos, quebrantaron la vida y el vigor de sus hijos. ¡Vergüenza a los proletarios! ¿Dónde están esas comadres de las que hablan nuestras fábulas y nuestros viejos cuentos, osadas en la conversación, francas al hablar, amantes de la divina botella? ¿Dónde están esas mujeres decididas, siempre correteando, siempre cocinando, siempre cantando, siempre sembrando la vida y engendrando la alegría, pariendo sin dolor niños sanos y vigorosos? ¡Hoy tenemos niñas y mujeres de fábrica, enfermizas flores de pálidos colores, de sangre sin brillo, con el estómago destruido, con los miembros debilitados! ¡Ellas no conocieron jamás el placer robusto y no sabrían contar gallardamente cómo perdieron su virginidad! ¿Y los niños? Doce horas de trabajo para los niños. ¡Oh, miseria! Pero todos los Jules Simon de la Academia de Ciencias Morales y Políticas, todos los Germinys de la jesuitería, no habrían podido inventar un vicio más embrutecedor para la inteligencia de los niños, más corruptor de sus instintos, más destructor de su organismo, que el trabajo en la atmósfera viciada del taller capitalista.

Nuestra época es, dicen, el siglo del trabajo; es en efecto el siglo del dolor, de la miseria y de la corrupción.

Y sin embargo, los filósofos, los economistas burgueses —desde el penosamente confuso Augusto Comte hasta el ridículamente claro Leroy-Beaulieu—; los hombres de letras burguesas —desde el charlatanescamente romántico Víctor Hugo hasta el ingenuamente grotesco Paul de Kock—, todos han entonado sus cánticos nauseabundos en honor del dios Progreso, el hijo primogénito del Trabajo. Al escucharlos, puede pensarse que la felicidad reinará sobre la tierra: ya se siente su llegada. Ellos fueron a indagar en el polvo y la miseria feudales de los siglos pasados para recuperar de la oscuridad las delicias de los tiempos presentes. ¿Nos cansaron los bien alimentados, los satisfechos, hasta hace poco todavía miembros de la servidumbre de grandes señores, y hoy sirvientes literarios de la burguesía, muy bien pagos? ¿Nos cansaron con la rusticidad del retórico La Bruyère? Y bien, he aquí el brillante cuadro de los gozos proletarios en el año del progreso capitalista de 1840, pintado por uno de ellos, el Dr. Villermé, miembro del Instituto, el mismo que, en 1848, formó parte de esa sociedad de sabios (Thiers, Cousin, Passy, Blanqui, el académico, etc.) que propagaba en las masas las tonterías de la economía y de la moral burguesas.

El Dr. Villermé habla de la Alsacia manufacturera, de la Alsacia de Kestner, de Dollfus, la flor y nata de la filantropía y del republicanismo industrial. Pero antes de que el doctor muestre ante nosotros el cuadro de las miserias proletarias, escuchemos a un manufacturero alsaciano, el señor Th. Mieg, de la casa Dollfus, Mieg y Compañía, describiendo la situación del artesano de la antigua industria:

«En Mulhouse, hace cincuenta años (en 1813, cuando nacía la moderna industria mecánica), los obreros eran todos naturales del territorio, que habitaban la ciudad y los pueblos circundantes y que poseían casi todos una casa y a menudo un pequeño campo».

Era la edad de oro del trabajador. Pero, entonces, la industria alsaciana no inundaba el mundo con sus telas de algodón y no enriquecía a sus Dollfus y sus Koechlin. Pero veinticinco años después, cuando Villermé visitó a Alsacia, el minotauro moderno —el taller capitalista—, había conquistado la región; en su hambre de trabajo humano, había arrancado a los obreros de sus hogares para retorcerlos mejor y para exprimir mejor el trabajo que ellos contenían. Los obreros acudían por millares al silbido de la máquina.

«Un gran número», dice Villermé, «cinco mil sobre diecisiete mil, fueron obligados, por la carestía de los alquileres, a alojarse en los pueblos vecinos. Algunos habitaban a dos leguas y cuarto de la manufactura donde trabajaban.

