jueves, 11 de julio de 2019

Jorge Abel Muñoz - Los envases

Los envases
por Jorge Abel Muñoz


Arrinconados entre azulejos
shampú, crema enjuague
baños de crema
todas esas torres de plástico
de varias formas y alturas
son una catedral
de promesas y nostalgia:
reparación total
tratamiento reconstructor
recuperación extrema
reactivador de brillo
¿De qué catástrofe me perdí?
Por lo que haya que reparar
recuperar, reconstruir
me hago creyente bajo la lluvia
junto las palmas
entro en la catedral
rezando en un idioma que ni yo mismo
comprendo
pero creo cuando digo
Aqua, Sodium Laureth Sulfatem
Poliquartenium, Acrylates, Parfum
y así
el agua bautista
llueve sobre los restos
limpia lo que no sé
pero recuerdo

viernes, 5 de julio de 2019

Julio Ramón Ribeyro - Dichos de Luder (Selección)

DICHOS DE LUDER
(SELECCIÓN)


por JULIO RAMÓN RIBEYRO



PRESENTACIÓN

A Luder lo frecuenté mucho durante los largos años que vivió en París. Ocupaba un viejo departamento en el Barrio Latino sin más compañía que su criada y, por épocas, de una que otra amiga que podía quedarse allí sólo unos días o una larga temporada. En su espaciosa biblioteca, donde pasaba la mayor parte del tiempo leyendo, escribiendo o escuchando música —tan pronto óperas de Verdi como boleros de Agustín Lara— recibía al atardecer muy irregularmente a dos o tres amigos y a los pocos jóvenes autores o estudiantes que habían leído sus raras publicaciones. Estas veladas eran sencillas. Se bebía sólo vino (tinto y burdeos, sobre esto Luder era inflexible) y se hablaba de todo, sin protocolo ni concierto. Era visible que Luder encontraba un vivo placer en estas visitas, pues le permitían salir de su aislamiento y asomarse, aunque fuera por momentos, a una realidad que le era cada vez más extraña y, en muchos aspectos, insoportable.

Con el tiempo estas veladas se fueron espaciando y llegó un momento en que Luder dejó de recibir y de salir. En parte por razones de salud y en parte porque su tendencia a la soledad se había ido exacerbando y lo conducía necesariamente a someterla a pruebas más rigurosas y, diría yo, irrevocables. Fue así que un día convocó a sus amigos más cercanos para anunciarnos que abandonaba París para instalarse en algún lugar del Perú. Poco después liquidó todos sus bienes —que aparte de su biblioteca no tenían mayor valor— y se fue sin despedirse de nadie.

Desde entonces, hace casi dos años, no hemos tenido noticias de él. Que se encuentre —como dicen algunos— en el valle del Urubamba, cerca del Cusco, amancebado con una campesina jovencísima y analfabeta o que haya elegido como refugio —según otros— una caleta pesquera abandonada, es secundario y no viene al caso, pues no es mi propósito fomentar una pesquisa que atentaría contra su voluntad de apartamiento. Sólo quiero recalcar que la partida de Lude nos dejó una inquietud y, para ser sincero, una decepción. A pesar de la forma irónica como siempre se refirió a sus escritos y a la tarea literaria en general, sus amigos confiábamos que, llegado a la madurez, nos dejaría antes de partir algo más importante y sólido que los pocos libros que publicó en editoras marginales o a cuenta de autor. Quizás esa obra la esté escribiendo en su retiro ignorado, pero también es posible que su retiro sea una dimisión —una abdicación, como él diría— de toda responsabilidad literaria.

