martes, 21 de junio de 2016

Takuboku - Sin decir nada (selección)

Sin decir nada (selección)
por Takuboku



no puedo olvidar
a uno que llorando sin parar
me mostraba un puñado de arena.

***

ah, qué triste
es la arena sin vida
que pasa entre mis dedos.

***

¿de quién eres la tumba
cerrito de arena
que la tormenta
juntó en la noche?

***

bolitas de arena
repletas de llanto.
cómo pesan —en realidad—
las lágrimas.

***

después de escribir genial, genial
como cien veces en la arena
ya no pienso en la muerte
y vuelvo a casa.

***

no entenderé yo
tus más profundos
pensamientos,
dice mi madre llorando
y desaparece del sueño.

***

como un hijo de las colinas
siempre piensa en las colinas
cuando tengo pena
siempre pienso en ti.

***

tenía ganas de andar en tren
y ahora que me bajo
no tengo dónde ir.

***

para una mente apacible
—que no es la mía—
hasta el tic-tac de un reloj
es algo memorable.

***

si las niñas me oyeran gritar
pensarían que soy un perro enfermo
aullando a la luna.

***

mientras me
quito los guantes
recuerdo algo
que se me olvida.

***

nunca noté
las faltas de ortografía
en tus primeras cartas de amor.

***

junto a una piedra
donde cantan los grillos
riendo y llorando
me hablo a mí mismo.

***

un vasto y claro cielo otoñal
sin una sola sombra
se ve desamparado.
le falta un par de cuervos creo yo.

***

como el hijo pródigo
vuelve a dormir a casa
así de silencioso
ha llegado el invierno.

***

volviendo a casa del trabajo
tarde en la noche
abrazo a mi hijo
que acaba de morir.

***

enigma y abismo:
vuelvo a tocar
la frente fría
de mi hijo.

***

¿es que sigo
en el año pasado?
es año nuevo
y ya estoy harto.

***

¿es que no quieres vivir?
—me gritaba el doctor—
y yo no sabía qué decir.

***

pasando mi mano
por la cicatriz de una operación
me gustaría tener un cuerpo nuevo.

***

estaba en mi mano
el cuchillo que buscaba
y ni siquiera me reí.

***

tarde en la noche
escucho ruidos en otra pieza.
temiendo que alguien haya muerto
dejo de respirar.

***

bien lejos
queda en realidad
el cielo de mi aldea natal.
subo al balcón
y bajo acongojado.

***

¿no hay manera
de quitarse la vida
sin saber que nos
hundimos sin sentir?

***

¿no hay manera
de quitarse la vida
sin saber que nos
hundimos sin saber?

***

como un milagro
y espantando a todos
voy a dejar este mundo.

***

lágrimas, lágrimas,
qué misteriosas son.
bañado en ellas
mi alma es un payaso.

***

qué bien suena un balazo
en lo profundo del bosque
cuando alguien se mata.

***

toda mi vida
queriendo tantas veces morir
y no pudiendo morir
es triste y es divertida.

lunes, 20 de junio de 2016

Roberto Bolaño - Prosa del otoño en Gerona

Prosa del otoño en Gerona
por Roberto Bolaño




Una persona—debería decir una desconocida— que te acaricia, te hace bromas, es dulce contigo y te lleva hasta la orilla de un precipicio. Allí, el personaje dice ay o empalidece. Como si estuviera dentro de un caleidoscopio y viera el ojo que lo mira. Colores que se ordenan en una geometría ajena a todo lo que tú estás dispuesto a aceptar como bueno. Así empieza el otoño, entre el río Oñar y la colina de las Pedreras.

***

La desconocida está tirada en la cama. A través de escenas sin amor (cuerpos planos, objetos sadomasoquistas, píldoras y muecas de desempleados) llegas al momento que denominas el otoño y descubres a la desconocida.

En el cuarto, además del reflejo que lo chupa todo, observas piedras, lajas amarillas, arena, almohadas con pelos, pijamas abandonados. Luego desaparece todo.

***

Te hace bromas, te acaricia. Un paseo solitario por la plaza de los cines. En el centro una alegoría en bronce: «La batalla contra los franceses». El soldado raso con la pistola levantada, se diría a punto de disparar al aire, es joven; su rostro está conformado para expresar cansancio, el pelo alborotado, y ella te acaricia sin decir nada, aunque la palabra caleidoscopio resbala como saliva de sus labios y entonces las escenas vuelven a transparentarse en algo que puedes llamar el ay del personaje pálido o geometría alrededor de tu ojo desnudo.

***

Después de un sueño (he extrapolado en el sueño la película que vi el día anterior) me digo que el otoño no puede ser sino el dinero.

El dinero como el cordón umbilical que te comunica con las muchachas y el paisaje.

El dinero que no tendré jamás y que por exclusión hace de mí un anacoreta, el personaje que de pronto empalidece en el desierto.

***

«Esto podría ser el infierno para mí». El caleidoscopio se mueve con la serenidad y el aburrimiento de los días. Para ella, al final, no hubo infierno. Simplemente evitó vivir aquí. Las soluciones sencillas guían nuestros actos. La educación sentimental sólo tiene una divisa: no sufrir. Aquello que se aparta puede ser llamado desierto, roca con apariencia de hombre, el pensador tectónico.

***

La pantalla atravesada por franjas se abre y es tu ojo el que se abre alrededor de la franja. Todos los días el estudio del desierto se abre como la palabra «borrado». ¿Un paisaje borrado? ¿Un rostro en primer plano? ¿Unos labios que articulan otra palabra? 

La geometría del otoño atravesada por la desconocida solamente para que tus nervios se abran.

Ahora la desconocida vuelve a desaparecer. De nuevo adoptas la apariencia de la soledad.

***

Dice que está bien. Tú dices que estás bien y piensas que ella debe de estar realmente bien y que tú estás realmente bien. Su mirada es bellísima, como si viera por primera vez las escenas que deseó toda su vida. Después llega el aliento a podrido, los ojos huecos aunque ella diga (mientras tú permaneces callado, como en una película muda) que el infierno no puede ser el mundo donde vive. ¡Corten este texto de mierda!, grita. El caleidoscopio adopta la apariencia de la soledad. Crac, hace tu corazón.

***

Al personaje le queda la aventura y decir «ha empezado a nevar, jefe».

***

De este lado del río todo lo que te interesa mantiene la misma mecánica. Las terrazas abiertas para recibir el máximo sol posible, las muchachas aparcando sus mobilettes, las pantallas cubiertas por cortinas, los jubilados sentados en las plazas. Aquí el texto no tiene conciencia de nada sino de su propia vida. La sombra que provisionalmente llamas autor apenas se molesta en describir cómo la desconocida arregló todo para su momento Atlántida.

***

No es de extrañar que la habitación del autor esté llena de carteles alusivos. Desnudo, da vueltas por el centro contemplando las paredes descascaradas, en las cuales asoman signos, dibujos nerviosos, frases fuera de contexto.

Resuenan en el caleidoscopio, como un eco, las voces de todos los que él fue y a eso llama su paciencia.

La paciencia en Gerona antes de la Tercera Guerra.
Un otoño benigno.
Apenas queda olor de ella en el cuarto…
El perfume se llamaba Carnicería fugaz…
Un médico famoso le había operado el ojo izquierdo…

***

La situación real: estaba solo en mi casa, tenía veintiocho años, acababa de regresar después de pasar el verano fuera de la provincia, trabajando, y las habitaciones estaban llenas de telarañas. Ya no tenía trabajo y el dinero, a cuentagotas, me alcanzaría para cuatro meses. Tampoco había esperanzas de encontrar otro trabajo. En la policía me habían renovado la permanencia por tres meses. No autorizado para trabajar en España. No sabía qué hacer. Era un otoño benigno.

***

Las dos de la noche y la pantalla blanca. Mi personaje está sentado en un sillón, en una mano un cigarrillo y en la otra una taza con coñac. Recompone minuciosamente algunas escenas. Así, la desconocida duerme con perfecta calma. Luego le acaricia los hombros. Luego le dice que no la acompañe a la estación. Allí observas una señal, la punta del iceberg. La desconocida asegura que no pensaba dormir con él. La amistad—su sonrisa entra ahora en la zona de las estrías—no presupone ninguna clase de infierno.

Es extraño, desde aquí parece que mi personaje espanta moscas con su mano izquierda. Podría, ciertamente, transformar su angustia en miedo si levantara la vista y viera entre las vigas en ruinas los ojillos de una rata fijos en él.

Crac, su corazón. La paciencia como una cinta gris dentro del caleidoscopio que empiezas una y otra vez.

¿Y si el personaje hablara de la felicidad? ¿En su cuerpo de veintiocho años comienza la felicidad?