En Mulhouse, en Dornach, el trabajo comenzaba a las cinco de la mañana y terminaba a las cinco de la tarde, tanto en verano como en invierno. […] Hay que verlos llegar cada mañana a la ciudad y partir cada tarde. Hay entre ellos una multitud de mujeres pálidas, flacas, caminando descalzas en medio del barro y que, a falta de paraguas, se protegen la cara y el cuello con sus delantales y sus enaguas, volcados sobre la cabeza, tanto si llueve como si nieva; y un número más considerable aún de pequeños niños no menos sucios, no menos pálidos, cubiertos de harapos, todos engrasados de aceite de los telares que cae sobre ellos mientras trabajan. Estos últimos, mejor protegidos de la lluvia por la impermeabilidad de sus vestimentas, no tienen en el brazo, como las mujeres de las que se acaba de hablar, una cesta con las provisiones de la jornada; pero llevan en la mano, o cubren bajo su chaleco o como pueden, el pedazo de pan que debe alimentarlos hasta la hora de su vuelta a casa.

De esta manera, a la fatiga de una jornada desmesuradamente larga —ya que es de por lo menos quince horas—, se suma para estos infelices la fatiga de las idas y venidas tan frecuentes, tan penosas. El resultado es que a la noche llegan a sus casas abrumados por la necesidad de dormir, y que a la mañana salen antes de estar completamente descansados, para encontrarse en el taller a la hora de su apertura».

Veamos ahora los cuartuchos donde se amontonaban aquéllos que habitaban en la ciudad:

«Vi en Mulhouse, en Dornach y en las casas vecinas, esos miserables alojamientos donde dos familias se acostaban cada una en un rincón, sobre la paja arrojada sobre el piso y sostenida por dos tablas. Esta miseria en la que viven los obreros de la industria del algodón en el departamento del Alto Rin es tan profunda que produce este triste resultado: mientras que en las familias de los fabricantes negociantes, fabricantes de paños, directores de fábricas, etc., la mitad de los niños alcanzan los 21 años, esa misma mitad deja de existir antes de cumplir los dos años en las familias de tejedores y de obreros de las hilanderías de algodón».

Refiriéndose al trabajo en el taller, Villermé agrega:

«No es un trabajo, una tarea, sino una tortura, y se la inflige a los niños de seis a ocho años. […] Es este largo suplicio de todos los días el que mina principalmente a los obreros de las hilanderías de algodón».

Y a propósito de la duración del trabajo, Villermé observaba que los presidiarios de las mazmorras no trabajaban más que diez horas, los esclavos de las Antillas nueve horas promedio, mientras que en la Francia que había hecho la revolución del 89 y que había proclamado los pomposos Derechos del Hombre, existían manufacturas donde la jornada era de dieciséis horas, sobre las que se otorgaba a los obreros una hora y media para comer.

¡Oh miserable aborto de los principios revolucionarios de la burguesía! ¡Oh lúgubre regalo de su dios Progreso! Los filántropos aclaman como benefactores de la humanidad a los que, para enriquecerse holgazaneando, dan su trabajo a los pobres; mejor valdría sembrar la peste o envenenar las fuentes que levantar una fábrica en medio de una población rural. Introduzcan el trabajo fabril, y adiós alegría, salud, libertad; adiós todo lo que hace la vida bella y digna de ser vivida.

Y los economistas siguen repitiendo a los obreros: ¡trabajen para aumentar la riqueza social! Y sin embargo un economista, Destut de Tracy, les responde:

«Es en las naciones pobres donde el pueblo vive con comodidad; es en las naciones ricas donde es, comúnmente, pobre».

Y su discípulo Cherbuliez continúa:

«Los trabajadores mismos, cooperando en la acumulación de capitales productivos, contribuyen al hecho que, tarde o temprano, debe privarlos de una parte de su salario».

