martes, 8 de septiembre de 2020

Eduardo Galeano - El libro de los abrazos (Selección)

 El libro de los abrazos

(Selección)

por Eduardo Galeano




La función del arte /1


Diego no conocía la mar. El padre, Santiago Kovadloff, lo llevó a descubrirla.

Viajaron al sur.

Ella, la mar, estaba mas allá de los altos médanos, esperando.

Cuando el niño y su padre alcanzaron por fin aquellas dunas de arena, después de mucho caminar, la mar estalló ante sus ojos. Y fue tanta la inmensidad de la mar, y tanto su fulgor que el niño quedo mudo de hermosura.

Y cuando por fin consiguió hablar, temblando, tartamudeando, pidió a su padre:

—¡Ayúdame a mirar!


* * *


La casa de las palabras


A la casa de las palabras, soñó Helena Villagra, acudían los poetas. Las palabras, guardadas en viejos frascos de cristal, esperaban a los poetas y se les ofrecían, locas de ganas de ser elegidas: ellas rogaban a los poetas que las miraran, que las olieran, que las tocaran, que las lamieran. Los poetas abrían los frascos, probaban palabras con el dedo y entonces se relamían o fruncían la nariz. Los poetas andaban en busca de palabras que no conocían, y también buscaban palabras que conocían y habían perdido.

En la casa de las palabras había una mesa de los colores. En grandes fuentes se ofrecían los colores y cada poeta se servía del color que le hacía falta: amarillo limón o amarillo sol, azul de mar o de humo, rojo lacre, rojo sangre, rojo vino.


* * *


Celebración de la voz humana /1


Los indios shuar, los llamados jíbaros, cortan la cabeza del vencido. La cortan y la reducen hasta que cabe en un puño, para que el vencido no resucite. Pero el vencido no está del todo vencido hasta que le cierran la boca. Por eso le cosen los labios con una fibra que jamás se pudre.


* * *


Neruda /1


Estuve en la Isla Negra, en la casa que es, que fue, de Pablo Neruda.

Estaba prohibida la entrada. Una empalizada de madera rodeaba la casa. Allí la gente había grabado sus mensajes al poeta. No habían dejado ni un pedacito de madera sin cubrir. Todos le hablaban como si estuviera vivo. Con lápices o puntas de clavos, cada cual había encontrado su manera de decirle: gracias.

Yo también encontré, sin palabras, mi manera. Y entré sin entrar. Y en silencio estuvimos, conversando vinos el poeta y yo, calladamente hablando de mares y amares y de alguna pócima infalible contra la calvicie. Compartimos unos camarones al pil-pil y un prodigioso pastel de jaibas y otras maravillas de esas que alegran el alma y la barriga, que son como él sabe, dos nombres de la misma cosa.

Varias veces alzamos nuestros vasos de buen vino, y un viento salado nos golpeaba la cara, y todo fue una ceremonia de maldición de la dictadura, aquella lanza negra clavada en su costado, aquel dolor de la gran puta, y todo fue también una ceremonia de celebración de la vida, bella y efímera como los altares de flores y los amores de paso.


* * *


Celebración de la fantasía


Fue a la entrada del pueblo de Ollantaytambo, cerca del Cuzco. Yo me había desprendido de un grupo de turistas y estaba solo, mirando de lejos las ruinas de piedra, cuando un niño del lugar, enclenque, se acercó a pedirme que le regalara una lapicera. No podía darle la lapicera que tenía, porque la estaba usando en no sé qué aburridas anotaciones, pero le ofrecí dibujarle un cerdito en la mano.

Súbitamente, se corrió la voz. De buenas a primeras me encontré rodeado de un enjambre de niños que exigían a grito pelado, que yo les dibujara bichos en sus manitos cuarteadas de mugre y frío, pieles de cuero quemado. Había quien quería un cóndor, y quien una serpiente, otros preferían loritos o lechuzas, y no faltaban los que pedían un fantasma o un dragón.

Y entonces, en medio de aquel alboroto, un desamparadito que no alzaba más de un metro del suelo, me mostró un reloj dibujado con tinta negra en la muñeca:

—Me lo mandó un tío mío que vive en Lima —dijo.

—¿Y anda bien? —le pregunté.

—Atrasa un poco —reconoció.


* * *


El arte y la realidad /2


Eraclio Zepeda hizo el papel de Pancho Villa en México insurgente, la película de Paul Leduc, y lo hizo tan bien que desde entonces hay quien cree que Eraclio Zepeda es el nombre de Pancho Villa para trabajar en cine.

Estaban en plena filmación de esa película, en un pueblito cualquiera, y la gente participaba en todo lo que ocurría, de muy natural manera, sin que el director tuviera arte ni parte. Hacía medio siglo que Pancho Villa había muerto, pero a nadie le sorprendió que se apareciera por allí. Una noche, después de una intensa jornada de trabajo, unas cuantas mujeres se reunieron ante la casa donde Eraclio dormía, y le pidieron que intercediera por los presos. A la mañana siguiente, bien tempranito, él fue a hablar con el alcalde.

—Tenía que venir el general Villa, para que se hiciera justicia —comentó la gente.


* * *


Crónica de la ciudad de La Habana


Los padres habían huido al norte. En aquel tiempo, la revolución y él estaban recién nacidos. Un cuarto de siglo después, Nelson Valdés viajó de Los Angeles a La Habana, para conocer su país.

Cada mediodía, Nelson tomaba el ómnibus, la guagua 68, en la puerta del hotel, y se iba a leer libros sobre Cuba. Leyendo pasaba las tardes en la biblioteca José Martí, hasta que caía la noche.

Aquel mediodía, la guagua 68 pegó un frenazo en una bocacalle. Hubo gritos de protesta, por el tremendo sacudón, hasta que los pasajeros vieron el motivo del frenazo: una mujer muy rumbosa, que había cruzado la calle.

—Me disculpan, caballeros —dijo el conductor de la guagua 68, y se bajó. Entonces todos los pasajeros aplaudieron y le desearon buena suerte.

El conductor caminó balanceándose, sin apuro, y los pasajeros lo vieron acercarse a la muy salsosa, que estaba en la esquina, recostada a la pared, lamiendo un helado. Desde la guagua 68, los pasajeros seguían el ir y venir de aquella lengüita que besaba el helado mientras el conductor hablaba y hablaba sin respuesta, hasta que de pronto ella se rió, y le regaló una mirada. El conductor alzó el pulgar y todos los pasajeros le dedicaron una cerrada ovación.

Pero cuando el conductor entró en la heladería, produjo cierta inquietud general. Y cuando al rato salió con un helado en cada mano, cundió el pánico en las masas.

Le tocaron la bocina. Alguien se afirmó en la bocina con alma y vida, y sonó la bocina como alarma de robos o sirena de incendios; pero el conductor, sordo, como si nada, seguía pegado a la muy sabrosa.

Entonces avanzó, desde los asientos de atrás de la guagua 68, una mujer que parecía una gran bala de cañón y tenía cara de mandar. Sin decir palabra, se sentó en el asiento del conductor y puso el motor en marcha. La guagua 68 continuó su recorrido, parando en sus paradas habituales, hasta que la mujer llegó a su propia parada y se bajó. Otro pasajero ocupó su lugar, durante un buen tramo, de parada en parada, y después otro, y otro, y así siguió la guagua 68 hasta el final.

Nelson Valdés fue el último en bajar. Se había olvidado de la biblioteca.


* * *


La burocracia /1


En tiempos de la dictadura militar, a mediados de 1973, un preso político uruguayo, Juan José Noueched, sufrió una sanción de cinco días: cinco días sin visita ni recreo, cinco días sin nada, por violación del reglamento. Desde el punto de vista del capitán que le aplicó la sanción, el reglamento no dejaba lugar a dudas. El reglamento establecía claramente que los presos debían caminar en fila y con ambas manos en la espalda. Noueched había sido castigado por poner una sola mano en la espalda.

Noueched era manco.

Había caído preso en dos etapas. Primero había caído su brazo. Después él. El brazo cayó en Montevideo. Noueched venía escapando a todo correr cuando el policía que lo perseguía alcanzó a pegarle un manotón, le gritó: ¡Dese preso! y se quedó con el brazo en la mano. El resto de Noueched cayó un año y medio después, en Paysandú.

En la cárcel, Noueched quiso recuperar su brazo perdido:

—Haga una solicitud —le dijeron.

Él explicó que no tenía lápiz:

—Haga una solicitud de lápiz —le dijeron.

Entonces tuvo lápiz, pero no tenía papel:

—Haga una solicitud de papel —le dijeron.

Cuando por fin tuvo lápiz y papel, formuló su solicitud de brazo.

Al tiempo le contestaron. Que no. No se podía: el brazo estaba en otro expediente. A él lo había procesado la justicia militar. Al brazo, la justicia civil.


* * *


La burocracia /3


Sixto Martínez cumplió el servicio militar en un cuartel de Sevilla.

En medio del patio de ese cuartel, había un banquito. Junto al banquito, un soldado hacía guardia. Nadie sabía porqué se hacía la guardia del banquito. La guardia se hacía porque se hacía, noche y día, todas las noches, todos los días, y de generación en generación los oficiales transmitían la orden y los soldados obedecían. Nadie nunca dudó, nadie nunca preguntó. Si así se había hecho, por algo sería.

Y así siguió siendo hasta que alguien, no sé que general o coronel, quiso conocer la orden original. Hubo que revolver a fondo los archivos. Y después de mucho hurgar, se supo. Hacía treinta y un años, dos meses y cuatro días, un oficial había mandado montar guardia junto al banquito, que estaba recién pintado, para que a nadie se le ocurriera sentarse sobre pintura fresca.


