sábado, 15 de diciembre de 2018

Carlos Velázquez - Biopic

Carlos Velázquez
Biopic



He regresado a casa borracho
total perdido en camiones de la Ruta Norte
o en taxis amarillo confesionario a las 3 de la madrugada
con chóferes que morirán encomendados a San Cristóforo
y arrastrarán su caos celular por las cantinas del centro.
Llevo una vida de tequila
despacho pollo frito para ganarme la botana rencorosa y amarga
que sirven en el Chalio’s Bar los sábados a las dos de la tarde.
Soy un espécimen mexicano
fui un muchacho mexicano
seré un viejo mexicano.
Conocí al Rey de Copas
un tigre impostergable al que no le cabe una botella más
quien no pocas veces me invitó unas cervezas.
Mis ídolos eran Santo y Blue Demon
sobre el ring o en la pantalla del cine Laguna
mientras me bebía mi refresco marca Pep.
Reuní 44 figuras de las Guerras de las Galaxias
mi favorito era Han Solo.
Vendí chicles en los camiones Campo Alianza
para complacerme lonches, gigantes de aguacate
en el mercado más pobre de la ciudad.
Tuve una niñez confusa
por las tardes compraba un litro de tequila San Matías
para mi abuela que era alcohólica desde los 17 años.
Crecí en el Mercado Alianza
donde ella tenía una pozolería
su clientela eran los borrachines de la cantina El Mar Rojo.
A los 10 años me suspendieron el domingo por negarme a ir a la iglesia
y acompañaba a mi papá a las sesiones de alcohólicos anónimos
en venganza mi abuela me dejaba pegarme un trago de tequila siempre que nos quedábamos a solas.
Me he internado en el desierto
para comer carne de venado
y me tatué dos coyotes en el brazo derecho.
Recorrí parte del país de raite
obligado a oír el parloteo incesante de los traileros drogados.
He viajado de polizonte en el tren que va a Ciudad Juárez
estuve a punto de morir de hipotermia en la sierra de Chihuahua
me bajé del convoy y comí burritos y quesadillas en VillaAhumada.
Estoy leyendo José Trigo
y una biografía de Jack Kerouac
el autor de Visiones de Cody
el clochard que inspiró a varias generaciones a lanzarse a la carretera.
Asistí a un concierto de Depeche Mode en Monterrey
me despeñé en parrandas de cocaína con Gerson Gómez
me hice amigo de Arnulfo Vigil
bebí caguamas Sol en la guarida de la revista Oficio
y en un programa de concursos me gané una grabadora con compact disc, papá.
No acompañé al Abuelomuchacho a Argentina
pero algún día me voy a comprar el boleto de avión.
Me he enfermado de salmonela
por entrarle a los tacos de tripitas en la esquina de Matamoros y Acuña
me he enfermado de tifoidea
por cenar tortillones con don Lolo a las 2 de la mañana.
He oído todos los discos de John Coltrane
y leí Zodiaco Negro del poeta Charles Wrigth .
Me gusta caminar por calles llenas de fábricas
por la prolongada avenida a espaldas de la central de autobuses.
Yo también he recorrido a pie las vías del tren.
He compartido litros de cerveza con desconocidos en lotes baldíos.
He comprado droga en Veracruz.
Estuve en el D.F.
borracho con el emborrachado Eusebio Ruvalcaba.
He presenciado los peores partidos de béisbol de la historia
en el estadio Revolución.
He contemplado el eterno lecho seco del río Nazas
llenarse de agua por primera vez en muchas vidas
lo he visto desde el Cristo enorme que habita la punta del Cerro de las Noas.
Conocí a Manic Street Preachers gracias a “El Bordón”.
He deambulado por todas las cantinas de la ciudad
bares, teibols y antros gays.
He regresado a casa borracho
he vuelto con heridas en el hígado
a las 5 de la mañana
mientras otros van al trabajo.
Una vez viví con una mujer.
Me fui de pinta por los billares del barrio.
Tengo en mi iPod la discografía completa de Johnny Cash.
Me he aficionado a las pastillas
he ingerido Tafil, Prozác y Valium
anfetas y tachas.
Estoy en busca del amor
como el grupo de rock que busca quién le produzca su primer disco.
Estoy en busca del díler definitivo
que fíe y sea mujer.
La juventud es una nación perdida.
He viajado con muy poco dinero
he sufrido apocalípticas resacas
he sido infiel
he renunciado a varios empleos
he recibido cien dosis de Beyodecta.
He oído la música de todos los conjuntos norteños que se reúnen afuera del Gota de Uva.
He dormido en las bancas de la Alameda Zaragoza.
Me he peleado en las cantinas.
Me he vestido de negro
y cantado corridos de Cuco Sánchez.
Caí en la cárcel por robar libros.
Qué ojos, qué piernas y qué cuerpos los de las mujeres de mi ciudad
qué cantinas
el Perches, el Reforma, el Águila de Oro, el Versalles, el Chava Club, el Paraíso.
He visto a mi alma irse de gira por España
dos años.
Y he chocado
un carro que no es mío.
Se que moriré de cáncer en el hígado
no me importa.
He oído mil veces el mismo disco
las canciones 3 y 4 están rayadas.
Hace mucho tiempo fui un buen niño.
y le compré un globo con el dibujo de una rana.
Veo los aparadores de las tiendas de discos.
He visto cómo la histeria colectiva ha sido capaz de aparecer la imagen de la Virgen de Guadalupe
en un tamal de rojo.
He caminado con la carcoma del amor
en cada uno de mis 7 pezones.
Me he quedado solo en el backstage de mi vida.
He oído a las ciudades llenarse de una lluvia de sal
y aún creo en el amor a oscuras.
He visitado un Wirikuta de la mente
y recuerdo el día que nevó en el desierto de Coahuila.
Y me he revolcado con prostitutas que cobran 50 pesos
que te hacen el amor mientras se drogan
con solventes.
Las he contratado.
Soy ese tipo de hombre.
Estoy aquí como una herida colectiva.
Sufrí
por un amor anoréxico.
Soy un mexicano.
No tengo pasaporte.
Y soy enemigo de beber con moderación.
Soy un hombre que se ha deshecho a sí mismo
con caldos de brebajes estimulantes de medicamento controlado.
Sólo por hoy seré un vendedor de baratijas.
Soy una rebanada de la canción Las mañanitas.
Soy un disco pirata
en las manos del Rey David.
He regresado a casa borracho
con los bolsillos huecos
con el páncreas triturado.
Soy un moderno Stephen Dedalus.
He orinado en el bosque Venustiano Carranza.
Conozco las habitaciones de varios moteles.
Me he apoyado en las paredes borrachas del mundo.
He escrito poemas eróticos.
Soy esa clase de sujeto.
Sufrí
un segundo.
Como los viejitos me he sentado en los primero asientos del camión.
Soy el traje de un santo puesto a secar al sol de Acapulco.
Soy un fan de las botas vaqueras.
Inventé dos o tres fórmulas
para que me echarán de los tugurios.
Soy un poeta.
Soy las palabras Toño y Lupe
escritas en la parada de camión
encerradas en un corazón de marcador Berol.
Soy la furia contra el sistema.
He soñado
que dios asesina a la historia
que mi madre es recluida en un hospital psiquiátrico.
Porque soy una botella de whiskey
andante
soy una hectárea de pistolas.
Soy el hijo que el Abuelomuchacho nunca quiso
y sin embargo lo tiene.
Soy un invento de Charly García.
Veo un parecido entre la luna y mi cerveza.
He oído el sonido que produce una lolita
al ser seducida en un taxi.
He visto teiboleras con verdadero talento para ignorar a los hombres
y admiro sus convicciones.
He visto a los aviones aparearse.
Me he arriesgado a la sobredosis.
He visto al fantasma de mi abuelo pasearse con una sola pierna por la cocina
perdió la derecha cuando era niño
por columpiarse del ferrocarril frente a la Casa del Cerro.
Y a Javier Solís en sesiones espiritistas que organiza una secta
en la calle Muzquiz.
He visto que el amor tiene menos presupuesto que el municipio más pequeño del estado.
He visto el rostro del delirium tremens
es una lección de punzadas en el hígado.
He oído a la sirena de la Cruz Roja
atravesar la ciudad con juegos infantiles.
He visto un cementerio de botellas de mezcalito
como si fuera el único lugar al que pueden ir a morir los elefantes
el 25 de diciembre.
He regresado a casa borracho
llevo una vida de bourbon
fui bautizado con el nombre de Fortunato Longstreet
y he decidido que los tiempos mejores no existen
que es una trampa del marketin
para ignorarnos a nosotros mismos
y olvidar lo que hemos leído.
Soy un hombre
estoy con las llaves en la mano
y quizá no conseguiré nada
ni entradas para el cine
ni pastillas para dormir.
Y quizá me case con una fichera
de cualquier cantina.
Y quizá no llegaré a ninguna parte
pero como todos
conservaré mi derecho a desaparecer.

