lunes, 6 de mayo de 2013

Franz Kafka - La condena (1912)

La condena
por Franz Kafka




Era domingo por la mañana en lo más hermoso de la primavera. Georg Bendemann, un joven comerciante, estaba sentado en su habitación en el primer piso de una de las casas bajas y de construcción ligera que se extendían a lo largo del río en forma de hilera, y que sólo se distinguían entre sí por la altura y el color. Acababa de terminar una carta a un amigo de su juventud que se encontraba en el extranjero, la cerró con lentitud juguetona y miró luego por la ventana, con el codo apoyado sobre el escritorio, hacia el río, el puente y las colinas de la otra orilla con su color verde pálido.

Reflexionó sobre cómo este amigo, descontento de su éxito en su ciudad natal, había literalmente huido ya hacía años a Rusia. Ahora tenía un negocio en San Petersburgo, que al principio había marchado muy bien, pero que desde hacía tiempo parecía haberse estancado, tal como había lamentado el amigo en una de sus cada vez más infrecuentes visitas.

De este modo se mataba inútilmente trabajando en el extranjero, la extraña barba sólo tapaba con dificultad el rostro bien conocido desde los años de la niñez, rostro cuya piel amarillenta parecía manifestar una enfermedad en proceso de desarrollo. Según contaba, no tenía una auténtica relación con la colonia de sus compatriotas en aquel lugar y apenas relación social alguna con las familias naturales de allí y, en consecuencia, se hacía a la idea de una soltería definitiva.

¿Qué podía escribírsele a un hombre de este tipo, que, evidentemente, se había enclaustrado, de quien se podía tener lástima, pero a quien no se podía ayudar? ¿Se le debía quizá aconsejar que volviese a casa, que trasladase aquí su existencia, que reanudara todas sus antiguas relaciones amistosas, para lo cual no existía obstáculo, y que, por lo demás, confiase en la ayuda de los amigos? Pero esto no significaba otra cosa que decirle al mismo tiempo, con precaución, y por ello hiriéndolo aún más, que sus esfuerzos hasta ahora habían sido en vano, que debía, por fin, desistir de ellos, que tenía que regresar y aceptar que todos, con los ojos muy abiertos de asombro, lo mirasen como a alguien que ha vuelto para siempre; que sólo sus amigos entenderían y que él era como un niño viejo, que debía simplemente obedecer a los amigos que se habían quedado en casa y que habían tenido éxito.

¿E incluso entonces era seguro que tuviese sentido toda la amargura que había que causarle? Quizá ni siquiera se consiguiese traerlo a casa, él mismo decía que ya no entendía la situación en el país natal, y así permanecería, a pesar de todo, en su extranjero, amargado por los consejos y un poco más distanciado de los amigos. Pero si siguiera realmente el consejo y aquí se le humillase, naturalmente no con intención sino por la forma de actuar, no se encontraría a gusto entre sus amigos ni tampoco sin ellos, se avergonzaría y entonces no tendría de verdad ni hogar ni amigos. En estas circunstancias ¿no era mejor que se quedase en el extranjero tal como estaba? ¿Podría pensarse que en tales circunstancias saldría realmente adelante aquí?

Por estos motivos, y si se quería mantener la relación epistolar con él, no se le podían hacer verdaderas confidencias como se le harían sin temor al conocido más lejano. Hacía más de tres años que el amigo no había estado en su país natal y explicaba este hecho, apenas suficientemente, mediante la inseguridad de la situación política en Rusia, que, en consecuencia, no permitía la ausencia de un pequeño hombre de negocios mientras que cientos de miles de rusos viajaban tranquilamente por el mundo. Pero precisamente en el transcurso de estos tres años habían cambiado mucho las cosas para Georg. Sobre la muerte de su madre, ocurrida hacía dos años y desde la cual Georg vivía con su anciano padre en la misma casa, había tenido noticia el amigo, y en una carta había expresado su pésame con una sequedad que sólo podía tener su origen en el hecho de que la aflicción por semejante acontecimiento se hacía inimaginable en el extranjero. Ahora bien, desde entonces, Georg se había enfrentado al negocio, como a todo lo demás, con gran decisión. Quizá el padre, en la época en que todavía vivía la madre, lo había obstaculizado para llevar a cabo una auténtica actividad propia, por el hecho de que siempre quería hacer prevalecer su opinión en el negocio. Quizá desde la muerte de la madre, el padre, a pesar de que todavía trabajaba en el negocio, se había vuelto más retraído. Quizá desempeñaban un papel importante felices casualidades, lo cual era incluso muy probable; en todo caso, el negocio había progresado inesperadamente en estos dos años, había sido necesario duplicar el personal, las operaciones comerciales se habían quintuplicado, sin lugar a dudas tenían ante sí una mayor ampliación.

Pero el amigo no sabía nada de este cambio. Anteriormente, quizá por última vez en aquella carta de condolencia, había intentado convencer a Georg de que emigrase a Rusia y se había explayado sobre las perspectivas que se ofrecían precisamente en el ramo comercial de Georg. Las cifras eran mínimas con respecto a las proporciones que había alcanzado el negocio de Georg. Él no había querido contarle al amigo sus éxitos comerciales y si lo hubiese hecho ahora, con posterioridad, hubiese causado una impresión extraña.

Es así cómo Georg se había limitado a contarle a su amigo cosas sin importancia de las muchas que se acumulan desordenadamente en el recuerdo cuando se pone uno a pensar en un domingo tranquilo. No deseaba otra cosa que mantener intacta la imagen que, probablemente, se había hecho el amigo de su ciudad natal durante el largo período de tiempo, y con la cual se había conformado. Fue así como Georg, en tres cartas bastante distantes entre sí, informó a su amigo acerca del compromiso matrimonial de un señor cualquiera con una muchacha cualquiera, hasta que, finalmente, el amigo, totalmente en contra de la intención de Georg, comenzó a interesarse por este asunto.

Georg prefería contarle estas cosas antes que confesarle que era él mismo quien hacía un mes se había prometido con la señorita Frieda Brandenfeld, una joven de familia acomodada. Con frecuencia hablaba con su prometida de este amigo y de la especial relación epistolar que mantenía con él.

-Entonces no vendrá a nuestra boda -decía ella-, y yo tengo derecho a conocer a todos tus amigos.

-No quiero molestarlo -contestaba Georg-, entiéndeme, probablemente vendría, al menos así lo creo, pero se sentiría obligado y perjudicado, quizá me envidiaría y seguramente, apesadumbrado e incapaz de prescindir de esa pesadumbre, regresaría solo, solo ¿sabes lo que es eso?

-Bueno, ¿no puede enterarse de nuestra boda por otro camino?

-Sin duda no puedo evitarlo, pero es improbable dada su forma de vida.

-Si tienes esa clase de amigos, Georg, nunca debiste comprometerte.

-Sí, es culpa de ambos, pero incluso ahora no desearía que fuese de otra forma.

Y si ella, respirando precipitadamente entre sus besos, alegaba todavía:

-La verdad es que sí que me molesta.

Entonces era realmente cuando él consideraba inofensivo contarle todo al amigo.

-Así soy y así tiene que aceptarme -se decía-. No pienso convertirme en un hombre a su medida, hombre que quizá fuese más apropiado a su amistad de lo que yo lo soy.

Y, efectivamente, en la larga carta que había escrito este domingo por la mañana, informaba a su amigo del compromiso que se había celebrado, con las siguientes palabras: "Me he reservado la novedad más importante para el final. Me he prometido con la señorita Frieda Brandenfeld, una muchacha perteneciente a una familia acomodada que se estableció aquí mucho tiempo después de tu partida y a la que tú apenas conocerás. Ya habrá oportunidad de contarte más detalles acerca de mi prometida, baste hoy con decirte que soy muy feliz y que en nuestra mutua relación sólo ha cambiado el hecho de que tú, en lugar de tener en mí un amigo corriente, tendrás un amigo feliz. Además tendrás en mi prometida, que te manda saludos cordiales y que te escribirá próximamente, una amiga leal, lo que no deja de tener importancia para un soltero. Sé que muchas cosas te impiden hacernos una visita, pero ¿acaso no sería precisamente mi boda la mejor oportunidad de echar por la borda, al menos por una vez, todos los obstáculos? Pero, sea como sea, actúa sin tener en cuenta todo lo demás y según tu buen criterio".

Georg había permanecido mucho tiempo sentado en su escritorio con la carta en la mano y el rostro vuelto hacia la ventana. Con una sonrisa ausente había apenas contestado a un conocido que, desde la calle, lo había saludado al pasar. 

Finalmente, se metió la carta en el bolsillo y, a través de un corto pasillo, se dirigió desde su habitación a la de su padre, en la que no había estado desde hacía meses. No existía, por lo demás, necesidad de ello, porque constantemente tenía contacto con él en el negocio; comían juntos en una casa de comidas, por la noche cada uno se tomaba lo que le apetecía pero después la mayoría de las veces se sentaban un ratito, cada uno con su periódico, en el cuarto de estar común, a no ser que Georg, como ocurría con mucha frecuencia, estuviese en compañía de amigos o, como ahora, fuese a ver a su novia.

Georg se extrañó de lo oscura que estaba la habitación del padre incluso en esta mañana soleada, tal era la sombra que proyectaba la alta pared que se elevaba al otro lado del estrecho patio. El padre estaba sentado ante la ventana, en un rincón adornado con recuerdos de la difunta madre, y leía el periódico, que sostenía de lado ante los ojos, con lo cual intentaba contrarrestar una cierta falta de visión. Sobre la mesa estaban aún los restos del desayuno, del que no parecía haber comido mucho.

-¡Ah Georg! -exclamó el padre, e inmediatamente se dirigió hacia él. Su pesada bata se abría al andar y los bajos revoloteaban a su alrededor.

"Mi padre sigue siendo un gigante", se dijo Georg.

-Esto está insoportablemente oscuro -dijo a continuación.

-Sí, sí que está oscuro -contestó el padre.

-¿También has cerrado la ventana?

-Lo prefiero así.

-Afuera hace bastante calor -dijo Georg como complemento a lo anterior, y se sentó.

El padre retiró la vajilla del desayuno y la colocó sobre una cómoda.

-La verdad es que sólo quería decirte -continuó Georg, que seguía los movimientos del anciano totalmente aturdido- que, por fin, he informado a San Petersburgo de mi compromiso.

Sacó un poco la carta del bolsillo y la dejó caer dentro de nuevo.

-¿Cómo que a San Petersburgo? -preguntó el padre.

-Sí, a mi amigo -dijo Georg, y buscó los ojos del padre.

"En el negocio es completamente distinto", pensó. "¡Cuánto sitio ocupa ahí sentado y cómo se cruza de brazos!"

-Sí, claro, a tu amigo -dijo el padre recalcándolo.

-Ya sabes, padre, que en un principio quería silenciar mi compromiso. Por consideración, por ningún otro motivo. Tú ya sabes que es una persona difícil. Puede enterarse de mi compromiso por otros cauces, me dije, y si bien esto apenas es probable dada su solitaria forma de vida, yo no puedo evitarlo, pero por mí mismo no debe enterarse.

-¿Y ahora has cambiado de opinión? -preguntó el padre.

Puso el periódico en el antepecho de la ventana y sobre el periódico las gafas que tapaba con las manos.

-Sí, ahora he cambiado de opinión. Si verdaderamente se trata de un buen amigo, me he dicho, entonces mi feliz compromiso es también para él motivo de alegría y por eso no he dudado más en comunicárselo. Sin embargo, antes de echar la carta quería decírtelo.

