lunes, 25 de febrero de 2013

Marcel Schwob - Un esqueleto

Un esqueleto
por Marcel Schwob



Pernocté una vez en una casa encantada. No me atrevo demasiado a contar la historia porque estoy persuadido de que nadie la creerá. Sin duda alguna aquella casa estaba encantada, pero en ella nada sucedía como en otras casas encantadas. No se trataba de un castillo semiderruido encaramado sobre una colina boscosa, al borde de un precipicio lóbrego. No había sido abandonada desde hacía muchos siglos. Su último propietario no había fallecido de muerte misteriosa. Los campesinos no se santiguaban con pavor al pasar por delante de ella. Ninguna luz blanquecina aparecía en sus ventanas cuando la torre del pueblo daba las doce de la noche. Los árboles del parque no eran tejos y los niños asustadizos no iban a acechar a través de los setos formas blancas al anochecer. No llegué a una hospedería donde todas las habitaciones estaban ocupadas. El hospedero no se rascó prolongadamente la cabeza, con una vela en la mano, ni terminó por proponerme, algo dubitativo, preparar para mí una cama en la sala inferior del torreón. Ni añadió con rostro horrorizado que de todos los viajeros que habían dormido allí, ninguno había vuelto para contar su espeluznante fin. No me habló de los ruidos diabólicos que se escuchaban por la noche en la vieja casa solariega. No experimenté ningún sentimiento íntimo de valor que me impulsara a intentar la aventura. No tuve la ingeniosa idea de proveerme de un par de teas y de un arma de chispa; tampoco adopté la firme resolución de velar hasta medianoche leyendo un volumen suelto de Swedenborg, ni sentí a las doce menos tres minutos que un sueño profundo se abatía sobre mis párpados.

No, no sucedió nada de lo que sucede siempre en las terroríficas historias de casas encantadas. Llegué directamente desde el ferrocarril hasta el hotel de Les Trois Pigeons; tenía mucho apetito y devoré tres rodajas de carne asada y pollo frito con una excelente ensalada; me bebí una botella de vino de Burdeos. Luego cogí mi lámpara y subí a mi habitación. Mi vela no se apagó y encontré mi ponche sobre la chimenea sin que ningún fantasma hubiera humedecido en él sus labios espectrales.

Pero, cuando estaba a punto de acostarme e iba a coger mi vaso de ponche para ponerlo sobre la mesilla de noche, me quedé algo sorprendido al encontrar a Tom Bobbins junto a la chimenea. Me pareció muy delgado; había conservado su sombrero de copa y llevaba una levita muy aceptable; pero las perneras de su pantalón flotaban de una manera extremadamente desgarbada. No lo había visto desde hacía más de un año, por lo que fui a tenderle la mano diciéndole: «¿Cómo estás, Tom?», con verdadero interés. Él alargó su manga y me ofreció para que se lo apretara algo que, en un primer momento, me pareció un cascanueces; y cuando iba a expresarle mi malestar por aquella estúpida broma, volvió la cara hacia mí y vi que su sombrero estaba plantado sobre un cráneo pelado. Me quedé tanto más sorprendido de verle una cabeza de muerto cuanto que lo había reconocido positivamente por su forma de guiñar el ojo izquierdo. Me preguntaba qué terrible enfermedad había podido desfigurarlo hasta aquel extremo; no tenía ni un solo cabello; sus órbitas estaban excesivamente hundidas, y lo que le quedaba de nariz no merecía la pena ni mencionarlo. Realmente, sentí algo de incomodidad al preguntarle. Pero él se puso a charlar normalmente y me preguntó acerca de los últimos movimientos de la Bolsa. Tras lo cual me expresó su sorpresa por no haber recibido mi tarjeta como respuesta a la carta comunicando su muerte. Le dije que no había recibido ninguna carta pero él me aseguró que había incluido mi nombre en la lista que había sido enviada urgentemente al servicio de Pompas Fúnebres.