* * *


Sucedidos /2


Antaño, don Verídico sembró casas y gentes en torno al boliche El Resorte para que el boliche no se quedara solo. Este sucedido sucedió, dicen que dicen, en el pueblo por él nacido.

Y dicen que dicen que había allí un tesoro, escondido en la casa de un viejito calandraca.

Una vez por mes, el viejito, que estaba en las últimas, se levantaba de la cama y se iba a cobrar la jubilación.

Aprovechando la ausencia, unos ladrones, venidos de Montevideo, le invadieron la casa.

Los ladrones buscaron y rebuscaron el tesoro en cada recoveco. Lo único que encontraron fue un baúl de madera, tapado de cobijas, en un rincón del sótano. El tremendo candado que lo defendía resistió, invicto el ataque de las ganzúas.

Así que se llevaron el baúl. Y cuando por fin consiguieron abrirlo, ya lejos de allí, descubrieron que el baúl estaba lleno de cartas. Eran las cartas de amor que el viejito había recibido todo a lo largo de su larga vida.

Los ladrones iban a quemar las cartas. Se discutió. Finalmente decidieron devolverlas. Y de a una. Una por semana.

Desde entonces, al mediodía de cada lunes, el viejito se sentaba en la loma. Allá esperaba que apareciera el cartero en el camino. No bien veía asomar el caballo, gordo de alforjas, por entre los árboles, el viejito se echaba a correr. El cartero, que ya sabía, le traía su carta en la mano.

Y hasta san Pedro escuchaba los latidos de ese corazón loco de la alegría de recibir palabras de mujer.


* * *


Nochebuena


Fernando Silva dirige el hospital de niños en Managua.

En vísperas de Navidad, se quedó trabajando hasta muy tarde. Ya estaban sonando los cohetes, y empezaban los fuegos artificiales a iluminar el cielo, cuando Fernando decidió marcharse. En su casa lo esperaban para festejar.

Hizo una última recorrida por las salas, viendo si todo queda en orden, y en eso estaba cuando sintió que unos pasos lo seguían. Unos pasos de algodón; se volvió y descubrió que uno de los enfermitos le andaba atrás. En la penumbra lo reconoció. Era un niño que estaba solo. Fernando reconoció su cara ya marcada por la muerte y esos ojos que pedían disculpas o quizá pedían permiso.

Fernando se acercó y el niño lo rozó con la mano:

—Decile a… —susurró el niño—. Decile a alguien, que yo estoy aquí.


* * *


Los nadies


Sueñan las pulgas con comprarse un perro y sueñan los nadies con salir de pobres, que algún mágico día llueva de pronto la buena suerte, que llueva a cántaros la buena suerte; pero la buena suerte no llueve ayer, ni hoy, ni mañana, ni nunca, ni en lloviznita cae del cielo la buena suerte, por mucho que los nadies la llamen y aunque les pique la mano izquierda, o se levanten con el pie derecho, o empiecen el año cambiando de escoba.

Los nadies: los hijos de nadie, los dueños de nada.

Los nadies: los ningunos, los ninguneados, corriendo la liebre, muriendo la vida, jodidos, rejodidos.

Que no son, aunque sean.

Que no hablan idiomas, sino dialectos.

Que no profesan religiones, sino supersticiones.

Que no hacen arte, sino artesanía.

Que no practican cultura, sino folklore.

Que no son seres humanos, sino recursos humanos.

Que no tienen cara, sino brazos.

Que no tienen nombre, sino número.

Que no figuran en la historia universal, sino en la crónica roja de la prensa local.

Los nadies, que cuestan menos que la bala que los mata.


* * *


Crónica de la ciudad de Caracas


—¡Necesito que alguien me oiga! —gritaba.

—¡Siempre me dicen que venga mañana! —gritaba.

Arrojó la camisa. Después las medias y los zapatos.

José Manuel Pereira estaba parado en la cornisa del piso 18 de un edificio de Caracas.

Los policías quisieron atraparlo y no pudieron.

Una psicóloga le habló desde la ventana más próxima.

Después, un sacerdote le llevó la palabra de Dios.

—¡No quiero más promesas! —gritaba José Manuel.

Desde los ventanales del restorán de la Torre Sur, se lo veía parado en la cornisa, con las manos pegadas a la pared. Era la hora del almuerzo, y éste fue el tema de conversación en todas las mesas.

Abajo, en la calle, se había juntado una multitud.

Pasaron seis horas.

Al final, la gente estaba harta.

—¡Que se decida! —decía la gente—. ¡Que se tire de una vez! —pensaba la gente.

Los bomberos le arrimaron una cuerda. Al principio, él no hizo caso. Pero finalmente estiró una mano, y luego la otra, y agarrado a la cuerda se deslizó hasta el piso 16. Entonces intentó meterse por una ventana abierta y resbaló y cayó al vacío. Al pegar contra el piso, el cuerpo hizo un ruido de bomba que estalla.

Entonces la gente se fue, y se fueron los vendedores de helados y los vendedores de salchichas y los vendedores de cerveza y de refrescos en lata.


* * *


Teología /1


El catecismo me enseñó, en la infancia, a hacer el bien por conveniencia y a no hacer el mal por miedo.

Dios me ofrecía castigos y recompensas, me amenazaba con el infierno y me prometía el cielo: y yo prometía y creía.

Han pasado los años. Yo ya no temo ni creo. Y en todo caso, pienso, si merezco ser asado a la parrilla, a eterno fuego lento, que así sea. Así me salvaré del purgatorio, que estará lleno de horribles turistas de clase media; y al fin y al cabo se hará justicia.

Sinceramente: merecer, merezco. Nunca he matado a nadie, es verdad, pero ha sido por falta de coraje o de tiempo, y no por falta de ganas. No voy a misa los domingos, ni en fiestas de guardar. He codiciado a casi todas las mujeres de mis prójimos, salvo a las feas, y por tanto he violado, al menos en intención, la propiedad privada que Dios en persona sacralizó en las tablas de Moisés: No codiciarás a la mujer de tu prójimo, ni a su toro, ni a su asno… Y por si fuera poco, con premeditación y alevosía he cometido el acto del amor sin el noble propósito de reproducir la mano de obra. Yo bien sé que el pecado carnal está mal visto en el alto cielo; pero sospecho que Dios condena lo que ignora.


* * *


La pequeña muerte


No nos da risa el amor cuando llega a lo más hondo de su viaje, a lo más alto de su vuelo: en lo más hondo, en lo más alto, nos arranca gemidos y quejidos, voces de dolor, aunque sea jubiloso dolor, lo que pensándolo bien nada tiene de raro, porque nacer es una alegría que duele. Pequeña muerte, llaman en Francia a la culminación del abrazo, que rompiéndonos nos junta y perdiéndonos nos encuentra y acabándonos nos empieza. Pequeña muerte, la llaman; pero grande, muy grande ha de ser, si matándonos nos nace.


* * *


Mapamundi /1


El sistema:

Con una mano roba lo que con la otra presta.

Sus víctimas:

Cuanto más pagan, más deben.

Cuanto más reciben, menos tienen.

Cuanto más venden, menos cobran.


* * *


La desmemoria /1


Estoy leyendo una novela de Louise Erdrich.

A cierta altura, un bisabuelo encuentra a su bisnieto.

El bisabuelo está completamente chocho (sus pensamientos tienen el color del agua) y sonríe con la misma beatífica sonrisa de su bisnieto recién nacido. El bisabuelo es feliz porque ha perdido la memoria que tenía. El bisnieto es feliz porque no tiene, todavía, ninguna memoria.

He aquí, pienso, la felicidad perfecta. Yo no la quiero.


* * *


La desmemoria /2


El miedo seca la boca, moja las manos y mutila. El miedo de saber nos condena a la ignorancia; el miedo de hacer, nos reduce a la impotencia. La dictadura militar, miedo de escuchar, miedo de decir, nos convirtió en sordomudos. Ahora la democracia, que tiene miedo de recordar, nos enferma de amnesia: pero no se necesita ser Sigmund Freud para saber que no hay alfombra que no pueda ocultar la basura de la memoria.


* * *


El miedo


Una mañana, nos regalaron un conejo de indias. Llegó a casa enjaulado. Al mediodía, le abrí la puerta de la jaula.

Volví a casa al anochecer y lo encontré tal como lo había dejado: jaula adentro, pegado a los barrotes, temblando del susto de la libertad.


* * *


Celebración de la subjetividad


Yo ya llevaba un buen rato escribiendo Memoria del fuego, y cuanto más escribía más adentro me metía en las historias que contaba. Ya me estaba costando distinguir el pasado del presente: lo que había sido estaba siendo, y estaba siendo a mi alrededor, y escribir era mi manera de golpear y de abrazar. Sin embargo, se supone que los libros de historia no son subjetivos.

Se lo comenté a don José Coronel Urtecho: en este libro que estoy escribiendo, al revés y al derecho, a luz y a trasluz, se mire como se mire, se me notan a simple vista mis broncas y mis amores.

Y a orillas del río San Juan, el viejo poeta me dijo que a los fanáticos de la objetividad no hay que hacerles ni puto caso:

—No te preocupés —me dijo—. Así debe ser. Los que hacen de la objetividad una religión, mienten. Ellos no quieren ser objetivos, mentira: quieren ser objetos, para salvarse del dolor humano.


* * *


Celebración de las bodas de la razón y el corazón


¿Para qué escribe uno, si no es para juntar sus pedazos? Desde que entramos en la escuela o la iglesia, la educación nos descuartiza: nos enseña a divorciar el alma del cuerpo y la razón del corazón.

Sabios doctores de Ética y Moral han de ser los pescadores de la costa colombiana, que inventaron la palabra sentipensante para definir el lenguaje que dice la verdad.