-Georg -dijo el padre, y estiró la boca sin dientes-, escucha por una vez. Has venido a mí por este asunto, para discutirlo conmigo. Esto te honra sin duda alguna, pero no sirve para nada, y menos aún que para nada, si no me dices ahora mismo toda la verdad. No quiero traer a colación cosas que nada tienen que ver con esto. Desde la muerte de nuestra querida madre han ocurrido ciertas cosas desagradables. Quizá también les llegue su turno, y quizá antes de lo que pensamos. En el negocio se me escapan algunas cosas, quizá no se me oculten, ahora no quiero en modo alguno alimentar la sospecha de que se me ocultan, ya no estoy lo suficientemente fuerte, me falla la memoria, ya no puedo abarcar tantas cosas. En primer lugar esto es ley de vida y, en segundo lugar, la muerte de tu madre me ha afligido mucho más que a ti. Pero ya que estamos tratando de este asunto de la carta, te pido, Georg, que no me engañes. Es una pequeñez, no merece la pena, así pues, no me engañes. ¿Tienes de verdad ese amigo en San Petersburgo?

Georg se levantó desconcertado.

-Dejemos en paz a mis amigos. Mil amigos no sustituyen a mi padre. ¿Sabes lo que creo?, que no te cuidas lo suficiente, pero los años exigen sus derechos. En el negocio eres indispensable para mí, bien lo sabes tú, pero si el negocio amenaza tu salud mañana mismo lo cierro para siempre. Esto no puede seguir así. Tenemos que adoptar otro modo de vida para ti, pero desde el principio. Estás sentado aquí en la oscuridad y en el cuarto de estar tendrías buena luz. Tomas un par de bocados del desayuno en lugar de comer como es debido. Estás sentado con las ventanas cerradas y el aire fresco te sentaría bien. ¡No, padre mío! Iré a buscar al médico y seguiremos sus prescripciones Cambiaremos las habitaciones. Tú te trasladarás a la habitación de delante y yo a ésta. No supondrá una alteración para ti, todo se llevará allí Ya habrá tiempo de ello, ahora te acuesto en la cama un poquito, necesitas tranquilidad a toda costa. Vamos, te ayudaré a desnudarte, ya verás cómo sé hacerlo. ¿O prefieres trasladarte inmediatamente a la habitación de delante y allí te acuestas provisionalmente en mi cama? La verdad es que esto sería lo más sensato.

Georg estaba de pie justo al lado de su padre, que había dejado caer sobre el pecho su cabeza de blancos y despeinados cabellos.

-Georg -dijo el padre en voz baja y sin moverse.

Georg se arrodilló inmediatamente junto al padre, vio las enormes pupilas en su cansado rostro dirigidas hacia él desde las comisuras de los ojos.

-No tienes ningún amigo en San Petersburgo. Tú has sido siempre un bromista y tampoco has hecho una excepción conmigo. ¡Cómo ibas a tener un amigo precisamente allí! No puedo creerlo de ninguna manera.

-Padre, haz memoria una vez más -dijo Georg, levantó al padre del sillón y le quitó la bata, estaba allí tan débil-, pronto hará ya tres años que mi amigo estuvo en casa de visita. Recuerdo todavía que no te hacía demasiada gracia. Al menos dos veces te oculté su presencia, a pesar de que en esos momentos se hallaba precisamente en mi habitación. Yo podía comprender bien tu animadversión hacia él, mi amigo tiene sus manías, pero después conversaste agradablemente con él. En aquellos momentos me sentía tan orgulloso de que lo escuchases, asintieses y preguntases... Si haces memoria tienes que acordarte. Él contó entonces historias increíbles de la revolución rusa. Cómo, por ejemplo, en un viaje de negocios a Kiev, había visto en un balcón a un sacerdote que se había cortado una ancha cruz de sangre en la palma de la mano, la levantó e invocó con ella a la multitud. Tú mismo has contado de vez en cuando esta historia.

Mientras tanto Georg había conseguido sentar al padre y quitarle cuidadosamente el pantalón de punto que llevaba encima de los calzoncillos de lino, así como los calcetines. Al ver la ropa, que no estaba precisamente limpia, se hizo reproches por haber descuidado al padre. Seguro que también formaba parte de sus obligaciones el cuidar de que el padre se cambiase de ropa. Todavía no había hablado expresamente con su prometida de cómo iban a organizar el futuro del padre, porque tácitamente habían supuesto que él se quedaría solo en el piso viejo. Sin embargo, ahora se decidió, de repente y con toda firmeza, a llevárselo a su futuro hogar. Bien mirado, casi daba la impresión de que el cuidado que el padre iba a recibir allí podría llegar demasiado tarde.

Llevó al padre en brazos a la cama. Una terrible sensación se apoderó de él cuando, a lo largo de los pocos pasos hasta ella, notó que su padre jugueteaba con la cadena del reloj sobre su pecho. Se agarraba con tal fuerza a la cadena del mismo, que no pudo acostarlo inmediatamente. Apenas se encontró en la cama, todo pareció volver de nuevo a la normalidad. Se tapó solo y se cubrió muy bien los hombros con el cobertor. No miraba a Georg precisamente con hostilidad.

-¿Verdad que ya te acuerdas de él? -preguntó Georg, y asintió con la cabeza haciendo un gesto alentador.

-¿Estoy bien tapado? -preguntó el padre como si no pudiese asegurarse él mismo de que sus pies se encontraban tapados.

-Así es que te gusta estar en la cama -dijo Georg, y colocó mejor el cobertor a su alrededor.

-¿Estoy bien tapado? -preguntó el padre de nuevo, y pareció prestar especial atención a la respuesta.

-Estate tranquilo, estás bien tapado.

-¡No! -gritó el padre de tal forma que la respuesta chocó contra la pregunta, echó hacia atrás el cobertor con una fuerza tal que por un momento quedó extendido en el aire, y se puso de pie sobre la cama. Sólo con una mano se apoyaba ligeramente en el techo.

-Querías taparme, lo sé, retoño mío, pero todavía no estoy tapado, y aunque sea la última fuerza es suficiente para ti, demasiada para ti. ¡Claro que conozco a tu amigo! Sería el hijo que desea mi corazón, por eso también lo has engañado durante todos estos años. ¿Por qué si no? ¿Acaso crees que no he llorado por él? Precisamente por eso te encierras en tu oficina: "el jefe está ocupado, no se le puede molestar". Sólo para poder escribir tus falsas cartitas a Rusia. Pero, afortunadamente, nadie tiene que dar lecciones al padre sobre cómo adivinar las intenciones del hijo. De la misma manera que ahora has creído haberlo subyugado, subyugado de tal forma que podrías sentarte con tu trasero sobre él y él no se movería, en ese momento mi señor hijo ha decidido casarse.

Georg levantó la mirada hacia el espectro de su padre. El amigo de San Petersburgo, a quien de repente el padre conocía tan bien, se apoderaba de él como nunca hasta ahora. Lo vio perdido en la lejana Rusia. Lo vio en la puerta del negocio vacío y desvalijado, entre las ruinas de las estanterías, entre los géneros hechos jirones, entre los tubos de gas que estaban caídos... y él permanecía todavía erguido. ¿Por qué había tenido que irse tan lejos?

-¡Pero mírame -gritó el padre-. Georg corrió, casi distraído, hacia la cama, con la intención de comprenderlo todo, pero se quedó parado a mitad de camino.

-Porque ella se ha levantado las faldas -comenzó a hablar el padre-, porque se ha levantado así las faldas de cerda asquerosa -y para expresarlo plásticamente se levantó el camisón tan alto que se veía sobre el muslo la cicatriz de sus años de guerra-, porque se ha levantado así, y así las faldas, te has acercado a ella y, para poder gozar con ella sin que nadie molestase, has profanado la memoria de nuestra madre, has traicionado al amigo y has metido en la cama a tu padre para que no se pueda mover, pero ¿puede moverse o no?

Permanecía en pie sin apoyo alguno y lanzaba las piernas en todas las direcciones. Sonreía con entusiasmo al comprenderlo todo.

Georg estaba de pie en un rincón lo más lejos posible del padre. Desde hacía un rato había decidido firmemente observarlo todo con exactitud, para no ser indirectamente sorprendido de alguna forma por detrás o desde arriba. Entonces se acordó de nuevo de la decisión, ya hacía rato olvidada, y volvió a olvidarla tan deprisa como se pasa un hilo corto a través del ojo de una aguja.

-No obstante el amigo no ha sido todavía traicionado -gritó el padre, y lo corroboraba su índice movido de acá para allá- yo era su representante en este lugar.

Georg no pudo evitar gritar:

-¡Comediante!

Reconoció inmediatamente el daño y, demasiado tarde, los ojos fijos, se mordió la lengua hasta doblarse de dolor.

-¡Sí, por supuesto que he representado una comedia! ¡Comedia! ¡Buena palabra! ¿Qué otro consuelo le quedaba al anciano padre viudo? Dime, y durante el momento que dure la respuesta sé todavía mi hijo vivo. ¿Qué otra salida me quedaba en mi habitación interior, perseguido por un personal infiel, viejo hasta los huesos? Y mi hijo iba con júbilo por la vida, ultimaba negocios que yo había preparado, se retorcía de la risa y pasaba ante su padre con el reservado rostro de un hombre de honor. ¿Crees tú que yo no te hubiese querido, yo, de quien saliste tú?

"Ahora se inclinará hacia delante", pensó Georg, "¡si se cayese y se estrellase!" Esta palabra le pasó por la cabeza como una centella.

El padre se echó hacia delante, pero no se cayó. Puesto que Georg no se acercaba como había esperado, se irguió de nuevo.

-¡Quédate donde estás, no te necesito! Piensas que tienes todavía la fuerza suficiente para venir aquí, y solamente te contienes porque así lo deseas, ¡No te equivoques! Todavía soy el más fuerte, ¡Yo solo habría tenido quizá que retirarme, pero tu madre me ha dado su fuerza, con tu amigo me alié maravillosamente y a tu clientela la tengo aquí en el bolsillo!

-¡Incluso en el camisón tiene bolsillos! -se dijo Georg, y creyó que con esta observación podría hacerle quedar en ridículo ante todo el mundo. Pensó en esto sólo durante un momento, porque inmediatamente volvía a olvidarlo todo.

-¡Cuélgate del brazo de tu novia y ven hacia mí! ¡La barro de tu lado y no sabes cómo!

Georg hacía muecas como si no pudiese creerlo. El padre sólo asentía con la cabeza, ratificando la verdad de lo que decía y dirigiéndose al rincón en que se encontraba Georg.

-¡Cómo me has divertido hoy cuando has venido y me has preguntado si debías contarle a tu amigo lo del compromiso! ¡Si lo sabe todo, estúpido, lo sabe todo! Yo le escribía porque olvidaste quitarme las cosas para escribir. Por eso ya no viene desde hace años, lo sabe todo cien veces mejor que tú mismo, tus cartas las arruga con la mano izquierda sin haberlas leído, mientras que con la derecha se pone delante mis cartas para leerlas.

De puro entusiasmo agitaba el brazo por encima de la cabeza.

-¡Lo sabe todo mil veces mejor! -gritó.

-Diez mil veces -dijo Georg con la intención de burlarse de su padre, pero todavía en su boca estas palabras adquirieron un tono profundamente serio.

-¡Desde hace años estoy a la espera de que me vengas con esa pregunta! ¿Crees que me preocupa alguna otra cosa? ¿Crees que leo periódicos? ¡Mira! -Y tiró a Georg un periódico que, de alguna forma, había ido a parar a su cama. Un periódico viejo con un nombre que a Georg le era completamente desconocido.