***

Lo que hay detrás cuando hay algo detrás: «llama al jefe y dile que ha empezado a nevar». No hay mucho más que añadir al otoño de Gerona.

Una muchacha que se ducha, su piel enrojecida por el agua caliente; sobre su pelo, como turbante, una toalla vieja, descolorida. De repente, mientras se pinta los labios delante del espejo, me mira (estoy detrás) y dice que no hace falta que la acompañe a la estación.

Repito ahora la misma escena, aunque no hay nadie frente al espejo.

****

Para acercarse a la desconocida es necesario dejar de ser el hombre invisible. Ella dice, con todos sus actos, que el único misterio es la confidencia futura. ¿La boca del hombre invisible se acerca al espejo?

Sácame de este texto, querré decirle, muéstrame las cosas claras y sencillas, los gritos claros y sencillos, el miedo, la muerte, su instante Atlántida cenando en familia.

****

El otoño en Gerona: la Escuela de Bellas Artes, la plaza de los cines, el índice de desempleo en Cataluña, tres meses de permiso para residir en España, los peces en el Oñar (¿carpas?), la invisibilidad, el autor que contempla las luces de la ciudad y por encima de estas una franja de humo gris sobre la noche azul metálico, y al fondo las siluetas de las montañas.

Palabras de un amigo refiriéndose a su compañera con la cual vive desde hace siete años: «es mi patrona».

No tiene sentido escribir poesía, los viejos hablan de una nueva guerra y a veces vuelve el sueño recurrente: autor escribiendo en habitación en penumbras; a lo lejos, rumor de pandillas rivales luchando por un supermercado; hileras de automóviles que nunca volverán a rodar.

La desconocida, pese a todo, me sonríe, aparta los otoños y se sienta a mi lado. Cuando espero gritos o una escena, sólo pregunta por qué me pongo así. 

¿Por qué me pongo así?

La pantalla se vuelve blanca como un complot.

***

El autor suspende su trabajo en el cuarto oscuro, los muchachos dejan de luchar, los faros de los coches se iluminan como tocados por un incendio. En la pantalla sólo veo unos labios que deletrean su momento Atlántida.

***

La muerte también tiene unos sistemas de claridad. No me sirve (lo siento por mí, pero no me sirve) el amor tentacular y solar de John Varley, por ejemplo, si esa mirada lúcida que abraza una situación no puede ser otra mirada lúcida enfrentada con otra situación, etc. Y aun si así fuera, la caída libre que eso supone tampoco me sirve para lo que de verdad deseo: el espacio que media entre la desconocida y yo, aquello que puedo mal nombrar como otoño en Gerona, las cintas vacías que nos separan pese a todos los riesgos.

El instante prístino que es el pasaporte de R. B. en octubre de 1981, que lo acredita como chileno con permiso para residir en España, sin trabajar, durante otros tres meses. ¡El vacío donde ni siquiera cabe la náusea!

***

Así, no es de extrañar la profusión de carteles en el cuarto del autor. Círculos, cubos, cilindros rápidamente fragmentados nos dan una idea de su rostro cuando la luz lo empuja; aquello que es su carencia de dinero se transforma en desesperación del amor; cualquier gesto con las manos se transforma en piedad. 

Su rostro, fragmentado alrededor de él, aparece sometido a su ojo que lo reordena, el caleidoscopio ideal. (O sea: la desesperación del amor, la piedad, etc.).

***

MAÑANA DE DOMINGO. La Rambla está vacía, sólo hay algunos viejos sentados en los bancos leyendo el periódico. Por el otro extremo las siluetas de dos policías inician el recorrido.

Llega Isabel: levanto la vista del periódico y la observo. Sonríe, tiene el pelo rojo. A su lado hay un tipo de pelo corto y barba de cuatro días. Dice que va a abrir un bar, un lugar barato adonde podrán ir sus amigos. «Estás invitado a la inauguración». En el periódico hay una entrevista a un famoso pintor catalán. «¿Qué se siente al estar en las principales galerías del mundo a los treinta y tres años?». Una gran sonrisa roja. A un lado del texto, dos fotos del pintor con sus cuadros. «Trabajo doce horas al día, es un horario que yo mismo me he impuesto». Junto a mí, en el mismo banco, un viejo con otro periódico empieza a removerse; realidad objetiva, susurra mi cabeza. Isabel y el futuro propietario se despiden, intentarán ir, me dicen, a una fiesta en un pueblo vecino. Por el otro extremo las siluetas de los policías se han agrandado y ya casi están sobre mí. Cierro los ojos.

MAÑANA DE DOMINGO. Hoy, igual que ayer por la noche y anteayer, he llamado por teléfono a una amiga de Barcelona. Nadie contesta. Imagino por unos segundos el teléfono sonando en su casa donde no hay nadie, igual que ayer y anteayer, y luego abro los ojos y observo el surco donde se ponen las monedas y no veo ninguna moneda.

***

El desaliento y la angustia consumen mi corazón. Aborrezco la aparición del día, que me invita a una vida, cuya verdad y significación es dudosa para mí. Paso las noches agitado por continuas pesadillas.
Fichte

En efecto, el desaliento, la angustia, etc.

El personaje pálido aguardando, ¿en la salida de un cine?, ¿de un campo deportivo?, la aparición del hoyo inmaculado. (Desde esta perspectiva otoñal su sistema nervioso pareciera estar insertado en una película de propaganda de guerra).

***

Me lavo los dientes, la cara, los brazos, el cuello, las orejas. Todos los días bajo al correo. Todos los días me masturbo. Dedico gran parte de la mañana a preparar la comida del resto del día. Me paso las horas muertas sentado, hojeando revistas. Intento, en las repetidas ocasiones del café, convencerme de que estoy enamorado, pero la falta de dulzura —de una dulzura determinada— me indica lo contrario. A veces pienso que estoy viviendo en otra parte.

Después de comer me duermo con la cabeza sobre la mesa, sentado. Sueño lo siguiente: Giorgio Fox, personaje de un cómic, crítico de arte de diecisiete años, cena en un restaurante del nivel 30, en Roma. Eso es todo. Al despertar pienso que la luminosidad del arte asumido y reconocido en plena juventud es algo que de una manera absoluta se ha alejado de mí. Cierto, estuve dentro del paraíso, como observador o como náufrago, allí donde el paraíso tenía la forma del laberinto, pero jamás como ejecutante. Ahora, a los veintiocho, el paraíso se ha alejado de mí y lo único que me es dable ver es el primer plano de un joven con todos sus atributos: fama, dinero, es decir capacidad para hablar por sí mismo, moverse, querer. Y el trazo con que está dibujado Giorgio Fox es de una amabilidad y dureza que mi cara (mi jeta fotográfica) jamás podrá imitar.

***

Quiero decir: allí está Giorgio Fox, el pelo cortado al cepillo, los ojos azul pastel, perfectamente bien dentro de una viñeta trabajada con pulcritud. Y aquí estoy yo, el hoyo inmaculado en el papel momentáneo de masa consumidora de arte, masa que se manipula y observa a sí misma encuadrada en un paisaje de ciudad minera. (El desaliento y la angustia de Fichte, etc.).

***

Recurrente, la desconocida cuelga del caleidoscopio. Le digo: «Soy voluble. Hace una semana te amaba, en momentos de exaltación llegué a pensar que éramos una pareja del paraíso. Pero ya sabes que sólo soy un fracasado: esas parejas existen lejos de aquí, en París, en Berlín, en la zona alta de Barcelona. Soy voluble, unas veces deseo la grandeza, otras sólo su sombra. La verdadera pareja, la única, es la que hacen el novelista de izquierda famoso y la bailarina, antes de su momento Atlántida. Yo, en cambio, soy un fracasado, alguien que no será jamás Giorgio Fox, y tú pareces una mujer común y corriente, con muchas ganas de divertirte y ser feliz. Quiero decir: feliz aquí, en Cataluña, y no en un avión rumbo a Milán o la estación nuclear de Lampedusa. Mi volubilidad es fiel a ese instante prístino, el resentimiento feroz de ser lo que soy, el sueño en el ojo, la desnudez ósea de un viejo pasaporte consular expedido en México el año 73, válido hasta el 82, con permiso para residir en España durante tres meses, sin derecho a trabajar. La volubilidad, ya lo ves, permite la fidelidad, una sola fidelidad, pero hasta el fin».

La imagen se funde en negro.

***

Una voz en off cuenta las hipotéticas causas por las cuales Zurbarán abandonó Sevilla. ¿Lo hizo porque la gente prefería a Murillo? ¿O porque la peste que azotó la ciudad por aquellos años lo dejó sin algunos de sus seres queridos y lleno de deudas?