* * *


Divorcios


Un sistema de desvínculos: para que los callados no se hagan preguntones, para que los opinados no se vuelvan opinadores. Para que no se junten los solos ni junte el alma sus pedazos.

El sistema divorcia la emoción y el pensamiento, como divorcia el sexo y el amor, la vida íntima y la vida pública, el pasado y el presente. Si el pasado no tiene nada que decir al presente, la historia puede quedarse dormida, sin molestar, en el ropero donde el sistema guarda sus viejos disfraces.

El sistema nos vacía la memoria, o nos llena la memoria de basura, y así nos enseña a repetir la historia en lugar de hacerla. Las tragedias se repiten como farsas, anunciaba la célebre profecía. Pero entre nosotros, es peor; las tragedias se repiten como tragedias.


* * *


Celebración de las contradicciones /2


Desatar las voces, desensoñar los sueños: escribo queriendo revelar lo maravilloso, y descubro lo real maravilloso en el exacto centro de lo real horroroso de América.

En estas tierras, la cabeza del Dios Eleggúa lleva la muerte en la nuca y la vida en la cara. Cada promesa es una amenaza; cada pérdida un encuentro. De los miedos nacen los corajes; y de las dudas las certezas. Los sueños anuncian otra realidad posible y los delirios otra razón.

Al fin y al cabo, somos lo que hacemos para cambiar lo que somos. La identidad no es una pieza de museo, quietecita en la vitrina, sino la siempre asombrosa síntesis de las contradicciones nuestras de cada día.

En esa fe, fugitiva, creo. Me resulta la única fe digna de confianza, por lo mucho que se parece al bicho humano, jodido pero sagrado, y a la loca aventura de vivir en el mundo.


* * *


Las tradiciones futuras


Hay un único lugar donde ayer y hoy se encuentran y se reconocen y se abrazan, y ese lugar es mañana.

Suenan muy futuras ciertas voces del pasado americano muy pasado. Las antiguas voces, pongamos por caso, que todavía nos dicen que somos hijos de la tierra, y que la madre no se vende ni se alquila. Mientras llueven pájaros muertos sobre la ciudad de México, y se convierten los ríos en cloacas, los mares en basureros y las selvas en desiertos, esas voces porfiadamente vivas nos anuncian otro mundo que no es este mundo envenenador del agua del suelo, el aire y el alma.

También nos anuncian otro mundo posible las voces antiguas que nos hablan de comunidad. La comunidad, el modo comunitario de producción y de vida, es la más remota tradición de las Américas, la más americana de todas; pertenece a los primeros tiempos y a las primeras gentes, pero también pertenece a los tiempos que vienen y presiente un nuevo Nuevo Mundo. Porque nada hay menos foráneo que el socialismo en estas tierras nuestras. Foráneo es, en cambio, el capitalismo; como la viruela, como la gripe, vino de afuera.


* * *


Los indios /4



En la isla de Vancouver, cuenta Ruth Benedict, los indios celebraban torneos para medir la grandeza de los príncipes. Los rivales competían destruyendo sus bienes. Arrojaban al fuego sus canoas, su aceite de pescado y sus huevos de salmón; y desde un alto promontorio echaban a la mar sus mantas y sus vasijas.

Vencía el que se despojaba de todo.


* * *


La cultura del terror /4


Fue en un colegio de curas, en Sevilla. Un niño de nueve años, o diez, estaba confesando sus pecados por vez primera. El niño confesó que había robado caramelos, o que había mentido a la mamá, o que había copiado al vecino de pupitre, o quizá confesó que se había masturbado pensando en la prima. Entonces, desde la oscuridad del confesionario emergió la mano del cura, que blandía una cruz de bronce. El cura obligó al niño a besar a Jesús crucificado, y mientras le golpeaba la boca con la cruz, le decía:

—Tú lo mataste, tú lo mataste…

Julio Vélez era aquel niño andaluz arrodillado. Han pasado muchos años. El nunca pudo arrancarse eso de la memoria.


* * *


La cultura del terror /5


A Ramona Caraballo la regalaron no bien supo caminar.

Allá por 1950, siendo una niña todavía, ella estaba de esclavita en una casa de Montevideo. Hacía todo, a cambio de nada.

Un día llegó la abuela, a visitarla. Ramona no la conocía, o no la recordaba. La abuela llegó desde el campo, muy apurada porque tenía que volverse enseguida al pueblo. Entró, pegó tremenda paliza a su nieta y se fue.

Ramona quedó llorando y sangrando.

La abuela le había dicho, mientras alzaba el rebenque:

—No te pego por lo que hiciste. Te pego por lo que vas a hacer.


* * *


La televisión /2


La televisión, ¿muestra lo que ocurre?

En nuestros países, la televisión muestra lo que ella quiere que ocurra; y nada ocurre si la televisión no lo muestra.

La televisión, esa última luz que te salva de la soledad y de la noche, es la realidad. Porque la vida es un espectáculo: a los que se portan bien, el sistema les promete un cómodo asiento.


* * *


La televisión /5


En los veranos, la televisión uruguaya dedica largos programas a Punta del Este.

Más interesadas en las cosas que en la gente, las cámaras llegan al éxtasis cuando exhiben las casas de los ricos en vacaciones. Estas mansiones ostentosas se parecen a los mausoleos de mármol y bronce en el cementerio de La Recoleta, que es la Punta del Este de después.

Por la pantalla desfilan los elegidos y sus símbolos de poder. El sistema, que edifica la pirámide social eligiendo al revés, recompensa a poca gente. He aquí a los premiados; son los usureros de buenas uñas y los mercaderes de buenos dientes, los políticos de creciente nariz y los doctores de espaldas de goma.

La televisión se propone adular a los que mandan en el Río de La Plata, pero sin quererlo, cumple una ejemplar función educativa: nos muestra las altas cumbres y en ella delata la tilinguería y el mal gusto de los triunfantes cazadores de dinero.

Debajo de la aparente estupidez, hay verdadera estupidez.


* * *


Celebración de la desconfianza


El primer día de clase, el profesor trajo un frasco enorme:

—Esto está lleno de perfume —dijo a Miguel Brun y a los demás alumnos—. Quiero medir la percepción de cada uno de ustedes. A medida que vayan sintiendo el olor, levanten la mano.

Y destapó el frasco. Al ratito nomás, ya había dos manos levantadas. Y luego cinco, diez, treinta, todas las manos levantadas.

—¿Me permite abrir la ventana, profesor? —suplicó una alumna, mareada de tanto olor a perfume, y varias voces le hicieron eco. El fuerte aroma que pesaba en el aire, ya se había hecho insoportable para todos.

Entonces el profesor mostró el frasco a los alumnos, uno por uno. El frasco estaba lleno de agua.


* * *


La pálida


Mis certezas desayunan dudas. Y hay días en que me siento extranjero en Montevideo y en cualquier otra parte. En esos días, días sin sol, noches sin luna, ningún lugar es mi lugar y no consigo reconocerme en nada, ni en nadie. Las palabras no se parecen a lo que nombran y ni siquiera se parecen a su propio sonido. Entonces no estoy donde estoy. Dejo mi cuerpo y me voy, lejos, a ninguna parte, y no quiero estar con nadie, ni siquiera conmigo, y no tengo, ni quiero tener, nombre ninguno entonces pierdo las ganas de llamarme o ser llamado.


* * *


Celebración de las bodas de la palabra y el acto


Leo un artículo de un escritor de teatro, Arkadi Rajkin, publicado en una revista de Moscú. El poder burocrático, dice el autor, hace que jamás se encuentren los actos, las palabras y los pensamientos: los actos quedan en el lugar de trabajo, las palabras en las reuniones y los pensamientos en la almohada.

Buena parte de la fuerza del Che Guevara, pienso, esa misteriosa energía que va mucho más allá de su muerte y de sus errores, viene de un hecho muy simple: él fue un raro tipo que decía lo que pensaba y hacía lo que decía.


* * *


Crónica de la ciudad de Buenos Aires


A mediados de 1984 viajé al Río de La Plata.

Hacía once años que faltaba de Montevideo; hacía ocho años que faltaba de Buenos Aires. De Montevideo me había marchado porque no me gusta estar preso; de Buenos Aires, porque no me gusta estar muerto. Pero ya en 1984 la dictadura militar argentina se había ido, dejando a su paso un imborrable rastro de sangre y mugre, y la dictadura militar uruguaya se estaba yendo.

Yo acababa de llegar a Buenos Aires. No había avisado a los amigos. Quería que los encuentros ocurrieran sin hacerlos.

Un periodista de la televisión holandesa, que me había acompañado en el viaje, me estaba entrevistando frente a la puerta de la que había sido mi casa. El periodista me preguntó qué se había hecho de un cuadro que yo tenía en mi casa, la pintura de un puerto para llegar y no para marcharse, un puerto para decir hola y no adiós, y yo empecé a contestarle con la mirada clavada en el ojo rojo de la cámara.

Le dije que no sabía adónde había ido a parar ese cuadro, ni adónde había ido a parar su autor, el negro Emilio, Emilio Casablanca; el cuadro y Emilio se me habían perdido en la niebla, como tantas gentes y cosas tragadas por aquellos años de terror y lejanía.

Mientras yo hablaba, advertí que una sombra venía caminando por detrás de la cámara y se quedaba a un costado esperando. Cuando terminé, y el ojo rojo de la cámara se apagó, moví la cabeza y lo vi. En aquella ciudad de trece millones de habitantes, el negro Emilio había llegado hasta esa esquina, por pura casualidad o como se llame eso, y estaba en aquel preciso lugar en el instante preciso. Nos abrazamos bailando, y después de mucho abrazo Emilio me contó que hacía dos semanas que venía soñando que volvía, noche tras noche, y que no lo podía creer.

