jueves, 22 de agosto de 2013

Leopoldo María Panero - Pavane pour un enfant défunt (1979)

Pavane pour un enfant défunt
por Leopoldo María Panero




A mi tía Margot 

Se diría que está aún en la balaustra del balcón  
mirando a nadie, llorando.  
Se diría que eres aún visto como siempre  
que eres aún en la tierra un niño difunto.  
Se diría, se arriesga  
el poema por alguien  
como un disparo de pistola,  
en la noche, en la noche sembrada  
de ojos desiertos, los ojos solos  
de monstruos. Todos nosotros somos  
niños muertos, clavados en la balaustra como por encanto,  
como sólo saben esperar los muertos.  
Se diría que has muerto y eres alguien por fin,  
un retrato en la pared de los muertos,  
un retrato de cumpleaños con velas para los muertos.  
Pero a nadie le importan los niños, los muertos,  
a nadie los niños que viajan solos por el país de los muertos,  
y para qué, te dices, abrir los ojos al país de los ciegos,  abrir los ojos hoy,  
mañana, para siempre. Era mejor Oeste, tierras vírgenes,  héroes en los ojos  
de un cine desesperado, y los dioses que matan a los  hombres feroces,  
los dioses más feroces que los hombres  
los dioses crueles de la infancia, los dioses  
de la inocente crueldad, pensabas que se alimentan de ciegos  
y de quienes mendigan su ser en una picaresca sórdida,  
si hombres hay, homicida. Pero aventura no hay, lo sabes,  
más que por alguien, para alguien, como un poema,  
como el riesgo de un vuelo en el aire sin tránsito. Y es por ello  
por lo que no hay infancia en el país desierto. Por ello también  
por lo que nadie podría jamás sospechar que conservas esa  
belleza demente de la infancia, ese furor contra lo útil de tu cuerpo,  
y esa mudez en los ojos, esa belleza  
sólo vendible al cielo del suicidio, sólo a esos ojos: esa existencia.  
Pero la vida sigue como el puente de Eliot,  
como un puente de muertos o un flujo  
de sombras que se cogen  
de la mano ciega en el lodo para saber que están muertos y viven.  Esa vida de la que hablan  
en el infierno, entre sí los muertos, los alucinados, los absurdos,  
los orgullosos sonámbulos disputando con sangre  
una certeza alucinante; es un fuerte dios pardo.  
Una basta tragedia que hacen  
por navidades, los viejecitos, los difuntos,  
con personas de olvido, con máscaras y ritos de otros tiempos,  
rótulos de neón y fuegos fatuos: así obra desde entonces,  
desde entonces, esa raza  
misteriosa que pasa a tu lado sin mirarte o mirarse,  
desde entonces, desde el día primero  
en que te asomaste con pánico a su delirio. Desde que viven, quizá,  
desde que no hay tiempo sino destino y trazo  
de vida invulnerable a la decisión de una mirada fuerte.  
Quien es visto o quien cae en ese río sordo  
es lo mismo, es un muerto  
que se levanta día tras día para  
mendigar la mirada.  
Porque todos llevamos dentro un niño muerto, llorando,  
que espera también esta mañana, esta tarde como siempre  
festejar con los Otros, los invisibles, los lejanos  
algún día por fin su cumpleaños.

martes, 2 de julio de 2013

Ray Bradbury - La casa, la araña y el niño

La casa, la araña y el niño
por Ray Bradbury




La Casa era un rompecabezas dentro de un enigma dentro de un misterio, ya que acompasaba los silencios, cada uno diferente, y las camas, cada una de diferente tamaño, algunas con tapa. Los techos eran lo suficientemente altos como para permitir escaleras con descansos, donde las sombras podían colgarse cabeza abajo. El comedor contenía trece sillas, cada una con el número trece, así nadie podía sentirse dejado de lado por la distinción que cada número implica. Las arañas que colgaban del techo tenían forma de lágrimas de almas atormentadas en el mar perdidas hace quinientos años, y el sótano guardaba recipientes con vino de esa misma edad, etiquetado con nombres raros, y cajas vacías para futuros visitantes, a los que les disgustaran las camas o las altas perchas del techo.