Carlos Velázquez
En Hey! Jack Kerouac. La huella beat en la poesía en lengua española. Colección Oveja Negra. 2018

jueves, 7 de julio de 2016

Ryunosuke Akutagawa - Vida de un loco

Vida de un loco
por Ryunosuke Akutagawa



a Kumê Masao

Dejo en sus manos la decisión de si este manuscrito debe ser publicado y, por supuesto, cuándo y dónde debería publicarse.

Usted conoce a la mayoría de las personas que aparecen en él. Pero si lo publica preferiría que no tuviera un índice onomástico.

Vivo ahora en una felicidad muy infeliz. Pero, extrañamente, sin remordimientos. Sólo lo lamento por aquellos que me tuvieron como esposo, padre, hijo. Adiós. En el manuscrito no hay, al menos conscientemente, ninguna intención de justificarme.

Por último, le dejo este escrito con el sentimiento de que usted me conoció más que nadie (despojado de la piel de mi yo cosmopolita). Con respecto al loco de este manuscrito, siga adelante y ríase.

20 de junio de 1927
AKUTAGAWA RYÛNOSUKE



1. La época

Era la planta alta de una librería. A los veinte años, él estaba trepado a una escalera de diseño extranjero, apoyado contra los anaqueles, buscando libros nuevos. De Maupassant, Baudelaire, Strindberg, Ibsen, Shaw, Tolstoi…

La penumbra había empezado a imponerse. Pero, febrilmente, él continuó enfrascado en las letras de los lomos de los libros. Ante sus ojos, más que libros, se reunía el 'fin de siècle' mismo. Nietzsche, Verlaine, los hermanos Goncourt, Dostoievski, Hauptmann, Flaubert…

Resistiéndose a la oscuridad, se esforzó por distinguir los nombres. Pero los libros se hundían en las sombras. Sus nervios se tensaron, preparándose a bajar. Una bombilla desnuda, directamente sobre su cabeza, se encendió repentinamente. Encaramado en lo más alto de la escalera, miró hacia abajo. Entre los libros se movían los empleados, los clientes. Raro, qué pequeños se veían. Qué andrajosos.

«La suma de toda la vida humana añade menos de una línea a Baudelaire».

Durante un tiempo, desde la cima de la escalera, los había estado observando.



2. Madre

Los locos estaban todos vestidos igual con quimonos grises. Eso hacía más deprimente la enorme habitación. Uno de ellos estaba ante el órgano, interpretando himnos con fervor. Otro, de pie en el medio de la habitación, no, no podemos llamar a eso bailar, brincaba.

Con un médico saludable y animoso él miraba. Su madre, diez años antes, no había sido diferente en nada. En nada… el olor de ellos era el olor de su madre.

—Bien, vámonos.

Con el médico a la cabeza, bajaron a una habitación desde la sala. En un rincón, en grandes frascos de vidrio y flotando en alcohol, había una cantidad de cerebros. Encima de uno de ellos, pudo distinguir un manchón blanco. Algo semejante a la clara de un huevo. Mientras hablaba con el médico, otra vez cruzó por su mente la imagen de su madre.

—El hombre al que pertenecía este cerebro trabajaba para una empresa eléctrica, era ingeniero.

Solía creerse una enorme dínamo, que irradiaba luz negra.

Eludiendo los ojos del médico, miró a través de la ventana. Nada. Sólo una pared de ladrillos, el alféizar sembrado de frag mentos de botellas. Parches de musgo delgado. Blanco.



3. Hogar

En una habitación del segundo piso de los suburbios dormía y despertaba. Tal vez los cimientos eran débiles, el segundo piso parecía inclinarse un poco.

En ese segundo piso él y su tía discutían constantemente. Tampoco existió un periodo en que sus padres adoptivos no tuvieran que intervenir. Y sin embargo, era a su tía a quien quería más que a cualquier otra persona. Había estado sola toda la vida, y tenía casi sesenta años cuando él tenía veinte.

En esa habitación de los suburbios del segundo piso, lo perturbaba que todos los que se amaban entre sí se causaran mutua desdicha. Sintiéndose mareado por la inclinación del cuarto.



4. Tokio

El río Sumida henchido bajo las nubes. Mirando los cerezos de Mukojima por la ventanilla de la lancha de vapor en movimiento. En plena floración los capullos a sus ojos una fila de andrajos, triste. En los árboles… que se remontaban a la época de Edo. En los cerezos de Mukojima, viéndose a sí mismo.



5. Yo

Con un graduado, sentado a una mesa de café, fumando un cigarrillo tras otro. Apenas si abría la boca. Pero escuchaba atentamente las palabras del graduado.

—Hoy pasé la mitad del día andando en auto.
—¿Por trabajo, supongo?
—¿Eh?… simplemente tenía ganas.

Esas palabras le abrieron un mundo desconocido… próximo a los dioses, el reino del Yo. Era doloroso. Y extático.

El café estaba atestado. Bajo una pintura del dios Pan, en un tiesto rojo, un gomero. Sus hojas carnosas. Mustias.



6. Enfermedad

En una brisa marina sin ningún freno, el gran diccionario inglés abierto de par en par, sus dedos buscando palabras.

TALARIA: Botas, sandalias aladas.
TALE: Narración.
TALIPOT: Palmera de las Indias Orientales. Altura entre 15 y 30 m. Hojas usadas para hacer sombrillas, abanicos, sombreros. Florece una vez cada setenta años.

Su imaginación proyectó vívidamente la flor de la palmera. Mientras lo hacía advirtió una picazón en la garganta. A pesar suyo, la flema goteó sobre la página. ¿Flema?… pero no era flema. Pensando en la brevedad de la vida, conjuró una vez más la flor de la palmera. Sobre el mar remoto, en el aire, remontándose en su ascenso, la flor.



7. Pintura

De inmediato quedó impresionado. Parado ante una librería mirando una colección de pinturas de Van Gogh, sintió el impacto. Eso era pintar. Por supuesto, los Van Gogh eran tan sólo reproducciones fotográficas. Pero aun así, pudo sentir en ellas un yo que afloraba intensamente en la superficie.

La pasión de esas pinturas renovó su visión. Ahora veía las ondulaciones del ramaje de un árbol, la curva de la mejilla de una mujer.

Un encapotado crepúsculo de otoño, fuera de la ciudad, había cruzado por un paso subterráneo. Allí al otro lado del terraplén había un carro. Mientras pasaba junto a él tuvo la sensación de que alguien había pasado antes por allí. ¿Quién?… Ya no tenía necesidad de preguntarlo. En su mente de veintitrés años, una oreja cortada, un holandés, en su boca una pipa de larga boquilla, clavaba sobre el sombrío paisaje su mirada penetrante.



8. Chispas

La lluvia empapaba, hollando asfalto. La lluvia feroz. Bajo el diluvio aspiró el olor del abrigo de caucho.

Ante sus ojos un cable eléctrico aéreo lanzó chispas violeta. Extrañamente se sintió conmovido. Metido en el bolsillo de su chaqueta, para ser publicado en la revista grupal, su manuscrito. Caminando una vez más bajo la lluvia, se volvió para ver una vez más el cable eléctrico.

Emitía infatigable sus chispas como púas. Aunque evaluó toda la existencia humana, no había en ella nada especial que valiera la pena tener. Pero esos capullos de fuego violeta… esos formidables fuegos artificiales en el cielo… hubiera dado la vida por tenerlos en sus manos.



9. Cadáver

De un alambre delgado sujeto al pulgar de cada cadáver pendía una tarjeta. En ella se consignaba un nombre, una fecha. Su amigo, inclinado sobre uno de los cuerpos, empezó a despellejar la piel de la cara. Debajo de la capa de piel la grasa era de un amarillo adorable.

Miró fijamente el cadáver. Para un cuento suyo… sin duda, para dar autenticidad a la atmósfera de un cuento de la época dinástica siguió mirando. Pero el hedor, como de duraznos podridos, era nauseabundo. Su amigo, frunciendo el entrecejo, siguió trabajando silenciosamente con el escalpelo.

—Últimamente resulta difícil conseguir cadáveres.