Este pequeño libro es una recopilación de algunos de sus dichos que anoté cuando conversamos en París o durante sus esporádicas visitas al Perú. Al publicarlos —por amistad, por simpatía u con la esperanza de despertar interés por un autor casi ignorado— he tenido que vencer un escrúpulo: ¿Qué pensaría Luder de esta publicación? ¿La hubiera aprobado? Su viaje intempestivo no me permitió tratar en forma explícita el asunto, pero me acuerdo que en una ocasión le dije que había tomado nota de sus conceptos y que alguna vez los publicaría. «Los conceptos pertenecen al dominio público —me dijo secamente—. Sólo las formas son privadas». Frase poco clara y discutible, que interpreto a mi favor, si bien comprendo que en sus dichos los conceptos y las formas son inseparables.

París, 1984

JULIO RAMÓN RIBEYRO





3

Envidian a Luder porque una o dos veces al mes se amanece conversando con un amigo muy inteligente.

—¡Debe ser una conversación apasionante!

—Ni crean. Como ignoramos más de lo que sabemos, lo único que hacemos es canjear fragmentos de nuestra propia tiniebla interior.



4

—Ven con nosotros —le dicen sus amigos—. La noche está espléndida, las calles tranquilas. Tenemos entradas el cine y hasta hemos reservado mesa en un restaurante.

—¡Ah, no! —protesta Luder—. Yo sólo salgo cuando hay un grado, aunque sea mínimo, de incertidumbre.



10

—Una cualidad que te envidiamos es haber logrado siempre evitar las discusiones —le dicen a Luder.

—No veo por qué. Entrar en una discusión es admitir por anticipado que tu contrincante puede tener la razón.



11

—Nunca he sido insultado, ni perseguido, ni agredido, ni encarcelado, ni desterrado —dice Luder—. Debo en consecuencia ser un miserable.



14

—Es curioso —dice Luder—. En el fondo de los ojos de las personas extremadamente bellas hay siempre un remanente de imbecilidad.



15

—Así como hay una palabra que ha dado origen a todas las palabras —dice Luder— debe haber una sentencia que contenga todas las enseñanzas y toda la sabiduría del mundo. Cuando la descubramos el tiempo cesará de existir, pues habremos entrado a la era inmóvil de la perfección.



23

—¡No, por favor! —protesta Luder, cuando vienen a buscarlo una vez más para que firme un manifiesto humanitarista o participe en un mitin a favor del pueblo oprimido—. Amar a la humanidad es fácil, lo difícil es amar al prójimo.



27

Un amigo viene a visitar a Luder que está muy enfermo y lo encuentra escribiendo febrilmente.

—¡Cómo! —le pregunta en broma—. ¿Estás escribiendo tu canto del cisne?

—¡Ojalá…! Mi gruñido del puerco.



31

—Soy como un jugador de tercera división —se queja Luder—. Mis mejores goles los metí en una cancha polvorienta de los suburbios, ante cuatro hinchas borrachos que no se acuerdan de nada.



35

—Esas casas en las cuales cada cosa está en su lugar me ponen la carne de gallina —dice Luder—. Se diría que están deshabitadas o que sus habitantes pasan, superficialmente sobre todo. Cierto desorden es necesario para sentir la cálida palpitación de la vida.



37

—Si me quejo a menudo de mis males no es para que me compadezcan —dice Luder— sino por el infinito amor que les tengo a mis semejantes. Me he dado cuenta que la gente duerme más tranquila arrullada por la música de una desgracia ajena.



40

—Déjenme tranquilo —dice Luder a sus amigos que lo sorprenden tendido de espaldas en la azotea mirando el cielo estrellado—. Éste es uno de los pocos recursos que me quedan para entrar en tratos con el infinito.



43

—¡Cómo me hubiera gustado conocer a Goethe, a Stendhal, a Hugo, a Joyce! —exclama un amigo entusiasta.

—¡Ah, no! —protesta Luder—. No los hubieras aguantado más de cinco minutos. Casi todos los grandes escritores son unos pesados. Sólo la muerte los vuelve frecuentables.



46

Le preguntan a Luder por qué rompió con una amiga a la que adoraba.

—Porque no tenía ningún contacto con su pasado. Vivía constantemente proyectada en el tiempo por venir. Las personas incapaces de recordar son incapaces de amar.