Entonces me percaté de que estaba hablando con el esqueleto de Tom Bobbins. No me precipité a sus rodillas, ni exclamé: «¡Atrás, fantasma, seas quien seas, alma perturbada en tu descanso, que expías sin duda algún crimen cometido en vida, no vengas a visitarme!». No, pero examiné a mi pobre amigo Bobbins más de cerca y comprobé que estaba muy desmejorado; tenía sobre todo una expresión de melancolía que me llegó al corazón; y su voz se parecía, hasta el punto de equivocarme, al silbido triste de una pipa cascada. Pensé que lo reconfortaría ofreciéndole un cigarro; pero él lo rechazó argumentando el mal estado de sus dientes que sufrían mucho por la humedad de su fosa. Naturalmente, le pregunté solícito acerca de su ataúd; me contestó que era de buena madera de abeto pero que entraba por las rendijas un airecillo colado que le estaba produciendo reumatismo en el cuello. Le aconsejé que usara franela y le prometí que mi mujer le enviaría un jersey tejido por ella misma.

Un minuto después, el esqueleto y yo habíamos colocado los pies sobre el antepecho de la chimenea y charlábamos lo más confortablemente posible. Lo único que me ofuscaba era que Tom Bobbins seguía guiñando el ojo izquierdo pese a que no tuviera ya ningún tipo de ojo. Me tranquilicé pensando que otro amigo mío, Colliwobles, el banquero, acostumbraba a dar su palabra de honor aunque no tuviera más de ello que Bobbins de ojo izquierdo. Tras unos cuantos minutos, Tom Bobbins inició una especie de soliloquio mientras miraba el fuego. Dijo:

-No conozco raza más despreciada que nosotros los pobres esqueletos. Los fabricantes de ataúdes nos alojan abominablemente mal. Nos visten justo con lo más ligero que tenemos, un traje de boda o de fiesta; yo me vi obligado a ir a pedirle prestado este traje que llevo a mi ujier. Y además hay un montón de poetas y de otros bromistas que hablan de nuestro poder sobrenatural y de nuestra fantástica forma de planear por los aires y de los aquelarres a los que nos entregamos las noches de tormenta. Me dan ganas de agarrar mi fémur y de golpear con él la cabeza de alguno de ellos para darles una idea de su aquelarre. Sin contar con que nos hacen arrastrar cadenas que producen un ruido infernal. Me gustaría mucho saber cómo el guardián del cementerio nos dejaría salir con semejantes pertrechos. Entonces, vienen a buscarnos a los viejos cuchitriles, a las guaridas para búhos, a los agujeros tapados por ortigas y jaramagos y van a contar por todas partes las historias de fantasmas que asustan al pobre mundo y lanzan gritos de condenados. Yo no veo realmente qué es lo que tenemos de terrorífico. Sólo estamos muy desguarnecidos y ya no podemos dar órdenes en la Bolsa. Si nos vistieran convenientemente aún podríamos presentarnos en sociedad. Yo he visto a hombres más calvos que yo hacer bonitas conquistas. Mientras que con nuestros alojamientos y nuestros sastres nosotros no podemos triunfar fácilmente.

Y Tom Bobbins miró una de sus tibias con expresión de desánimo. Entonces me puse a llorar por la suerte de aquellos pobres y viejos esqueletos. Me imaginé todos los sufrimientos cuando criaban moho en cajas clavadas y cuando sus piernas languidecían tras un scottish o cualquier otro baile. Y le regalé un par de viejos guantes forrados y un chaleco de flores que me estaba demasiado estrecho.

Me dio las gracias fríamente y observé que se iba haciendo más vicioso a medida que se calentaba. En un momento reconocí por completo a Tom Bobbins. Y rompimos a reír con la risa de esqueleto más bonita del mundo. Los huesos de Bobbins resonaban como cascabeles de una manera sumamente divertida. En medio de aquella hilaridad observé que él volvía a ser humano y empecé a tener miedo. Tom Bobbins no tenía rival para colocarte un paquete de acciones de una explotación de Minas de Guano Coloreado de Rostocostolados cuando vivía. Y media docena de acciones de este tipo bastaban para devorar sin dificultad tus rentas. También tenía una forma particular de hacerte participar en una honorable partida de cientos y de desplumarte en el rubicón. Te libraba de tus luises al póquer con una gracia fácil y elegante. Si no te sentías contento, te tiraba gustoso de la nariz y procedía a continuación a tu recorte progresivo por medio de su bowie-knife.