Había dicho su amigo. Antes de advertirlo, su respuesta ya estaba preparada… «Si me hiciera falta un cadáver, sin ninguna mala intención, cometería un asesinato». Pero, por supuesto, la respuesta sólo se enunció en su cabeza.



10. Mentor

Bajo un gran roble leía el libro de su mentor. Bajo el sol de otoño el roble no movía ni siquiera su hoja más diminuta. Allá en el remoto cielo un par de platillos de vidrio pendían de una balanza, en perfecto equilibrio… Leyendo el libro de su mentor, imaginó la escena…



11. Fin de la noche

Lentamente rompía el alba. Se encontró en una esquina de alguna parte mirando la amplia plaza de un mercado. En la plaza del mercado convergían personas, carros, todo teñido de un suave rosado.

Encendiendo un cigarrillo, se aproximó discretamente al centro del mercado. Mientras avanzaba, un flaco perro negro ladró. Pero no sintió miedo. Hasta para el perro había amor.

En el centro del mercado, un bananero, sus ramas extendidas ampliamente en todas direcciones. De pie junto a la raíz miró a través de la trama de las ramas el alto cielo. En el cielo justo arriba de su cabeza centelleaba una estrella.

Sus veinticinco años… hacía tres meses que había conocido a su mentor.



12. Base naval

El interior del submarino era penumbroso. Rodeado de maquinarias, estaba inclinado atisbando en una pequeña lente. La escena del puerto que se reflejaba en la lente estaba brillantemente iluminada.

—Probablemente podrá ver al Kongo allá afuera.

Un oficial naval le hablaba. Observando una parte de la nave de guerra en la lente cuadrada no supo por qué se encontró pensando en el perejil de Holanda. Incluso sobre una mínima porción de carne de 30 sen. En su fragancia apenas perceptible.



13. Muerte del mentor

En el viento rezagado tras la lluvia él caminaba por el andén recién construido. Cielo sombrío. Más allá del andén cantando en tono agudo tres o cuatro obreros ferroviarios alzaban y dejaban caer sus mazas.

El viento poslluvia rasgaba el canto de los obreros y hacía jirones sus sentimientos. Con el cigarrillo apagado, su angustia estaba próxima a la exaltación. Mentor en estado crítico, el telegrama hecho un bollo en el bolsillo de su abrigo…

Detrás de la montaña de pinares el largo tren de las seis con destino a Tokio, su humo pálido muy bajo, serpenteante, se acercaba.



14. Matrimonio

Ya al día siguiente de su matrimonio, «De inmediato empiezas a malgastar el dinero», criticaba a su reciente esposa. Aunque en realidad la queja no era tanto suya sino de su tía. Ante él, por supuesto, pero también ante su tía, su esposa bajó la cabeza pidiendo disculpas. Un cuenco de narcisos amarillos, que él le había regalado, frente a ella.



15. Ellos

Vivían en paz. A la expansiva sombra de las hojas de un enorme árbol de bashô… Incluso por tren, a más de una hora de Tokio, en una casa de una ciudad de la costa. Por eso.



16. Almohada

Reclinado sobre el escepticismo con aroma a pétalos de rosas, leía un libro de Anatole France. Que incluso una almohada así pudiera alojar a un centauro era algo de lo que él no parecía darse cuenta.



17. Mariposa

En un viento que apestaba a lentejas de agua, apareció una mariposa. Sólo por un instante sintió sobre sus labios secos el roce de las alas. Pero años después, sobre sus labios, el polvo que las alas dejaron grabado aún centelleaba.



18. Luna

En cierto hotel, subiendo la escalera, se cruzó con ella. A la tarde su rostro parecía iluminado por la luna. Siguiéndola con la mirada (no eran ni siquiera conocidos que podían saludarse con una inclinación de cabeza), sintió una soledad como nunca había experimentado…



19. Alas hechas por el hombre

De Anatole France pasó a los filósofos del siglo XVIII. Pero evitó a Rousseau. Un aspecto de su naturaleza… un aspecto fácilmente dominado por la pasión, estaba tal vez demasiado próximo a Rousseau. El otro… el aspecto dotado de un intelecto helado, lo acercaba al autor de Candide.

Veintinueve años de existencia humana le habían ofrecido poca iluminación. Pero Voltaire al menos lo equipó de alas artificiales.

Desplegando esas alas hechas por el hombre, se remontaba con facilidad hacia el cielo. Empapado por la luz de la razón, la alegría y el pesar humano se hundían bajo sus ojos. Sobre sórdidas ciudades, dejando caer la burla y la ironía, se elevaba hacia el espacio despejado, encaminándose directamente al sol. Lo mismo que con alas hechas por el hombre, derretidas por el resplandor del sol, había lanzado al mar a un antiguo griego, muerto. Parecía haberlo olvidado…



20. Ataduras

Se acordó de que él y su esposa compartirían el mismo techo con sus padres adoptivos. Eso se debía a que él había sido contratado por cierto editor. Había dependido absolutamente de las palabras del contrato, escritas en una única hoja de papel amarillo. Pero más tarde, mirando el contrato, se hizo evidente que el editor no estaba obligado a nada. Todas las obligaciones eran de él.



21. Loca

Dos rickshaws bajo un cielo encapotado avanzaban por un camino rural despoblado. Una brisa marina indicaba que el camino conducía al mar. En el rickshaw de atrás, intuyendo su absoluta falta de interés en la cita, se preguntó qué lo impulsaba. De ninguna manera el amor. Entonces, si no era el amor… cómo evitar responder «al menos somos parecidos». Eso no podía negarlo.

En el rickshaw de adelante iba una loca. No sólo eso. Su hermana, por celos, se había suicidado.

«No hay salida».

Esta loca… esta mujer impulsada por el instinto animal lo colmaba de aversión. 

Los rickshaws bordearon un cementerio, que hedía a costa. Una cerca de valvas de ostra incrustadas. Adentro, ennegrecidas lápidas. Mirando el mar más allá de las tumbas, un vago resplandor. De repente por el esposo de ella… por ese esposo incapaz de conseguir su amor, desprecio.



22. Un pintor

Era una ilustración de revista. Pero un gallo en blanco y negro que expresaba inconfundible individualidad. Le preguntó a un amigo por el pintor.

Más o menos una semana más tarde el pintor lo visitó. Fue uno de los acontecimientos de su vida. Descubrió en el pintor una poesía desconocida para cualquiera. Y más, descubrió un alma de la que ni siquiera el mismo pintor era consciente.

Un helado anochecer de otoño, en un solitario tallo de maíz vio al pintor. Alto, armado con agresivas hojas, desde el suelo sus raíces como delgados nervios, expuestas. Era, por supuesto, un retrato de su propio yo vulnerable. Pero el descubrimiento sólo lo condujo a la desesperación.

«Demasiado tarde. Pero cuando llegue el momento…».



23. Ella

La plaza oscureciéndose. Su cuerpo febril, caminando alrededor. Los grandes edificios, tantos, vagos, en el cielo plateado las luces eléctricas de las ventanas en las ventanas enrojecidas.

Se detuvo en el cordón para esperarla. Unos cinco minutos después, con aspecto extrañamente demacrado, ella se acercó a él. Viendo su rostro, «Nada, sólo cansancio». Ella sonrió. Lado a lado, caminaron por la plaza en penumbras. Era la primera vez que estaban juntos. Por estar con ella, él sentía que daría cualquier cosa.

Más tarde, en un taxi, ella lo miró directamente a la cara. «¿Y no te arrepentirás?». Él respondió escuetamente. «Ningún arrepentimiento». Oprimiéndole la mano, ella dijo: «No me arrepentiré, pero…». También en ese momento su rostro parecía iluminado por la luna.



24. Parto

Merodeando junto a la puerta corrediza, miraba a la partera vestida de blanco que restregaba al bebé rojo. Cada vez que le entraba jabón en los ojos el bebé hacía una mueca lastimera. Peor, chillaba constantemente. Olía como un ratón. A él las preguntas lo roían todo el tiempo…

«¿Por qué vino a este mundo? A este mundo de desdicha. ¿Por qué le tocó la carga de un padre como yo?».

Y era el primer bebé de su esposa. Un varón.