***

El paraíso, por momentos, aparece en la concepción general del caleidoscopio. Una estructura vertical llena de manchas grises. Si cierro los ojos, bailarán dentro de mi cabeza los reflejos de los cascos, el temblor de una llanura de lanzas, aquello que tú llamabas el azabache. También, si quito los efectos dramáticos, me veré a mí mismo caminando por la plaza de los cines en dirección al correo, en donde no encontraré ninguna carta.

***

No es de extrañar que el autor pasee desnudo por el centro de su habitación. Los carteles borrados se abren como las palabras que él junta dentro de su cabeza. Después, casi sin transición, veré al autor apoyado en una azotea contemplando el paisaje; o sentado en el suelo, la espalda contra una pared blanca mientras en el cuarto contiguo martirizan a una muchacha; o de pie, delante de una mesa, la mano izquierda sobre el borde de madera, la vista levantada hacia un punto fuera de la escena. En todo caso, el autor se abre, se pasea desnudo dentro de un entorno de carteles que levantan, como en un grito operístico, su otoño en Gerona.

***

AMANECER NUBLADO. Sentado en el sillón, con una taza de café en las manos, sin lavarme aún, imagino al personaje de la siguiente manera: tiene los ojos cerrados, el rostro muy pálido, el pelo sucio. Está acostado sobre la vía del tren. No. Sólo tiene la cabeza sobre uno de los raíles, el resto del cuerpo reposa a un lado de la vía, sobre el pedregal gris blanquecino. Es curioso: la mitad izquierda de su cuerpo produce la impresión de relajamiento propia del sueño, en cambio la otra mitad aparece rígida, envarada, como si ya estuviera muerto. En la parte superior de este cuadro puedo apreciar las faldas de una colina de abetos (¡sí, de abetos!) y sobre la colina un grupo de nubes rosadas, se diría de un atardecer del Siglo de Oro.

AMANECER NUBLADO. Un hombre, mal vestido y sin afeitar, me pregunta qué hago. Le contesto que nada. Me replica que él piensa montar un bar. Un lugar, dice, donde la gente vaya a comer. Pizzas. No muy caras. Magnífico, digo. Luego alguien pregunta si está enamorado. Qué quieren decir con eso, dice. Explican: si le gusta seriamente alguna mujer. Responde que sí. Será un bar estupendo, digo yo. Me dice que estoy invitado a la inauguración. Puedes comer lo que quieras sin pagar.

***

Una persona te acaricia, te hace bromas, es dulce contigo y luego nunca más te vuelve a hablar. ¿A qué te refieres, a la Tercera Guerra? La desconocida te ama y luego reconoce la situación matadero. Te besa y luego te dice que la vida consiste precisamente en seguir adelante, en asimilar los alimentos y buscar otros. 

Es divertido, en el cuarto, además del reflejo que lo chupa todo (y de ahí el hoyo inmaculado), hay voces de niños, preguntas que llegan como desde muy lejos. Y detrás de las preguntas, lo hubiera adivinado, hay risas nerviosas, bloques que se van deshaciendo pero que antes sueltan su mensaje lo mejor que pueden. «Cuídate». «Adiós, cuídate».

***

El viejo momento denominado «Nel, majo».

***

Ahora te deslizas hacia el plan. Llegas al río. Allí enciendes un cigarrillo. Al final de la calle, en la esquina, hay una cabina telefónica y esa es la única luz al final de la calle. Llamas a Barcelona. La desconocida contesta el teléfono. Te dice que no irá. Tras unos segundos, en los cuales dices «bueno», y ella te remeda, «bueno», preguntas por qué. Te dice que el domingo irá a Alella y tú dices que ya la llamarás cuando vayas a Barcelona. Cuelgas y el frío entra en la cabina, de improviso, cuando pensabas lo siguiente: «es como una autobiografía». Ahora te deslizas por calles retorcidas, qué luminosa puede ser Gerona de noche, piensas, apenas hay dos barrenderos conversando afuera de un bar cerrado y al final de la calle las luces de un automóvil que desaparece. No debo tomar, piensas, no debo dormirme, no debo hacer nada que perturbe el fije. Ahora estás detenido junto al río, en el puente construido por Eiffel, oculto en el entramado de fierros. Te tocas la cara. Por el otro puente, el puente llamado de los labios, oyes pisadas pero cuando buscas a la persona ya no hay nadie, sólo el murmullo de alguien que baja las escaleras. Piensas: «así que la desconocida era así y asá, así que el único desequilibrado soy  yo, así que he tenido un sueño espléndido». El sueño al que te refieres acaba de cruzar delante de ti, en el instante sutil en que te concedías una tregua —y por lo tanto te transparentabas brevemente, como el licenciado Vidriera—, y consistía en la aparición, en el otro extremo del puente, de una población de castrados, comerciantes, profesores, amas de casa, desnudos y enseñando sus testículos y susvaginas rebanadas en las palmas de las manos. Qué sueño más curioso, te dices. No cabe duda de que quieres darte ánimos.

***

A través de los ventanales de un restaurante veo al librero de una de las principales librerías de Gerona. Es alto, un poco grueso y tiene el pelo blanco y las cejas negras. Está de pie en la acera, de espaldas a mí. Yo estoy sentado en el fondo del restaurante con un libro sobre la mesa. Al cabo de un rato el librero cruza la calle con pasos lentos, se diría estudiados, y la cabeza inclinada. Me pregunto en quién estará pensando. En cierta ocasión escuché, mientras curioseaba por su establecimiento, que le confesaba a una señora gerundense que él también había cometido locuras. Después alcancé a distinguir palabras sueltas: «trenes», «dos asesinos», «la noche del hotel», «un emisario», «tuberías defectuosas», «nadie estaba al otro lado», «la mirada hipotética de». Llegado a este punto tuve que taparme la mitad inferior de la cara con un libro para que no me sorprendieran riéndome. ¿La mirada hipotética de su novia, de su esposa? ¿La mirada hipotética de la dueña del hotel? (También puedo preguntarme: ¿la mirada de la pasajera del tren?, ¿la señorita que iba junto a la ventanilla y vio al vagabundo poner la cabeza sobre un raíl?). Y finalmente: ¿por qué una mirada hipotética?

Ahora, en el restaurante, mientras lo veo llegar a la otra acera y contemplar algo sobre los ventanales, detrás de los cuales estoy, pienso que tal vez no entendí sus palabras aquel día, en parte por el catalán cerrado de esta provincia, en parte por la distancia que nos separaba. Pronto un muchacho horrible reemplaza al librero en el espacio que este ocupaba hace unos segundos. Luego el muchacho se mueve y el lugar lo ocupa un perro, luego otro perro,luego una mujer de unos cuarenta años, rubia, luego el camarero que sale a retirar las mesas porque empieza a llover.

***

Ahora llenas la pantalla —una especie de mini periodo barroco— con la voz de la desconocida hablándote de sus amigos. En realidad tú también conoces a esa gente, hace tiempo incluso escribiste dos o cuatro poemas podridamente cínicos sobre la relación terapéutica entre tu verga, tu pasaporte y ellos. Es decir, en la sala de baile fantasmal se reconocían todos los hoyos inmaculados que tú podías poner, en una esquina, y ellos, los Burgueses de Calais de sus propios miedos, en la otra. La voz de la desconocida echa paladas de mierda sobre sus amigos (desde este momento puedes llamarlos los desconocidos). Es tan triste. Paisajes satinados donde la gente se divierte antes de la guerra. La voz de la desconocida describe, explica, aventura causas de efectos nunca desastrosos y siempre anémicos. Un paisaje que jamás necesitará un termómetro, cenas tan amables, maneras tan increíbles de despertar por la mañana. Por favor, sigue hablando, te escucho, dices mientras te escabulles corriendo a través de la habitación negra, del momento de la cena negra, de la ducha negra en el baño negro.

***

LA REALIDAD. Había regresado a Gerona, solo, después de tres meses de trabajo. No tenía ninguna posibilidad de conseguir otro y tampoco tenía muchas ganas. La casa, durante mi ausencia, se había llenado de telarañas y las cosas parecían recubiertas por una película verde. Me sentía vacío, sin ganas de escribir y, cuando lo intentaba, incapaz de permanecer sentado durante más de una hora ante una hoja en blanco. Los primeros días ni siquiera me lavaba y pronto me acostumbré a las arañas. Mi actividad se reducía a bajar al correo, donde muy rara vez encontraba una carta de mi hermana, desde México, y en ir al mercado a comprar carne de despojos para la perra.

LA REALIDAD. De alguna manera que no podría explicar la casa parecía tocada por algo que no tenía en el momento de ausentarme. Las cosas parecían más claras, por ejemplo, mi sillón me parecía claro, brillante, y la cocina, aunque llena de polvo pegado a costras de grasa, daba una impresión de blancura, como si se pudiera ver a través de ella. (¿Ver qué? Nada: más blancura). De la misma manera, las cosas eran más excluyentes. La cocina era la cocina y la mesa era sólo la mesa. Algún día intentaré explicarlo, pero si entonces, a los dos días de haber regresado, ponía las manos o los codos sobre la mesa, experimentaba un dolor agudo, como si estuviera mordiendo algo irreparable.