Y no lo creyó. Esa noche me llamó por teléfono al hotel y me preguntó si yo no era sueño o borrachera.


* * *


Resurrecciones /1


Infarto agudo al miocardio, zarpazo de la muerte al centro del pecho. Pasé dos semanas hundido en una cama de hospital, en Barcelona. Entonces sacrifiqué mi destartalada agenda Porky 2, que ya la pobre no daba más, y como quien no quiere la cosa, el cambio de libreta se convirtió en un repaso de los años transcurridos desde el sacrificio de la Porky 1. Mientras pasaba en limpio nombres y direcciones y teléfonos a la agenda nueva, yo iba pasando en limpio también el entrevero de los tiempos y las gentes que venía de vivir, un torbellino de alegrías y lastimaduras, todas muy, siempre muy, y eso fue un largo duelo de los muertos que muertos habían quedado en la zona muerta de mi corazón, y una larga, más larga celebración de los vivos que me encendían la sangre y me crecían el corazón sobrevivido. Y nada tenía de malo, y nada tenía de raro, que se me hubiera roto el corazón de tanto usarlo.


* * *


Envidias del alto cielo


Creen los Mayas que al principio de la historia, cuando los dioses nos dieron nacimiento, nosotros lo humanos éramos capaces de ver más allá del horizonte. Entonces estábamos recién fundados, y los dioses nos arrojaron polvo a los ojos para que no fuéramos tan poderosos.

Yo pensé en esa envidia de los dioses, cuando supe que había muerto mi amigo René Zavaleta. René, que tenía una inteligencia deslumbrante, fue fulminado por un cáncer al cerebro.

De cáncer de garganta, había muerto, medio siglo antes, Enrico Caruso.


* * *


Llorar


Fue en la selva, en la amazonia ecuatoriana. Los indios shuar estaban llorando a una abuela moribunda.

Lloraban sentados, a la orilla de su agonía. Un testigo, venido de otros mundos, preguntó:

—¿Por qué lloran delante de ella, si todavía está viva?

Y contestaron los que lloraban:

—Para que sepa que la queremos mucho.


* * *


El vendedor de risas


Estoy en la playa de Malibú, en el espigón donde hace medio siglo el detective Philip Marlowe encontró algunos de sus cadáveres.

Jack Miles me señala una linda casa, a lo lejos, a lo alto: allí vivía el hombre que abastecía de risas a Hollywood. Hace diez años, Jack pasó un tiempo en esa casa, cuando el abastecedor de risas decidió marcharse para siempre.

La casa estaba toda tapizada de risas. Aquel hombre se había pasado la vida recogiendo risas. Grabador en mano, había recorrido los Estados Unidos de cabo a rabo, al revés y al derecho, en busca de risas, y había logrado reunir la mayor colección del mundo. Había registrado la alegría de los niños jugando y el alborozo gastadito de la gente ya vivida.

Tenía risas del norte y del sur, del este y del oeste.

Según se le pidiera, podía proporcionar risas de celebración o risas de dolor o de pánico, risas enamoradas, aterradoras carcajadas de espectros y risotadas de locos y borrachos y criminales.

Entre sus miles y miles de grabaciones, tenía risas para creer y risas para desconfiar, risas de negros, de mulatos y de blancos, risas de pobres y de ricos y de mediopelos.

Vendiendo risas, risas para cine, radio y televisión, se había hecho rico. Pero él era un hombre más bien melancólico y tenía una mujer que de una mirada quitaba a cualquiera las ganas de reír.

Ella y él se fueron de su casa de la playa Malibú, y nunca más volvieron. Se fueron huyendo de los mexicanos, porque en California hay cada vez más mexicanos que comen comida picante y tienen la maldita costumbre de reír a las carcajadas. Ahora ellos viven en la isla de Tasmania, que es por allá por Australia, pero más lejos.


* * *


Yo, mutilado capilar


Los peluqueros me humillan cobrándome la mitad.

Hace unos veinte años, el espejo delató los primeros claros bajo la melena encubridora. Hoy me provoca estremecimientos de horror el luminoso reflejo de mi calva en vidrieras y ventanas y ventanillas.

Cada pelo que pierdo, cada uno de los últimos cabellos, es un compañero que cae, y que antes de caer ha tenido nombre, o por lo menos número.

Me consuelo recordando la frase de un amigo piadoso:

—Si el pelo fuera importante, estaría dentro de la cabeza, y no afuera.

También me consuelo comprobando que en todos estos años se me ha caído pelo pero ninguna idea, lo que es una alegría si se compara con tanto arrepentido que anda por ahí.


* * *


Las flores


El escritor brasileño Nelson Rodrigues estaba condenado a la Soledad. Tenía cara de sapo y lengua de serpiente, y a su prestigio de feo y fama de venenoso sumaba la notoriedad de su contagiosa mala suerte: la gente de su alrededor moría por bala, miseria o desdicha fatal.

Un día, Nelson conoció a Eleonora. Ese día, el día del descubrimiento, cuando por primera vez vio a esa mujer, una violenta alegría lo atropelló y lo dejó bobo. Entonces quiso decir alguna de sus frases brillantes, pero se le aflojaron las piernas y se le enredó la lengua y no pudo más que tartamudear ruiditos.

La bombardeó con flores. Le enviaba flores a su apartamento, en lo más alto de un alto edificio de Río de Janeiro. Cada día le enviaba un gran ramo de flores, flores siempre diferentes, sin repetir jamás los colores ni los aromas, y abajo esperaba: desde abajo veía el balcón de Eleonora y desde el balcón ella arrojaba las flores a la calle, cada día, y los automóviles las aplastaban.

Y así fue durante cincuenta días. Hasta que un día, un mediodía, las flores que Nelson envió no cayeron a la calle y no fueron pisoteadas por los automóviles.

Ese mediodía él subió hasta el piso último, tocó el timbre y la puerta se abrió.


* * *


Gelman


El poeta Juan Gelman escribe alzándose sobre sus propias ruinas, sobre su polvo y su basura.

Los militares argentinos cuyas atrocidades hubieran provocado a Hitler un incurable complejo de inferioridad, le pegaron donde más duele. En 1976, le secuestraron a los hijos. Se los llevaron en lugar de él. A la hija, Nora, la torturaron y la soltaron. Al hijo, Marcelo, y su compañera, que estaba embarazada, los asesinaron y los desaparecieron.

En lugar de él: se llevaron a los hijos porque él no estaba. ¿Cómo se hace para sobrevivir a una tragedia así? Digo: para sobrevivir sin que se te apague el alma. Muchas veces me lo he preguntado, en estos años. Muchas veces me he imaginado esa horrible sensación de vida usurpada, esa pesadilla del padre que siente que está robando al hijo el aire que respira, el padre que en medio de la noche despierta bañado en sudor: Yo no te maté, yo no te maté. Y me he preguntado: Si Dios existe, ¿por qué pasa de largo? ¿No será ateo, Dios?


* * *


Profesión de fe


Sí, sí, por lastimado y jodido que uno esté, siempre puede uno encontrar contemporáneos en cualquier lugar del tiempo y compatriotas en cualquier lugar del mundo. Y cada vez que eso ocurre, y mientras eso dura, uno tiene la suerte de sentir que es algo en la infinita soledad del universo: algo más que una ridícula mota de polvo, algo más que un fugaz momentito.


* * *


Celebración del coraje /2


Le pregunté si había visto un fusilamiento. Sí, había visto.

El chino Heras había visto fusilar un coronel, a fines de 1960, en el cuartel de la cabaña. Muchos verdugos habían actuado en la dictadura de Batista, malas bestias al servicio del dolor y de la muerte; ese coronel era uno de los muy, uno de los más.

Estábamos en mi habitación, en rueda de amigos, en un hotel de La Habana. El chino contó que el coronel no había querido que le vendaran los ojos, y su última voluntad no había sido un cigarrillo; el coronel pidió que lo dejaran dirigir su propio fusilamiento.

El coronel gritó: ¡Preparen! y gritó: ¡Apunten! Cuando iba a gritar: ¡Fuego!, a uno de los soldados se le trabó el cerrojo del arma. Entonces el coronel interrumpió la ceremonia.

—Calma —dijo, ante la doble fila de hombres que debían matarlo. Ellos estaban tan cerca que casi los podía tocar.

—Calma —dijo—. No se pongan nerviosos.

Y mandó nuevamente preparar armas, y mandó apuntar, y cuando todo estuvo bien en orden, mandó disparar. Y cayó.

El Chino contó esta muerte del coronel, y nos quedamos callados. Éramos unos cuantos en la habitación, y todos nos quedamos callados.

Echada como una gata sobre la cama, había una muchacha vestida de rojo. No le recuerdo el nombre. Le recuerdo las piernas. Ella tampoco dijo nada.

Transcurrieron dos o tres botellas de ron y al final todo el mundo se fue a dormir. Ella también se fue. Antes de irse, desde la puerta entreabierta, miró al chino, le sonrió y le agradeció:

—Gracias —le dijo—. Yo no conocía los detalles. Gracias por contármelo.

Después supimos que aquel coronel era su padre.

Una muerte digna es siempre una buena historia para contar, aunque sea la muerte digna de un hijo de puta.

Pero yo quise escribirla, y no pude. Pasó el tiempo y la olvidé.

De la muchacha, nunca más supe.

jueves, 3 de septiembre de 2020

Ray Bradbury - Calidoscopio

CALIDOSCOPIO



por RAY BRADBURY


EL PRIMER IMPACTO rajó la nave cual si fuera un gigantesco abrelatas. Los hombres fueron arrojados al espacio, retorciéndose como una docena de peces fulgurantes. Se diseminaron en un mar oscuro mientras la nave, convertida en un millón de fragmentos, proseguía su ruta semejando un enjambre de meteoritos en busca de un sol perdido.