La sola y única Araña usaba una red de caminos, yendo de arriba abajo, de modo que la Casa entera era una sonora tela hilada y ejecutada por la ferozmente veloz Arach, que aparecía durante un instante junto a los recipientes de vino, y al siguiente, con una corrida vertical, en el altillo visitado por la tormenta, mientras tejía las redes y reparaba los hilos, veloz y silenciosa.

¿Cuántos cuartos, habitáculos, roperos y recipientes en total? Nadie lo sabía. Decir mil sería exagerado, pero cien estaba muy lejos de la verdad. Ciento cincuenta y nueve parecía una cifra razonable y cada uno se encontraba vacío desde hacía largo tiempo, llamando a los habitantes por el mundo, ansiando desalojar a los moradores de las nubes. La Casa era un escenario fantasma que ansiaba la visita de fantasmas. Y como los climas circunvalaron la Tierra durante cien años, la Casa se hizo conocida, y en todo el mundo los muertos que se habían acostado para dormir largas siestas, se sentaron con fría sorpresa y se propusieron ocupaciones más raras que la muerte, liquidaron sus negocios fantasmales y se prepararon para volar.

Todas las hojas otoñales del mundo convergieron en migraciones susurrantes sobre el centro de Norteamérica y cayeron a vestir el árbol que un momento estaba desnudo, y al siguiente se veía adornado de hojas caídas del otoño del Himalaya, de Islandia y del Cabo, en colores rojizos y en sombríos ramos fúnebres, hasta que el árbol se sacudió para florecer pleno en Octubre y los frutos brotaron como calabazas cortadas el Día de Todos los Santos.

En ese momento...

Alguien que pasaba por el camino bajo una obscura tormenta dickensiana, dejó una canasta de picnic junto al portón de hierro de la entrada. Dentro de la canasta algo lloraba y sollozaba y gritaba.

Se abrió la puerta y emergió un comité de bienvenida, que estaba integrado por una mujer, la esposa, extraordinariamente alta, y un hombre, el marido, enjuto y más alto, y una anciana, del tiempo en que el rey Lear era joven, en cuya cocina hervían ollas y en las ollas, sopas que hubiesen estado mejor fuera del menú, y los tres se inclinaron ante la canasta de picnic para retirar la manta obscura que tapaba al bebé, de no más de una o dos semanas de edad.

Se sorprendieron por su color, el rosa del amanecer y de la salida del Sol y por el sonido de su respiración como fuelle de primavera, y por el latido de su corazón como puño, apenas un sonido de colibrí enjaulado, y en un impulso la Dama de Brumas y Pantanos, porque así era conocida en todo el mundo, trajo el más pequeño de los espejos que guardaba, no para ver su rostro que nunca se veía, sino para estudiar los rostros de los extraños, por si hubiera habido algo malo en ellos.

–Mira –exclamó ella y puso el pequeño espejo frente a la mejilla del pequeño bebé y... ¡sorpresa total!

–Maldito sea todo –dijo el marido enjuto y pálido–. ¡Su rostro se refleja!

–¡No es como nosotros!

–No, pero es –dijo la esposa.

Los pequeños ojos azules los miraban, reflejados en el espejo.

–Déjalo –dijo el marido.

Y los tres podrían haberse ido, dejándolo a los perros feroces y a los gatos salvajes, si no fuera porque a último momento, la Dama Obscura dijo "¡No!", y se agachó y giró y tomó la canasta, y fue con el bebé por el sendero hasta entrar en la Casa y por el corredor hasta el cuarto que, en ese instante, se convirtió en el cuarto de niños, ya que las cuatro paredes y el cielo raso estaban cubiertos con imágenes de juguetes colocados en tumbas egipcias, para entretener a los hijos de los faraones que habían viajado por un río de mil años de obscuridad, y habían necesitado objetos alegres para llenar el tiempo obscuro e iluminar sus bocas. Entonces, alrededor de todas las paredes danzaban perros, gatos y campos de trigo sin arar donde esconderse, y también rodajas de pan mortal, y ristras de cebollas verdes para la salud de los hijos muertos de algún faraón triste. Y a este cuarto de niños parecido a una tumba, llegó un niño brillante para quedarse en el centro de un reino frío.