25. Strindberg

De pie en la entrada, en la luz de la luna color capullo de granada, mirando a los grises chinos que jugaban mah-ong afuera. Volvió a su habitación. Bajo una lámpara tenue empezó a leer 'Le Plaidoyer d’un Fou'. Pero antes de que hubiera leído siquiera dos páginas se descubrió esbozando una sonrisa sardónica… Strindberg no era tan diferente. En las cartas a su amante, la condesa, también él escribía mentiras…



26. Antigüedad

Budas descoloridos, seres celestiales, caballos, flores de loto… casi lo abrumaron. Contemplándolos, se olvidaba de todo. Hasta de su propia suerte al escapar de las manos de la loca…



27. Disciplina espartana

Con un amigo, caminando por una calle lateral. Avanzando directamente hacia ellos, un rickshaw con capota. Totalmente inesperado, en el vehículo, ella, la de anoche. También a la luz del día su cara parecía iluminada por la luna. Con su amigo presente, naturalmente no podía haber ninguna señal de reconocimiento.

—Una belleza.

Comentó su amigo. Él, mirando hacia el punto en el que la calle se topaba con las colinas primaverales, sin poder contenerse.

—Sí, una verdadera belleza.



28. Asesino

Un camino rural al sol, olor de bosta de vaca en el aire. Enjugándose el sudor, él se arrastraba colina arriba. Desde ambos lados, el aroma del trigo fragante y maduro.

«Matar, matar…».

¿Cuánto tiempo había estado repitiendo estas palabras en su cabeza? ¿Matar a quién?… Sabía muy bien a quién. Recordaba a un hombre maligno, con el cabello muy corto.

Trigo dorado. Más allá, una catedral católica romana. Cúpula.



29. Forma

Una botella de vino de metal. En algún momento esa botella de vino finamente grabada le había enseñado la belleza de la forma.



30. Lluvia

En una gran cama con ella, hablando de bueyes perdidos. Más allá de la ventana de la habitación caía la lluvia. En esa lluvia los capullos de amarilis seguramente se pudrían. El rostro de ella ya no parecía atrapado en luz de luna. Pero hablar con ella había empezado a ser cansador. Tendido boca abajo, encendiendo con calma un cigarrillo, se dio cuenta de que los días que había pasado con ella ya sumaban siete años.

«¿Estoy enamorado de esta mujer?».

Se preguntó. Aun para su ser tan dedicado al autoanálisis la respuesta fue una sorpresa.

«Todavía lo estoy».



31. Gran terremoto

El olor no era muy diferente del de los damascos podridos. Caminando a través de las ruinas calcinadas, percibiéndolo vagamente, bajo el cielo ardiente el olor de los muertos no era del todo maligno. Pero mirando los cadáveres amontonados en altas pilas junto al estanque la expresión «me revuelve el estómago» cobra significado preciso. Más conmovedor resulta el cadáver de un niño de doce o trece años. Observándolo, no puede evitar sentir envidia. «Los amados de los dioses mueren temprano». Se le ocurre esa expresión. La casa de su hermana y de su medio hermano incendiada hasta los cimientos, el esposo de su hermana acusado de perjurio, su sentencia suspendida. 

«Mejor que todos estuvieran muertos».

Permanece en las ruinas, la idea persiste.



32. Conflicto

Él y su medio hermano estaban enfrentados. Cierto que a causa de él su medio hermano estaba bajo constante presión. Al mismo tiempo, a causa de su medio hermano, él se sentía atado. La familia no cesaba de azuzar al medio hermano para que lo siguiera. Estar al frente no era diferente de estar atado de pies y manos. Enzarzados en lucha, ambos cayeron del porche. En el patio donde cayeron, lilas de la India… todavía hoy puede verlas… bajo un cielo cargado de lluvia. Destellos de flores escarlata.



33. Héroe

¿Cuánto tiempo había pasado mirando por la ventana de la casa de Voltaire, sus ojos clavados en la imponente montaña? Arriba, en la cumbre helada, no se veía siquiera la sombra de un cóndor. Sólo el ruso retacón que ascendía obstinadamente la ladera.

Después de que la oscuridad hubo encerrado la casa de Voltaire, bajo una lámpara brillante empezó a componer un poema. En su cabeza emergía la figura del ruso que trepaba la montaña…

Más que nadie tú
respetaste el Decálogo,
más que nadie tú
violaste el Decálogo,
más que nadie tú
amaste a la gente,
más que nadie tú
despreciaste a la gente.
Más que nadie tú
llameaste con ideales,
más que nadie túconociste lo real.
Tú, nacido del Oriente,
locomotora
eléctrica
con olor a hierba.



34. Color

A los treinta años, durante algún tiempo se había enamorado de un baldío. Un lote lleno de musgo, con ladrillos rotos, fragmentos de tejas. Pero en sus ojos, un paisaje de Cézanne.

Recordó sus pasiones de siete u ocho años atrás. Siete u ocho años atrás, se dio cuenta ahora, no había entendido el color.



35. Maniquí

Para que no le importara cuándo moriría, su deseo era vivir una vida intensa. Pero en realidad su vida era una constante deferencia a sus padres adoptivos y a su tía. Esa sumisión formaba tanto la luz como la sombra de su ser. Estudió el maniquí del escaparate de la sastrería, curioso por ver hasta qué punto él se le parecía. Al menos, conscientemente… Su otro yo ya había resuelto la cuestión. En un cuento.



36. Tedio

Con un estudiante universitario caminaba por un campo de altos penachos de hierba.

—Todavía sientes un intenso apetito por la vida, ¿verdad?
—Así es… y también tú…
—Yo no. Sólo el deseo de trabajar.

Así era cómo se sentía. Ya hacía mucho que había perdido todo interés por la vida.

—Pero el deseo de trabajar y el deseo por la vida… ¿no son lo mismo?

Él no respondió. En el campo de penachos de hierba rojiza, un volcán. La feroz montaña despertó en él cierta envidia. Pero no sabía decir por qué…



37. El norteño

Conoció a una mujer que era su par intelectual. Sólo escribiendo poesía, como «El norteño», logró evitar una crisis. Era doloroso, como contemplar la nieve escarchada y centelleante gotear del tronco de un árbol.

Sombrero de junco arremolinado por los vientos,
caído en el camino,
¿a quién le importa mi fama?
La que importa es la tuya.



38. Venganza

Entre árboles en retoño, la veranda de un hotel. Él dibujaba, para entretener a un niño. Hijo único de la loca con la que había cortado relaciones, siete años atrás.

—Tiene algo tuyo, como ves.
—No, nada. En primer lugar…
—¿Qué? Sabes muy bien, ¿no?… lo de la influencia prenatal.

Él se alejó. En silencio. En lo profundo sentía deseos de estrangular a esa mujer. No podía negar que albergaba en él ese cruel impulso…



39. Espejos

Él y su amigo estaban en el rincón de un café, conversando. Su amigo, comiendo una manzana asada, comentaba el frío reciente, etc. Él, en medio de la charla, de pronto advirtió contradicciones.

—Estás soltero todavía, ¿verdad?
—No. Me caso el mes que viene.

No tenía nada más que decir. En las paredes del café, innumerables espejos reflejaban su imagen. Heladamente. Un poco amenazantes…



40. Catecismo

Atacas el sistema social actual, ¿por qué?

Porque veo los males nacidos del capitalismo.

¿Males? Creía que no discriminabas ente el bien y el mal. En ese caso, ¿qué pasa con tu propia vida?

… La discusión era con un ángel. Impecable. Con sombrero de
seda…



41. Enfermedad

Empezó a sufrir insomnio. Sus fuerzas se agotaban. Una cantidad de médicos diagnosticaron su enfermedad… dispepsia ácida, atonía gástrica, pleuresía seca, postración nerviosa, conjuntivitis crónica, fatiga mental…

Pero él conocía la causa de su enfermedad. Era su sentimiento de vergüenza ante sí mismo, mezclada con el miedo a ellos. Ellos… el público que él despreciaba.

En una tarde nublada por nubes de nieve, en el rincón de un café, un cigarro encendido en la boca, sus oídos inclinados hacia la corriente que fluía hacia él desde el gramófono, la música.

Música extraña, penetrante. Esperó que terminara, después fue hasta la máquina para examinar la etiqueta del disco: 'La flauta mágica'… Mozart

Súbitamente comprendió. Después de todo, el infractor del Decálogo Mozart también sufrió. Pero, Mozart nunca… Su cabeza gacha, en silencio. Volvió a su mesa.



42. Risa de los dioses

A los treinta y cinco años, paseando por un bosquecillo de pinos encendido por el sol de primavera. «Los dioses, pobrecitos, a diferencia de nosotros no pueden matarse». Regresaron las palabras de dos, tres años atrás…



43. Noche

Una vez más caía la noche. En la luz penumbrosa, el salvaje mar estallaba en espuma incesante. Él, bajo ese celo, se casaba por segunda vez con su esposa. Era un júbilo. Y una angustia. Sus tres hijos con ellos, observando los relámpagos a lo lejos. Su esposa, abrazando a uno de los niños, conteniendo las lágrimas.