***

Llama al jefe y dile que ha empezado a nevar. En la pantalla: la espalda del personaje. Está sentado en el suelo, las rodillas levantadas; delante, como colocados allí por él mismo para estudiarlos, vemos un caleidoscopio, un espejo empañado, una desconocida.

***

EL CALEIDOSCOPIO OBSERVADO. La pasión es geometría. Rombos, cilindros, ángulos latidores. La pasión es geometría que cae al abismo, observada desde el fondo del abismo.

LA DESCONOCIDA OBSERVADA. Senos enrojecidos por el agua caliente. Son las seis de la mañana y la voz en off del hombre todavía dice que la acompañará al tren. No es necesario, dice ella, su cuerpo que se mueve de espaldas a la cámara. Con gestos precisos mete su pijama en la maleta, la cierra, coge un espejo, se mira (allí el espectador tendrá una visión de su rostro: los ojos muy abiertos, aterrorizados), abre la maleta, guarda el espejo, cierra la maleta, se funde…

***

Esta esperanza yo no la he buscado. Este pabellón silencioso de la Universidad desconocida.

miércoles, 6 de abril de 2016

Clive Barker - ¡Abajo Satán!

¡Abajo Satán!
por Clive Barker




Las circunstancias habían hecho a Gregorius un hombre incalculablemente rico. Poseía flotillas, palacios, sementales, ciudades. En realidad, eran tantas sus posesiones que a los encargados de enumerarlas —cuando los acontecimientos de esta historia llegaron a su monstruosa conclusión— les parecía a veces más rápido hacer una lista de las cosas que Gregorius no poseía.

Era rico, pero distaba mucho de ser feliz. Lo habían criado en la religión católica, y en sus primeros años —antes de su vertiginoso ascenso a la fortuna— había encontrado solaz en la fe. Pero la había abandonado luego, y a la edad de cincuenta y cinco años, con el mundo a sus pies, despertó una noche para descubrir que carecía de Dios.

Fue un amargo golpe, pero de inmediato tomó las medidas necesarias para subsanar la pérdida. Viajó a Roma, habló con el Sumo Pontífice, rezó día y noche; fundó seminarios y colonias de leprosos. Pero Dios se negaba a mostrarle siquiera la uña del dedo gordo del pie. Al parecer, Gregorius estaba dejado de la mano de Dios.

Desesperado, se le metió en la cabeza que la única manera de conseguir su propósito de volver a los brazos del Hacedor sería arriesgar el alma del modo más disparatado. La idea tenía sus meritos. «Supongamos que lograra concertar un encuentro con Satán, el enemigo mayor —penso Gregorius—; ¿acaso Dios, al verme in extremis, no se sentiría obligado a intervenir para hacerme volver al redil?»

Se trataba de un buen plan, pero ¿cómo llevarlo a cabo? El Diablo no acudía con una simple llamada, aunque proviniera de un magnate como Gregorius, y sus búsquedas no tardaron en demostrarle que los métodos tradicionales de invocar al Señor de las Tinieblas —mancillar el Sagrado Sacramento, el sacrificio de criaturas— no fueron más efectivos que las buenas obras para provocar a Jehová. Solo al cabo de un año de deliberaciones logró dar con un plan maestro. Mandaría construir un Infierno en la Tierra, un infierno moderno tan monstruoso que el Tentador se sentiría tentado e iría allí a establecer su reino como lo hace el cuco en los nidos robados.

Buscó por todo el mundo un arquitecto, y en las afueras de Florencia, languideciendo en un manicomio, encontró a un hombre llamado Leopardo, cuyos planos para los palacios de Mussolini poseían una grandeza demencial que se adaptaba perfectamente al proyecto de Gregorius. Leopardo fue sacado de su celda —era un hombre fétido, una piltrafa— y le devolvieron sus sueños. Su prodigioso genio no le había abandonado.

Para alimentar su inventiva, recorrieron las grandes bibliotecas del mundo en busca de las descripciones de los Infiernos, tanto seglares como metafísicas; las bóvedas de los museos fueron saqueadas en busca de las imágenes prohibidas del martirio. No se dejó piedra por levantar si se sospechaba que debajo se ocultaba algo perverso.

Los planos acabados debían algo a Sade y a Dante, y algo más a Freud y a Kraft-Ebbing, pero también contenían elementos que ninguna mente había concebido jamás, o al menos, nadie se había atrevido a consignarlos sobre el papel.

Se escogió un terreno en el norte de África y comenzó la construcción del Nuevo Infierno de Gregorius. Absolutamente todo lo relacionado con aquel proyecto batió los records. Sus cimientos eran mucho más vastos, sus paredes más gruesas, la fontanería más elaborada que la de ningún otro edificio construido hasta la fecha. Gregorius contemplaba su lenta evolución con un entusiasmo que no había saboreado desde sus primeros años de constructor de imperios. Resulta innecesario decir que en todas partes se lo tomó por loco. Los amigos que había tenido durante años se negaron a relacionarse con él; varias de sus empresas quebraron cuando los inversores se espantaron al leer los informes de su demencia. No le importó. Su plan no podía fallar. El Diablo tenía que acudir, aunque sólo fuera por la curiosidad de ver el Leviatan erigido en su nombre, y cuando apareciera, Gregorius lo estaría esperando.

Las obras tardaron cuatro años, y se llevaron la mejor parte de la fortuna de Gregorius. El edificio terminado tenía el tamaño de media docena de catedrales, y albergaba todas las instalaciones que el Ángel de las Tinieblas pudiera desear. Tras sus muros había fuegos, de modo que desplazarse por sus muchos corredores constituía una agonía insoportable. Las habitaciones que daban a esos corredores contaban con todos los dispositivos imaginables de tortura —agujas, parrillas, cepos— que el genio de los torturadores de Satán hubiera utilizado. Había hornos grandes como para quemar familias enteras; piscinas hondas como para ahogar generaciones. El Nuevo Infierno era una atrocidad a la espera de suceder, una celebración de la inhumanidad a la que sólo le faltaba su causa primera.

Los constructores se marcharon agradecidos. Entre ellos se rumoreaba que hacía tiempo que Satán vigilaba la construcción de su domo del placer. Algunos llegaron a sostener que lo habían visto en los niveles más profundos, donde el frío era tan intenso que helaba la orina en la vejiga. Existían pruebas que respaldaban esa creencia en las presencias sobrenaturales cernidas sobre el edificio a medida que éste alcanzaba su término. Un ejemplo era la cruel muerte de Leopardo; se había arrojado —o, como sostenían los supersticiosos, había sido lanzado— por la ventana del sexto piso del hotel donde se hospedaba. Fue sepultado con la debida extravagancia.

De modo que solo, en el Infierno, Gregorius se dedicó a esperar.

No tuvo que esperar mucho. No había pasado allí más que un día, cuando oyó ruidos provenientes de las profundidades inferiores. Rebosante de expectación, fue en busca de su fuente, pero sólo se encontró con la turbulencia de los baños de excrementos y el rugido de los hornos. Regresó a sus aposentos del noveno nivel y esperó. Volvió a oír ruidos; volvió a ir en busca de su fuente, y nuevamente regresó desalentado.

Pero los disturbios no cesaron. En los días siguientes, apenas pasaban diez minutos sin que oyera algún ruido de invasión. El Príncipe de las Tinieblas estaba allí, a Gregorius no le cabía duda, pero se mantenía en las sombras. Gregorius se conformó con seguirle el juego. Al fin y al cabo, era la fiesta del Demonio. Y a él le tocaba participar en el juego que escogiese.

En los largos y a veces solitarios meses que siguieron, Gregorius se aburrió de jugar al escondite y comenzó a exigirle a Satán que se mostrara. El eco de su voz se perdía por los desiertos pasillos sin obtener respuesta, hasta que la garganta se le irritó de tanto gritar. A partir de entonces, continuó con su búsqueda en forma silenciosa, con la esperanza de sorprender a su inquilino. Pero el Ángel Apostata siempre huía antes de que Gregorius lograra acercarse lo bastante como para verle.

Jugarían un juego de desgaste, Satán y él, persiguiéndose a través de hielos, fuegos, hielos otra vez. Gregorius se decía que debía tener paciencia. El Diablo había acudido, ¿o no? ¿Acaso en el picaporte no había dejado la señal de su dedo? ¿Y sus excrementos en las escaleras? Tarde o temprano el Supremo Malvado revelaría su rostro y Gregorius le escupiría a la cara.