Y tocando la canasta, la dueña de la Casa de Invierno-Otoño dijo:

–¿No había un santo con luz especial y promesa de vida, de nombre Timothy?

–Sí.

–Entonces –dijo la Dama Obscura– es más adorable que los santos; eso disipa mi duda y calma mi temor, no santo, pero sí Timothy. ¿Verdad, niño?

Y al oír su nombre, el recién llegado en la canasta dio un grito de alegría.

Que subió hasta el Alto Ático e hizo que Cecy se diera vuelta en medio de la marea de sus sueños, y alzara la cabeza para oír otra vez ese grito feliz que había logrado dibujarle una sonrisa en la boca. Porque mientras la Casa se quedaba extrañamente callada, y todos se preguntaban qué podría sucederles, y el esposo no se movía y la esposa se inclinaba preguntándose a medias qué hacer, Cecy en un instante supo que sus viajes no bastaban, que empezando ahora aquí y luego allá, viendo y oyendo y saboreando todo, debería haber alguien para compartir todo y con quién hablar. Y aquí estaba el narrador; su pequeño grito fue el anuncio de que no importaba lo que se pudiera mostrar y decir, su mano pequeña, al crecer fuerte y salvaje y rápida, lo captaría y lo escribiría. Con esta íntima seguridad, Cecy envió una telaraña de silenciosos pensamientos y de bienvenida para que envolviera al bebé y le hiciera saber que él y Cecy eran uno. Y el niño expósito, así tocado y reconfortado, dejó de llorar y se sumió en el sueño, que fue un regalo invisible. Y al ver esto, el marido paralizado se permitió sonreír.

Y la Araña, hasta entonces oculta, salió de los cobertores, tentó el aire en derredor, y corrió luego a quedarse en la mano del pequeño niño, como un anillo papal de pesadilla que bendijera a una corte futura y a todos los cortesanos de las sombras, y se quedó tan quieta que parecía una piedra de ébano y no carne rosada.

Y Timothy, sin saber lo que llevaba en el dedo, supo de los pequeños refinamientos de los sueños de la gran Cecy.

miércoles, 19 de junio de 2013

Mario Benedetti - La noche de los feos

La noche de los feos
por Mario Benedetti





- 1 -

Ambos somos feos. Ni siquiera vulgarmente feos. Ella tiene un pómulo hundido. Desde los ocho años, cuando le hicieron la operación. Mi asquerosa marca junto a la boca viene de una quemadura feroz, ocurrida a comienzos de mi adolescencia.

Tampoco puede decirse que tengamos ojos tiernos, esa suerte de faros de justificación por los que a veces los horribles consiguen arrimarse a la belleza. No, de ningún modo. Tanto los de ella como los míos son ojos de resentimiento, que sólo reflejan la poca o ninguna resignación con que enfrentamos nuestro infortunio. Quizá eso nos haya unido. Tal vez unido no sea la palabra más apropiada. Me refiero al odio implacable que cada uno de nosotros siente por su propio rostro.

Nos conocimos a la entrada del cine, haciendo cola para ver en la pantalla a dos hermosos cualesquiera. Allí fue donde por primera vez nos examinamos sin simpatía pero con oscura solidaridad; allí fue donde registramos, ya desde la primera ojeada, nuestras respectivas soledades. En la cola todos estaban de a dos, pero además eran auténticas parejas: esposos, novios, amantes, abuelitos, vaya uno a saber. Todos -de la mano o del brazo- tenían a alguien. Sólo ella y yo teníamos las manos sueltas y crispadas.

Nos miramos las respectivas fealdades con detenimiento, con insolencia, sin curiosidad. Recorrí la hendidura de su pómulo con la garantía de desparpajo que me otorgaba mi mejilla encogida. Ella no se sonrojó. Me gustó que fuera dura, que devolviera mi inspección con una ojeada minuciosa a la zona lisa, brillante, sin barba, de mi vieja quemadura.