—Ves el barco allá a lo lejos.
—Sí.
—El barco con el mástil partido en dos.



44. Muerte

Bueno era que estuviera durmiendo solo. Ató una faja a la reja de la ventana. Pero al insertar su cuello en el nudo, el terror a la muerte lo arrasó. El miedo, sin embargo, no era a la agonía de la muerte. En el siguiente intento, tenía en la mano un reloj de bolsillo, para medir el tiempo de la estrangulación. Había sólo un instante de sufrimiento, después todo empezaba a embotarse. Si al menos pudiera cruzar al otro lado, entraría en la muerte. Estudió su reloj. El dolor había durado alrededor de un minuto y
veinte segundos. Del otro lado de la ventana enrejada la oscuridad era total. En la oscuridad, desgarrándola, el canto de un gallo.



45. El diván

El diván le daría una nueva vida. Hasta ahora no había conocido al «Goethe oriental». Con una envidia próxima a la desesperación vio a Goethe de pie en la otra costa, más allá del bien y del mal, inmenso. A sus ojos, el poeta Goethe era más grande que el poeta Cristo. El alma del poeta no alberga solamente a la Acrópolis o el Gólgota. En ella también florece la rosa árabe. Si al menos tuviera la fuerza necesaria para seguir a ciegas los pasos del poeta… Terminado El diván, abatida ya la tremenda excitación, sólo quedó desprecio por sí mismo. Un eunuco congénito.



46. Mentiras

El suicidio del marido de su hermana lo aplastó de inmediato. Ahora se le agregaba la responsabilidad de la familia de su hermana. Le parecía que su futuro tenía el gris de la penumbra. Con una mueca distante, sonriendo ante su propio colapso espiritual (plenamente consciente de todos sus vicios y debilidades), siguió leyendo un libro tras otro. Pero hasta las Confesiones de Rousseau estaban repletas de mentiras heroicas. Y peor aún era La vida nueva de Toson… allí encontró un héroe más taimadamente hipócrita que cualquiera. Sólo Villon conmovía su corazón. En su poesía descubrió belleza masculina.

En sus sueños veía a Villon que esperaba ser ahorcado. Cuántas veces, como Villon, él había deseado caer hasta el fondo de la vida. Pero ni sus circunstancias ni su fuerza física lo permitieron. Consumido poco a poco. Como lo había visto Swift. Un árbol pudriéndose, de la copa para abajo.



47. Jugar con fuego

El rostro de ella resplandecía. Era como la luz del sol matinal sobre el hielo. Ella le gustaba. Pero no era amor. Nunca tocó su cuerpo, ni siquiera un dedo.

—Tratas de morirte, ¿verdad?
—Sí… No. No trato de morirme. Pero estoy harto de vivir.

De esta conversación surgió la resolución de morir juntos.

—Lo llamaremos Suicidio Platónico.
—Doble Suicidio Platónico.

Hasta a él mismo su propia calma le resultó maravillosa.



48. Muerte

Él no murió con ella. No haberla tocado nunca era suficiente gratificación. Ella, como si nada hubiera pasado entre ellos, hablaba con él de tanto en tanto. Le entregó su ampolla de cianuro de potasio, diciéndole «Esto debería inspirarnos».

Era cierto, la ampolla le dio seguridad. En su silla de ratán, sentado solo mirando las hojas nuevas del roble pensó en la quietud. En la muerte.



49. Cisne embalsamado

Gastando la poca fuerza que le quedaba, intentó una autobiografía. Era más difícil de lo que había creído. El engreimiento y el escepticismo y el cálculo de ventajas y desventajas no lo abandonaban. Despreciaba ese yo suyo. Al mismo tiempo no podía evitar pensar: «Si quitamos una capa de piel todo el mundo es igual». 'Dichtung und Wahrheit'… el título de ese libro sería adecuado para todas las autobiografías. Pero él también sabía perfectamente que las obras de literatura no conmovían a muchos. Su propia obra sólo podría gustarles a aquellos cuyas vidas estaban próximas a la suya; fuera de esos lectores no tendría otros… Ése era el sentimiento que predominaba en él. Trataría, concisamente, de escribir su propia 'Dichtung und Wahrheit'.

Después de terminar 'Vida de un loco' vio por casualidad en un negocio de segunda mano un cisne embalsamado. Estaba allí con su cuello erguido, sus alas amarillentas, apolillado. Recordando toda su vida, lo embargó un súbito acceso de lágrimas y heladas carcajadas. Frente a él se cernía la locura o el suicidio. En el crepúsculo caminó por la calle solo, decidido, pacientemente, a esperar su destino, la destrucción que lentamente se acercaba.



50. Cautivo

Uno de sus amigos enloqueció. Siempre había sentido hacia él una afinidad peculiar. Debido al aislamiento… porque conocía el aislamiento oculto tras una máscara de alegría y desenfado. Después que su amigo enloqueció, fue a visitarlo dos o tres veces.

—Tú y yo estamos poseídos por un demonio. El demonio 'fin de siècle', eh.

De esas cosas hablaba su amigo, su voz en un susurro. Pero varios días más tarde, se enteró por terceros: su amigo, en camino hacia una fuente termal, había empezado a comer rosas. Después de que su amigo fue internado en un manicomio él recordó el busto de terracota que le había regalado una vez. Era el busto del autor de Inspector general, tan amado por su amigo. Recordando que Gogol también había muerto loco, no pudo evitar sentir que algún poder los controlaba a ambos.

Enfermo y exhausto, leyendo las últimas palabras de Radiguet, escuchó una vez más la risa de los dioses… «Los soldados de Dios vienen a apresarme». Desesperadamente trató de luchar contra su superstición y su sentimentalismo. Pero era físicamente incapaz de llevar adelante la batalla. Era cierto, «el demonio del fin de siglo» seguía atormentándolo. Cómo envidiaba a los de la Edad Media con su fe en Dios. Pero creer en un Dios… creer en el amor de un Dios, era imposible. ¡Ni siquiera en el Dios de Cocteau!



51. Derrota

La mano que empuñaba la pluma había empezado a temblar. Babeaba. Su cabeza sólo tenía alguna claridad después de una dosis de ocho miligramos de Veronal. Y entonces, sólo por media hora o una hora. En esta semioscuridad día a día vivía. El filo mellado, una espada muy delgada como bastón.

martes, 21 de junio de 2016

Takuboku - Sin decir nada (selección)

Sin decir nada (selección)
por Takuboku



no puedo olvidar
a uno que llorando sin parar
me mostraba un puñado de arena.

***

ah, qué triste
es la arena sin vida
que pasa entre mis dedos.

***

¿de quién eres la tumba
cerrito de arena
que la tormenta
juntó en la noche?

***

bolitas de arena
repletas de llanto.
cómo pesan —en realidad—
las lágrimas.

***

después de escribir genial, genial
como cien veces en la arena
ya no pienso en la muerte
y vuelvo a casa.

***

no entenderé yo
tus más profundos
pensamientos,
dice mi madre llorando
y desaparece del sueño.

***

como un hijo de las colinas
siempre piensa en las colinas
cuando tengo pena
siempre pienso en ti.

***

tenía ganas de andar en tren
y ahora que me bajo
no tengo dónde ir.

***

para una mente apacible
—que no es la mía—
hasta el tic-tac de un reloj
es algo memorable.

***

si las niñas me oyeran gritar
pensarían que soy un perro enfermo
aullando a la luna.

***

mientras me
quito los guantes
recuerdo algo
que se me olvida.

***

nunca noté
las faltas de ortografía
en tus primeras cartas de amor.

***

junto a una piedra
donde cantan los grillos
riendo y llorando
me hablo a mí mismo.

***

un vasto y claro cielo otoñal
sin una sola sombra
se ve desamparado.
le falta un par de cuervos creo yo.

***

como el hijo pródigo
vuelve a dormir a casa
así de silencioso
ha llegado el invierno.

***

volviendo a casa del trabajo
tarde en la noche
abrazo a mi hijo
que acaba de morir.

***

enigma y abismo:
vuelvo a tocar
la frente fría
de mi hijo.

***

¿es que sigo
en el año pasado?
es año nuevo
y ya estoy harto.

***

¿es que no quieres vivir?
—me gritaba el doctor—
y yo no sabía qué decir.

***

pasando mi mano
por la cicatriz de una operación
me gustaría tener un cuerpo nuevo.