—Barkley, Barkley, ¿dónde estás?

Voces aterrorizadas, niños perdidos en una noche fría.

—¡Woode, Woode!

—¡Capitán!

—Hollis, Hollis, aquí Stone.

—Stone, soy Hollis. ¿Dónde estás?

—¿Cómo voy a saberlo? Arriba, abajo… Estoy cayendo. ¡Dios mío, estoy cayendo!

Caían. Caían, en la madurez de sus vidas, como guijarros diminutos y plateados. Se diseminaban como piedras lanzadas por una catapulta monstruosa. Y ahora en vez de hombres eran sólo voces.

Voces de todos los tipos, incorpóreas y desapasionadas, con distintos tonos de terror y resignación.

—Nos alejamos unos de otros.

Era cierto. Hollis, rodando sobre sí mismo, sabía que lo era y, de alguna forma, lo aceptó. Se alejaban para recorrer distintos caminos y nada podría reunirles de nuevo. Vestían sus trajes espaciales, herméticamente cerrados, sus pálidos rostros ocultos tras las placas faciales. No habían tenido tiempo de acoplarse las unidades energéticas. Con ellas, habrían sido pequeños botes salvavidas flotando en el espacio. Se habrían salvado, habrían salvado a otros, habrían encontrado a todos hasta unirse para formar una isla de hombres y pensar en alguna salida. Pero ahora, sin las unidades energéticas acopladas a sus hombros, eran meteoritos alocados encaminándose hacia destinos diversos e inevitables.

Pasaron diez minutos. El terror inicial se apagó, dando paso a una calma metálica. Sus voces extrañas empezaron a entrelazarse en el espacio, un telar inmenso y oscuro, cruzándose y volviéndose a cruzar hasta formar el tejido final.

—Stone a Hollis. ¿Cuánto tiempo podremos hablar por radio?

—Depende de tu velocidad y la mía.

—Una hora, supongo.

—Algo así —dijo Hollis, pensativo y tranquilo.

—¿Qué sucedió? —preguntó Hollis al cabo de un minuto.

—El cohete estalló, eso es todo. Los cohetes estallan, ¿sabes?

—¿Hacia dónde caes?

—Creo que me estrellaré en el Sol.

—Yo en la Tierra. De vuelta a la madre Tierra a quince mil kilómetros por hora. Arderé como una cerilla.

Hollis pensó en ello con una sorprendente serenidad. Le parecía estar separado de su cuerpo, viéndolo caer y caer en el espacio, con la misma tranquilidad con la que había visto caer los primeros copos de nieve de un invierno muy lejano.

Los otros guardaban silencio. Pensaban en el destino que les había llevado a esto, a caer y caer sin poder hacer nada para evitarlo. Hasta el capitán callaba, porque no había orden o plan que pudiera arreglarlo todo.

—¡Oh, esto es interminable! ¡Interminable, interminable! —exclamó una voz. ¡No quiero morir, no quiero morir! ¡Esto es interminable!

—¿Quién habla?

—No lo sé.

—Creo que es Stimson. Stimson, ¿eres tú?

—Esto es interminable y no me gusta. ¡Dios mío, no me gusta nada!

—Stimson, aquí Hollis. Stimson, ¿me oyes?

Una pausa. Seguían separándose unos de otros.

—¿Stimson?

—Sí —replicó por fin.

—Stimson, tranquilízate. Todos tenemos el mismo problema.

—No quiero estar aquí. Me gustaría estar en cualquier otro sitio.

—Hay una posibilidad de que nos encuentren.

—Sí, sí, seguro —dijo Stimson—. No creo en esto, no creo que esté sucediendo realmente.

—Es una pesadilla —dijo alguien.

—¡Cállate! —ordenó Hollis.

—Ven y hazme callar —contestó la voz. Era Applegate. Se reía con toda tranquilidad, sin histeria—. Ven y hazme callar.

Por primera vez, Hollis sintió su impotencia. La cólera se adueñó de él porque en aquel momento deseaba, más que ninguna otra cosa, herir a Applegate. Había esperado muchos años para poder hacerlo…, y ahora era demasiado tarde. Applegate era únicamente una voz radiofónica.

¡Y seguían cayendo y cayendo!

Dos de los hombres se pusieron a gritar, de repente, como si acabaran de descubrir el horror de su situación. Hollis vio a uno de ellos, en una pesadilla, flotando muy cerca de él, chillando y chillando.

—¡Basta!

El hombre estaba casi al alcance de su mano. Gritaba enloquecido. Nunca se callaría. Seguiría chillando durante un millón de kilómetros, mientras se encontrara en el campo de acción de la radio. Fastidiaría a todos los demás e impediría que hablaran entre sí.

Hollis alargó la mano. Era mejor así. Hizo un último esfuerzo y tocó al hombre. Se agarró a su tobillo y fue desplazando la mano hasta llegar a la cabeza. El hombre chilló y se retorció como si estuviera ahogándose. Sus gritos llenaron el universo.

«Da lo mismo —pensó Hollis—. El Sol, la Tierra o los meteoros lo matarán igualmente. ¿Por qué no ahora?»

Hollis aplastó la placa facial del hombre con su puño metálico. Los gritos cesaron. Se apartó del cadáver y lo dejó alejarse siguiendo su propio curso, cayendo y cayendo.

Hollis y los demás seguían cayendo sin cesar en el espacio, en el interminable remolino de un terror silencioso.

—Hollis, ¿sigues ahí?

Hollis no contestó. Una oleada de calor inundó su rostro.

—Aquí Applegate otra vez.

—¿Qué hay, Applegate?

—Hablemos. No podemos hacer otra cosa.

El capitán intervino.

—Ya es suficiente. Tenemos que encontrar una solución.

—Capitán, ¿por qué no se calla?

—¿Qué?

—Ya me ha oído, capitán. No pretenda imponerme su rango, porque nos separan quince mil kilómetros y no tenemos que engañarnos. Tal como dijo Stimson, la caída es interminable.

—¡Compórtese, Applegate!

—No quiero. Esto es un motín de uno solo. No tengo una maldita cosa que perder. Su nave era mala, usted un mal capitán, y espero que se ase cuando llegue al Sol.

—¡Le ordeno que se calle!

—Adelante, vuelva a ordenarlo. —Applegate sonrió a quince mil kilómetros de distancia. El capitán no dijo nada más—. ¿Dónde estábamos, Hollis? Ah sí, ya recuerdo. También te odio a ti. Pero tú ya lo sabes. Hace mucho tiempo que lo sabes.

Hollis, desesperado, cerró los puños.

—Quiero confesarte algo —prosiguió Applegate—. Algo que te hará feliz. Fui uno de los que votaron contra ti en la Rocket Company, hace cinco años.

Un meteorito surcó el espacio. Hollis miró hacia abajo y vio que no tenía mano izquierda. La sangre brotaba a chorros. De repente, advirtió la falta de aire en su traje. El oxígeno que conservaba en los pulmones le permitió, sin embargo, hacer un nudo a la altura de su codo izquierdo, apretando la juntura y cerrando el escape. La rapidez del suceso no le dio tiempo a sorprenderse. Ninguna cosa podía sorprenderle en aquel momento. Ya cerrado el boquete, el aire volvió a llenar el traje en un instante. Y la sangre, que había brotado con tanta facilidad, quedó comprimida cuando Hollis apretó aún más el nudo, hasta convertirlo en un torniquete.

Todo esto había sucedido en medio de un terrible silencio por parte de Hollis. Los otros hombres conversaban. Uno de ellos, Lespere, hablaba sin cesar de su mujer de Marte, de su mujer venusiana, de su mujer de Júpiter, de su dinero, sus buenos tiempos, sus borracheras, su afición al juego, su felicidad… Hablaba y hablaba, mientras todos caían. Lespere, feliz, recordaba el pasado mientras se precipitaba a la muerte.

¡Todo era tan raro! Espacio, miles de kilómetros de espacio, y voces vibrando en su centro. Ningún hombre al alcance de la vista, sólo las ondas de radio se agitaban tratando de emocionar a otros hombres.

—¿Estás enfadado, Hollis?

—No.

Y no lo estaba. Había recuperado la serenidad. Era una masa insensible, cayendo para siempre hacia ninguna parte.

—Durante toda tu vida quisiste llegar a la cumbre, Hollis. Y yo lo impedí. Siempre quisiste saber lo que había ocurrido. Bien, voté contra ti antes de que me despidieran a mí también.

—No tiene importancia.

Y no la tenía. Todo había terminado. Cuando la vida llega a su fin es como un intenso resplandor. Un instante en el que todos los prejuicios y pasiones se condensan e iluminan en el espacio, antes de que se pueda decir una sola palabra. Hubo un día feliz y otro desdichado, hubo un rostro perverso y otro bondadoso… El resplandor se apaga y se hace la oscuridad.

Hollis pensó en su pasado. Al borde de la muerte, una sola cosa le atormentaba y por ella, únicamente por ella, deseaba seguir viviendo. ¿Sentirían lo mismo sus compañeros de agonía? ¿Tendrían aquella sensación de no haber vivido nunca? ¿Pensarían, como él, que la vida surge y muere antes de poder respirar una vez? ¿Les parecería a todos tan abrupta e imposible, o sólo a él, aquí, ahora, con escasas horas para meditar?

Uno de los otros hombres estaba hablando.

—Bueno, yo viví bien. Tuve una esposa en Marte, otra en Venus y otra en Júpiter. Todas tenían dinero y se portaron muy bien conmigo. Fue maravilloso. Me emborrachaba, y hasta una vez gané veinte mil dólares en el juego.