-¡Cuánto tiempo has tardado en llegar a la madurez! Tuvo que morir tu madre, no llegó a ver el día de júbilo. El amigo perece en su Rusia, ya hace tres años estaba amarillo de muerte, y yo, ya ves cómo me va a mí, para eso tienes ojos.

-Entonces me has espiado -gritó Georg.

El padre, en tono compasivo e incidental, dijo:

-Probablemente eso querías haberlo dicho antes, ahora ya no viene a cuento -y en voz más alta-: Ahora ya sabes lo que había además de ti, hasta ahora no sabías más que de ti mismo. Lo cierto es que fuiste un niño inocente, pero aún más ciertamente fuiste un hombre diabólico. Por eso has de saber que yo te condeno a morir ahogado.

Georg se sintió como expulsado de la habitación, el golpe con el que el padre a su espalda había caído sobre la cama resonaba todavía en sus oídos. En la escalera, por cuyos escalones bajaba tan de prisa como si se tratase de una rampa inclinada, sorprendió a la criada que estaba a punto de subir para arreglar el piso.

-¡Jesús! -gritó, y se tapó la cara con el delantal, pero él ya se había ido.

Salió del portal de un salto, el agua lo atraía por encima de la calzada. Ya se asía firmemente a la baranda como un hambriento a la comida. Saltó por encima como el excelente atleta que, para orgullo de sus padres, había sido en sus años juveniles. Todavía seguía sujeto con las manos, débilmente. cuando divisó entre las barras de la baranda un ómnibus que cubriría con facilidad el ruido de su caída. Exclamó en voz baja: "Queridos padres, a pesar de todo siempre los he querido", y se dejó caer.

En ese momento atravesaba el puente un tráfico verdaderamente interminable.

domingo, 5 de mayo de 2013

Gerardo Diego - Mujer de ausencia

Mujer de ausencia
por Gerardo Diego



Mujer de ausencia,
escultura de música en el tiempo.
Cuando modelo el busto
faltan los pies y el rostro se deshizo.
Ni el retrato me fija con su química
el momento justo.
Es un silencio muerto
en la infinita melodía.
Mujer de ausencia, estatua
de sal que se disuelve, y la tortura
de forma sin materia.

sábado, 4 de mayo de 2013

Leopoldo María Panero - La alucinación de una mano o la esperanza póstuma y absurda en la caridad de la noche (1979)

La alucinación de una mano o la esperanza póstuma y absurda en la caridad de la noche
por Leopoldo María Panero




A Isa-belle Bonet 

«Todo el bienestar del mundo 
lo encuentro en Suleika 
cuando la achucho un poco 
me siento digno de mí mismo; 
si me dejara -perdería los ojos.» 

(Goethe) 



Una mujer se acercó a mí y en sus ojos
vi todos mis amores derruidos
y me asombró que alguien amase aún el cadáver,
alguien como esa mujer cuyo susurro
repetía en la noche el eco de todos mis amores aplastados
y me asombró que alguien lamiese en las costras todavía
tercamente la sustancia que fue oro,
aquello que el tiempo purificó en nada.

Y la vi como quien ve sin creerla
en el desierto la sombra de un agua,
la amé sin atreverme a creerlo.

Y la ofrecí entonces mi cerebro desnudo,
obsceno como un sapo, obsceno como la vida,
como la paz que para nada sirve
animándola a que día tras día lo tocase
suavemente con su lengua repitiendo
así una ceremonia cuyo sentido único
es que olvidarlo es sagrado.

viernes, 3 de mayo de 2013

Vladimir Maiakovski - Amo

Amo
por Vladimir Maiakovski




1. COMUNMENTE ES ASÍ

El amor le es dado a cualquiera
pero...
entre el empleo,
el dinero y demás,
día tras día,
endurece el subsuelo del corazón.

Sobre el corazón llevamos el cuerpo,
sobre el cuerpo la camisa,
pero esto es poco.

Sólo el idiota,
se pone los puños,
y el pecho lo cubre de almidón.

De viejos se arrepienten.

La mujer se maquilla.

El hombre hace ejercicios con sistema Müller,
pero ya es tarde.

La piel multiplica sus arrugas.

El amor florece,
florece,
y después se deshoja.



2. DE NIÑO

Yo fui agraciado en el amor, sin límites.

Pero de niño,
la gente preocupada, trabaja.

Y yo,
escapaba a las orillas del río Rión,
y vagaba sin hacer nada.

Se enojaba mi madre:
"¡Chiquillo maldito!"

Mi padre me amenazaba con el cinturón.

Pero yo,
me ganaba tres rublos falsos
y jugaba con los soldados bajo las tapias.

Sin el peso de la camisa,
sin el peso de los botines,
daba vueltas
y me quemaba bajo el sol de Kutaís,
hasta que me daban puntadas al corazón.

El sol se asombraba:
"Apenas se ve
y también tiene corazón
se empeña el chiquillo."

¿Cómo es que cabe en este pedazo de un metro,
el río,
yo,
y las kilométricas cumbres?



3. ADOLESCENTE

La juventud tiene mil ocupaciones.

Estudiamos gramática hasta atontarnos.

A mí,
me echaron del quinto año,
y fui a apolillar a las cárceles de Moscú.

En nuestro pequeño mundo doméstico,
para las camas aparecen poetas de pelo rizado.

¿Qué saben estos líricos anémicos?

A mí, pues,
me enseñaron a amar en la cárcel.

¿Qué vale comparado con esto,
la tristeza del bosque de Boulogne?

¿Qué vale comparado con esto,
los suspiros ante un paisaje de mar?

Yo, pues,
me enamoré de la ventanilla de la cámara 103,
de la "oficina de pompas fúnebres".

Hay gente que mira al sol todos los días
y se enorgullece.
"No valen mucho sus rayos" -dicen.

Pero yo,
entonces,
por un rayito de sol amarillo,
reflejado sobre mi pared,
hubiera dado todo un mundo.



4. MI UNIVERSIDAD

¿Sabe francés,
restar,
multiplicar?

¡Declina maravillosamente!

¡Que decline!

Pero, oiga,

¿Acaso usted podría cantar en dúo,
con los edificios?

¿Usted acaso comprende
el idioma de los tranvías?

El hombre, a veces,
apenas sale del cascarón
y ya lleva  libros bajo el brazo,
y cuadernos escritos.

Yo,
aprendí el alfabeto en los letreros,
hojeando páginas de estaño y hierro.

Los maestros,
toman la tierra,
la descarnan,
la destrozan,
y enseñan:
-Toda ella
no es más que un globo pequeño, redondo.

Pero yo,
con los codos aprendí geografía.

No en vano he dormido tanto sobre la tierra.

Los historiadores se atormentan con importantes preguntas:
-¿Era o no roja la barba de Barbarosa?

¡Que sea!

No me gusta meterme en las mentiras con telaraña.

Yo conozco de Moscú, cualquiera de sus historias.

Hablan de Dobroliúbov (para que lo odien)
pero su apellido está en contra,
protesta la familia.

Yo,
desde niño,
aprendí a odiar a los gordos,
a los que se venden por una comida.

Se sientan,
charlan,
y para gustarle a la dama,
hacen sonar sus pobres ideas
con sus frentes llenas de monedas.

Yo,
dialogaba sólo con los edificios,
y las tomas de agua, eran mis interlocutoras,
con la ventana del oído atento escuchando,
los techos oían lo que les arrojaba al oído.

Y luego,
de noche,
sobre una cosa
o la otra
nos pasábamos charlando,
moviendo la "sinhueso".



5. ADULTO

Los mayores tienen asuntos.

Los rubios tienen bolsillos.

¿Amar?

Por favor,
por cien rublos.

Y yo,
sin casa y sin techo,
las manzanas metidas en los bolsillos rotos,
vagaba asombrado.

Si es de noche,
se ponen los mejores trajes,
descansan el alma sobre viudas o casadas.

A mí
Moscú, me ahogaba de abrazos,
con sus anillos infinitos de plazas.

En los corazones,
suena el reloj de los amantes.

Se exaltan las parejas en el lecho de amor.
Y yo,

buscaba enloquecido,
el pulso salvaje de la ciudad
acostándome con "La Pasión" de sus plazas.

¡Entrad pasiones!

¡Trepad con amor!

¡Desde hoy no soy dueño del corazón!

En los demás -yo sé-,
el corazón está en casa,
en el pecho,
lo sabe cualquiera.

Conmigo,
se volvió loca la anatomía,
soy todo corazón,
y palpita en todas partes.

¡Oh! Cuántas primaveras tuve
en veinte años encendidos y plenos.

El corazón tiene su apéndice,
y su carga sin gastar,
es simplemente insoportable.

Insoportable,
no para el verso,
de verdad.



6. LO QUE RESULTÓ

Más de lo que se puede,
más de lo que hace falta,
como si colgara de mí,
un delirio poético.

El apéndice del corazón creció agigantado.

Una mole de amor,
una mole de odio.

Debajo del peso -las piernas-, tambaleando se mueven.

Tú sabes,
yo estoy bien formado,
y sin embargo,
cargo el complemento del corazón,
encorvado de hombros,
y me hincho de leche de versos
y no puedo irme,
a donde,
total igual me lleno de nuevo.

Estoy lánguido de lirismo.

¡Oh nodriza del mundo,
hipérbole,
imagen de Maupassant!



7. LLAMADO

Lo levanté como un atleta
lo llevé como un acróbata,
como a los electores los llevan al mitin,
como en las aldeas llaman a rebato los días de incendio.

Yo llamaba:
"Aquí está,
aquí,
tomadlo".

Cuando esta mole gemía,
sin notar el polvo o el barro,
las damas se apartaban de mí como locas.

-"A nosotras, más chico.
A nosotras, algo así como un tango..."

No puedo llevarlo,
y cargo mi peso.

Quiero arrojarlo
-y sé-
no lo haré.

No resisten los arcos de mis costillas,
mi profundo jadeo.

El pecho rechina
bajo el empuje de mis pujos ardientes.



8.

Entraste.

En serio miraste.

La estatura,
el bramido
sencillamente examinaste,
-un chiquillo.

Tomaste,
sacaste el corazón,
y sencillamente te fuiste con él a jugar,
como una niña juega con su pelota.

Y todas,
como si vieran milagros
exclamaron -damas y señoritas:
-¿A ese, amarlo?

Si se echa encima,
hace falta una domadora.

¡Debe ser de una jaula!

Y yo, de júbilo
-perdí el yugo.

Y de alegría,
olvidándome de mí mismo
saltaba,
-como en casamiento de indio-,
tan alegre, y bien me sentía.



9. IMPOSIBLE

Solo no podré llevar el piano,
y menos aún la caja de hierro.

Si no fuera la caja,
y el piano,
mi corazón lo llevaría de vuelta.

"Los banqueros saben:
somos ricos sin límites,
nos faltan bolsillos-,
guardamos en la caja de hierro".

Mi amor, por ti,
es un tesoro,
y lo guardo en mi caja de hierro,
y como un Creso ando contento.

Y sólo cuando tengo muchas ganas,
saco una sonrisa,
o menos,
y emborrachándome con otros,
gasto a media noche,
unos quince rublos de lirismo en moneda.




10. Y ASÍ PASA CONMIGO

Las escuadras,
también acuden a las bahías.

El tren,
también se apresura hacia las estaciones.

Y yo, se comprende
-si yo te amo-
voy hacia ti
pues me atraes,
me enloqueces.