***

estaba en mi mano
el cuchillo que buscaba
y ni siquiera me reí.

***

tarde en la noche
escucho ruidos en otra pieza.
temiendo que alguien haya muerto
dejo de respirar.

***

bien lejos
queda en realidad
el cielo de mi aldea natal.
subo al balcón
y bajo acongojado.

***

¿no hay manera
de quitarse la vida
sin saber que nos
hundimos sin sentir?

***

¿no hay manera
de quitarse la vida
sin saber que nos
hundimos sin saber?

***

como un milagro
y espantando a todos
voy a dejar este mundo.

***

lágrimas, lágrimas,
qué misteriosas son.
bañado en ellas
mi alma es un payaso.

***

qué bien suena un balazo
en lo profundo del bosque
cuando alguien se mata.

***

toda mi vida
queriendo tantas veces morir
y no pudiendo morir
es triste y es divertida.

lunes, 20 de junio de 2016

Roberto Bolaño - Prosa del otoño en Gerona

Prosa del otoño en Gerona
por Roberto Bolaño




Una persona—debería decir una desconocida— que te acaricia, te hace bromas, es dulce contigo y te lleva hasta la orilla de un precipicio. Allí, el personaje dice ay o empalidece. Como si estuviera dentro de un caleidoscopio y viera el ojo que lo mira. Colores que se ordenan en una geometría ajena a todo lo que tú estás dispuesto a aceptar como bueno. Así empieza el otoño, entre el río Oñar y la colina de las Pedreras.

***

La desconocida está tirada en la cama. A través de escenas sin amor (cuerpos planos, objetos sadomasoquistas, píldoras y muecas de desempleados) llegas al momento que denominas el otoño y descubres a la desconocida.

En el cuarto, además del reflejo que lo chupa todo, observas piedras, lajas amarillas, arena, almohadas con pelos, pijamas abandonados. Luego desaparece todo.

***

Te hace bromas, te acaricia. Un paseo solitario por la plaza de los cines. En el centro una alegoría en bronce: «La batalla contra los franceses». El soldado raso con la pistola levantada, se diría a punto de disparar al aire, es joven; su rostro está conformado para expresar cansancio, el pelo alborotado, y ella te acaricia sin decir nada, aunque la palabra caleidoscopio resbala como saliva de sus labios y entonces las escenas vuelven a transparentarse en algo que puedes llamar el ay del personaje pálido o geometría alrededor de tu ojo desnudo.

***

Después de un sueño (he extrapolado en el sueño la película que vi el día anterior) me digo que el otoño no puede ser sino el dinero.

El dinero como el cordón umbilical que te comunica con las muchachas y el paisaje.

El dinero que no tendré jamás y que por exclusión hace de mí un anacoreta, el personaje que de pronto empalidece en el desierto.

***

«Esto podría ser el infierno para mí». El caleidoscopio se mueve con la serenidad y el aburrimiento de los días. Para ella, al final, no hubo infierno. Simplemente evitó vivir aquí. Las soluciones sencillas guían nuestros actos. La educación sentimental sólo tiene una divisa: no sufrir. Aquello que se aparta puede ser llamado desierto, roca con apariencia de hombre, el pensador tectónico.

***

La pantalla atravesada por franjas se abre y es tu ojo el que se abre alrededor de la franja. Todos los días el estudio del desierto se abre como la palabra «borrado». ¿Un paisaje borrado? ¿Un rostro en primer plano? ¿Unos labios que articulan otra palabra? 

La geometría del otoño atravesada por la desconocida solamente para que tus nervios se abran.

Ahora la desconocida vuelve a desaparecer. De nuevo adoptas la apariencia de la soledad.

***

Dice que está bien. Tú dices que estás bien y piensas que ella debe de estar realmente bien y que tú estás realmente bien. Su mirada es bellísima, como si viera por primera vez las escenas que deseó toda su vida. Después llega el aliento a podrido, los ojos huecos aunque ella diga (mientras tú permaneces callado, como en una película muda) que el infierno no puede ser el mundo donde vive. ¡Corten este texto de mierda!, grita. El caleidoscopio adopta la apariencia de la soledad. Crac, hace tu corazón.

***

Al personaje le queda la aventura y decir «ha empezado a nevar, jefe».

***

De este lado del río todo lo que te interesa mantiene la misma mecánica. Las terrazas abiertas para recibir el máximo sol posible, las muchachas aparcando sus mobilettes, las pantallas cubiertas por cortinas, los jubilados sentados en las plazas. Aquí el texto no tiene conciencia de nada sino de su propia vida. La sombra que provisionalmente llamas autor apenas se molesta en describir cómo la desconocida arregló todo para su momento Atlántida.

***

No es de extrañar que la habitación del autor esté llena de carteles alusivos. Desnudo, da vueltas por el centro contemplando las paredes descascaradas, en las cuales asoman signos, dibujos nerviosos, frases fuera de contexto.

Resuenan en el caleidoscopio, como un eco, las voces de todos los que él fue y a eso llama su paciencia.

La paciencia en Gerona antes de la Tercera Guerra.
Un otoño benigno.
Apenas queda olor de ella en el cuarto…
El perfume se llamaba Carnicería fugaz…
Un médico famoso le había operado el ojo izquierdo…

***

La situación real: estaba solo en mi casa, tenía veintiocho años, acababa de regresar después de pasar el verano fuera de la provincia, trabajando, y las habitaciones estaban llenas de telarañas. Ya no tenía trabajo y el dinero, a cuentagotas, me alcanzaría para cuatro meses. Tampoco había esperanzas de encontrar otro trabajo. En la policía me habían renovado la permanencia por tres meses. No autorizado para trabajar en España. No sabía qué hacer. Era un otoño benigno.

***

Las dos de la noche y la pantalla blanca. Mi personaje está sentado en un sillón, en una mano un cigarrillo y en la otra una taza con coñac. Recompone minuciosamente algunas escenas. Así, la desconocida duerme con perfecta calma. Luego le acaricia los hombros. Luego le dice que no la acompañe a la estación. Allí observas una señal, la punta del iceberg. La desconocida asegura que no pensaba dormir con él. La amistad—su sonrisa entra ahora en la zona de las estrías—no presupone ninguna clase de infierno.

Es extraño, desde aquí parece que mi personaje espanta moscas con su mano izquierda. Podría, ciertamente, transformar su angustia en miedo si levantara la vista y viera entre las vigas en ruinas los ojillos de una rata fijos en él.

Crac, su corazón. La paciencia como una cinta gris dentro del caleidoscopio que empiezas una y otra vez.

¿Y si el personaje hablara de la felicidad? ¿En su cuerpo de veintiocho años comienza la felicidad?

***

Lo que hay detrás cuando hay algo detrás: «llama al jefe y dile que ha empezado a nevar». No hay mucho más que añadir al otoño de Gerona.

Una muchacha que se ducha, su piel enrojecida por el agua caliente; sobre su pelo, como turbante, una toalla vieja, descolorida. De repente, mientras se pinta los labios delante del espejo, me mira (estoy detrás) y dice que no hace falta que la acompañe a la estación.

Repito ahora la misma escena, aunque no hay nadie frente al espejo.

****

Para acercarse a la desconocida es necesario dejar de ser el hombre invisible. Ella dice, con todos sus actos, que el único misterio es la confidencia futura. ¿La boca del hombre invisible se acerca al espejo?

Sácame de este texto, querré decirle, muéstrame las cosas claras y sencillas, los gritos claros y sencillos, el miedo, la muerte, su instante Atlántida cenando en familia.

****

El otoño en Gerona: la Escuela de Bellas Artes, la plaza de los cines, el índice de desempleo en Cataluña, tres meses de permiso para residir en España, los peces en el Oñar (¿carpas?), la invisibilidad, el autor que contempla las luces de la ciudad y por encima de estas una franja de humo gris sobre la noche azul metálico, y al fondo las siluetas de las montañas.

Palabras de un amigo refiriéndose a su compañera con la cual vive desde hace siete años: «es mi patrona».

No tiene sentido escribir poesía, los viejos hablan de una nueva guerra y a veces vuelve el sueño recurrente: autor escribiendo en habitación en penumbras; a lo lejos, rumor de pandillas rivales luchando por un supermercado; hileras de automóviles que nunca volverán a rodar.

La desconocida, pese a todo, me sonríe, aparta los otoños y se sienta a mi lado. Cuando espero gritos o una escena, sólo pregunta por qué me pongo así. 

¿Por qué me pongo así?

La pantalla se vuelve blanca como un complot.