«Pero ahora estás aquí —pensó Hollis—. Yo no tuve nada de eso. Tenía celos de ti, Lespere. En pleno trabajo envidiaba tus mujeres y tus juergas. Las mujeres me asustaban y huía al espacio, siempre deseándolas, siempre celoso de ti por tenerlas, por tu dinero, por toda la felicidad que podías conseguir con aquella vida alocada. Pero ahora se acabó todo, caemos. Ya no tengo celos de ti. Es mi final y el tuyo y todo parece no haber sucedido nunca.»

Hollis levantó el rostro y gritó por la radio:

—¡Todo ha terminado, Lespere!

Silencio.

—¡Como si nunca hubiese ocurrido, Lespere!

—¿Quién habla? —preguntó Lespere temblorosamente.

—Soy Hollis.

Se sintió miserable. Era la mezquindad, la absurda mezquindad de la muerte. Applegate le había herido y él, Hollis, quería herir a otro. Applegate y el espacio le habían herido.

—Ahora estás aquí, Lespere. Todo ha terminado, como si nunca hubiera sucedido, ¿no es cierto?

—No.

—Cuando llega el final, todo parece no haber ocurrido nunca. ¿Es mejor tu vida que la mía, ahora? Antes, sí, ¿y ahora? El presente es lo que cuenta. ¿Es mejor? ¿Lo es?

—¡Sí, es mejor!

—¿Por qué?

—Porque conservo mis pensamientos, ¡porque recuerdo! —gritó Lespere, muy lejos, indignado, apretando los recuerdos a su pecho con ambas manos.

Y estaba en lo cierto. Hollis lo comprendió mientras una sensación fría como el hielo fluía por todo su cuerpo. Existían diferencias entre los recuerdos y los sueños. A él sólo le quedaban los sueños de las cosas que había deseado hacer, pero Lespere recordaba cosas hechas, consumadas. Este pensamiento empezó a desgarrar a Hollis con una precisión lenta, temblorosa.

—¿Y para qué te sirve eso? —gritó a Lespere—. ¿De qué te sirve ahora? Lo que llega a su fin ya no sirve para nada. No estás mejor que yo.

—Estoy tranquilo —contestó Lespere—. Tuve mi oportunidad. Y ahora no me vuelvo perverso, como tú.

—¿Perverso?

Hollis meditó. Nunca, en toda su vida, había sido perverso. Nunca se había atrevido a serlo. Durante muchos años debió de haber estado guardando su perversidad para una ocasión como la actual. «Perverso». La palabra martilleó en su mente. Se le saltaron las lágrimas y resbalaron por su cara.

—Cálmate, Hollis.

Alguien había escuchado su voz sofocada.

Era completamente ridículo. Tan sólo un momento antes, había estado aconsejando a otros, a Stimson… Había sentido coraje y creído que era auténtico. Pero, ahora lo comprendía, no se trataba más que de conmoción, y de la «serenidad», que puede acompañarla. Y ahora trataba de condensar toda una vida de emociones reprimidas en un intervalo de minutos.

—Sé lo que sientes, Hollis —dijo Lespere, ya a treinta mil kilómetros de distancia, con una voz cada vez más apagada—. No me has ofendido.

«Pero ¿no somos iguales? —se preguntó un aturdido Hollis—. ¿Lespere y yo? ¿Aquí, ahora? Si algo ha terminado, ya está hecho. ¿Qué tiene de bueno, entonces? Los dos moriremos, de una forma o de otra.»

Pero Hollis sabía que todo aquello era puro raciocinio. Era como intentar explicar la diferencia entre un hombre vivo y un cadáver: uno poseía una chispa, un aura, un elemento misterioso, y el otro no.

Y lo mismo ocurría con Lespere y él. Lespere había vivido enteramente, y ello le convertía ahora en un hombre diferente. Y él, Hollis, había estado muerto durante muchos años. Se acercaban a la muerte siguiendo distintos caminos y, con toda probabilidad, si existieran varios tipos de muertes, el de Lespere y el suyo serían tan diferentes como la noche y el día. La cualidad de la muerte, como la de la vida, debe ser de una variedad infinita. Y si uno ya ha muerto una vez, ¿por qué preocuparse de morir para siempre, tal como estaba muriendo él ahora?

Un momento después descubrió que su pie derecho había desaparecido. Estuvo a punto de reír. El aire por segunda vez había escapado de su traje. Se inclinó rápidamente y vio salir la sangre. El meteorito había cortado la carne y el traje hasta el tobillo. Oh, la muerte en el espacio era humorística: te despedaza poco a poco, cual tétrico e invisible carnicero. Hollis apretó la válvula de la rodilla. Sentía dolor y mareo. Luchó por no perder la conciencia, apretó más la válvula y contuvo la sangre, conservando el aire que le quedaba. Se enderezó y prosiguió su caída. No podía hacer más.

—¿Hollis?

Hollis respondió cansinamente, harto de aguardar la muerte.

—Aquí Applegate de nuevo —dijo la voz.

—Sí.

—He estado pensando, y escuchándote. Esto no va bien. Nos convierte en perversos. Es una forma de morir muy mala, nos saca toda la maldad que llevamos dentro. Hollis, ¿me escuchas?

—Sí.

—Te mentí. Hace un momento. Te mentí. No voté contra ti. No sé por qué lo dije. Creo que deseaba hacerte daño. Parecías el más indicado. Siempre nos hemos peleado, Hollis. Creo que me estoy haciendo viejo de repente, arrepintiéndome. Cuando oí que tú eras un perverso me avergoncé. Es igual, quiero que sepas que yo también fui un idiota. No hay ni pizca de verdad en todo lo que dije. Y vete al infierno.

Hollis sintió que su corazón volvía a latir. Había estado parado durante cinco minutos. Ahora, todos sus miembros recuperaron el calor. La conmoción había terminado, y los sucesivos ataques de cólera, terror y soledad iban disipándose. Era un hombre recién salido de una ducha fría matutina, listo para desayunar y enfrentarse a un nuevo día.

—Gracias, Applegate.

—No hay de qué. Y anímate, bobo.

—¿Dónde está Stimson? ¿Cómo se encuentra?

—¿Stimson?

Todos escuchaban atentamente:

—Debe de haber muerto.

—No lo creo. ¡Stimson!

Volvieron a escuchar.

Y oyeron una respiración dificultosa, lejana, lenta…

—Es él. Escuchad.

—¡Stimson!

Nadie respondió.

Sólo podían oír una respiración lenta y bronca.

—No contestará.

—Ha perdido el conocimiento. Dios le ayude.

—Es él, escuchad.

Una respiración apenas audible, el silencio.

—Está encerrado como una almeja. Encerrado en sí mismo, haciendo una perla. Consideradlo así, todo tiene su poesía. Él es más feliz que nosotros.

Stimson flotaba en la lejanía. Todos lo escucharon.

—¡Eh! —dijo Stone.

—¿Qué?

Hollis había contestado con toda su fuerza. Stone, más que ningún otro, era un buen amigo.

—Estoy entre un enjambre de meteoritos, pequeños asteroides.

—¿Meteoritos?

—Creo que es el grupo de Mirmidón, que se desplaza entre Marte y la Tierra y tarda cien años en recorrer su órbita. Me encuentro justo en el medio. Es como un calidoscopio gigante. Hay colores, formas y tamaños de todos los tipos. ¡Dios mío, que hermoso es todo esto!

Silencio.

—Me voy con ellos —prosiguió Stone—. Me llevan con ellos. Estoy condenado. —Y se rió de buena gana.

Hollis trató de ver algo, pero sin conseguirlo. Allí sólo había las grandes joyas del espacio, los diamantes, los zafiros, las nieblas de esmeraldas y las tintas de terciopelo del espacio, y la voz de Dios confundiéndose entre los resplandores cristalinos. Era algo increíble y maravilloso pensar en Stone acompañando al enjambre de meteoritos. Iría más allá de Marte y volvería a la Tierra cada cinco años. Entraría y saldría de las órbitas de los planetas durante los siguientes miles y miles de años. Stone y el enjambre de Mirmidón, eternos e infinitos, girarían y se modelarían como los colores del calidoscopio de un niño cuando éste levanta el tubo hacia el sol y lo va girando.

—Adiós, Hollis. —La voz de Stone, ya muy debilitada—. Adiós.

—Buena suerte —gritó Hollis, a cincuenta mil kilómetros de distancia.

—No te hagas el gracioso —dijo Stone.

Silencio. Las estrellas se unían más y más entre ellas.

Todas las voces, iban apagándose. Todas y cada una seguían su propia ruta; unas hacia el Sol, otras hacia el espacio remoto. Como el mismo Hollis. Miró hacia abajo. Él, y sólo él, volvía solitario a la Tierra.

—Adiós.

—Tómatelo con calma.

—Adiós, Hollis —dijo Applegate.

Adioses innumerables, despedidas breves. El gran cerebro, extraviado, se desintegraba. Los componentes de aquel cerebro, que habían trabajado con eficiencia y perfección dentro de la caja craneal de la nave espacial, cuando ésta aún surcaba el espacio, morían uno a uno. Todo el significado de sus vidas saltaba hecho añicos. Igual que el cuerpo muere cuando el cerebro deja de funcionar, el espíritu de la nave, todo el tiempo que habían pasado juntos, lo que los unos significaban para los otros, todo eso moría. Applegate ya no era más que un dedo arrancado del cuerpo paterno, ya nunca más sería motivo de desprecio o intrigas. El cerebro había estallado y sus fragmentos inútiles, faltos de misión que cumplir, se desperdigaban. Las voces desaparecieron y el espacio quedó en silencio. Hollis estaba solo, cayendo.