El mundo exterior prosiguió su camino, y Gregorius fue incluido en el mismo grupo que otros reclusos arruinados por las riquezas. Su Locura, término con el que se conocía su obra, no carecía del todo de visitantes. Algunos le habían amado demasiado como para olvidarlo —unos pocos, que habían sacado provecho de él, esperaban aprovecharse aún más de su locura—, y se atrevieron a trasponer la puerta del Nuevo Infierno. Estos visitantes realizaron el viaje sin anunciar sus intenciones, temerosos de encontrarse con la desaprobación de sus amigos. Las investigaciones para esclarecer su desaparición jamás lograron ir más allá de África del Norte.

Y en su Locura, Gregorius seguía persiguiendo a la Serpiente, y ésta lo eludía, no sin dejar más y más terribles señales de su presencia a medida que pasaban los meses.

Fue la esposa de uno de los visitantes desaparecidos quien finalmente descubrió la verdad, y advirtió a las autoridades. La Locura de Gregorius fue puesta bajo vigilancia, y finalmente —unos tres años después de terminada—, un cuarteto de funcionarios tuvieron la bravura de trasponer la puerta.

Sin el debido mantenimiento, la Locura había comenzado a deteriorarse de mala manera. En muchos de los niveles fallaban las luces; las paredes se habían enfriado; sus pozos de alquitrán se habían solidificado. A medida que los funcionarios se internaron en sus bóvedas oscuras en busca de Gregorius, hallaron amplias evidencias de que, a pesar de su decrépita condición, el Nuevo Infierno continuaba en perfecto funcionamiento. En todos los hornos había cuerpos con caras enormes y negras; en muchos cuartos había restos humanos sentados y colgados, degollados, o descuartizados.

El terror de los funcionarios fue creciendo con cada puerta que abrían, con cada nueva abominación en la que posaban los febriles ojos.

Dos de los cuatro que traspusieron la puerta jamás llegaron a la cámara del centro. El terror pudo con ellos mucho antes, y huyeron para ser acechados en algún pasadizo sin salida y añadidos a los cientos que habían perecido en la Locura desde que Satán fijara allí su residencia.

De los dos que finalmente desenmascararon al culpable, sólo uno tuvo el coraje de contar lo que vio, aunque las escenas que presenció en el corazón de la Locura eran demasiado terribles para expresarlas en palabras.

No había señales de Satán, naturalmente. Allí sólo se encontraba Gregorius. El maestro constructor, al no hallar a nadie que habitara la casa que tantos sudores le costara, la había ocupado él mismo. Le acompañaban unos cuantos discípulos que había logrado reunir a lo largo de los años. Al igual que él, parecían criaturas corrientes. Pero en el edificio no había instrumento de tortura del que no hubieran hecho un uso prolijo y despiadado.

Gregorius no se resistió al arresto; en realidad, pareció satisfecho de contar con una plataforma desde la que vanagloriarse de sus carnicerías. Posteriormente, durante el juicio al que fue sometido, habló libremente de su ambición, de sus apetitos, de toda la sangre que seguiría derramando si lo dejaban en libertad. Juró que sería suficiente como para ahogar todas las creencias y sus ilusiones. Pero aquello le supo a poco. Porque Dios se pudría en el Paraíso y Satán en el Abismo, ¿y quién iba a detenerlo?

Durante el juicio fue muy vilipendiado, y posteriormente, en el manicomio, donde murió al cabo de dos meses escasos en circunstancias poco claras. El Vaticano destruyó todos los informes que sobre él guardaba en sus archivos; los seminarios fundados en su impío nombre fueron disueltos.

Pero incluso entre los cardenales, hubo quienes no lograron olvidar su impenitente maldad, y en privado, algunos se preguntaban si su estrategia no habría triunfado. Si al abandonar toda esperanza en los ángeles —caídos o no—, no se habría convertido él también en un ángel más.

O en todo lo que la Tierra podía soportar de semejantes fenómenos.

lunes, 10 de agosto de 2015

Gilbert Keith Chesterton - Historia de un detective

El hombre que fue jueves
(fragmento)
- Historia de un detective -
por Gilbert Keith Chesterton






Gabriel Syme no era un detective que pretendiera pasar por poeta: era realmente un poeta que se había hecho detective. Su odio a la anarquía no era fingido. Era Syme uno de esos hombres a quienes la aterradora locura de las revoluciones empuja, desde edad temprana, a un «conservatismo» excesivo. Este sentimiento no provenía de ninguna tradición: su amor a la respetabilidad era espontáneo, y se había manifestado de pronto, como una rebelión contra la rebelión.

Procedía de una familia de extravagantes, cuyos más antiguos miembros habían participado siempre de las opiniones más nuevas. Uno de sus tíos acostumbraba salir a la calle sin sombrero, y el otro había fracasado en el intento de no llevar más que un sombrero por único vestido. Su padre cultivaba las artes, y la realización de su propio Yo. Su madre estaba por la higiene y la vida simple. De modo que el niño, durante sus tiernos años, no conoció otras bebidas más que los extremos del ajenjo y el cacao, por los cuales experimentaba la más saludable repugnancia.

Cuanto se obstinaba su madre en predicar la abstinencia puritana, tanto se empeñaba su padre en entregarse a las licencias paganas; y cuando aquélla dio en el vegetarianismo, éste estaba ya a punto de defender el canibalismo.

Rodeado, desde la infancia, por todas las formas de la revolución, Gabriel no podía menos de revolucionar en nombre de algo, y tuvo que hacerlo en nombre de lo único que quedaba: la cordura. Pero no podía negar su sangre de fanático, en el exceso de convicción, bastante ostensible, con que defendía el sentido común. Un accidente vino a exasperar su odio de la anarquía moderna. Sucedióle, pues, pasar por cierta calle en el momento de un atentado dinamitero. Por unos segundos se quedó ciego y sordo, y al recobrarse pudo ver —disipado el humo—, vidrios rotos y caras ensangrentadas. Después continuó, como de costumbre, tranquilo en apariencia, cortés, amable; pero ya había una lesión oculta… en su mente. No veía en los anarquistas, como ve la mayoría, un puñado de locos que combinan el intelectual- ismo con la ignorancia, sino que los consideraba como un inmenso peligro, como una especie de invasión china.

Continuamente vertía en los periódicos y en los cestos de las redacciones verdaderos torrentes de cuentos, versos, violentos artículos, poniendo a los hombres en guardia contra este torrente de barbarie y de negación. Pero no por eso lograba herir seriamente al enemigo, ni, lo que es peor, lograba un seguro medio de vida. Paseaba por las orillas del Támesis, mordiendo con amargura su mal tabaco y meditando en los progresos del anarquismo, y no había anarquista dinamitero de aire más salvaje ni más solitario que él. «El Gobierno, se decía, lucha solo, y en situación desesperada». De otro modo, como él era muy quijote, nunca se hubiera puesto del lado del Gobierno.

Una tarde —el crepúsculo parecía de sangre—, Syme paseaba, como de costumbre, por la orilla del río. Rojo estaba el río donde el cielo rojo se reflejaba, y ambos remedaban su cólera. El cielo estaba tan cargado y el río tan luminoso, que la llamarada del agua parecía más encendida que la del crepúsculo: verdadera fuente de fuego que se precipitara en las cavernas de una ciudad subterránea.

Syme andaba por aquellos días hecho un desarrapado. Llevaba una chistera anticuada y un gabán negro todavía más anticuado y raído, todo lo cual le daba el aspecto de los personajes sospechosos de Dickens y de Bulwer Lytton. Su barba y sus cabellos amarillentos estaban más descuidados y leoninos que en los días de aseo y de cosmético del Saffron Park. Entre sus contraídos dientes, llevaba un cigarro negro, largo, delgado, comprado en el Soho por dos peniques. Cualquiera lo hubiera tomado por un ejemplar de aquel anarquismo al que había declarado una guerra santa. Probablemente por eso se le acercó un policía del muelle y le dio, como al descuido, las buenas noches.

Syme, en plena crisis de temor por la suerte de la humanidad, se enardeció ante aquel saludo automático del guardia que, en el crepúsculo, se destacaba como un bulto de sombra azul.

—Conque buenas noches, ¿eh? —dijo con un tono insolente—. Hay quien le llame buena a la noche en que ha de sobrevenir el fin del mundo. Mire usted ese sol sangriento, mire usted ese río sangriento. Si todo eso fuera sangre humana derramada y humeante, ahí seguiría usted tan fresco, sólo preocupado de hacer circular a tal o cual vagabundo inofensivo. Ustedes, los policías, son crueles con el pobre, pero hasta eso les perdonaría yo si no fuera por su cachaza.
—Si somos calmosos —contestó el otro— es porque tenemos la calma de la resistencia organizada.
—¿Dice usted? —preguntó Syme, interesado.
—El soldado debe permanecer tranquilo entre el tumulto de la batalla. La serenidad de los ejércitos está hecha con la furia de las naciones.
—¡Por Dios! —exclamó Syme—. ¡Teorías de la escuela! ¿Y eso es lo que llaman educación laica?
—No —dijo el policía con tristeza—, yo no he disfrutado nunca de esas ventajas. Las «Board Schools» son posteriores a mi época. La educación que a mí me dieron fue muy tosca, y aun temo que muy anticuada.
—¿Pues dónde recibió usted su educación? —preguntó Syme intrigado.
—Yo, en Harrow —dijo el guardia. 