***

El autor suspende su trabajo en el cuarto oscuro, los muchachos dejan de luchar, los faros de los coches se iluminan como tocados por un incendio. En la pantalla sólo veo unos labios que deletrean su momento Atlántida.

***

La muerte también tiene unos sistemas de claridad. No me sirve (lo siento por mí, pero no me sirve) el amor tentacular y solar de John Varley, por ejemplo, si esa mirada lúcida que abraza una situación no puede ser otra mirada lúcida enfrentada con otra situación, etc. Y aun si así fuera, la caída libre que eso supone tampoco me sirve para lo que de verdad deseo: el espacio que media entre la desconocida y yo, aquello que puedo mal nombrar como otoño en Gerona, las cintas vacías que nos separan pese a todos los riesgos.

El instante prístino que es el pasaporte de R. B. en octubre de 1981, que lo acredita como chileno con permiso para residir en España, sin trabajar, durante otros tres meses. ¡El vacío donde ni siquiera cabe la náusea!

***

Así, no es de extrañar la profusión de carteles en el cuarto del autor. Círculos, cubos, cilindros rápidamente fragmentados nos dan una idea de su rostro cuando la luz lo empuja; aquello que es su carencia de dinero se transforma en desesperación del amor; cualquier gesto con las manos se transforma en piedad. 

Su rostro, fragmentado alrededor de él, aparece sometido a su ojo que lo reordena, el caleidoscopio ideal. (O sea: la desesperación del amor, la piedad, etc.).

***

MAÑANA DE DOMINGO. La Rambla está vacía, sólo hay algunos viejos sentados en los bancos leyendo el periódico. Por el otro extremo las siluetas de dos policías inician el recorrido.

Llega Isabel: levanto la vista del periódico y la observo. Sonríe, tiene el pelo rojo. A su lado hay un tipo de pelo corto y barba de cuatro días. Dice que va a abrir un bar, un lugar barato adonde podrán ir sus amigos. «Estás invitado a la inauguración». En el periódico hay una entrevista a un famoso pintor catalán. «¿Qué se siente al estar en las principales galerías del mundo a los treinta y tres años?». Una gran sonrisa roja. A un lado del texto, dos fotos del pintor con sus cuadros. «Trabajo doce horas al día, es un horario que yo mismo me he impuesto». Junto a mí, en el mismo banco, un viejo con otro periódico empieza a removerse; realidad objetiva, susurra mi cabeza. Isabel y el futuro propietario se despiden, intentarán ir, me dicen, a una fiesta en un pueblo vecino. Por el otro extremo las siluetas de los policías se han agrandado y ya casi están sobre mí. Cierro los ojos.

MAÑANA DE DOMINGO. Hoy, igual que ayer por la noche y anteayer, he llamado por teléfono a una amiga de Barcelona. Nadie contesta. Imagino por unos segundos el teléfono sonando en su casa donde no hay nadie, igual que ayer y anteayer, y luego abro los ojos y observo el surco donde se ponen las monedas y no veo ninguna moneda.

***

El desaliento y la angustia consumen mi corazón. Aborrezco la aparición del día, que me invita a una vida, cuya verdad y significación es dudosa para mí. Paso las noches agitado por continuas pesadillas.
Fichte

En efecto, el desaliento, la angustia, etc.

El personaje pálido aguardando, ¿en la salida de un cine?, ¿de un campo deportivo?, la aparición del hoyo inmaculado. (Desde esta perspectiva otoñal su sistema nervioso pareciera estar insertado en una película de propaganda de guerra).

***

Me lavo los dientes, la cara, los brazos, el cuello, las orejas. Todos los días bajo al correo. Todos los días me masturbo. Dedico gran parte de la mañana a preparar la comida del resto del día. Me paso las horas muertas sentado, hojeando revistas. Intento, en las repetidas ocasiones del café, convencerme de que estoy enamorado, pero la falta de dulzura —de una dulzura determinada— me indica lo contrario. A veces pienso que estoy viviendo en otra parte.

Después de comer me duermo con la cabeza sobre la mesa, sentado. Sueño lo siguiente: Giorgio Fox, personaje de un cómic, crítico de arte de diecisiete años, cena en un restaurante del nivel 30, en Roma. Eso es todo. Al despertar pienso que la luminosidad del arte asumido y reconocido en plena juventud es algo que de una manera absoluta se ha alejado de mí. Cierto, estuve dentro del paraíso, como observador o como náufrago, allí donde el paraíso tenía la forma del laberinto, pero jamás como ejecutante. Ahora, a los veintiocho, el paraíso se ha alejado de mí y lo único que me es dable ver es el primer plano de un joven con todos sus atributos: fama, dinero, es decir capacidad para hablar por sí mismo, moverse, querer. Y el trazo con que está dibujado Giorgio Fox es de una amabilidad y dureza que mi cara (mi jeta fotográfica) jamás podrá imitar.

***

Quiero decir: allí está Giorgio Fox, el pelo cortado al cepillo, los ojos azul pastel, perfectamente bien dentro de una viñeta trabajada con pulcritud. Y aquí estoy yo, el hoyo inmaculado en el papel momentáneo de masa consumidora de arte, masa que se manipula y observa a sí misma encuadrada en un paisaje de ciudad minera. (El desaliento y la angustia de Fichte, etc.).

***

Recurrente, la desconocida cuelga del caleidoscopio. Le digo: «Soy voluble. Hace una semana te amaba, en momentos de exaltación llegué a pensar que éramos una pareja del paraíso. Pero ya sabes que sólo soy un fracasado: esas parejas existen lejos de aquí, en París, en Berlín, en la zona alta de Barcelona. Soy voluble, unas veces deseo la grandeza, otras sólo su sombra. La verdadera pareja, la única, es la que hacen el novelista de izquierda famoso y la bailarina, antes de su momento Atlántida. Yo, en cambio, soy un fracasado, alguien que no será jamás Giorgio Fox, y tú pareces una mujer común y corriente, con muchas ganas de divertirte y ser feliz. Quiero decir: feliz aquí, en Cataluña, y no en un avión rumbo a Milán o la estación nuclear de Lampedusa. Mi volubilidad es fiel a ese instante prístino, el resentimiento feroz de ser lo que soy, el sueño en el ojo, la desnudez ósea de un viejo pasaporte consular expedido en México el año 73, válido hasta el 82, con permiso para residir en España durante tres meses, sin derecho a trabajar. La volubilidad, ya lo ves, permite la fidelidad, una sola fidelidad, pero hasta el fin».

La imagen se funde en negro.

***

Una voz en off cuenta las hipotéticas causas por las cuales Zurbarán abandonó Sevilla. ¿Lo hizo porque la gente prefería a Murillo? ¿O porque la peste que azotó la ciudad por aquellos años lo dejó sin algunos de sus seres queridos y lleno de deudas?

***

El paraíso, por momentos, aparece en la concepción general del caleidoscopio. Una estructura vertical llena de manchas grises. Si cierro los ojos, bailarán dentro de mi cabeza los reflejos de los cascos, el temblor de una llanura de lanzas, aquello que tú llamabas el azabache. También, si quito los efectos dramáticos, me veré a mí mismo caminando por la plaza de los cines en dirección al correo, en donde no encontraré ninguna carta.

***

No es de extrañar que el autor pasee desnudo por el centro de su habitación. Los carteles borrados se abren como las palabras que él junta dentro de su cabeza. Después, casi sin transición, veré al autor apoyado en una azotea contemplando el paisaje; o sentado en el suelo, la espalda contra una pared blanca mientras en el cuarto contiguo martirizan a una muchacha; o de pie, delante de una mesa, la mano izquierda sobre el borde de madera, la vista levantada hacia un punto fuera de la escena. En todo caso, el autor se abre, se pasea desnudo dentro de un entorno de carteles que levantan, como en un grito operístico, su otoño en Gerona.

***

AMANECER NUBLADO. Sentado en el sillón, con una taza de café en las manos, sin lavarme aún, imagino al personaje de la siguiente manera: tiene los ojos cerrados, el rostro muy pálido, el pelo sucio. Está acostado sobre la vía del tren. No. Sólo tiene la cabeza sobre uno de los raíles, el resto del cuerpo reposa a un lado de la vía, sobre el pedregal gris blanquecino. Es curioso: la mitad izquierda de su cuerpo produce la impresión de relajamiento propia del sueño, en cambio la otra mitad aparece rígida, envarada, como si ya estuviera muerto. En la parte superior de este cuadro puedo apreciar las faldas de una colina de abetos (¡sí, de abetos!) y sobre la colina un grupo de nubes rosadas, se diría de un atardecer del Siglo de Oro.