Como se apea "El caballero avaro" de Pushkin,
encantado hurgando su sótano,
así yo,
vuelvo hacia ti, amada,
con mi corazón encantado.

Y a casa vuelvo contento,
como ustedes vuelven
y se quitan la roña, lavándose y afeitándose.
Así vuelvo hacia ti.

¿Acaso,
yendo hacia ti no vuelvo a mi casa?

A los terrenales los recibe la tierra
-siempre volvemos a nuestros deseos.

Así yo,
hacia ti siempre me inclino,
apenas nos separamos,
nos vimos apenas.



11. DEDUCCIÓN

No acabarán el amor,
ni la riña,
ni la distancia.

Pensado,
probado,
verificado.

Levanto solemne
el verso de mil dedos-estrofas.

Juro, amo,
fiel y seguro.

jueves, 2 de mayo de 2013

Emil Cioran - Retrato del hombre civilizado

Retrato del hombre civilizado
por Emil Cioran






El encarnizamiento por borrar del paisaje humano lo irregular, lo imprevisto y lo deforme, linda con la indecencia. Sin duda es deplorable que todavía devoren en ciertas tribus a los ancianos estorbosos; sin embargo, no hay que olvidar que el canibalismo representa, tanto un modelo de economía cerrada, como una costumbre que, algún día, seducirá al atestado planeta, y a pesar de que se persiga sin piedad a los antropófagos, no me conmueve que vivan en el terror y que terminen por desaparecer, minoría ya de por sí, desprovista de confianza en sí misma, incapaz de abogar por su propia causa. Distinta en extremo me parece la situación de los analfabetos, considerable masa apegada a sus tradiciones y privaciones y a la que se castiga con una injustificable virulencia. Pues, a fin de cuentas, ¿es un mal no saber leer ni escribir? Francamente no lo creo. E incluso pienso que deberemos vestir luto por el hombre cuando desaparezca el último iletrado.

El interés de los hombres civilizados por los pueblos que se llaman atrasados, es muy sospechoso. Incapaz de soportarse más a sí mismo, el hombre civilizado descarga sobre esos pueblos el excedente de males que lo agobian, los incita a compartir sus miserias, los conjura para que afronten un destino que él ya no puede afrontar solo. A fuerza de considerar la suerte que han tenido de no "evolucionar", experimenta hacia ellos los resentimientos de un audaz desconcertado y falto de equilibrio. ¿Con qué derecho permanecen aparte, fuera del proceso de degradación al cual él se encuentra sometido desde hace tanto tiempo sin poder liberarse? La civilización, su obra, su locura, le parece un castigo que pretende infligir a aquellos que han permanecido fuera de ella. "Vengan a compartir mis calamidades; solidarícense con mi infierno", es el sentido de su solicitud, es el fondo de su indiscreción y de su celo. Excedido por sus taras y, más aún, por sus "luces", sólo descansa cuando logra imponérselas a los que están felizmente exentos. El hombre civilizado ya procedía así incluso en la época en que no era ni tan "ilustrado" ni estaba tan harto, sino entregado a la avaricia y a su sed de aventuras y de infamias. Los españoles, por ejemplo, en la cúspide de su carrera, debieron sentirse tan oprimidos por las exigencias de su fe y los rigores de la Iglesia, que se vengaron de ellos mediante la Conquista. 

¿Alguien trata de convertir a otro? No será jamás para salvarlo, sino para obligarlo a padecer, para exponerlo a las mismas pruebas por las que atravesó el impaciente convertidor: ¿vigilia, plegaria tormento? Pues que al otro le ocurra lo mismo, que suspire, que aúlle, que se debata en medio de iguales torturas. La intolerancia es propia de espíritus devastados cuya fe se reduce a un suplicio más o menos buscado que desearían ver generalizado, instituido. La felicidad del prójimo no ha sido nunca ni un móvil ni un principio de acción, y sólo se la invoca para alimentar la buena conciencia y cubrirse de nobles pretextos: el impulso que nos guía y que precipita la ejecución de cualquiera de nuestros actos, es casi siempre inconfesable. Nadie salva a nadie; no se salva uno más que a sí mismo, aunque se disfrace con convicciones la desgracia que se quiere otorgar. Por mucho prestigio que tengan las apariencias, el proselitismo deriva de una generosidad dudosa, en sus efectos que una abierta agresividad. Nadie está dispuesto a soportar solo la disciplina que ha asumido ni el yugo que ha aceptado. La venganza asoma bajo la alegría del misionero y del apóstol. Su aplicación en convertir no es para liberar sino para convertir. 

En cuanto alguien se deja envolver por una certeza, envidia en otros las opiniones flotantes, su resistencia a los dogmas y a los slogans, su dichosa incapacidad de atrincherarse en ellos. Se avergüenza secretamente de pertenecer a una secta o a un partido, de poseer una verdad y de haber sido su esclavo, y así, no odiará a sus enemigos declarados, a los que enarbolan otra verdad, sino al Indiferente culpable de no perseguir ninguna. Y si para huir de la esclavitud en que se encuentra, el Indiferente busca refugio en el capricho o en lo aproximado, hará todo lo posible por impedírselo, por obligarlo a una esclavitud similar, idéntica a la suya. El fenómeno es tan universal que sobrepasa el ámbito de las certezas para englobar el del renombre. Las Letras, como era de esperarse, proporcionarán la penosa ilustración. ¿Qué escritor que goce de una cierta notoriedad no acaba por sufrir a causa de ella, por experimentar el malestar de ser conocido o comprendido, de tener un público, por restringido que sea? Envidioso de los amigos que se pavonean en la comodidad del anonimato, se esforzará por sacarlos de él, por turbar su apacible orgullo con el fin de que también ellos experimenten las mortificaciones y ansiedades del éxito. Para alcanzarlo, cualquier maniobra le parecerá legítima, y a partir de entonces su vida se convierte en una pesadilla. Los aguijonea, los obliga a producir y a exhibirse, contraría sus aspiraciones a una gloria clandestina, sueño supremo de los delicados y de los abúlicos. Escriban, publiquen, les repite con rabia, con impudicia. Y los desgraciados se empeñan en ello sin pensar en lo que les aguarda. Sólo el escritor famoso lo sabe. Los espía, pondera sus tímidas divagaciones violencia y desmesura, con un calor furibundo, y, para precipitarlos en el abismo de la actualidad, les encuentra o les inventa admiradores o discípulos, o una turba de lectores, asesinos omnipresentes e invisibles. Perpetrado el crimen, se tranquiliza y se eclipsa, colmado por' el espectáculo de sus protegidos presa de los mismos tormentos y vergüenzas que él, vergüenzas y tormentos resumidos en la fórmula de no recuerdo qué escritor ruso: "Se podría perder la razón ante la sola idea de ser leído". 

Así como el autor atacado contaminado por la celebridad se esfuerza por contagiar a los que no la han alcanzado, así el hombre civilizado, víctima de una conciencia exacerbada, se esfuerza por comunicar sus angustias a los pueblos refractarios a sus divisiones internas, pues ¿cómo aceptar que las rechacen, que no sientan ninguna curiosidad por ellas? No desdeñará entonces ningún artificio para doblegarlos, para hacerlos que se parezcan a él y que recorran su mismo calvario: los maravillará con los prestigios de su civilización que les impedirán discernir lo que podría tener de bueno y lo que tiene de malo. Y sólo imitarán sus aspectos nocivos, todo lo que hace de ella un azote concertado y metódico. ¿Esos pueblos eran inofensivos y perezosos? Pues desde ahora querrán ser fuertes y amenazadores para satisfacción de su bienhechor que se interesará en ellos y les brindará "asistencia", satisfecho al contemplar cómo se enredan en los mismos problemas que él y cómo se encaminan hacia la misma fatalidad. Volverlos complicados, obsesivos, locos. Su joven fervor por los instrumentos y el lujo, por las mentiras de la técnica, le asegura al civilizado que ya se convirtieron en unos condenados, en compañeros de su mismo infortunio, capaces de asistirlo ahora a él, de cargar sobre sus hombros una parte del peso agobiante, o, al menos, de cargar uno tan pesado como el suyo. A eso llama "promoción", palabra escogida para disfrazar su perfidia y sus llagas. 

Ya sólo encontramos restos de humanidad en los pueblos que, distanciados de la historia, no tienen ninguna prisa por alcanzarla. A la retaguardia de las naciones, no tocados por la tentación del proyecto, cultivan sus virtudes anticuadas, se afanan por permanecer fuera de época. Son "retrógrados", no cabe duda, y permanecerían gustosos en su estancamiento si tuvieran los medios para hacerlo. Pero el hábil complot que los "avanzados" traman contra ellos no se lo permite. Una vez desencadenado el proceso de degradación, furiosos por no haber podido oponerse a él, se dedicarán, con el desenfado de los neófitos, a acelerar su curso, a provocar el horror, según la ley que hace que prevalezca siempre el nuevo mal sobre el antiguo bien. y querrán ponerse al día aunque sólo sea para demostrar a los otros que también ellos saben lo que es caer, y que incluso pueden, en materia de decadencia, sobrepasarlos. ¿De qué sirve asombrarse o quejarse? ¿No están los simulacros por encima de la esencia, la trepidación por encima del reposo? ¿Acaso no se diría que asistimos a la agonía de lo indestructible? Cualquier paso adelante, cualquier forma de dinamismo lleva consigo algo de satánico: el "progreso" es el equivalente moderno de la Caída, la versión profana de la condenación, y los que creen en él son sus promotores. Y todos nosotros no somos más que réprobos en marcha, predestinados a lo inmundo, a esas máquinas, a esas ciudades que únicamente un desastre exhaustivo podría suprimir. Esa sería la oportunidad de demostrar cuán útiles son nuestros inventos, y rehabilitarlos. 

Si el "progreso" es un mal tan grande, ¿cómo es posible que no hagamos nada para desembarazarnos de él? ¿Lo deseamos realmente? En nuestra perversidad es lo "máximo" que perseguimos y deseamos: búsqueda nefasta, contraria en todo punto a nuestra dicha. Uno no avanza ni se "perfecciona" impunemente. Sabemos que el movimiento es una herejía, y por eso mismo nos atrae y nos lanzamos en él, depravados irremediablemente, prefiriéndolo a la ortodoxia de la quietud. Estábamos hechos para vegetar, para florecer en la inercia, y no para perdernos en la velocidad y en la higiene responsable de la abundancia de esos seres desencarnados y asépticos, de ese hormigueo de fantasmas donde todo bulle y nada está vivo. Al organismo le es indispensable una cierta dosis de mugre (fisiología y suciedad son términos intercambiables), por ello la perspectiva de una higiene a escala universal inspira legítimas aprehensiones. Debimos conformarnos, piojosos y serenos, con la compañía de las bestias, estancarnos a su lado durante algunos milenios más, respirar el olor de los establos y no el de los laboratorios, morir de nuestras enfermedades y no de nuestros remedios, dar vueltas alrededor de nuestro vacío y hundirnos en él suavemente. Hemos sustituido la ausencia, que debió haber sido una tarea y una obsesión, por el acontecimiento, y todo acontecimiento nos mancha y nos corroe puesto que surge a expensas de nuestro equilibrio y de nuestra duración. Mientras más se reduce nuestro futuro, más nos dejamos sumergir por lo que nos arruina. Estamos tan intoxicados con la civilización, nuestra droga, que nuestro apego a ella presenta todos los síntomas de una adicción, mezcla de éxtasis y de odio. Tal como van las cosas, no hay duda de que acabará con nosotros, y ya no podemos renunciar a ella, o liberarnos, hoy menos que nunca. ¿Quién vendrá en nuestra ayuda? ¿Un Antistenes, un Epicuro, un Crisipo que ya encontraban demasiado complicadas las costumbres antiguas? ¿Qué pensarían de las nuestras, y quién de ellos, transportado a nuestras metrópolis, tendría suficiente temple como para conservar su serenidad? Más sanos y más equilibrados en todos los aspectos, los antiguos podrían haber prescindido de una sabiduría que, no obstante, elaboraron: lo que nos descalifica para siempre es que a nosotros ni nos importa ni tenemos la capacidad para elaborar una. ¿Acaso no es significativo que entre los modernos el primero en denunciar con vigor los estragos de la civilización, por amor a la naturaleza, haya sido lo contrario de un sabio? Le debemos el diagnóstico de nuestro mal a un insensato, más marcado que cualquiera de nosotros, un maniático comprobado, precursor y modelo de nuestros delirios. y no menos significativo me parece el reciente acontecimiento del psicoanálisis, terapéutica sádica, preocupada más por irritar nuestros males que por calmarlos, y singularmente experta en el arte de sustituir nuestros ingenuos malestares por malestares alambicados. 