Todos estaban solos. Sus voces se habían desvanecido como los ecos de palabras divinas vibrando en el cielo estrellado. El capitán marchaba hacia el Sol. Stone se alejaba entre la nube de meteoritos, y Stimson, encerrado en sí mismo. Applegate iba hacia Plutón. Smith, Turner, Underwood… Los restos del calidoscopio, las piezas de lo que otrora fue algo coherente, se esparcían por el espacio.

«¿Y yo? —pensó Hollis—. ¿Qué puedo hacer? ¿Puedo hacer algo para compensar una vida terrible y vacía? Si pudiera hacer algo para reparar la mezquindad de todos estos años, el absurdo del que ni siquiera me daba cuenta… Pero no hay nadie aquí. Estoy solo. ¿Cómo hacer algo que valga la pena cuando se está solo? Es imposible. Mañana por la noche me estrellaré contra la atmósfera de la Tierra. Arderé, y mis cenizas se esparcirán por todos los continentes. Seré útil. Sólo un poco, pero las cenizas son cenizas y se mezclarán con la tierra.»

Caía rápidamente, como una bala, como un guijarro, como una pesa metálica. Sereno, ni triste ni feliz… Lo único que deseaba, cuando todos los demás se habían ido, era hacer algo válido, algo que sólo él sabría.

«Cuando entre en la atmósfera, arderé como un meteoro.»

—Me pregunto si alguien me verá —dijo en voz alta.

Desde un camino, un niño alzó la vista hacia el cielo.

—¡Mira, mamá! ¡Mira! —gritó—. ¡Una estrella fugaz!

La estrella blanca, resplandeciente, caía en el polvoriento cielo de Illinois.

—Pide un deseo —dijo la madre del niño—. Pide un deseo.

jueves, 13 de agosto de 2020

Khalil Gibran - El loco (selección)

EL LOCO

(selección)

por  KHALIL GIBRAN


ME PREGUNTAS CÓMO…


Me preguntas cómo me volví loco. Ocurrió así:


Un día, mucho antes de que nacieran los dioses, desperté de un profundo sueño y descubrí que se habían robado todas mis máscaras, las siete máscaras que había modelado y usado en siete vidas.


Huí sin la máscara por las atestadas calles gritando: «¡Ladrones! ¡Ladrones! ¡Malditos ladrones!».


Hombres y mujeres se reían de mí, y algunos corrieron a sus casas temerosos de mí.


Y cuando llegué a la plaza del mercado, un muchacho de pie sobre el techo de una casa, gritó: «¡Es un loco!».


Alcé la vista para mirarlo y por primera vez el sol besó mi rostro desnudo. Por primera vez el sol besó mi rostro desnudo, y mi alma se inflamó de amor por el sol y ya no deseé más mis máscaras. Como en éxtasis grité «¡Benditos, benditos sean los ladrones que me han robado mis máscaras!».


Así fue como me volví loco.


Y he hallado libertad y salvación en mi locura, la libertad de estar solo y a salvo de ser comprendido, porque aquellos que nos comprenden esclavizan algo nuestro.


* * *


AMIGO MÍO


Amigo mío, no soy lo que parezco. Mi apariencia no es más que el traje que visto, un traje cuidadosamente tejido que me protege a mí de tu curiosidad, y a ti de mi negligencia.


El yo que hay en mí, amigo mío, habita en la casa del silencio, y en ella vivirá para siempre inadvertido, inaccesible.


No quisiera hacerte creer en lo que digo ni que confiaras en lo que hago, porque mis palabras no son sino tus propios pensamientos transformados en sonido; y mis acciones tus propias esperanzas convertidas en acción.


Cuando tú dices «El viento sopla hacia el Este» yo digo «Sí, sopla hacia el Este»; porque no quisiera hacerte saber que mi mente no medita sobre el viento, sino sobre el mar.


Tú no puedes comprender mis pensamientos marinos, ni yo quisiera hacértelos entender a ti. Preferiría estar solo con el mar.


Cuando es de día para ti, amigo mío, es de noche para mí; sin embargo incluso así, hablo del mediodía que danza sobre las colinas y de la sombra escarlata que se abre paso sigilosamente por el valle; porque tú no puedes oír los cantos de mi oscuridad ni ver mis alas golpear contra los astros. Yo no quisiera dejarte oír ni ver. Preferiría estar a solas con la noche.


Cuando tú asciendes a tu Cielo, yo desciendo a mi Infierno. Incluso entonces tú me llamas a través del infranqueable abismo «Compañero, mi camarada», y yo te respondo: «Camarada, mi compañero», porque no quisiera que vieses mi Infierno. La llama quemaría tus ojos y el humo inflamaría tu nariz. Y amo demasiado mi Infierno como para que tú lo visites. Preferiría estar solo en el Infierno.


Tú amas la Verdad, la Belleza y la Justicia; y yo por ti digo que es bueno y apropiado amar esas cosas. Pero en mi corazón me río de tu amor. Pero no me gustaría que vieras mi risa. Preferiría reírme solo.


Amigo mío, tú eres bueno, cauto y prudente; más aún, eres perfecto, y yo también hablo contigo sabia y cautelosamente. Y, sin embargo, estoy loco. Pero encubro mi locura. Prefiero ser loco solo.


Amigo mío, tú no eres mi amigo, pero ¿cómo hacértelo comprender? Mi camino no es tu camino, sin embargo, caminamos juntos, con las manos unidas.


* * *


LAS SONÁMBULAS


En la ciudad donde nací vivían una mujer y su hija. Las dos eran sonámbulas.


Una noche, mientras el silencio envolvía al mundo, la mujer y la hija, caminando dormidas, se encontraron en su jardín, velado por la niebla.


Habló la madre, y dijo:


—¡Al fin, al fin, mi enemiga! Aquella por quien fue destruida mi juventud, aquella que edificó su vida sobre las ruinas de la mía. ¡Ojalá pudiera matarla!


Habló la hija y dijo:


—¡Oh, mujer odiosa, vieja y egoísta, que se antepone entre mi libertad y yo! ¡Que quisiera transformar mi vida en un eco de su vida ya marchita! ¡Ojalá estuviera muerta!


En ese instante cantó un gallo, y ambas mujeres despertaron.


La madre preguntó:


—¿Eres tú, querida?


Y la hija respondió afectuosamente:


—Sí, madre.


* * *


LOS SIETE YO


En la hora más tranquila de la noche, cuando estaba ya medio dormido, mis siete YO se sentaron a conversar en voz baja.


PRIMER YO: Aquí, en este loco, he vivido todos estos años sin tener otra cosa que hacer sino renovar su dolor durante el día y recrear su tristeza por la noche. No puedo soportar más tiempo mi destino y me rebelaré.


SEGUNDO YO: Tu suerte es mejor que la mía, hermano, porque a mí se me asignó ser el YO alegre de este loco. Yo río su risa y canto sus horas felices, y con pies tres veces alados danzo sus más luminosos pensamientos. Soy yo quien debe rebelarse contra una existencia tan fatigosa.


TERCER YO: ¿Y qué tendría que decir yo, entonces, YO amoroso, encargado de la antorcha ardiente de pasiones salvajes y fantásticos deseos? Soy yo, el YO enfermo de amor, quien se rebela contra este loco.


CUARTO YO: Entre todos vosotros, yo soy el más desdichado, porque nada me fue dado sino el abominable odio y destructivo rencor. Soy yo, el YO tempestuoso, el único nacido en las negras cavernas del Infierno, quien debería protestar de tener que seguir al servicio de un loco.


QUINTO YO: No. Soy yo, el YO pensante, el YO imaginativo, el YO hambriento y sediento, el único condenado a vagar sin descanso en busca de cosas desconocidas y de cosas todavía no creadas. Soy yo y no vosotros el que debe rebelarse.


SEXTO YO: ¿Y yo? Soy el YO trabajador, el insignificante obrero que con sus manos pacientes y sus ojos anhelantes transforma los días en imágenes y da a los elementos amorfos formas nuevas y eternas. Soy YO, el solitario quien debe rebelarse contra este inquieto loco.


SÉPTIMO YO: Qué extraño es que todos queráis rebelaros contra este hombre por tener cada uno de vosotros un destino determinado que cumplir. ¡Ah, ojalá fuera yo como uno de vosotros y tuviera también un YO con un determinado destino! Pero no tengo ninguno, soy el YO sin ocupación, el que se sienta en silencio, vacío de tiempo y espacio, mientras vosotros estáis ocupados recreando la vida. ¿Sois vosotros o yo, compañeros, quien debe rebelarse?


Cuando el séptimo YO hubo hablado, los otros seis lo miraron apenados, pero no dijeron nada. Y cuando la noche se hizo más profunda uno tras otro se fueron a dormir arropados en una nueva y satisfecha sumisión.


Pero el séptimo YO permaneció despierto, mirando la nada que está detrás de todas las cosas.


* * *


GUERRA


Una noche hubo una fiesta en palacio, y fue un hombre y se prosternó ante el príncipe. Todos los invitados lo miraron y vieron que le faltaba uno de los ojos y que la cuenca vacía sangraba.


El príncipe le preguntó:


—¿Qué te ha sucedido?


Y el hombre respondió:


—Oh príncipe, soy un ladrón profesional y esta noche, al ver que no había luna, fui a robar a la casa del cambista. Cuando entraba por la ventana, me equivoqué y entré en el taller del tejedor. En la oscuridad tropecé con el telar, que me arrancó el ojo. Y ahora, oh príncipe, vengo a pedir justicia contra el tejedor.


Entonces, el príncipe mandó llamar al tejedor, y cuando lo tuvo delante ordenó que le arrancasen uno de sus ojos.