AMANECER NUBLADO. Un hombre, mal vestido y sin afeitar, me pregunta qué hago. Le contesto que nada. Me replica que él piensa montar un bar. Un lugar, dice, donde la gente vaya a comer. Pizzas. No muy caras. Magnífico, digo. Luego alguien pregunta si está enamorado. Qué quieren decir con eso, dice. Explican: si le gusta seriamente alguna mujer. Responde que sí. Será un bar estupendo, digo yo. Me dice que estoy invitado a la inauguración. Puedes comer lo que quieras sin pagar.

***

Una persona te acaricia, te hace bromas, es dulce contigo y luego nunca más te vuelve a hablar. ¿A qué te refieres, a la Tercera Guerra? La desconocida te ama y luego reconoce la situación matadero. Te besa y luego te dice que la vida consiste precisamente en seguir adelante, en asimilar los alimentos y buscar otros. 

Es divertido, en el cuarto, además del reflejo que lo chupa todo (y de ahí el hoyo inmaculado), hay voces de niños, preguntas que llegan como desde muy lejos. Y detrás de las preguntas, lo hubiera adivinado, hay risas nerviosas, bloques que se van deshaciendo pero que antes sueltan su mensaje lo mejor que pueden. «Cuídate». «Adiós, cuídate».

***

El viejo momento denominado «Nel, majo».

***

Ahora te deslizas hacia el plan. Llegas al río. Allí enciendes un cigarrillo. Al final de la calle, en la esquina, hay una cabina telefónica y esa es la única luz al final de la calle. Llamas a Barcelona. La desconocida contesta el teléfono. Te dice que no irá. Tras unos segundos, en los cuales dices «bueno», y ella te remeda, «bueno», preguntas por qué. Te dice que el domingo irá a Alella y tú dices que ya la llamarás cuando vayas a Barcelona. Cuelgas y el frío entra en la cabina, de improviso, cuando pensabas lo siguiente: «es como una autobiografía». Ahora te deslizas por calles retorcidas, qué luminosa puede ser Gerona de noche, piensas, apenas hay dos barrenderos conversando afuera de un bar cerrado y al final de la calle las luces de un automóvil que desaparece. No debo tomar, piensas, no debo dormirme, no debo hacer nada que perturbe el fije. Ahora estás detenido junto al río, en el puente construido por Eiffel, oculto en el entramado de fierros. Te tocas la cara. Por el otro puente, el puente llamado de los labios, oyes pisadas pero cuando buscas a la persona ya no hay nadie, sólo el murmullo de alguien que baja las escaleras. Piensas: «así que la desconocida era así y asá, así que el único desequilibrado soy  yo, así que he tenido un sueño espléndido». El sueño al que te refieres acaba de cruzar delante de ti, en el instante sutil en que te concedías una tregua —y por lo tanto te transparentabas brevemente, como el licenciado Vidriera—, y consistía en la aparición, en el otro extremo del puente, de una población de castrados, comerciantes, profesores, amas de casa, desnudos y enseñando sus testículos y susvaginas rebanadas en las palmas de las manos. Qué sueño más curioso, te dices. No cabe duda de que quieres darte ánimos.

***

A través de los ventanales de un restaurante veo al librero de una de las principales librerías de Gerona. Es alto, un poco grueso y tiene el pelo blanco y las cejas negras. Está de pie en la acera, de espaldas a mí. Yo estoy sentado en el fondo del restaurante con un libro sobre la mesa. Al cabo de un rato el librero cruza la calle con pasos lentos, se diría estudiados, y la cabeza inclinada. Me pregunto en quién estará pensando. En cierta ocasión escuché, mientras curioseaba por su establecimiento, que le confesaba a una señora gerundense que él también había cometido locuras. Después alcancé a distinguir palabras sueltas: «trenes», «dos asesinos», «la noche del hotel», «un emisario», «tuberías defectuosas», «nadie estaba al otro lado», «la mirada hipotética de». Llegado a este punto tuve que taparme la mitad inferior de la cara con un libro para que no me sorprendieran riéndome. ¿La mirada hipotética de su novia, de su esposa? ¿La mirada hipotética de la dueña del hotel? (También puedo preguntarme: ¿la mirada de la pasajera del tren?, ¿la señorita que iba junto a la ventanilla y vio al vagabundo poner la cabeza sobre un raíl?). Y finalmente: ¿por qué una mirada hipotética?

Ahora, en el restaurante, mientras lo veo llegar a la otra acera y contemplar algo sobre los ventanales, detrás de los cuales estoy, pienso que tal vez no entendí sus palabras aquel día, en parte por el catalán cerrado de esta provincia, en parte por la distancia que nos separaba. Pronto un muchacho horrible reemplaza al librero en el espacio que este ocupaba hace unos segundos. Luego el muchacho se mueve y el lugar lo ocupa un perro, luego otro perro,luego una mujer de unos cuarenta años, rubia, luego el camarero que sale a retirar las mesas porque empieza a llover.

***

Ahora llenas la pantalla —una especie de mini periodo barroco— con la voz de la desconocida hablándote de sus amigos. En realidad tú también conoces a esa gente, hace tiempo incluso escribiste dos o cuatro poemas podridamente cínicos sobre la relación terapéutica entre tu verga, tu pasaporte y ellos. Es decir, en la sala de baile fantasmal se reconocían todos los hoyos inmaculados que tú podías poner, en una esquina, y ellos, los Burgueses de Calais de sus propios miedos, en la otra. La voz de la desconocida echa paladas de mierda sobre sus amigos (desde este momento puedes llamarlos los desconocidos). Es tan triste. Paisajes satinados donde la gente se divierte antes de la guerra. La voz de la desconocida describe, explica, aventura causas de efectos nunca desastrosos y siempre anémicos. Un paisaje que jamás necesitará un termómetro, cenas tan amables, maneras tan increíbles de despertar por la mañana. Por favor, sigue hablando, te escucho, dices mientras te escabulles corriendo a través de la habitación negra, del momento de la cena negra, de la ducha negra en el baño negro.

***

LA REALIDAD. Había regresado a Gerona, solo, después de tres meses de trabajo. No tenía ninguna posibilidad de conseguir otro y tampoco tenía muchas ganas. La casa, durante mi ausencia, se había llenado de telarañas y las cosas parecían recubiertas por una película verde. Me sentía vacío, sin ganas de escribir y, cuando lo intentaba, incapaz de permanecer sentado durante más de una hora ante una hoja en blanco. Los primeros días ni siquiera me lavaba y pronto me acostumbré a las arañas. Mi actividad se reducía a bajar al correo, donde muy rara vez encontraba una carta de mi hermana, desde México, y en ir al mercado a comprar carne de despojos para la perra.

LA REALIDAD. De alguna manera que no podría explicar la casa parecía tocada por algo que no tenía en el momento de ausentarme. Las cosas parecían más claras, por ejemplo, mi sillón me parecía claro, brillante, y la cocina, aunque llena de polvo pegado a costras de grasa, daba una impresión de blancura, como si se pudiera ver a través de ella. (¿Ver qué? Nada: más blancura). De la misma manera, las cosas eran más excluyentes. La cocina era la cocina y la mesa era sólo la mesa. Algún día intentaré explicarlo, pero si entonces, a los dos días de haber regresado, ponía las manos o los codos sobre la mesa, experimentaba un dolor agudo, como si estuviera mordiendo algo irreparable.

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Llama al jefe y dile que ha empezado a nevar. En la pantalla: la espalda del personaje. Está sentado en el suelo, las rodillas levantadas; delante, como colocados allí por él mismo para estudiarlos, vemos un caleidoscopio, un espejo empañado, una desconocida.

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EL CALEIDOSCOPIO OBSERVADO. La pasión es geometría. Rombos, cilindros, ángulos latidores. La pasión es geometría que cae al abismo, observada desde el fondo del abismo.

LA DESCONOCIDA OBSERVADA. Senos enrojecidos por el agua caliente. Son las seis de la mañana y la voz en off del hombre todavía dice que la acompañará al tren. No es necesario, dice ella, su cuerpo que se mueve de espaldas a la cámara. Con gestos precisos mete su pijama en la maleta, la cierra, coge un espejo, se mira (allí el espectador tendrá una visión de su rostro: los ojos muy abiertos, aterrorizados), abre la maleta, guarda el espejo, cierra la maleta, se funde…

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Esta esperanza yo no la he buscado. Este pabellón silencioso de la Universidad desconocida.