Por fin entramos. Nos sentamos en filas distintas, pero contiguas. Ella no podía mirarme, pero yo, aun en la penumbra, podía distinguir su nuca de pelos rubios, su oreja fresca bien formada. Era la oreja de su lado normal.

Durante una hora y cuarenta minutos admiramos las respectivas bellezas del rudo héroe y la suave heroína. Por lo menos yo he sido siempre capaz de admirar lo lindo. Mi animadversión la reservo para mi rostro y a veces para Dios. También para el rostro de otros feos, de otros espantajos. Quizá debería sentir piedad, pero no puedo. La verdad es que son algo así como espejos. A veces me pregunto qué suerte habría corrido el mito si Narciso hubiera tenido un pómulo hundido, o el ácido le hubiera quemado la mejilla, o le faltara media nariz, o tuviera una costura en la frente.

La esperé a la salida. Caminé unos metros junto a ella, y luego le hablé. Cuando se detuvo y me miró, tuve la impresión de que vacilaba. La invité a que charláramos un rato en un café o una confitería. De pronto aceptó.

La confitería estaba llena, pero en ese momento se desocupó una mesa. A medida que pasábamos entre la gente, quedaban a nuestras espaldas las señas, los gestos de asombro. Mis antenas están particularmente adiestradas para captar esa curiosidad enfermiza, ese inconsciente sadismo de los que tienen un rostro corriente, milagrosamente simétrico. Pero esta vez ni siquiera era necesaria mi adiestrada intuición, ya que mis oídos alcanzaban para registrar murmullos, tosecitas, falsas carrasperas. Un rostro horrible y aislado tiene evidentemente su interés; pero dos fealdades juntas constituyen en sí mismas un espectáculos mayor, poco menos que coordinado; algo que se debe mirar en compañía, junto a uno (o una) de esos bien parecidos con quienes merece compartirse el mundo.

Nos sentamos, pedimos dos helados, y ella tuvo coraje (eso también me gustó) para sacar del bolso su espejito y arreglarse el pelo. Su lindo pelo.

"¿Qué está pensando?", pregunté.

Ella guardó el espejo y sonrió. El pozo de la mejilla cambió de forma.

"Un lugar común", dijo. "Tal para cual".

Hablamos largamente. A la hora y media hubo que pedir dos cafés para justificar la prolongada permanencia. De pronto me di cuenta de que tanto ella como yo estábamos hablando con una franqueza tan hiriente que amenazaba traspasar la sinceridad y convertirse en un casi equivalente de la hipocresía. Decidí tirarme a fondo.

"Usted se siente excluida del mundo, ¿verdad?"

"Sí", dijo, todavía mirándome.

"Usted admira a los hermosos, a los normales. Usted quisiera tener un rostro tan equilibrado como esa muchachita que está a su derecha, a pesar de que usted es inteligente, y ella, a juzgar por su risa, irremisiblemente estúpida."

"Sí."

Por primera vez no pudo sostener mi mirada.

"Yo también quisiera eso. Pero hay una posibilidad, ¿sabe?, de que usted y yo lleguemos a algo."

"¿Algo cómo qué?"

"Como querernos, caramba. O simplemente congeniar. Llámele como quiera, pero hay una posibilidad."

Ella frunció el ceño. No quería concebir esperanzas.

"Prométame no tomarme como un chiflado."

"Prometo."

"La posibilidad es meternos en la noche. En la noche íntegra. En lo oscuro total. ¿Me entiende?"

"No."

"¡Tiene que entenderme! Lo oscuro total. Donde usted no me vea, donde yo no la vea. Su cuerpo es lindo, ¿no lo sabía?"

Se sonrojó, y la hendidura de la mejilla se volvió súbitamente escarlata.

"Vivo solo, en un apartamento, y queda cerca."

Levantó la cabeza y ahora sí me miró preguntándome, averiguando sobre mí, tratando desesperadamente de llegar a un diagnóstico.

"Vamos", dijo.


- 2 -

No sólo apagué la luz sino que además corrí la doble cortina. A mi lado ella respiraba. Y no era una respiración afanosa. No quiso que la ayudara a desvestirse.