—Oh príncipe —dijo el tejedor—, tu orden ha sido justa. Está bien que me hayas hecho arrancar uno de los ojos, pero, desgraciadamente, mis dos ojos me eran necesarios para poder ver la tela que tejo. Tengo un vecino que es zapatero remendón y posee también dos ojos, y para su oficio no necesita los dos ojos.


Entonces el príncipe mandó llamar al zapatero. Y cuando se presentó ante él le fue arrancado un ojo.


Y así se hizo justicia.


* * *


EL REY SABIO


Había una vez un rey sabio y poderoso que gobernaba en la remota ciudad de Wirani. Y era temido por su poder y amado por su sabiduría.


En el corazón de aquella ciudad había un pozo cuya agua era fresca y cristalina, y de ella bebían todos los habitantes, incluso el rey y sus cortesanos, porque en Wirani no había otro pozo.


Una noche, mientras todos dormían, una bruja entró en la ciudad y derramó siete gotas de un extraño líquido en el pozo, y dijo:


—De ahora en adelante, todo el que beba de esta agua se volverá loco.


A la mañana siguiente, salvo el rey y su gran chambelán, todos los habitantes bebieron el agua del pozo y enloquecieron, tal y como había predicho la bruja.


Y durante aquel día, todas las gentes no hacían sino susurrar el uno al otro en las calles estrechas y en las plazas públicas:


—El rey está loco. Nuestro rey y su gran chambelán han perdido la razón. Naturalmente, no podemos ser gobernados por un rey loco. Es preciso destronarlo.


Aquella noche, el rey ordenó que le llenasen un vaso de oro con agua del pozo. Y cuando se lo trajeron, bebió copiosamente y dio de beber a su gran chambelán.


Y hubo un gran regocijo en aquella remota ciudad de Wirani, porque el rey y su gran chambelán habían recobrado la razón.


* * *


EL SEPULTURERO


Una vez, cuando estaba sepultando a mis YO muertos, se me acercó a mí el sepulturero y me dijo:


—De todos los que vienen aquí a sepultar, tú eres el único al que amo.


Le dije:


—Tus palabras me regocijan, pero dime, por favor, ¿por qué me amas?


—Porque todos llegan llorando y se marchan llorando. Y tú eres el único que llega riendo y se marcha riendo.


* * *


LA NOCHE Y YO


—Soy como tú, oh Noche: oscuro y desnudo. Sigo por el camino en llamas que está sobre mis sueños y cada vez que mi pie toca la tierra, brota allí un roble gigantesco.


—No, tú no eres como yo, oh Loco, porque aún miras hacia atrás para medir la huella que dejaste en la arena.


—Soy como tú, oh Noche: silencioso y profundo. Y en el corazón de mi soledad hay una diosa que está dando a luz un hijo, y en él se tocan el Cielo y el Infierno.


—No tú no eres como yo, oh Loco, porque aún te estremeces ante el dolor, y la canción del abismo te espanta.


—Soy como tú, oh Noche: salvaje y terrible; porque mis oídos están llenos de los gritos de naciones conquistadas y de suspiros de tierras olvidadas.


—No, tú no eres como yo, oh Loco, porque aún tomas a tu pequeño Yo por compañero y no logras ser amigo de tu Yo gigantesco.


—Soy como tú, oh Noche: cruel y temible; porque mi pecho está iluminado por navíos en llamas, y mis labios están húmedos con la sangre de guerreros asesinados.


—No, tú no eres como yo, oh Loco, porque aún tienes deseos de tu alma gemela, y no te has convertido en la única ley para ti mismo.


—Soy como tú, oh Noche: jovial y alegre; porque aquel que duerme bajo mi sombra está borracho con vino virgen, y aquella que me sigue peca alegremente.


—No, tú no eres como yo, oh Loco, porque tu alma está envuelta en el velo de los siete dobleces, y no llevas tu corazón sujeto en tu mano.


—Soy como tú, oh Noche: paciente y apasionado; porque en mi pecho, mil amantes muertos están sepultados en mortajas de besos marchitos.


—¿Eres, Loco, de verdad como yo? ¿Eres como yo? ¿Puedes cabalgar en la tempestad como si fueras un corcel y empuñar como espada al relámpago?


—Como tú, oh Noche, como tú, soy alto y poderoso. Y mi trono está edificado sobre montones de dioses caídos, y ante mí también pasan los días para besar el borde de mi vestido, pero jamás para mirarme a la cara.


—¿Eres como yo, hijo de mi más oscuro corazón? ¿Y piensas mis pensamientos indómitos y hablas mi cósmico lenguaje?


—Sí, somos gemelos, oh Noche, porque tú revelas el espacio y yo revelo mi alma.


* * *


CRUCIFICADO


Grité a los hombres:


—¡Quiero ser crucificado!


Y ellos dijeron:


—¿Por qué ha de caer tu sangre sobre nuestras cabezas?


Y respondí:


—¿De qué otra manera seréis glorificados si no crucificáis a los locos?


Comprendieron y fui crucificado. Y la crucifixión me calmó.


Y cuando estaba suspendido entre la tierra y el cielo alzaron sus cabezas para mirarme, y se llenaron de gozo, porque nunca antes habían usado la cabeza. Pero mientras me observaban, uno de ellos preguntó:


—¿Qué intentas expiar?


Y otro gritó:


—¿Por qué causa te sacrificas?


Y un tercero dijo:


—¿Piensas comprar a semejante precio la gloria del mundo?


Entonces un cuarto dijo:


—¡Mirad cómo sonríe! ¿Puede perdonarse un dolor así?


Y a todos respondí:


—Recordad tan sólo que sonreí. Nada expío, por nada me sacrifico, no deseo gloria y nada tengo que perdonar. Tenía sed y os pedí que me dieseis mi sangre para beberla, porque ¿qué otra cosa puede apagar la sed de un loco sino su propia sangre? Yo estaba mudo y os pedí que me hicieseis heridas que me sirvieran de bocas. Estaba prisionero de vuestros días y de vuestras noches y busqué una puerta para días y noches mejores. Y ahora me voy tal y como otros crucificados se han ido. Y no penséis que estamos cansados de crucifixiones. Es preciso que haya crucificados por hombres mejores, en tierras mejores y en mejores cielos.


* * *


EL OJO


Dijo el Ojo un día:


—Veo más allá de estos valles una montaña velada por niebla azul. ¿Verdad que es hermosa?


El Oído se puso a escuchar, y después de haber escuchado atentamente durante un tiempo dijo:


—Pero ¿dónde está esa montaña? ¡Yo no la oigo!


Entonces habló la Mano, y dijo:


—En vano trato de palparla o tocarla; no encuentro montaña alguna.


La Nariz dijo:


—No hay ninguna montaña. No puedo olerla.


Entonces el Ojo se volvió hacia otro lado, y todos comenzaron a discutir la extraña alucinación del Ojo. Y decían:


—A este Ojo debe de pasarle algo.


* * *


CUANDO NACIÓ MI TRISTEZA


Cuando nació mi Tristeza la crié con cariño y la cuidé con amorosa ternura.


Y mi Tristeza creció como todas las cosas vivientes: fuerte y bella y llena de delicias sorprendentes.


Y nos amábamos el uno al otro, mi Tristeza y Yo, y amábamos al mundo que nos rodeaba, porque la Tristeza tenía un corazón bondadoso, y el mío era bondadoso con la Tristeza.


Y cuando conversábamos, mi Tristeza y yo, nuestros días eran alados y nuestras noches estaban enmarcadas de ensueños, porque la Tristeza tenía una lengua elocuente, y la mía era elocuente con la Tristeza.


Y cuando cantábamos juntos, mi Tristeza y yo, nuestros vecinos se sentaban en las ventanas para escuchar, porque nuestras canciones eran tan profundas como el mar y nuestras melodías estaban llenas de extrañas remembranzas.


Y cuando caminábamos juntos, mi Tristeza y yo, la gente nos miraba con ojos tiernos y murmuraba palabras de inexpresable dulzura. Y había quienes nos miraban con una indisimulada envidia, porque la Tristeza era una cosa noble, y yo estaba orgulloso con la Tristeza.


Pero murió mi Tristeza, como todas las cosas vivientes; y ya solo, me entregué al estudio y la meditación.


Y ahora, cuando hablo, mis palabras resuenan pesadas en mis oídos.


Y cuando canto, mis vecinos no vienen a escuchar mis canciones.


Y cuando camino por las calles, nadie me mira.


Sólo en mi sueño oigo voces que dicen con pena: «Mirad, ahí está el hombre cuya Tristeza ha muerto».


* * *


Y CUANDO NACIÓ MI ALEGRÍA


Cuando nació mi Alegría, la llevé en mis brazos y subí a lo alto de la casa para gritar:


—¡Venid, vecinos míos, venid y contemplad, porque hoy ha nacido mi Alegría! ¡Venid pues y contemplad esta alegre cosa que ríe al sol!


Pero ninguno de mis vecinos vino a ver mi Alegría, y fue grande mi desencanto.


Y todos los días durante siete lunas proclamé mi Alegría desde lo alto de mi casa, y nadie me escuchó. Y mi Alegría y yo nos quedamos solos sin que nadie nos buscara o nos visitara.


Mi Alegría fue empalideciendo y fatigándose, porque ningún otro corazón sino el mío admiraba su belleza, y ningunos otros labios sino los míos besaban sus labios.


Después mi Alegría se murió de soledad.


Y ahora tan sólo recuerdo mi muerta Alegría cuando recuerdo mi Tristeza muerta. Pero el recuerdo es una hoja de otoño que murmura por un instante al viento, y luego ya no se la escucha más.