Pero aturdidos e idiotizados por sus propios alaridos, los economistas responden: ¡Trabajen, trabajen siempre para crear su propio bienestar! Y en nombre de la mansedumbre cristiana, un cura de la iglesia anglicana, el reverendo Townshend, salmodia: Trabajen, trabajen noche y día; trabajando, ustedes hacen crecer su miseria, y su miseria nos dispensa de imponerles el trabajo por la fuerza de la ley. La imposición legal del trabajo «es demasiado penosa, exige demasiada violencia y hace demasiado ruido; el hambre, por el contrario, es no sólo una presión apacible, silenciosa, incesante, sino que, en tanto el móvil más natural del trabajo y de la industria, provoca también los esfuerzos más poderosos».

Trabajen, trabajen, proletarios, para aumentar la riqueza social y sus miserias individuales; trabajen, trabajen, para que, volviéndose más pobres, tengan más razones para trabajar y ser miserables. Tal es la ley inexorable de la producción capitalista.

Prestando oído a las falsas palabras de los economistas, los proletarios se han entregado en cuerpo y alma al vicio del trabajo, precipitando así a toda la sociedad en las crisis industriales de sobreproducción que convulsionan el organismo social. Entonces, debido a que hay una plétora de mercancías y escasez de compradores, los talleres se cierran y el hambre azota las poblaciones obreras con su látigo de mil tiras. Los proletarios, embrutecidos por el dogma del trabajo, no comprenden que el sobretrabajo que se infligieron en los tiempos de pretendida prosperidad es la causa de su miseria presente; no corren al granero de trigo y gritan: «¡Tenemos hambre y queremos comer! Cierto, no tenemos ni un centavo pero por más pobres que seamos, sin embargo somos nosotros los que segamos el trigo y recolectamos la uva…».No asedian los almacenes del señor Bonnet, de Jujuriex, el inventor de los conventos industriales y exclaman: «Señor Bonnet, he aquí a sus obreras ovalistas, torcedoras, hilanderas, tejedoras; tiritan bajo sus telas de algodón, que están tan remendadas que perturbarían hasta a un judío y sin embargo, son ellas las que hilaron y tejieron los vestidos de seda de las mujerzuelas de toda la cristiandad. Las pobres, trabajando trece horas por día, no tenían tiempo de pensar en acicalarse; hoy, holgazanean y pueden hacer crujir los vestidos que hicieron. Desde que perdieron sus dientes de leche, se han dedicado a vuestra riqueza y han vivido en la abstinencia; ahora, tienen tiempo libre y quieren gozar un poco de los frutos de su trabajo. Vamos, señor Bonnet, entregue sus vestidos; el señor Harmel proporcionará sus muselinas, el señor Pouyer-Quertier sus telas de algodón, el señor Pinet sus botines para sus queridos piecitos fríos y húmedos. Vestidas de pies a cabeza y vivaces, será un placer contemplarlas. Vamos, nada de tergiversaciones: ¿usted es amigo de la humanidad, verdad? ¿Y cristiano antes que mercader, no? Ponga entonces a disposición de sus obreras la riqueza que ellas le construyeron con la carne de su carne. ¿Usted es amigo del comercio? Facilite la circulación de las mercancías; he aquí a los consumidores todos juntos; ábrales créditos ilimitados. Usted está obligado a dárselo a negociantes que no conoce, que no le han dado nada, ni siquiera un vaso con agua. Sus obreras cumplirán como puedan: si el día del vencimiento, ellas dejan que protesten su firma, usted las declarará en quiebra, y si ellas no tienen nada que pueda ser embargado, usted les exigirá que le paguen con plegarias: ellas lo enviarán al paraíso, mejor que sus abates negros con las narices llenas de tabaco».

En vez de aprovechar los momentos de crisis para una distribución general de los productos y una holganza y regocijo universales, los obreros, muertos de hambre, van a golpearse la cabeza contra las puertas del taller. Con rostros pálidos, cuerpos enflaquecidos, con palabras lastimosas, acometen a los fabricantes: «¡Buen señor Chagot, dulce señor Schneider, dennos trabajo; no es el hambre sino la pasión del trabajo lo que nos atormenta!». Y estos miserables, que apenas tienen la fuerza como para mantenerse en pie, venden doce y catorce horas de trabajo a un precio dos veces menor que en el momento en que tenían pan sobre la mesa. Y los filántropos de la industria aprovechan la desocupación para fabricar a mejor precio.