Cualquier necesidad, al dirigirse hacia la superficie de la vida para escamoteamos las profundidades, le confiere un precio a lo que no tiene ni sabría tenerlo. La civilización, con todo su aparato, está fundamentada en nuestra propensión a lo irreal y a lo inútil. Si consintiéramos en reducir nuestras necesidades, en no satisfacer más que las indispensables, ésta se hundiría de inmediato. Así, para durar, se reduce a crearnos siempre nuevas necesidades, multiplicándolas sin descanso, pues la práctica general de la ataraxia le traería consecuencias más graves que las de una guerra de destrucción total. La civilización, al agregarle a los inconvenientes fatales de la naturaleza los inconvenientes gratuitos, nos obliga a sufrir doblemente, diversifica nuestros tormentos y refuerza nuestras desgracias. y que no vengan a machacarnos que ella nos ha curado del miedo. De hecho, la correlación es evidente entre la multiplicación de nuestras necesidades y el acrecentamiento de nuestros terrores. Nuestros deseos, fuente de nuestras necesidades, suscitan en nosotros una constante inquietud, intolerable de una manera muy diferente al escalofrío que se siente ante algún peligro de la naturaleza. Ya no temblamos a ratos, temblamos sin parar. ¿Qué hemos ganado con trocar miedo por ansiedad? ¿Y quién no escogería entre un pánico instantáneo y otro difuso y permanente? La seguridad que nos envanece disimula una agitación ininterrumpida que envenena nuestros instantes, los presentes y los futuros, haciéndolos inconcebibles. Feliz aquel que no resiente ningún deseo, deseo que se confunde con nuestros terrores. Uno engendra a los otros en una sucesión tan lamentable como malsana. Esforcémonos mejor en aguantar el mundo y en considerar cada impresión que recibimos como una impresión impuesta que no nos concierne que soportamos como si no fuera nuestra. "Nada de lo que sucede me concierne, nada es mío", dice el Yo cuando se convence de que no es de aquí, que se ha equivocado de universo y que su elección se sitúa entre la impasibilidad y la impostura. 

Resultado de las apariencias, cada deseo, al hacernos dar un paso fuera de nuestra esencia, nos ata a un nuevo objeto limita nuestro horizonte. Sin embargo, a medida que se exaspera, el deseo nos permite entender esa sed mórbida de la que emana. Si deja de ser natural y nace de nuestra condición de civilizados, es impuro y perturba y mancha nuestra sustancia. Es vicio todo lo que se agrega a nuestros imperativos profundos, todo lo que nos deforma y perturba sin necesidad. Hasta la risa y la sonrisa son vicios. En cambio, es virtud lo que nos induce a vivir a contra corriente de nuestra civilización, lo que nos invita a comprometer y a sabotear su marcha. En cuanto a la felicidad -si es que esta palabra tiene un sentido-, consiste en la aspiración a lo mínimo y a la ineficacia, en el más acá erigido en hipóstasis. Nuestro único recurso: renunciar, no sólo al fruto de nuestros actos, sino a los actos mismos, constreñirse a la improducción, dejar inexploradas una buena parte de nuestras energías y de nuestras oportunidades. Culpables de querer realizarnos más allá de nuestras capacidades y de nuestros méritos, fracasados por ineptos para el verdadero cumplimiento, nulos a fuerza de tensión, grandes por agotamiento, por la dilapidación de nuestros recursos, nos prodigamos sin tener en cuenta nuestras posibilidades y nuestros límites. De ahí nuestro hastío, agravado por los mismos esfuerzos que hemos desplegado para acostumbrarnos a la civilización, a todo lo que implica de corrupción tardía. Que también la naturaleza esté corrompida es algo que no negamos; pero esta corrupción sin fecha es un mal inmemorial e inevitable al que nos hemos acostumbrado, mientras que el de la civilización viene de nuestras obras o dc nuestros caprichos, y tanto más agobiante cuanto que nos parece fortuito, marcado por la opción o la fantasía, por una fatalidad premeditada o arbitraria. Con razón o sin ella, creemos que este mal pudo no surgir, que dependía de nosotros el que no se produjera. Lo que acaba por hacérnoslo más odioso de lo que es. Nos descorazona tener que soportarlo y enfrentar sus sutiles miserias cuando pudimos habernos contentado con aquellas útiles miserias vulgares, pero soportables, con las que la naturaleza nos ha dotado ampliamente. 

Si pudiéramos abstenernos de desear, de inmediato estaríamos a salvo de un destino; con el sacrificio de nuestra identidad, reacios a amalgamarnos al mundo, superiores a los seres, a las cosas, a nosotros mismos, obtendríamos la libertad, inseparable de un entrenamiento de anonimato y de abdicación. "Soy nadie, he vencido mi nombre", exclama aquel que, no queriendo rebajarse a dejar huella, trata de conformarse a la prescripción de Epicuro: "Esconde tu vida". Siempre regresamos a los antiguos cuando se trata de ese arte de vivir cuyo secreto hemos perdido en dos mil años de sobre naturaleza y de caridad compulsiva. Regresamos a la ponderación antigua en cuanto decae el frenesí que el cristianismo nos ha inculcado; la curiosidad que despiertan los sabios antiguos corresponde a una disminución de nuestra fiebre, a un regreso hacia la salud. Y volvemos a ellos porque el intervalo que nos separa del universo es más vasto que el universo mismo y, por ello, nos proponen una forma de desapego que inútilmente buscaríamos en los santos. 

Al transformarnos en frenéticos, el cristianismo nos preparaba, a pesar de sí mismo, a engendrar una civilización de la que él es víctima: ¿acaso no creó en nosotros demasiadas necesidades, demasiadas exigencias? Necesidades y exigencias interiores en su inicio, que iban a degradarse y a volverse exteriores, así como el fervor del que emanaban tantas plegarias suspendidas bruscamente, y que, al no poder ni desvanecerse ni quedar sin empleo, se puso al servicio de dioses de recambio forjando símbolos a la medida de su nulidad. Estamos entregados a una falsificación de infinito, a un absoluto sin dimensión metafísica, sumergidos en la velocidad a falta de estarlo en el éxtasis. Esa chatarra jadeante, réplica de nuestra inquietud, yesos espectros que la conducen, ese desfile de autómatas, esa procesión de alucinados, ¿a dónde van, qué buscan?, ¿qué espíritu de demencia los impulsa? Cada vez que estoy a punto de absolver a los hombres civilizados, cada vez que tengo dudas sobre la legitimidad de la aversión o del terror que me inspiran, me basta con pensar en las carreteras campestres de un día domingo para que la imagen de esa gusanera motorizada me reafirme en mi asco o en mis temores. En medio de esos paralíticos al volante que han abolido el uso de las piernas, el caminante parece un excéntrico o un proscrito: pronto será visto como un monstruo. No más contacto con el suelo: todo lo que en él se hunde se nos ha vuelto extraño e incomprensible. Desarraigados, incapaces de congeniar con el polvo o con el lodo, hemos logrado la hazaña de romper, no sólo con la intimidad de las cosas, sino con su misma superficie. En este punto la civilización aparecería como un pacto con el diablo, si es que el hombre tuviera todavía un alma que vender. 

¿Es realmente para ganar tiempo que se inventaron esos aparatos? Más desprovisto, más desheredado que el troglodita, el hombre civilizado no tiene un instante para sí; incluso sus ocios son enfebrecidos o agobiantes: un presidiario con licencia que sucumbe en el aburrimiento de no hacer nada y en la pesadilla de las playas. Cuando se han recorrido comarcas donde el ocio es de rigor y donde todos lo ejercen, se adapta uno mal a un mundo donde nadie lo conoce ni sabe gozarlo, donde nadie respira. El ser esclavizado por las horas, ¿es todavía un ser humano? ¿Tiene derecho a llamarse libre cuando sabemos que se ha sacudido todas las esclavitudes salvo la esencial? A merced del tiempo que alimenta y nutre con su propia sustancia, el hombre civilizado se extenúa y debilita para asegurar la prosperidad de un parásito o de un tirano. Calculador a pesar de su locura, se imagina que sus preocupaciones y problemas aminorarían si pudiera "programárselos" a pueblos "subdesarrollados" a los que le reprocha no entrar "al aro", es decir, al vértigo. Para mejor precipitarlos en él, les inyectará el veneno de la ansiedad y no los dejará en paz hasta que observe en ellos los mismos síntomas de ajetreo. Con el fin de realizar su sueño de una humanidad sin aliento, perdida y atada al reloj, recorrerá los continentes, siempre en busca de nuevas víctimas sobre quienes verter el excedente de su febrilidad y de sus tinieblas. Mirándolo se adivina la verdadera naturaleza del infierno: ¿acaso no es ahí el lugar donde el tiempo es condena eterna? 

De nada sirve someter al universo y apropiárnoslo: mientras no hayamos triunfado sobre el tiempo, seguiremos siendo esclavos. Ahora bien, esa victoria se adquiere merced a la renuncia, virtud hacia la que nuestras conquistas nos vuelven particularmente ineptos, de manera que, mientras más numerosas son, más se intensifica nuestra sujeción. La civilización nos enseña cómo apoderarnos de las cosas, cuando debería iniciarnos en el arte de despojarnos de ellas, pues no hay libertad ni "verdadera vida" si no se aprende a renunciar. Me apodero de un objeto, me considero su dueño, y, de hecho, sólo soy su esclavo, como también soy esclavo del instrumento que fabrico y manejo. No hay nueva adquisición que no signifique una cadena más, ni hay factor de poder que no sea causante de debilidad. Hasta nuestros dones contribuyen a encadenarnos; el espíritu que se eleva por encima de los demás es menos libre: confinado en sus facultades y en sus ambiciones, prisionero de sus talentos, los cultiva a sus expensas, los hace valer a costa de su salvación. Nadie se libera si se obliga a ser alguien o algo. Todo lo que poseemos o producimos, todo lo que se sobrepone a nuestro ser, nos desnaturaliza y ahoga. y qué error, qué herida haberle adjudicado la existencia a nuestro mismo ser cuando hubiéramos podido, inmaculados, preservarlo en lo virtual y en lo invulnerable. Nadie se cura del mal de nacer, plaga capital si es que existe una. Y aceptamos la vida y soportamos todas sus pruebas sólo porque tenemos la esperanza de curarnos algún día. Los años pasan, la llaga permanece. 