52

—No es que yo sea bondadoso —dice Luder—. Sucede simplemente que no soy malo. He escogido el cómodo camino de la virtud por omisión.



53

Luder regresa de su habitual paseo por el malecón.

—Estoy confundido —dice—. Cuando me aprestaba a gozar de una nueva puesta de sol, un vagabundo salta la baranda, camina hasta el borde del acantilado, se baja los pantalones y se caga mirando mi crepúsculo. Eso demuestra la relatividad de nuestras concepciones estéticas.



54

—Toda mi obra es un acto de acusación contra la vida —dice Luder—. No he hecho nada por mejorar la condición humana. Si mis libros perduran será debido a la perversidad de mis lectores.



57

—Lo que diferencia a los escritores franceses de los norteamericanos —dice Luder— es que los primeros se limitan a cultivar un jardín, mientras los segundos se lanzan a roturar un bosque.

—¿Y tú?

—Ah, yo sólo riego una maceta.



64

Un amigo irrumpe en su casa para anunciarle que ya se firmó el armisticio.

—¡Bah! —comenta Luder—. Ya te darás cuenta que la paz sólo consiste en cambiar la guerra de lugar.



69

—Cuando alguien empieza por decirme «Te voy a ser franco…» los pelos se me ponen de punta —dice Luder—. Adivino que me va a tirar a la cara alguna verdad brutal. Con lo agradable que es vivir en un delicado engaño.



71

—La libertad, por desgracia, no se puede compartir —dice Luder—. Toda compañía, por agradable que sea, implica una cesión. Sólo pueden ser libres los solitarios.



87

Luder lanza una mirada lenta, circular y fatigada a los miles de libros que contienen los estantes de su biblioteca.

—¡Cuánto ignoramos! —suspira.



91

Lo encuentran paseándose abstraído en torno a la mesa de su biblioteca.

—Me he dado cuenta —dice Luder— que nuestra vida sólo consiste en dar vueltas y vueltas alrededor de unos cuantos objetos.



92

—Es penoso irse del mundo si haber adquirido una sola certeza —dice Luder—. Todo mi esfuerzo se ha reducido a elaborar un inventario de enigmas.

lunes, 6 de mayo de 2019

Octave Mirbeau - Escrúpulos

Escrúpulos
por Octave Mirbeau



La noche pasada me encontraba profundamente dormido, cuando de pronto me despertó un gran ruido producido, al parecer, por la caída de un mueble en la pieza contigua a mi cuarto.

En aquel mismo instante el reloj dio las cuatro y el gato se puso a maullar de un modo triste.

Salté del lecho y corrí a enterarme, penetrando en la habitación que encontré alumbrada y en medio de ella un caballero muy elegante, en traje de etiqueta y condecorado, que se entretenía en llenar de objetos preciosos una magnífica maleta de cuero amarillo.

La maleta no me pertenecía, pero sí los objetos con que la llenaba, y considerando incorrecto este proceder, me dispuse a protestar.

A pesar de que no conocía al caballero, su rostro me era familiar; tenía una de estas fisonomías correctas y muy características que hace pensar que el que la posee debe ser miembro de un círculo.

El aspecto elegante y de buen humor de que parecía poseído, me tranquilizaron; pues debo confesar que lo que yo esperaba era encontrarme ante un horrible ladrón, contra el que habría tenido que emplear actos de violencia que me son repulsivos.

Al verme, el elegante desconocido interrumpió su tarea y me dijo sonriendo con ironía bonachona:

—Dispensadme caballero, si os he despertado… No es culpa mía; tenéis unos muebles tan delicados que a la proximidad de la más ligera ganzúa caen desmayados.