Las simpatías de clase que, por falsas que sean, son, para algunos, lo más sincero, estallaron en el corazón de Syme, sin que éste pudiera contenerlas.

—¡Pero hombre de Dios! ¡Usted no debería estar en la policía!

Y el guardia, suspirando y moviendo la cabeza.

—Lo sé —exclamó solemnemente—. Demasiado sé que soy indigno.
—Pero ¿por qué entró usted en la policía? —preguntó Syme indiscretamente.
—Más o menos por la misma razón que usted tiene para calumniar a la policía —replicó el otro—. Porque comprendí que, en este servicio, hay ciertas oportunidades para aquellos cuyo interés por la humanidad afecta más bien a las aberraciones del intelecto
científico, que no al estado anormal —y, aunque excesivo, excusable—, de la voluntad humana. Creo que hablo claro.
—Si quiere usted decir que habla para sí mismo —dijo Syme—, es posible. Pero si quiere decir usted que se explica, no hay tal, no señor. ¿Qué filosofías son éstas en un hombre que lleva el casco azul, aquí, en los muelles del Támesis?
—Ya se ve que no ha oído usted hablar de los últimos desarrollos de nuestro sistema policíaco —le contestó el otro—. Y no me extraña: como que procuramos ocultarlos a las clases cultas, que es donde tenemos más enemigos. Pero me parece que a usted no le faltan disposiciones. Yo creo que usted podría ser de los nuestros.
—¿En qué sentido? —interrogó Syme.
—Se lo diré a usted —comenzó el policía con lentitud—. He aquí la cuestión: el jefe de una de nuestras secciones, uno de los más celebrados detectives de Europa, sostiene, de tiempo atrás, la tesis de que nuestra civilización está amenazada por una conspiración de orden puramente intelectual. Está convencido de que el mundo científico y el mundo artístico traman, sordamente, una cruzada contra la Familia y el Estado. En consecuencia, ha organizado un cuerpo especial de policías, que son, al mismo tiempo, filósofos. La misión de éstos es observar el fermento naciente de la conspiración, para combatirla, no sólo en el sentido penal, sino en el terreno de la controversia. Yo, que soy demócrata, sé bien lo que vale el hombre ordinario en materia de valor o virtud ordinarios; pero reconozco que sería inconveniente emplear policías ordinarios para una investigación que es como una caza a la herejía.

Los ojos de Syme brillaban de entusiasmo y curiosidad.

—Y entonces —dijo—, ¿usted qué es?
—¿Qué? Desempeño el oficio de policía filósofo —dijo el del uniforme azul—. El oficio es a la vez más atrevido y más sutil que el de un detective vulgar. Éste tiene que ir a las tabernas sospechosas para arrestar ladrones. Nosotros vamos a los tés artísticos para descubrir pesimistas. El detective vulgar, hojeando un libro mayor o un diario, adivina un crimen pasado. Nosotros, hojeando un libro de sonetos, adivinamos un crimen futuro. A nosotros nos toca remontar hasta el origen de esos temerosos pensamientos que conducen a los hombres al fanatismo intelectual y al crimen intelectual. Si llegamos a tiempo para evitar el asesinato de Hartlepool, se debe a que uno de los nuestros —un tal Wilks, un muchacho muy listo— logró comprender plenamente el sentido de un tresillo musical.
—¿Cree usted realmente —preguntó Syme— que haya una relación tan estrecha entre el crimen y el intelecto moderno?
—Usted no es un demócrata muy convencido —contestó el policía—, pero tenía usted razón hace un rato al decir que solíamos tratar a los criminales pobres con la mayor brutalidad. Le confieso a usted que algunas veces me canso de este oficio, considerando que, las más de las veces, se reduce a hacer la guerra a los ignorantes o a los desesperados. Por fortuna el nuevo rumbo que ha tomado la policía es cosa muy distinta. Nosotros negamos esa afirmación de los snobs ingleses, según la cual los iletrados son los criminales más peligrosos. Recordamos el caso de los emperadores romanos. Recordamos a los grandes príncipes envenenadores del Renacimiento. Afirmamos que el criminal peligroso es el criminal culto; que hoy por hoy, el más peligroso de los criminales es el filósofo moderno que ha roto con todas las leyes. En comparación con él, los ladrones y los, bígamos casi resultan de una perfecta moralidad, y mi corazón está con ellos. Por lo menos, aceptan el ideal humano fundamental, si bien lo procuran por caminos equivocados. Los ladrones creen en la propiedad, y si procuran apropiársela sólo es por el excesivo amor que les inspira. Pero, al filósofo, la idea misma de la propiedad le disgusta, y quisiera destruir hasta la idea de posesión personal. Los bígamos creen en el matrimonio: de otro modo, no se someterían a la formalidad solemne y ritual de la bigamia. Pero el filósofo desprecia el matrimonio. Los asesinos respetan la vida humana, sino que desean alcanzar una plenitud de vida propia, a expensas de las vidas que consideran inferiores a la suya. Pero el filósofo odia la vida, ya en sí mismo o en sus semejantes. 

Syme dio una palmada de entusiasmo.

—¡Cuán cierto es eso! —exclamó—. Desde mi infancia he sentido así, pero nunca había logrado formularlo en una antítesis verbal. El criminal común es un mal hombre, pero, en todo caso, puede asegurarse que es un hombre bueno condicional. Con sólo destruir un obstáculo, por ejemplo un tío rico, está dispuesto a aceptar el universo y a dar gracias a Dios. Es un reformador: no un anarquista. Pretende limpiar el edificio: no derrumbarlo. Pero el filósofo perverso no trata de alterar las cosas, sino de aniquilarlos. Sí, es verdad: la sociedad moderna sólo ha conservado las partes más opresivas e ignominiosas de la función policíaca: saquea al pobre, y vigila cautelosamente al infortunado. En cambio, ha abandonado lo más noble de la función: el castigo de los traidores poderosos, en el Estado; y, en la Iglesia, el de los herejes poderosos. Los modernos dicen que no se debe castigar al hereje. Y yo me pregunto si tendremos derecho para castigar, fuera de los casos de herejía.
—¡Pero esto es absurdo! —exclamó el policía, dando a su vez una palmada, con una excitación poco común en personas de su oficio y su corpulencia—. ¡Pero esto es intolerable! Yo no sé a qué se dedicará usted, pero sí sé decirle que está usted desperdiciando su vida. Usted debe unirse, usted va a unirse a nuestro ejército contra la anarquía. Los ejércitos de la anarquía están a las puertas. No tardarán en intentar un golpe. Un instante más, y habrá usted perdido la gloria de trabajar con nosotros, y tal vez la gloria de morir al lado de los últimos héroes.
—En efecto —asintió Syme—, no es cosa de desperdiciar semejante ocasión. Pero creo que aun no he entendido bien. Yo me doy cuenta, como cualquiera, de que el mundo moderno está lleno de pequeños engendros de la anarquía y de multitud de pequeñas tendencias extraviadas. Pero, por repugnantes que sean, tienen generalmente el mérito de estar en desacuerdo entre sí. ¿Qué quiere usted decir al hablar de sus ejércitos y del golpe que preparan? ¿Qué anarquía puede ser ésa?
—No la confunda usted —dijo el guardia— con esas casuales explosiones de dinamita que acaecen en Rusia o en Irlanda, y que son siempre actos de gente oprimida, aunque equivocada. Yo me refiero a un vasto movimiento filosófico, en el que hay un círculo externo y un círculo interno. El círculo externo podemos decir que es el elemento laico; y el interno, el elemento sacerdotal. Pero prefiero llamar, al círculo externo, la sección inocente; y al interno, la sección criminal. El círculo externo —el más numeroso— está constituido por simples anarquistas; es decir, hombres que creen que las reglas y las fórmulas han acabado con la humana felicidad. Así, están convencidos de que los siniestros efectos del crimen son el resultado natural del sistema que le ha dado el nombre de crimen. No creen que el crimen engendra el castigo, sino que el castigo engendra el crimen. El hombre que ha seducido a siete mujeres les parece, en sí mismo, tan irreprochable como las flores de la primavera. El cortador de bolsas les resulta, en sí mismo, un hombre de exquisita bondad. A éstos, pues, llamo yo, la sección de los inocentes.
—¡Oh! —murmuró Syme.
—Esta gente, naturalmente, está siempre anunciando una futura era de bienaventuranza, un paraíso por venir, la liberación de las cadenas de la virtud y el vicio, y otras cosas por el estilo. Y también hablan así los del círculo interno, los del sacerdocio sagrado. También hablan, ante las arrebatadas multitudes, de la felicidad futura y la liberación de los hombres. Sólo que en boca de éstos, esas halagüeñas palabras tienen un sentido espantoso. Porque éstos no se hacen ilusiones; son demasiado intelectuales para creer que el hombre se verá alguna vez libre, en este mundo, del pecado original y de la necesidad de la lucha. Cuando hablan así, se refieren a la muerte. Cuando auguran la liberación final de la humanidad, quieren significar con eso el suicidio futuro de la humanidad. Cuando hablan de un paraíso sin bien ni mal, hablan de la tumba. Sólo dos fines se proponen: primero, destruir a la humanidad, y después, destruirse a sí mismos. Por eso lanzan bombas en vez de disparar pistolas. La sección o fila de los inocentes queda contrariada al ver que la bomba no mata al rey; pero el alto sacerdocio se regocija porque, en todo caso, la bomba ha matado a alguien...
—¿Qué debo hacer para unirme a ustedes? —preguntó de pronto Syme, como en un arrebato.
—Sé a punto fijo que hay actualmente una vacante —le contestó el policía—, pues tengo la honra de merecer hasta cierto punto la confianza del jefe de quien le he hablado a usted. Debería usted venir a verlo ahora mismo. Aunque digo mal, porque como verlo, nadie lo ve; pero si usted quiere, puede hablar con él.
—¿Por teléfono? —preguntó Syme con interés.
—No —dijo plácidamente el otro—. Sino que le gusta estar siempre en un cuarto oscuro. Dice que esto aclara sus pensamientos. Venga usted, venga usted conmigo.