Observé pues aquel fenómeno extraño y contrario a todas las pálidas historias de fantasmas, con miedo de ver que Tom Bobbins, el esqueleto, volvía a la vida. Porque recordaba haber sido su víctima en un par de ocasiones y porque mi amigo Tom Bobbins era singularmente hábil con el cuchillo. En una ocasión, en un momento de distracción me sacó una tira de carne del reverso del muslo derecho. Y cuando vi que Tom Bobbins era Tom Bobbins y había dejado de tener aspecto de esqueleto, mi pulso se aceleró tanto que fue un único latido; un repeluzno general se adueñó de mí y no tuve valor para pronunciar ni una sola palabra más.

Tom Bobbins plantó su bowie-knife sobre la mesa, según acostumbraba, y me propuso una partida de ecarté. Accedí humildemente a sus deseos. Se puso a jugar con la suerte del ahorcado, aunque no creo que Tom hubiera pataleado en la horca porque era demasiado listo para eso. Y, al contrario de lo que sucede en los horripilantes relatos de espectros, el oro que le gané a Tom Bobbins no se convirtió en hojas de encina ni en carbones apagados por la sencilla razón de que no le gané absolutamente nada, en cambio él sí me arrebató todo lo que llevaba en la cartera. Después empezó a blasfemar como un condenado; me contó historias horrorosas y corrompió todo cuanto me quedaba de inocencia. Alargó la mano, cogió mi ponche y se bebió hasta la última gota; yo no me atreví a hacer el menor gesto para impedírselo. Porque sabía que de hacerlo, un instante después habría tenido su cuchillo clavado en el vientre; y yo no podía hacer otro tanto porque, justamente, él no tenía vientre. Luego me preguntó por mi mujer con expresión terriblemente libidinosa y, por un momento, me dieron ganas de hundirle lo poco que le quedaba de nariz. Refrené este deplorable instinto, pero decidí interiormente que mi mujer no le enviaría ningún jersey. Luego cogió mi correspondencia de los bolsillos de mi gabán y se puso a leer las cartas de mis amigos haciendo varias observaciones irónicas y descorteses. En realidad, Tom Bobbins esqueleto era medianamente soportable; pero, ¡bondad divina!, Bobbins en carne y hueso era absolutamente terrorífico.

Cuando hubo concluido su lectura, le hice observar delicadamente que eran las cuatro de la madrugada y le pregunté si no temía llegar demasiado tarde. Me respondió de manera absolutamente humana que si el guardián del cementerio se atrevía a decirle lo más mínimo, «le daría una buena tunda». Luego miró mi reloj de forma lúbrica, guiñó el ojo izquierdo, me lo pidió y lo introdujo tranquilamente en su bolsillo. Inmediatamente después dijo que tenía algo que hacer en la ciudad y se despidió. Pero antes de marcharse se metió un par de candeleros en los bolsillos, desenroscó fríamente el puño de mi bastón y me preguntó -sin sombra de remordimiento- si no podría prestarle un luis o dos. Le respondí que, desafortunadamente, ya no llevaba nada encima pero que sería un placer enviárselos. Me dio su dirección, pero era tal galimatías de rejas, tumbas, cruces y sepulturas que la he olvidado por completo. Luego lo intentó con el reloj de pared pero era demasiado pesado para él. Cuando me manifestó su deseo de irse por la chimenea, me sentí tan feliz de verlo regresar a las auténticas formas de esqueleto que no hice gesto alguno para retenerlo. Lo oí mover las piernas y trepar por el conducto de la chimenea con feliz tranquilidad; sólo que luego incluyeron en mi factura la cantidad de sebo que Tom Bobbins había consumido durante su visita.

Detesto relacionarme con esqueletos. Tienen algo de humano que me repugna profundamente. La próxima vez que venga Tom Robbins, me habré bebido ya el ponche; no llevaré encima ni un centavo; apagaré la vela y la chimenea. Tal vez así vuelva a las verdaderas costumbres de los fantasmas, sacudiendo sus cadenas y soltando imprecaciones satánicas. Entonces ya veremos.

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