Si las crisis industriales siguen a períodos de sobretrabajo tan fatalmente como la noche al día, arrastrando tras ellas el descanso forzado y la miseria sin salida, ellas traen también la bancarrota inexorable. Mientras el fabricante tiene crédito, da rienda suelta al delirio del trabajo, pidiendo más y más dinero para proporcionar la materia prima a los obreros. Hay que producir, sin reflexionar que el mercado se abarrota y que, si sus mercancías no se venden, sus pagarés se vencerán. Aguijoneado, va a implorar al judío, se arroja a sus pies, le ofrece su sangre, su honor. «Una pequeña pieza de oro haría mejor mi negocio», responde el Rothschild; «usted tiene 20.000 pares de medias en su tienda; valen veinte monedas de cobre, yo los tomo a cuatro». Obtenidas las medias, el judío las vende a seis u ocho monedas de cobre y se embolsa las inquietas cien monedas de cobre que no le deben nada a nadie: pero el fabricante retrocedió para saltar mejor. Finalmente llega la debacle y las tiendas estallan; se arrojan entonces tantas mercancías por la ventana, que no se sabe cómo entraron por la puerta. El valor de las mercancías destruidas se calcula en centenas de millones; en el siglo XVIII, se las quemaba o se las tiraba al agua.

Pero antes de llegar a esta conclusión, los fabricantes recorren el mundo en busca de salida para las mercancías que se amontonan; obligan a su gobierno a anexar el Congo, a apoderarse de Tonkin, a demoler a cañonazos las murallas de la China, para esparcir allí sus telas de algodón. En los siglos pasados, hubo un duelo a muerte entre Francia e Inglaterra para definir quién tendría el privilegio exclusivo de vender en América y en las Indias. Miles de hombres jóvenes y fuertes enrojecieron los mares con su sangre durante las guerras coloniales de los siglos XVI, XVII y XVIII.

Los capitales abundan tanto como las mercancías. Los rentistas ya no saben dónde ubicarlos; van entonces a las naciones felices que se tiran al sol a fumar cigarrillos, para construir líneas férreas, levantar fábricas e importar la maldición del trabajo. Hasta que esta exportación de capitales franceses se termina una mañana por complicaciones diplomáticas; en Egipto, Francia, Inglaterra y Alemania estuvieron a punto de tomarse de los cabellos para saber a qué usureros les pagarían primero; o por las guerras de México, donde se envía a soldados franceses para hacer el trabajo de alguaciles para cobrar las deudas impagas.

Estas miserias individuales y sociales, por grandes e innumerables que sean, por eternas que parezcan, desaparecerán como las hienas y los chacales ante la proximidad del león, cuando el proletariado diga: «Yo quiero que terminen». Pero para que tome conciencia de su fuerza, el proletariado debe aplastar con sus pies los prejuicios de la moral cristiana, económica y librepensadora; debe retornar a sus instintos naturales, proclamar los Derechos de la Pereza, mil veces más nobles y más sagrados que los tísicos Derechos del Hombre, proclamados por los abogados metafísicos de la revolución burguesa; que se limite a trabajar no más de tres horas por día, a holgazanear y comer el resto del día y de la noche.

Hasta aquí, mi tarea fue fácil: no tenía más que describir los males reales bien conocidos —lamentablemente— por todos nosotros. Pero convencer al proletariado de que la palabra que se les inoculó es perversa, de que el trabajo desenfrenado al que se entregó desde comienzos del siglo es la calamidad más terrible que haya jamás golpeado a la humanidad, de que el trabajo sólo se convertirá en un condimento de placer de la pereza, un ejercicio benéfico para el organismo humano, una pasión útil para el organismo social en el momento en que sea sabiamente reglamentado y limitado a un máximo de tres horas por día, es una tarea ardua superior a mis fuerzas; sólo los médicos, los higienistas, los economistas comunistas podrían emprenderla. En las páginas que siguen, me limitaré a demostrar que estando dados los medios de producción modernos y su potencia reproductiva ilimitada, hay que debilitar la pasión extravagante de los obreros por el trabajo y obligarlos a consumir las mercancías que producen.