Yo no veía nada, nada. Pero igual pude darme cuenta de que ahora estaba inmóvil, a la espera. Estiré cautelosamente una mano, hasta hallar su pecho. Mi tacto me transmitió una versión estimulante, poderosa. Así vi su vientre, su sexo. Sus manos también me vieron.

En ese instante comprendí que debía arrancarme (y arrancarla) de aquella mentira que yo mismo había fabricado. O intentado fabricar. Fue como un relámpago. No éramos eso. No éramos eso.

Tuve que recurrir a todas mis reservas de coraje, pero lo hice. Mi mano ascendió lentamente hasta su rostro, encontró el surco de horror, y empezó una lenta, convincente y convencida caricia. En realidad mis dedos (al principio un poco temblorosos, luego progresivamente serenos) pasaron muchas veces sobre sus lágrimas.

Entonces, cuando yo menos lo esperaba, su mano también llegó a mi cara, y pasó y repasó el costurón y el pellejo liso, esa isla sin barba de mi marca siniestra.

Lloramos hasta el alba. Desgraciados, felices. Luego me levanté y descorrí la cortina doble.

viernes, 14 de junio de 2013

Paul Celan - Salmo

Salmo
por Paul Celan



Ya nadie nos moldea con tierra y con arcilla,
ya nadie con su hálito despierta nuestro polvo.
Nadie.

Alabado seas, Nadie.
Queremos por tu amor
florecer
contra
ti.

Una nada
fuimos, somos, seremos,
floreciendo:
rosa de
nada, de nadie.

Con
el pistilo almalúcido,
cielo desierto el estambre,
la corola roja
de la palabra purpúrea que cantamos
sobre, o sobre
la espina.

miércoles, 5 de junio de 2013

Ginés Cutillas - El equilibro del mundo

El equilibrio del mundo
por Ginés Cutillas



Del único hijo que estaba seguro era del pelirrojo. A los otros dos no los había visto en mi vida.

Tras mucho pensar, llegué a la conclusión de que al salir del hipermercado, con la confusión del gentío, me los habían cambiado. No me importó. Los cuidé durante tres años, confiando que otros harían lo mismo con los míos.

Hasta el día del parque de atracciones en que –con tanto crío– me cambiaron al pelirrojo y al mayor de los extraños por una niña y un mulato. A éstos los crié durante casi diez años pero un día, al volver de la universidad, me llegaron transformados: la chica por un joven que hablaba inglés y el que más tiempo había pasado conmigo por otro con gafas que parecía autista. Aun así, y pensando que la vida era esto, consentí pagarles los estudios hasta el final.

El día que se casaba el inglés, los padrinos –que iban a ser sus pseudohermanos– fueron sustituidos por dos chicas gemelas. Nada feas, a decir verdad.

Ahora, ya en el lecho de muerte espero, cada vez que se abre la puerta de la habitación y entran tres jóvenes extraños, que sean mis hijos, los de verdad, los primeros, para poder despedirme de ellos y de este mundo que ya no entiendo.

martes, 4 de junio de 2013

Césare Pavese - Años

Años
por Césare Pavese





De lo que era yo entonces no queda nada: apenas hombre, era aún un crío. Lo sabía hacía tiempo, pero todo ocurrió a finales del invierno, una tarde y una mañana. Vivíamos juntos, casi escondidos, en una habitación que daba a una avenida. Silvia me dijo esa noche que tenía que irme, o irse ella: ya no teníamos nada que hacer juntos. Le supliqué que dejara que probásemos de nuevo; estaba acostado a su lado y la abrazaba. Ella me dijo:

-¿Con qué finalidad? -Hablábamos en voz baja, a oscuras.

Luego Silvia se durmió y yo tuve hasta la mañana una rodilla pegada a la suya. Apareció la mañana como había aparecido siempre, y hacía mucho frío; Silvia tenía el pelo sobre los ojos y no se movía. En la penumbra yo miraba pasar el tiempo, sabía que pasaba y corría, y que afuera había niebla. Todo el tiempo que había vivido con Silvia en aquella habitación era como un solo día y una noche, que ahora terminaba por la mañana. Entonces comprendí que nunca volvería a salir conmigo entre la niebla fresca.