Mientras más se diferencia y complica la civilización, más maldecimos los lazos que nos atan a ella. Según Solovieiv, la civilización llegará a su fin (que será, según el filósofo ruso, el fin de todo) en la plenitud del "siglo más refinado". Lo cierto es que nunca estuvo tan amenazada ni fue tan odiada como en los momentos en que parecía mejor establecida, según atestiguan los ataques, en pleno Siglo de las Luces, contra sus costumbres y prestigios, contra todas las conquistas que la enorgullecían. "En los siglos cultos se convierte en una especie de religión adorar lo que se admiraba en los siglos vulgares", anota Voltaire, no muy apto para comprender las razones de tal entusiasmo. En todo caso, fue en la época de los salones cuando el "retorno a la naturaleza" se impuso, igual como la ataraxia sólo podía ser concebida en un tiempo en que, cansados de divagaciones y de sistemas, los espíritus preferían las delicias de un jardín a las controversias del ágora. La búsqueda de la sabiduría proviene siempre de una civilización harta de sí misma. Cosa curiosa: nos es difícil imaginar el proceso que llevó al mundo antiguo a la saciedad, el objeto ideal de nuestras nostalgias. Por lo demás, comparado al innombrable hoy, cualquier época nos parece bendita. Al apartarnos de nuestro verdadero destino, tramos, si es que no estamos ya en él, en el siglo final, en ese siglo refinado por excelencia (complicado hubiera sido el adjetivo exacto) que será necesariamente en el que, a todos los niveles, nos encontraremos en la antípoda de lo que deberíamos haber sido. 

Los males inscritos en nuestra condición son superiores a los bienes; e incluso si se equilibraran, nuestros problemas no estarían resueltos. Tal y como sugiere la civilización, estamos aquí para debatirnos con la vida y la muerte, y no para esquivarlas. Y aunque la civilización consiguiera, secundada por la inútil ciencia, eliminar todos los azotes, o, para engatusarnos, empresa de disimulo, de encubrimiento de lo insoluble, nos prometiera otros planetas a guisa de recompensa, sólo lograría acrecentar nuestra desconfianza y nuestra desesperación. Mientras más se agita y se pavonea, más envidiamos las edades que tuvieron el privilegio de ignorar las facilidades y las maravillas con que nos gratifica sin cesar. "Con un poco de pan, de cebada y de agua, se puede ser tan feliz como Júpiter", repetía el sabio que nos conminaba a esconder nuestra vida. ¿Es manía citarlo siempre? ¿Y a quién dirigirse entonces, a quién pedir consejo? ¿A nuestros contemporáneos?, esos indiscretos, esos intranquilos culpables de habernos convertido, al deificar las confesiones, el apetito y el esfuerzo, en unos fantasmas líricos, insaciables y extenuados. Lo único que excusa su furia es que no se derive de un nuevo instinto, ni de un impulso sincero, sino del pánico ante un horizonte cerrado. Muchos de nuestros filósofos que se asoman, aterrados, al porvenir, no son más que los intérpretes de una humanidad que, sintiendo que los instantes se le escapan, trata de no pensar en ello -sin dejar de pensar. Sus sistemas ofrecen la imagen y el desenvolvimiento discursivo de esa obsesión. Lo mismo ocurre con la Historia, quien solicita su interés cuando ya el hombre tiene todas las razones para dudar que aún le pertenezca y siga siendo su agente. De hecho todo ocurre como si, escapándosele, la Historia, él comenzara una carrera no histórica, breve y convulsionada, que relegaría a nivel de tonterías las calamidades que hasta ahora lo enorgullecían tanto. Su dosis de ser se adelgaza a cada paso que avanza. Sólo existimos gracias al retroceso, gracias a la distancia que mantenemos entre las cosas y nosotros mismos. Moverse es entregarse a lo falso y a lo ficticio, es practicar una discriminación abusiva entre lo posible y lo fúnebre. Al grado de movilidad que hemos llegado, ya no somos dueños ni de nuestros gestos ni de nuestra suerte. Seguramente nos preside una providencia negativa cuyos designios, a medida que nos aproximamos de nuestro se hacen cada vez más impenetrables pero que se develarían sin esfuerzo ante cualquiera que solamente quisiera detenerse y salir de su papel para contemplar, aunque fuera por un instante, el espectáculo de esa trágica horda sin aliento a la cual pertenece. 

Y, pensándolo bien, el siglo final no será el más refinado, ni siquiera el más complicado, sino el más apresurado, aquel en que, disuelto el ser en el movimiento, la civilización, en un supremo ímpetu hacia lo peor, se desmenuzará en el torbellino que suscitó. Y puesto que nada puede impedirle ya que se hunda él, renunciemos a ejercer nuestras virtudes en su contra, sepamos distinguir, incluso en los excesos en los que se complace, algo exaltante que nos invite a moderar nuestras indignaciones y a revisar nuestro desdén. Así nos parecerán menos odiosos esos espectros, esos alucinados al reflexionar sobre los móviles inconscientes y las profundas razones de su frenesí: ¿acaso no sienten que el plazo que les ha sido acordado se reduce día con día v que el desenlace está cerca? ¿Y no es para alejar esta idea por lo que se en la velocidad? Si estuvieran seguros de algún otro porvenir no tendrían ningún motivo para huyendo de sí mismos: reducirían su ritmo y se instalarían sin temor en una expectativa indefinida. Pero ni siquiera se trata de este porvenir o de otro cualquiera, puesto que simplemente no tienen ninguno; esa es una oscura certeza no formulada que surge del enloquecimiento de la sangre, que temen enfrentar, que quieren olvidar apresurándose, yendo cada vez más rápido y negándose un solo instante para sí mismos. Las máquinas son el resultado, y no la causa, de tanta prisa, de tanta impaciencia. No son ellas las que empujan al hombre civilizado hacia su perdición; es porque ya iba hacia ellas que las inventó como medios, como auxiliares para perderse más rápida y eficazmente. No contento con ir hacia ella, quería rodar. En este sentido, pero sólo en éste, las máquinas le permiten "ganar tiempo". Y las distribuye, las impone a los "atrasados" para que puedan seguirlo, adelantarse incluso en la carrera hacia el desastre, en la instauración de una locura universal y mecánica. y con el fin de asegurar este acontecimiento, se encarniza nivelando, uniformando el paisaje humano, borrando las irregularidades y proscribiendo las sorpresas. Lo que quisiera es que reinara la anomalía, la anomalía rutinaria y monótona, convertida en reglamento de conducta, en imperativo. A los que se escabullan los acusa de oscurantistas o extravagantes, y no se dará por vencido hasta que los introduzca en el camino correcto, es decir en sus errores de hombre civilizado. Los primeros en negarse son los iletrados, y por ello los obligará a aprender a leer y a escribir, con el fin de que, atrapados en la trampa del saber, ninguno escape a la desgracia común. Tan grande es la obnubilación del hombre civilizado, que no concibe que se pueda optar por un género de perdición distinta a la suya. Desprovisto del descanso necesario para ejercitarse en la autoironía, se priva también de cualquier recurso contra sí mismo, y tanto más nefasto resulta para los demás. Agresivo y conmovedor, no deja de tener algo patético: es comprensible que, frente a lo inextricable que lo aprisiona, sienta uno cierto malestar en atacarlo y denunciarlo, sin contar con que siempre es de mal gusto hablar de un incurable, aunque sea odioso. Sin embargo, si nos negáramos al mal gusto, ¿aún podría jamás emitir juicio alguno?

martes, 30 de abril de 2013

Juan Luis Panero - Y de pronto anochece

Y de pronto anochece
por Juan Luis Panero



Vivir es ver morir, envejecer es eso,
empalagoso, terco olor de muerte,
mientras repites, inútilmente, unas palabras,
cáscaras secas, cristal quebrado.
Ver morir a los otros, a aquellos,
pocos que de verdad quisiste,
derrumbados, deshechos, como el final de este cigarrillo,
rostros y gestos, imágenes quemadas, arrugado papel.
Y verte morir a ti también,
removiendo frías cenizas, borrados perfiles,
disformes sueños, turbia memoria.
Vivir es ver morir y es frágil la materia
y todo se sabía y no había engaño,
pero carne y sangre, misterioso fluir,
quieren perseverar, afirmar lo imposible.
Copa vacía, tembloroso pulso, cenicero sucio,
en la luz nublada del atardecer.
Vivir es ver morir, nada se aprende,
todo es un despiadado sentimiento,
años, palabras, pieles, desgarrada ternura,
calor helado de la muerte.
Vivir es ver morir, nada nos protege,
nada tuvo su ayer, nada su mañana,
y de pronto anochece.

lunes, 29 de abril de 2013

Oscar Wilde - Balada de la cárcel de Reading

Balada de la cárcel de Reading
por Oscar Wilde



A la memoria de C. T. W. 
antiguo soldado de la Guardia Real de Caballería. 
Muerto en el Presidio de Reading, Berkshire, 7 de julio de 1896: 



No vistió su chaqueta escarlata 
porque el vino y la sangre ya son rojos, 
y sangre y vino había en sus manos 
cuando lo hallaron con la muerta, 
la pobre que él amó 
y a quien en su lecho asesinara. 

Caminó entre los jueces 
vistiendo el gris raído 
con gorra en la cabeza 
y paso alegre y leve. 
Pero jamás vi a nadie que mirara el día 
con igual ansiedad. 

Jamás vi a nadie que mirara 
con ojos tan ansiosos 
la pequeña tienda azul 
que los presos llaman cielo, 
y a cada nube fugitiva 
que cruzaba con velamen de plata. 

Confinado en otros patios con otras almas 
en pena me preguntaba 
si había hecho algo grande 
o algo insignificante, 
cuando una voz me susurró al oído 
«ese hombre va a la horca». 

¡Cristo! Los muros de la prisión 
de pronto parecían tambalearse 
y sobre mi cabeza era el cielo 
un casco de quemante acero. 
Y aunque era yo un alma en pena, 
mi pena sentir no podía. 

Supe qué pensamiento perseguido 
su paso apresuraba; supe por qué 
miraba el día brillante 
con ojos tan ansiosos. 
Había matado aquello que él amaba 
y tenía que morir. 

* * * * * 

Y sin embargo, cada hombre mata lo que ama. 
Que todos oigan esto: 
unos lo hacen con mirada torva 
otros con la palabra halagadora; 
el cobarde lo hace con un beso, 
con la espada el valiente. 

Matan algunos el amor de joven 
y otros cuando viejos; 
estrangulan algunos con manos de lujuria, 
otros con manos de oro: 
el más amable usa el puñal 
para que el frío llegue antes. 

Aman algunos poco tiempo, largamente otros. 
Hay quienes compran y también quienes venden. 
El acto es cometido a veces en el llanto 
y otras sin un suspiro. 
Pues todos matan lo que aman; 
pero no todos mueren. 

No muere una muerte de vergüenza 
un día de desgracia oscura; 
ni nudo al cuello en la garganta lleva 
ni paño sobre el rostro; 
ni caen los pies primero por el piso 
al espacio vacío. 

* * * * * 

No se sienta con hombres silenciosos 
que lo vigilan noche y día, 
que lo vigilan cuando busca el llanto 
y también cuando busca la plegaria. 
Que lo vigilan; no sea que él mismo robe 
de la prisión la presa. 

No se despierta al alba para ver 
formas temibles en tropel por la celda: 
el aterido Capellán en su túnica blanca, 
el Alguacil adusto en su tristeza, 
el Director en esplendente traje negro 
y el amarillo rostro del Desastre. 