Intrigado y deslumbrado a la vez, Syme se dejó conducir hasta una puerta lateral del edificio de Scotland Yard. Antes de darse cuenta, ya había pasado por las manos de cuatro oficiales intermediarios, y fue de pronto introducido en una cuarto cuya absoluta oscuridad le impresionó casi como un relámpago. No era oscuridad ordinaria, que siempre permite adivinar vagamente las formas, sino una oscuridad como la de una ceguera súbita.

—¿Es usted el nuevo recluta? —preguntó una voz penetrante.

Y, de cierto modo inexplicable, aunque en el cuarto no se distinguía nada, Syme comprendió dos cosas: la primera, que aquella voz salía de un cuerpo voluminoso; la segunda: que aquel hombre estaba de espaldas.

—¿Es usted el nuevo recluta? —dijo el invisible jefe, que parecía estar al tanto de la reciente conversación de Syme—. Está bien. Queda usted aceptado.

Syme sintió que se le doblaban las piernas, y, a duras penas, trató de defenderse de aquel compromiso irrevocable.

—Sólo que yo, realmente, no tengo experiencia... —comenzó a decir.
—Nadie tiene experiencia de la Batalla de Armagedón —dijo el otro.
—Es que no me creo capaz...
—Tiene usted voluntad, y eso basta —dijo el desconocido.
—Pero —observó Syme— yo no conozco oficio alguno para el cual baste la buena voluntad.
—Yo sí —le contestó la voz—. El de mártir. Yo no hago más que condenarlo a usted a muerte. Adiós.

Y así fue como Gabriel Syme salió de nuevo a la luz del día, con su pobre sombrero negro y su pobre capa anticuada, convertido en miembro del nuevo cuerpo de policía que había de combatir la gran conspiración social. Siguiendo los consejos de su amigo el guardia, que era profesionalmente inclinado al aseo, se hizo arreglar pelo y barba, compró un sombrero decente, un elegante traje de verano azul-gris, pálido, se puso una flor amarilla en la solapa y, en suma, se transformó en ese sujeto impecable y casi insoportable que Gregory había encontrado por vez primera en el jardincillo del Saffron Park. Antes de abandonar los cuarteles de policía, su amigo le proporcionó una tarjetita azul con un número, en la cual se leía: «La Última Cruzada», signo de su autoridad oficial.

Se la guardó cuidadosamente en un bolsillo del chaleco, encendió un cigarrillo, y se lanzó a buscar y a combatir al enemigo en todos  los salones de Londres. Adonde le condujeron finalmente sus aventuras, ya lo hemos visto. Hacia la una y media de la mañana de un día de febrero, se encontró deslizándose sobre el silencioso Támesis, en un remolcador, armado con un bastón de verduguillo y un revólver, y electo solemnemente para el puesto de Jueves en el Consejo Central de Anarquistas.

Al embarcar en el remolcador, Syme tuvo la sensación singularísima de encontrarse en un nuevo ambiente: no sólo en una nueva tierra, sino en un nuevo planeta. Esto se debía sin duda, en mucho, a la imprudente aunque irrevocable decisión de aquella noche, pero también se debía un poco a un cambio del tiempo y del cielo, cambio sobrevenido durante las dos horas transcurridas desde que penetró en la equívoca taberna. Los fantásticos plumones del brumoso crepúsculo habían desaparecido por completo, y ahora la radiante luna flotaba en un cielo desnudo. La luna brillaba tanto y estaba tan llena que, por una paradoja que habréis observado muchas veces, parecía un sol palidecido. No daba la impresión de una fulgurante noche de luna, sino de algo como un día de luz mortecina. 

Sobre el paisaje flotaba una palidez luminosa e irreal, como ese crepúsculo de desastre que, dice Milton, produce el eclipse de sol. Syme se confirmaba en la idea de que había caído en algún planeta más vacío que el nuestro, que gravitara en torno de una estrella más triste. Pero a medida que esta desolación rutilante la embargaba el ánimo, su propia locura caballeresca parecía arder más en la noche como inmensa hoguera. Aun los objetos vulgares que llevaba consigo —las provisiones, el Brandy, la pistola cargada—, adquirían ese carácter poético, concreto y material, que les da el niño cuando lleva un fusil a paseo o se va a la cama con un bollo. El bastón con alma de acero y el frasco de Brandy, aunque por sí mismos no eran más que utensilios de la perversa conspiración, vinieron a ser como la expresión de su generosa aventura. El bastón de verduguillo se convirtió en la espada del caballero, y el Brandy en el trago de estribo. Porque las fantasías modernas, aun las más «deshumanizadas», se refieren siempre a algún símbolo más antiguo y más simple. La aventura podrá ser loca, pero el aventurero debe ser cuerdo. El dragón, sin San Jorge, no sería ni siquiera grotesco. Así, aquel escenario inhumano sólo era fantástico por la presencia de un ser humano. Para la mente exaltada de Syme, las casas, blanquecinas y frías, y las terrazas de la margen del Támesis, parecían tan deshabitadas como las montañas de la luna; pero la misma luna sólo es poética por el «hombre» que hay en la luna. Dos hombres manejaban la embarcación; a pesar de sus muchos esfuerzos, la embarcación iba con cierta lentitud. El claro de luna que había brillado sobre Chiswick se había extinguido ya al pasar por Battersea, y al llegar a la enorme mole de Westminster el día comenzaba a romper. Y rompió al fin como en un estallido de rayos de plomo que descubren vivos de plata. Y éstos estaban ya al rojo blanco, cuando el barco, torciendo el rumbo, viró hacia una ancha escalinata de desembarque que está más allá de Charing Cross. Las grandes piedras del muelle aparecieron a los ojos de Syme oscuras y gigantescas. Negras y enormes, se destacaban sobre el grandioso albor del cielo. Syme sintió como si desembarcara sobre la gradería colosal de un palacio egipcio. La idea no era inoportuna. ¿No iba Syme a atacar los sólidos tronos de unos herejes y abominables monarcas? Saltó del bote a una grada resbalosa, y permaneció un instante inmóvil, sombra oscura y delgada entre aquel vasto amontonamiento de piedras. Los dos bateleros se alejaron con el bote, y volvieron contra la corriente. No habían pronunciado una sola palabra.

jueves, 6 de agosto de 2015

Fernando Pessoa - Tabaquería

Tabaquería
por Fernando Pessoa





No soy nada.
Nunca seré nada.
No puedo querer ser nada.
Aparte de esto, tengo en mí todos los sueños del mundo.

Ventanas de mi cuarto,
de mi cuarto de uno de los millones de gente que nadie sabe quién es
(y si supiesen quién es, ¿qué sabrían?),
dais al misterio de una calle constantemente cruzada por la gente,
a una calle inaccesible a todos los pensamientos,
real, imposiblemente real, evidente, desconocidamente evidente,
con el misterio de las cosas por lo bajo de las piedras y los seres,
con la muerte poniendo humedad en las paredes y cabellos blancos en los hombres,
con el Destino conduciendo el carro de todo por la carretera de nada.