Era mejor que me vistiera y me marchase sin despertarla. Pero ahora tenía en la cabeza una cosa que preguntarle. Esperé, intentando adormilarme.

Cuando estuvo despierta, Silvia me sonrió. Seguimos hablando. Ella dijo:

-Es bonito ser sinceros, como nosotros.

-¡Oh, Silvia! -susurré-, ¿qué haré al salir de aquí? ¿Adónde iré?

Era eso lo que tenía que preguntarle. Sin apartar la nuca del almohadón, ella sonrió de nuevo, beatífica.

-Bobo -dijo-, irás a donde quieras. ¿No es hermoso ser libre? Conocerás a muchas chicas, harás todas las cosas que quieras. Te envidio, palabra.

Ahora la mañana llenaba el cuarto y sólo había un poco de calor en la cama. Silvia esperaba paciente.

-Tú eres como una prostituta -le dije- y siempre lo has sido.

Silvia no abrió los ojos.

-¿Estás mejor ahora que lo has dicho? -me dijo.

Entonces me quedé como si ella no estuviera, y miraba al techo y lloraba sin ruido. Las lágrimas me llenaban los ojos y corrían sobre la almohada. No valía la pena que se diera cuenta. Mucho tiempo ha pasado, y ahora sé que aquellas lágrimas mudas fueron la única cosa de hombre que hice con Silvia; sé que lloraba no por ella sino porque había entrevisto mi destino. De lo que era yo entonces no queda nada. Queda sólo que había comprendido quién sería en el futuro.

Luego Silvia me dijo:

-Ya basta. Tengo que levantarme.

Nos levantamos juntos, los dos. No la vi vestirse. Estuve pronto en pie, a la ventana; y miraba vislumbrarse las plantas. Detrás de la niebla estaba el sol, el sol que tantas veces había entibiado el cuarto. También Silvia se vistió pronto, y me preguntó si no me llevaba mis cosas. Le dije que primero quería calentar el café, y encendí el hornillo.

Silvia, sentada al borde de la cama, se puso a arreglarse las uñas. En el pasado se las había arreglado siempre en la mesa. Parecía abstraída y el pelo le caía continuamente sobre los ojos. Entonces daba sacudidas con la cabeza y se liberaba. Yo deambulé por el cuarto y recogí mis cosas. Hice un montón sobre una silla y de repente Silvia saltó en pie y corrió a apagar el café que se derramaba.

Luego saqué la maleta y metí las cosas. Mientras tanto, por dentro me esforzaba por recoger todos los recuerdos desagradables que tenía de Silvia: sus futilidades, sus malos humores, sus frases irritantes, sus arrugas. Eso me llevaba de su cuarto. Lo que dejaba era una niebla.


Cuando hube acabado, el café estaba listo. Lo tomamos de pie, junto al hornillo. Silvia dijo algo, que ese día iría a ver a un tipo, a hablar de un asunto. Poco después dejé la taza y me marché con la maleta. Afuera la niebla y el sol cegaban.

lunes, 3 de junio de 2013

Anton Chejov - En el paseo de Sokólniki

En el paseo de Sokólniki
por Anton Chejov




El día 1 de mayo se inclinaba al anochecer. El susurro de los pinos de Sokólniki y el canto de los pájaros son ahogados por el ruido de los carruajes, el vocerío y la música. El paseo está en pleno. En una de las mesas de té del Viejo Paseo está sentada una parejita: el hombre con un cilindro grasoso y la dama con un sombrerito azul claro. Ante ellos, en la mesa, hay un samovar hirviendo, una botella de vodka vacía, tacitas, copitas, un salchichón cortado, cáscaras de naranja y demás. El hombre está brutalmente borracho... Mira absorto la cáscara de naranja y sonríe sin sentido.

-¡Te hartaste, ídolo! -balbucea la dama enojada, mirando confundida alrededor-. Si tú, antes de beber, lo pensaras, tus ojos son impúdicos. Es poco lo que a la gente le repugna verte, te arruinaste a ti mismo todo el placer. Tomas por ejemplo té, ¿y a qué te sabe ahora? Para ti ahora la mermelada, el salchichón es lo mismo... Y yo me esforcé pues, tomé lo mejor que había...