No se apresura en prisa lamentable 
a vestir el ropaje del convicto, 
y un Doctor mordaz se regodea 
notando el tic nervioso de cada pose nueva; 
y en la mano un reloj cuyos tictacs 
son como horribles golpes de martillo. 

No conoce la sed brutal que lija la garganta 
antes de que el verdugo 
se deslice con guantes de jardín 
por la puerta acolchada, 
y lo ate con tres correas para apagar por siempre 
la sed de la garganta. 

No baja la cabeza para oír 
la lectura del oficio mortuorio, 
mientras el temor de su alma 
le dice que no está muerto; 
ni se cruza con su propio ataúd 
al acercarse al cobertizo horrible. 

Ni mira fijamente el aire 
por un techo de vidrio; 
ni reza con labios de arcilla 
porque termine su agonía; 
ni siente en su mejilla vacilante 
el beso de Caifás. 



II 

Seis semanas nuestro soldado dio vueltas 
por el patio, vistiendo el gris raído, 
con gorra en la cabeza 
y paso alegre y leve. 
Pero jamás vi a nadie que mirara 
el día con igual ansiedad. 

Jamás vi a nadie que mirara 
con ojos tan ansiosos 
la azul tienda pequeña 
que llaman los presos cielo 
y a cada nube arrastrando 
sus enredados vellones. 

No retorció las manos como lo hacen 
los necios que se atreven a alentar 
a la Esperanza retadora 
en la misma cueva oscura de la Desesperación: 
Miró hacia el sol solamente 
y bebió el aire matinal. 

No retorció las manos ni lloró 
ni miró furtivamente o languideció; 
sino bebió el aire como si allí encontrara 
saludable calmante; 
la boca abierta bebió el sol 
como si fuera vino! 

Y yo y todas esas almas en pena 
que caminaban en el otro patio 
olvidamos si nosotros mismos 
habíamos hecho algo grande o algo insignificante, 
y contemplamos con asombro torpe 
al hombre al que iban a colgar. 

Pues era extraño verlo así pasar 
con paso tan alegre y leve, 
y extraño era verlo contemplar 
con tal ansiedad el día. 
Y pensar era también extraño 
en esa deuda que pagar tenía. 

* * * * * 

El olmo, el roble tienen bellas hojas 
que brotan en la primavera: 
pero era horrible ver el árbol del cadalso 
con la raíz mordida por las víboras, 
y, verde o seco, debe morir un hombre 
antes de dar su fruto. 

El lugar más exaltado es ese trono de gracia 
al que aspira todo el mundo. 
¿Pero quién se erguiría en correa de cáñamo 
en el alto patíbulo y echaría 
a través de collar asesino 
su última mirada al cielo? 

Dulce es bailar al ritmo de violines 
cuando la vida y el amor son justos; 
y extraño y delicado 
al ritmo de laúdes y de flautas; 
mas no hay dulzura cuando un ágil pie 
baila en e aire. 

Así, con curiosos ojos y aprehensión oscura 
lo observamos día a día, 
preguntándonos, si cada uno de nosotros 
terminaría de manera igual, 
pues nadie puede decir en qué Infierno rojo 
su alma ciega extraviarse podría. 

Por fin, el hombre muerto 
cesó de caminar entre los Jueces, 
y supe que estaba de pie 
en el negro redil del acusado 
y su rostro jamás vería otra vez 
en bienestar o desastre. 

Cual barcos condenados que en la tormenta se cruzan 
nuestras rutas se habían encontrado: 
no hicimos gesto alguno, no dijimos palabra, 
y no había palabra que decir; 
pues no nos encontramos en la noche sagrada 
sino en día de vergüenza. 

Un muro de prisión nos envolvía 
y éramos dos parias; 
nos arrojara el mundo de su corazón 
y Dios de su cuidado: 
la trampa de hierro nos había atrapado, 
aquella que el Pecado siempre espera. 



III 

En el Patio de los Deudores 
son duras las piedras, húmedo el alto muro, 
y cuando tomaba el aire 
bajo el cielo plomizo 
a cada lado un guardia caminaba 
para que el hombre no muriera. 

A veces se sentaba con esos que guardaban 
su angustia día y noche; 
con quienes lo guardaban al llorar 
y al arrodillarse para el rezo. 
Con quienes lo guardaban, no sea que robara 
la presa del patíbulo. 

El Director era inflexible en aplicar 
las disposiciones de la Ley; 
el Doctor afirmó que la muerte 
era un acto científico; 
y dos veces al día lo visitaba el Capellán 
y dejaba su pequeño folleto. 

Y dos veces al día fumaba su pipa 
y bebía su cuarto de cerveza; 
su alma en actitud resuelta 
no dejaba escondrijo para el miedo. 
A menudo decía estar contento 
de que el día del verdugo se acercara. 

Pero por qué decía cosa tan extraña 
ningún guardián osaba preguntar; 
pues quien asume 
la misión de guardián 
debe sellar sus labios y transformar 
en máscara su rostro. 

De lo contrario, podría conmoverse, 
podría tratar de dar consuelo: 
¿Y qué podría lograr la Piedad Humana 
acorralada en un Hoyo de Asesinos? 
¿Qué palabra de gracia en tal lugar 
podría ayudar el alma de un hermano? 

* * * * * 

Cabizbajos por el ruedo 
hicimos el Desfile de los Locos. 
Nada nos importaba: sabíamos bien 
que éramos la Brigada del Diablo, 
y con cabeza rapada y pies de plomo 
nos prestamos a la alegre mascarada. 

Desgarramos la cuerda alquitranada 
con uñas romas, sangrantes; 
frotamos las puertas, fregamos los pisos 
y pulimos los barrotes brillantes; 
y madero tras madero el tablón jabonamos 
entre el estruendo de los cubos. 

Cosimos los sacos, rompimos las piedras 
y trabajó el taladro polvoriento: 
golpeamos las latas y gritamos los himnos, 
y sudamos en el molino, 
mas en el corazón de cada hombre 
quieto yacía el terror. 

Y se hallaba tan quieto que cada día 
se arrastraba cual ola sofocada por algas; 
y olvidamos nuestro destino amargo 
que espera por igual a pillo o necio, 
hasta que una vez, volviendo del trabajo con andar pesado 
pasamos junto a una tumba abierta. 

Con bostezo feroz el amarillo pozo 
a bocanadas parecía pedir algo viviente 
y aun el barro mismo clamaba por la sangre 
al ruedo de sediento asfalto. 
Sabíamos que antes que cierto alba aclarara 
un preso habría de ser colgado. 

Y entramos con el alma absorta 
en Muerte y Sueño y Hado. 
El verdugo con su valijita 
arrastraba los pies en la penumbra; 
yo temblaba, a tientas en camino 
hacia mi tumba numerada. 

* * * * * 

Esa noche los vacíos corredores 
se llenaban de formas del Temor, 
y por toda la ciudad de hierro 
había pasos furtivos que no oíamos 
y a través de las barras que esconden las estrellas 
parecían asomarse caras blancas. 

Yacía como quien soñase 
en prados placenteros. 
Los guardias en custodia de su sueño 
no podían comprender 
que alguien durmiera ese sueño dulce 
tan cerca de un verdugo. 

Pero no hay sueño cuando debe haber llanto 
en quien nunca ha llorado. 
Y nosotros -el necio, el pillo, el impostor-, 
quedamos en vigilia interminable, 
y en cada seso en manos del dolor 
el terror de otro hombre se insinuaba. 

¡Ay, es algo tan terrible 
sentir la culpa de otro! 
La Espada del Pecado penetraba 
hasta su empuñadura envenenada 
y nuestras lágrimas eran de plomo derretido 
pues la sangre no habíamos nosotros derramado. 

Los guardias con calzado de felpa se acercaban 
a cada puerta cerrada con candado 
y atisbaban con ojos consternados 
grises figuras en el suelo, 
preguntándose por qué se arrodillaban a rezar 
quienes jamás antes rezaran. 

¡Rezamos toda la noche arrodillados, 
insensatos dolientes de un cadáver! 
Las agitadas plumas de medianoche 
agitaron las plumas funerarias. 
Y como el vino amargo de la esponja 
era el sabor del arrepentimiento. 

* * * * * 

El gallo gris cantó, cantó el gallo rojo 
mas el día no llegó: 
formas torcidas del Terror se agazaparon 
por los rincones donde yacíamos 
y cada espíritu maligno que vaga por la noche 
se nos aparecía. 

Pasaban deslizándose, ligeros 
cual viajeros en velo neblinoso; 
se mofaban de la luna bailando 
un rigodón de vueltas y pasos delicados, 
y con ritmo formal y gracia repugnante 
los fantasmas acudían a su cita. 

Con mueca consternada los miramos pasar, 
esbeltas sombras tomadas de la mano; 
giraron y giraron en grupos fantasmales 
y bailaron allí la lenta zarabanda: 
¡Condenados grotescos hicieron arabescos 
como el viento en la arena! 

Y con piruetas como de marionetas 
sus pasos afilados tropezaron; 
llenaron los oídos con las flautas del Miedo 
en esa horrible mascarada, 
y a toda voz cantaron mucho tiempo 
pues cantaban para despertar los muertos. 

«¡Oh!», cantaban, «¡ancho es el mundo 
pero cojean las extremidades aherrojadas! 
Y tirar los dados una vez o dos veces, 
es juego caballeresco 
pero no gana jamás quien con el Pecado juega 
en la secreta Casa de la Vergüenza.» 

No eran cosas de aire esas bufonadas 
que con tal júbilo retozaban 
para hombres con vidas en grilletes, 
cuyos pies jamás serían libres. 
¡Ah! ¡Por las heridas de Cristo! Eran algo viviente 
y algo horrible de ver 

Girando y girando devanaron el vals, 
dieron vueltas algunos en parejas sonrientes; 
con el paso afectado de un viajante, 
algunos se acercaron con sigilo al peldaño 
y con burla sutil y mirar de malicioso servilismo 
todos ayudaron a decir nuestras preces. 

Comenzó su lamento el viento matinal 
pero la noche continuó; 
en su enorme telar la red de la tristeza 
se extendió hasta que cada hebra fue hilada: 
y al rezar, nuestro miedo creció 
ante la justicia del sol. 

Vagó con su lamento el viento 
por los muros llorosos de la cárcel. 
Hasta que como rueda de acero giratorio 
sentimos los minutos que avanzaban a rastras: 
¡oh, viento clamoroso! ¿Qué habíamos hecho 
para merecer tal alguacil? 

Al fin pude ver los barrotes sombreados 
cual enrejado que forjado en plomo 
se moviese por el muro blanqueado 
frente a mi camastro de tablas 
y supe que en un lugar del mundo 
era roja el alba horrible de Dios. 

Limpiamos nuestras celdas a las seis, 
todo era calmo a las siete, 
pero el susurro y el vaivén del viento 
colmaba la prisión: 
con su aliento helado el señor de la Muerte 
había entrado a matar. 

Y no pasó en purpúreo esplendor 
ni montó corcel de blanco lunar. 
Tres yardas de cuerda y un tablón 
es lo que la horca necesita: 
y así con cuerda de vergüenza el Heraldo llegó 
a perpetrar la acción secreta. 

Éramos como hombres que a través de un pantano 
de inmunda oscuridad a tientas van. 
No osamos murmurar una plegaria 
ni tampoco alentamos nuestra angustia, 
algo muerto se encontraba en nosotros 
y eso muerto era la Esperanza. 

La justicia del hombre inexorable avanza 
y no habrá de apartarse: 
mata al débil, mata al fuerte 
en mortífera zancada: 
¡mata con taco de hierro 
el monstruoso parricida! 