Hoy estoy vencido, como si supiera la verdad.
Hoy estoy lúcido, como si estuviese a punto de morirme
y no tuviese otra fraternidad con las cosas
que una despedida, volviéndose esta casa y este lado de la calle
la fila de vagones de un tren, y una partida pintada
desde dentro de mi cabeza,
y una sacudida de mis nervios y un crujir de huesos a la ida.

Hoy me siento perplejo, como quien ha pensado y opinado y olvidado.
Hoy estoy dividido entre la lealtad que le debo
a la tabaquería del otro lado de la calle, como cosa real por fuera,
y a la sensación de que todo es sueño, como cosa real por dentro.

He fracasado en todo.
Como no me hice ningún propósito, quizá todo no fuese nada.
El aprendizaje que me impartieron,
me apeé por la ventana de las traseras de la casa.
Me fui al campo con grandes proyectos.
Pero sólo encontré allí hierbas y árboles,
y cuando había gente era igual que la otra.
Me aparto de la ventana, me siento en una silla. ¿En qué voy a pensar?
¿Qué sé yo del que seré, yo que no sé lo que soy?
¿Ser lo que pienso? Pero ¡pienso ser tantas cosas!
¡Y hay tantos que piensan ser lo mismo que no puede haber tantos! 
¿Un genio? En este momento
cien mil cerebros se juzgan en sueños genios como yo,
y la historia no distinguirá, ¿quién sabe?, ni a uno,
ni habrá sino estiércol de tantas conquistas futuras.
No, no creo en mí.
¡En todos los manicomios hay locos perdidos con tantas convicciones! 
Yo, que no tengo ninguna convicción, ¿soy más convincente o menos convincente?

No, ni en mí...
¿En cuántas buhardillas y no buhardillas del mundo
no hay en estos momentos genios-para-sí-mismos soñando?
¿Cuántas aspiraciones altas y nobles y lúcidas
-sí, verdaderamente altas y nobles y lúcidas-,
y quién sabe si realizables, no verán nunca la luz del sol verdadero
ni encontrarán quien les preste oídos?
El mundo es para quien nace para conquistarlo
y no para quien sueña que puede conquistarlo, aunque tenga razón.
He soñado más que lo que hizo Napoleón.
He estrechado contra el pecho hipotético más humanidades que Cristo,
he pensado en secreto filosofías que ningún Kant ha escrito.
Pero soy, y quizá lo sea siempre, el de la buhardilla,
aunque no viva en ella;
seré siempre el que no ha nacido para eso;
seré siempre el que tenía condiciones;
seré siempre el que esperó que le abriesen la puerta al pie de una pared sin puerta
y cantó la canción del Infinito en un gallinero,
y oyó la voz de Dios en un pozo tapado.
¿Creer en mí? No, ni en nada.
Derrámame la naturaleza sobre mi cabeza ardiente
su sol, su lluvia, el viento que tropieza en mi cabello,
y lo demás que venga si viene, o tiene que venir, o que no venga.
Esclavos cardíacos de las estrellas,
conquistamos el mundo entero antes de levantarnos de la cama;
pero nos despertamos y es opaco,
nos levantamos y es ajeno,
salimos de casa y es la tierra entera,
y el sistema solar y la Vía Láctea y lo Indefinido.

(¡Come chocolatinas, pequeña,
come chocolatinas!
Mira que no hay más metafísica en el mundo que las chocolatinas,
mira que todas las religiones no enseñan más que la confitería.
¡Come, pequeña sucia, come!
¡Ojalá comiese yo chocolatinas con la misma verdad con que comes! 
Pero yo pienso, y al quitarles la platilla, que es de papel de estaño,
lo tiro todo al suelo, lo mismo que he tirado la vida.)

Pero por lo menos queda de la amargura de lo que nunca seré
la caligrafía rápida de estos versos,
pórtico partido hacia lo Imposible.
Pero por lo menos me consagro a mí mismo un desprecio sin lágrimas,
noble, al menos, en el gesto amplio con que tiro
la ropa sucia que soy, sin un papel, para el transcurrir de las cosas,
y me quedo en casa sin camisa.

(Tú, que consuelas, que no existes y por eso consuelas,
o diosa griega, concebida como una estatua que estuviese viva,
o patricia romana, imposiblemente noble y nefasta,
o princesa de trovadores, gentilísima y disimulada,
o marquesa del siglo dieciocho, descotada y lejana,
o meretriz célebre de los tiempos de nuestros padres,
o no sé qué moderno -no me imagino bien qué-,
todo esto, sea lo que sea, lo que seas, ¡si puede inspirar, que inspire!
Mi corazón es un cubo vaciado.
Como invocan espíritus los que invocan espíritus, me invoco
a mí mismo y no encuentro nada.
Me acerco a la ventana y veo la calle con absoluta claridad,
veo las tiendas, veo las aceras, veo los coches que pasan,
veo a los entes vivos vestidos que se cruzan,
veo a los perros que también existen,
y todo esto me pesa como una condena al destierro,
y todo esto es extranjero, como todo.)

He vivido, estudiado, amado, y hasta creído,
y hoy no hay un mendigo al que no envidie sólo por no ser yo.
Miro los andrajos de cada uno y las llagas y la mentira,
y pienso: puede que nunca hayas vivido, ni estudiado, ni amado ni creído
(porque es posible crear la realidad de todo eso sin hacer nada de eso);
puede que hayas existido tan sólo, como un lagarto al que cortan el rabo
y que es un rabo, más acá del lagarto, removidamente.

He hecho de mí lo que no sabía,
y lo que podía hacer de mí no lo he hecho.
El disfraz que me puse estaba equivocado.
Me conocieron enseguida como quien no era y no lo desmentí, y me perdí.
Cuando quise quitarme el antifaz,
lo tenía pegado a la cara.
Cuando me lo quité y me miré en el espejo,
ya había envejecido.
Estaba borracho, no sabía llevar el dominó que no me había quitado.
Tiré el antifaz y me dormí en el vestuario
como un perro tolerado por la gerencia
por ser inofensivo
y voy a escribir esta historia para demostrar que soy sublime.

Esencia musical de mis versos inútiles,
ojalá pudiera encontrarme como algo que hubiese hecho,
y no me quedase siempre enfrente de la tabaquería de enfrente,
pisoteando la conciencia de estar existiendo
como una alfombra en la que tropieza un borracho
o una estera que robaron los gitanos y no valía nada.

Pero el propietario de la tabaquería ha asomado por la puerta y se ha quedado a la puerta.
Le miro con incomodidad en la cabeza apenas vuelta,
y con la incomodidad del alma que está comprendiendo mal.
Morirá él y moriré yo.
Él dejará la muestra y yo dejaré versos.
En determinado momento morirá también la muestra, y los versos también.
Después de ese momento, morirá la calle donde estuvo la muestra,
y la lengua en que fueron escritos los versos,
morirá después el planeta girador en que sucedió todo esto.
En otros satélites de otros sistemas cualesquiera algo así como gente
continuará haciendo cosas semejantes a versos y viviendo debajo de cosas semejantes a muestras,
siempre una cosa enfrente de la otra,
siempre una cosa tan inútil como la otra,
siempre lo imposible tan estúpido como lo real,
siempre el misterio del fondo tan verdadero como el sueño del misterio de la superficie,
siempre esto o siempre otra cosa o ni una cosa ni la otra.

Pero un hombre ha entrado en la tabaquería (¿a comprar tabaco?),
y la realidad plausible cae de repente encima de mí.
Me incorporo a medias con energía, convencido, humano,
y voy a tratar de escribir estos versos en los que digo lo contrario.
Enciendo un cigarrillo al pensar en escribirlos
y saboreo en el cigarrillo la liberación de todos los pensamientos.
Sigo al humo como a una ruta propia,
y disfruto, en un momento sensitivo y competente,
la liberación de todas las especulaciones
y la conciencia de que la metafísica es una consecuencia de encontrarse indispuesto.

Después me echo para atrás en la silla
y continúo fumando.
Mientras me lo conceda el destino seguiré fumando.
(Si me casase con la hija de mi lavandera
a lo mejor sería feliz.)
Visto lo cual, me levanto de la silla. Me voy a la ventana.

El hombre ha salido de la tabaquería (¿metiéndose el cambio en el bolsillo de los pantalones?).
Ah, le conozco: es el Esteves sin metafísica.
(El propietario de la tabaquería ha llegado a la puerta.)
Como por una inspiración divina, Esteves se ha vuelto y me ha visto.
Me ha dicho adiós con la mano, le he gritado ¡Adiós, Esteves! , y el Universo
se me reconstruye sin ideales ni esperanza, y el propietario de la tabaquería se ha sonreído.