La sonrisa sin sentido en el rostro del hombre se convierte en una expresión de agudo pesar.

-M-masha, ¿a dónde llevan a la gente?

-No la llevan a ningún lugar, sino pasea por su cuenta.

-¿Y para qué va el alguacil?

-¿El alguacil? Para el orden, y acaso y pasea... ¡Epa, hasta donde bebió, ya no entiende nada!

-Yo... no estoy mal... Yo soy un pintor... de género...

-¡Cállate! Te hartaste, bueno y cállate... Tú, en lugar de balbucear, piensa mejor... Alrededor hay árboles verdes, hierbita, pajaritos de voces diversas... Y tú sin atención, como si no estuvieras ahí... Miras, y como en la niebla... Los pintores se empeñan ahora en reparar en la naturaleza, y tú como un curda...

-La naturaleza... -dice el hombre y mueve la cabeza-. La na-naturaleza... Los pajaritos cantan... los cocodrilos se arrastran... los leones... los tigres...

-Delira, delira... Toda la gente va como gente... pasea de la manita, escucha la música, sólo tú estás en el escándalo. ¿Y cuándo alcanzaste eso? ¿Cómo yo no lo advertí?

-M-masha -balbucea el cilindro, palideciendo-. Pronto...

-¿Qué te pasa?

-Deseo ir a casa... Pronto...

-Espera... Cuando oscurezca, entonces nos iremos, pero ahora es una vergüenza ir: te vas a tambalear... La gente empezará a reírse... Siéntate y espera...

-¡N-no puedo! Yo... yo a casa...

El hombre se levanta rápido y, tambaleándose, sale de la mesa. El público, sentado en las otras mesas, empieza a burlarse... La dama se confunde...

-Que me mate Dios si vengo contigo una vez más -balbucea ésta, apoyando al hombre-. Es sólo una deshonra... Bueno sería si fuera legítimo, pero así pues... por gusto.

-M-masha, ¿dónde estamos?

-¡Cállate! Si te avergonzaras, toda la gente te señala con el dedo. ¿Para ti es pues, "como el que oye llover", pero para mí cómo es? Bueno sería si fuera legítimo, pero así... pues... Me da un rublo y me reprocha un mes: "¡Yo te alimento! ¡Yo te mantengo!" ¡Mucha falta me hace! ¡Y a mí no me importaba tu dinero! Voy a agarrar y me voy a ir con Pavel Ivanich...

-M-masha... a casa... Alquila a un cochero...

-Bueno, ve... Camina por la alameda derecho, y yo iré por el ladito... Me da vergüenza ir contigo... ¡Ve derecho!

La dama pone a su "ilegítimo" de cara a la salida y le da un ligero empujón por la espalda. El hombre se abalanza adelante y, tambaleándose, tropezando con los transeúntes y con los bancos, se apresura adelante... La dama va detrás y vigila sus movimientos. Está confundida y alarmada.

-¿Un palito, señor, no desea? -se dirige al hombre que camina una persona con un hatillo de palos y cañas. -Los mejores... de guindilla... de bambú...

El hombre mira atontado al vendedor de palos, después se vuelve atrás y corre en dirección opuesta. En su rostro hay una expresión de horror.

-¿A dónde diablos vas? -lo detiene la dama, cogiéndolo por la manga-. Bueno, ¿a dónde?

-¿Dónde está Masha?.. M-masha se fue...

-¿Y yo quién soy?

La dama toma al hombre de la mano y lo lleva a la salida. Le da vergüenza.

-Que me mate Dios si vengo contigo una vez más... -balbucea ésta, toda roja de la vergüenza-. Por última vez soporto esta deshonra... Que me castigue Dios... ¡Mañana mismo me voy con Pavel Ivanich!

La dama, con timidez, levanta los ojos hacia la gente, en espera de ver en los rostros sonrisas burlonas. Pero sólo ve rostros de borrachos. Todos se tambalean y dan cabezadas. Y se siente más aliviada.