Esperamos que sonaran las ocho. 
Con la lengua hinchada por la sed 
pues el octavo golpe era el Destino 
que hace a un hombre maldito. 
Y usará el Destino un nudo corredizo 
para el hombre mejor y para el peor. 

Nada teníamos que hacer, 
sólo esperar que la señal llegara. 
Así como piedras en valle solitario 
mudos e inmóviles quedamos; 
pero cada corazón latía agitado e intenso, 
cual tambor de un demente. 

En súbita conmoción el reloj de la prisión 
golpeó el aire estremecido 
y de toda la cárcel una queja se elevó 
de impotente desespero. 
Como el gemido que oyen pantanos asustados 
de algún leproso en su cueva. 

Y como quien ve algo horrible 
en el cristal de un sueño, 
vimos la soga de cáñamo grasiento 
que montaba la viga ennegrecida 
y escuchamos el rezo que el nudo del verdugo estrangulara 
hasta que fuera un grito. 

Y toda la aflicción lo conmoviera tanto 
que soltó un grito amargo; 
y los locos pesares, los sudores sangrientos 
nadie los conocía como yo: 
quien vive más de una vida 
muere más de una muerte. 



IV 

No hay capilla esos días 
cuando cuelgan a un hombre: 
el corazón del Capellán está demasiado enfermo 
o su rostro demasiado macilento, 
o hay algo escrito en sus ojos 
que nadie debería ver. 

Así, nos tuvieron encerrados hasta casi el mediodía 
y sonaron entonces. las campanas. 
Los guardias con llaves tintineantes 
abrieron cada celda atenta, 
con estrépito bajamos la escalera de hierro 
dejando cada uno su separado Infierno. 

Salimos al dulce aire de Dios 
mas no del modo acostumbrado, 
pues este rostro estaba blanco de miedo 
y aquél estaba gris; 
jamás hombres tristes vi mirar el día . 
con ansiedad igual. 

Jamás hombres tristes vi 
que miraran con ojos tan ansiosos 
la azul tienda pequeña 
que los presos llamamos cielo 
y cada nube indiferente que pasaba 
en libertad tan feliz. 

Pero algunos de nosotros 
que íbamos cabizbajos bien sabíamos 
que habríamos elegido la muerte 
si hubiéramos podido. 
Mató él algo viviente, 
ellos mataron lo que estaba muerto. 

Pues quien peca una segunda vez 
despierta un alma muerta al dolor, 
sácala de su mortaja manchada 
y hace que sangre otra vez, 
la hace sangrar a borbotones 
¡y hace que sangre en vano! 

* * * * * 

Como mono o payaso en atuendo monstruoso 
y con flechas torcidas adornados 
dimos vuelta tras vuelta silenciosos 
por el asfalto resbaladizo del patio. 
Silenciosos marchamos vuelta tras vuelta 
y nadie pronunció palabra. 

Marchamos silenciosos 
y en cada mente vacía 
el recuerdo de algo horrible 
pasó como un vendaval 
y el Horror acechaba a cada hombre 
y detrás el Terror se arrastraba sigiloso. 

* * * * * 

Los guardias se pavoneaban en idas y venidas 
cuidando sus rebaños de brutos; 
llevaban uniformes impecables 
o vestían los trajes de Domingo; 
sabíamos dónde habían estado: 
la cal viva manchaba sus zapatos. 

Pues donde ancha sepultura antes se abriera 
no quedaba más tumba. 
Sólo un tramo de arena y barro 
junto al horrible muro 
y un cúmulo de cal ardiente 
como su paño mortuorio. 

Pues tiene una mortaja ese desafortunado 
como muy pocos pueden reclamar: 
en lo profundo, bajo el patio de una prisión, 
desnudo, para mayor vergüenza, 
yace con los pies aherrojados 
envuelto en una sábana de llamas. 

Y todo el tiempo la cal ardiente 
devora carne y hueso, 
devora frágiles huesos en la noche 
y carne blanda de día; 
alterna carne con hueso; 
pero siempre devora el corazón. 

* * * * * 

Tres largos años estarán sin sembrar, 
sin plantar o cultivar allí; 
y por tres largos años el lugar infeliz 
será estéril, baldío, 
y mirará el cielo perplejo, 
con mirar sin reproche. 

Piensan que el corazón de un asesino infectaría 
cada semilla inocente que plantaran. 
¡No es verdad! La tierra bondadosa de Dios 
es más generosa que lo que los hombres imaginan; 
la rosa roja florecería más roja 
y más blanca la blanca. 

¡De su boca saldría una rosa muy roja 
y de su corazón una muy blanca! 
Pues, ¿quién puede decir de qué extraña manera 
Cristo saca a la luz Su voluntad 
desde que el cayado estéril que portó el peregrino 
floreciera a la vista del gran Papa? 

Pero ni a la nívea rosa blanca ni a la roja 
es permitido florecer en el aire de la prisión; 
pedazos de loza, guijarros, pedernal 
es lo que aquí nos dan: 
pues sabido es que las flores pueden restañar 
del desaliento al común de las gentes. 

Por eso, jamás la rosa roja ni la blanca 
caerá pétalo a pétalo 
en ese barro, esa arena 
junto al horrible muro de la cárcel, 
para decir a quienes dan pesadamente vuelta por el patio 
que el Hijo de Dios murió por todos. 

* * * * * 

Y, sin embargo, aunque el horrible muro 
lo cerca por cada lado 
y un espíritu no puede caminar de noche 
cuando se halla aherrojado, 
y puede sólo llorar cuando yace 
en tierra no consagrada, 

está en paz -este hombre desgraciado-, 
en paz, o pronto lo estará: 
nada hay que ya pueda enloquecerle, 
ni camina el Terror a mediodía 
porque la tierra oscura en que yace 
no tiene ni Sol ni Luna. 

Como a bestia lo colgaron; 
ni hubo siquiera un réquiem 
que tal vez trajera paz 
a su alma sobrecogida. 
Apresuradamente lo sacaron 
y lo escondieron en un hoyo. 

Los guardias lo desnudaron, 
lo entregaron a las moscas: 
se mofaron de la garganta grana e inflamada, 
y de los ojos que miraban rígidos. 
Entre risotadas le echaron el sudario 
en el que yace el convicto. 

El Capellán no se arrodilló a rezar 
junto a su tumba deshonrada: 
ni la marcó con esa Cruz bendita 
que Cristo dio a los pecadores, 
pero era el hombre de aquéllos 
por quienes Cristo descendiera. 

Pero todo está bien; solamente ha llegado 
hasta el límite que la vida ha fijado 
y lágrimas extrañas llenarán para él 
esa urna de piedad tanto tiempo destrozada. 
Quienes por él están desconsolados serán parias 
y los parias jamás hallan consuelo. 




No sé si son Leyes justas 
o Leyes equivocadas; 
sabemos quienes estamos en la cárcel 
que el muro es muy poderoso, 
y que cada jornada es como un año 
de interminables días. 

Pero hay algo que sé; sé que toda Ley 
que los hombres han concebido para el Hombre, 
desde que el primero quitara la vida al hermano 
y así el triste mundo comenzara, 
desecha el trigo y la paja retiene 
con los aventadores más perversos. 

Y esto también sé -y sabio sería 
que todos lo supiéramos- 
que cada prisión que los hombres erigen 
está construida con ladrillos de vergüenza 
y cercada con rejas no sea que Cristo pueda ver 
cómo los hombre mutilan a sus hermanos. 

Con barrotes ocultan la luna clemente 
y ciegan el sol bienhechor: 
y bien hacen escondiendo tal Infierno 
pues allí se cometen tales actos 
que ni Hijo de Dios ni hijo de hombre 
jamás debería contemplar. 

* * * * * 

Los actos más viles, cual hierbas venenosas 
crecen lozanos en el aire de la prisión. 
Sólo aquello que en el hombre es bueno 
allí se arruina y se marchita: 
la pálida angustia guarda el pesado portal 
y el guardián es la desesperación. 

Hambrean al niño aterrado 
hasta que llora noche y día; 
azotan al débil y flagelan al necio; 
se mofan del viejo ceniciento 
y algunos enloquecen, y todos se malogran 
y nadie puede pronunciar palabra. 

Cada celda angosta que habitamos 
es una oscura letrina maloliente 
y cada apertura que cierran las barras 
es fétido aliento de Muerte viviente; 
y todo, menos la lascivia, se reduce a polvo 
en la máquina Humana. 

El agua salobre que bebemos 
lleva una baba nauseabunda 
el pan amargo que en las balanzas pesan 
está lleno de cal 
y el sueño no se acuesta jamás, camina 
con ojos desorbitados y llora al Tiempo. 

* * * * * 

Pero aunque el Hambre magro y la verde Sed 
luchan como víbora con áspid, 
poco nos interesa la pitanza carcelaria; 
porque aquello que enfría y mata por completo 
es que cada piedra levantada de día 
se torna en corazón de noche. 

Con la medianoche siempre en el corazón 
y el crepúsculo en la celda 
damos vuelta el manubrio o desgarramos la cuerda 
cada uno en su Infierno separado. 
Y es más terrible el silencio 
que el estrépito de cínica campana. 

Jamás se acerca voz humana 
para decir una palabra amable: 
y el ojo que por la puerta espía 
es duro, sin misericordia. 
De todos olvidados nos pudrirnos 
con cuerpo y alma mancillados. 

De tal modo herrumbramos la cadena de la Vida, 
solitaria, degradada, 
Y algunos hombres maldicen y otros lloran; 
los hay que no profieren lamento. 
Pero la eterna Ley de Dios es bondadosa 
y rompe también el corazón de piedra. 

* * * * * 

Y todo corazón que se destruye 
en la celda o en el patio de la prisión 
es igual que esa caja destruida 
que rindió sus tesoros al Señor 
y que llenó la casa impura del leproso 
con la fragancia del nardo más preciado. 

¡Oh! Felices son los corazones que se rompen 
y ganan la paz que da el perdón. 
¿De qué otro modo puede el hombre ordenar su vida 
y purificar su alma del Pecado? 
¿Cómo si no por destrozado corazón 
puede Cristo Señor hallar su ingreso? 

* * * * * 

Y aquél de la inflamada y púrpura garganta, 
el de los ojos desorbitadas 
aguarda las manos sagradas 
que llevaron Ladrón al Paraíso. 
Y un destrozado corazón contrito 
el Señor no habrá de despreciar. 

El hombre que vestido de rojo lee la Ley 
otorgóle tres semanas de vida, 
tres semanas cortas solamente para restañar 
su alma de todas sus contiendas 
y limpiar de cada mancha de sangre 
la mano que sostuvo el puñal. 

Y con lágrimas de sangre limpió la mano 
que sostuvo el acero, 
pues tan sólo la sangre sangre limpia 
y tan sólo las lágrimas restañan; 
y aquella roja sangre que fuera de Caín 
tornóse en níveo sello de Jesús. 



VI 

En la Cárcel de Reading, junto a la ciudad de Reading 
se encuentra un pozo de vergüenza 
en el que yace un desgraciado 
por dientes de fuego devorado. 
Yace en mortaja llameante 
y está su tumba sin nombre. 

Y allí, hasta que Cristo llame a los muertos, 
que en silencio descanse. 
No es necesario gastar lágrimas necias 
o entregarse a suspiros profundos: 
el hombre había matado lo que amaba 
y tenía que morir. 

Y todos matan lo que aman, 
que todos oigan esto; 
algunos lo hacen con mirada torva 
otros con la palabra halagadora, 
el cobarde lo hace con un beso, 
¡con la espada el valiente!