Entonces me fijé en el desorden en que se encontraban los muebles: cajones abiertos, vitrinas fracturadas, un pequeño secreter, en que guardo mis alhajas de familia y los valores que poseo, lastimosamente tirado en el suelo… y en tanto me daba cuenta del pillaje, el madrugador visitante continuaba diciéndome con su voz de timbre agradable:

—¡Qué frágiles son esos muebles!, ¿verdad? Yo creo que están atacados de la enfermedad del siglo y se sienten neurasténicos como todo el mundo…

Y lanzó una pequeña carcajada que me molestó.

—¿A quién tengo el honor de hablar? —dije algo más tranquilo.
—¡Dios mío! —respondió—. Mi nombre en estos momentos os causaría demasiada sorpresa… ¿No os parece mejor dejar para ocasión más oportuna la presentación, que, os confieso, a pesar de que deseo sea próxima, no me parece este el mejor momento de hacerla y, si me lo consentís, guardaré el más riguroso incógnito?
—Sea, caballero. Pero esto no me explica…
—¿Mi presencia en vuestra casa a esta hora y este desorden?
—Eso es, y os agradecería…
—¡Cómo!, ya lo creo; vuestra curiosidad es muy legítima y voy a satisfacerla en el acto; pero, perdonad, ya que vamos a hablar un momento, sería prudente que os pusierais una bata; hace mucho frío y podéis constiparos.
—Tenéis razón. Dispensadme un minuto.
—¡Pues no faltaba más!

Fui a mi cuarto, me puse rápidamente una bata, y al volver vi que el desconocido había intentado poner un poco de orden en el gabinete.

—No os molestéis —le dije— todo eso lo arreglará el criado mañana.

Le ofrecí un asiento y, sentándome yo también, agregué:

—Os escucho.
—Caballero, yo soy un ladrón, un ladrón de profesión… ¿lo habéis adivinado?

¡Sin duda alguna!

—Eso hace honor a vuestra perspicacia… Pues sí, soy un ladrón, y si he decidido abrazar esta posición social, lo he hecho después de convencido de que era la más franca, la más leal y la más honrada de todas… El robo, caballero, y digo el robo como diría el foro, la literatura, la pintura, la medicina, etc., ha sido hasta ahora una carrera desacreditada, porque la ejercían seres ignorantes, odiosos, brutales, gentes sin elegancia ni educación; pues bien, yo pretendo darle el prestigio a que tiene derecho y hacer del robo una carrera liberal y honrada. El robo es la única profesión del hombre.

No se elige una profesión, sea la que fuere, sino con el objeto de que nos permita robar, más o menos; pero, en fin, robar algo de alguien.

No quiero hablar mucho de mí.

Empecé en el comercio, pero las sucias tareas que me obligaban a desempeñar y los innobles engaños y las faltas de peso repugnaban a mi delicadeza; abandoné el comercio por la banca y esta me disgustó también; no pude nunca acostumbrarme a emitir papel falso de minas falsas, enriquecerme engañando a los demás, gracias a la virtud de deslumbradores prospectos y combinaciones; era empresa que rechazaba mi conciencia escrupulosa, enemiga de la mentira.

Entonces pensé en el periodismo, y necesité un mes para convencerme de que a menos de entregarse a chantages de todo género, el periodismo no produce una peseta. Entonces pensé en la política.

Al llegar a este punto, no pude por menos que soltar la carcajada. Mi raro visitante continuó:

—Esto es, la risa; no merece otra cosa.

De ese modo agoté cuanto la vida pública y privada puede ofrecer en profesiones y carreras a un joven, activo, inteligente, delicado cual yo, y vi claramente que el robo, disfrácese con el nombre que se quiera, es el único objeto, el resorte único que mueve todas las actividades, pero disfrazado y, por consecuencia, más peligroso; entonces me hice la reflexión siguiente: «Ya que el hombre no puede sustraerse a esta fatal ley del robo, será mucho más honroso que lo practique lealmente y sin disfrazar con excusas pomposas ni cualidades ilusorias el natural deseo de apropiarse del bien ajeno».

Desde entonces robé; de noche penetraba en las casas ricas y tomaba de las cajas del prójimo lo que necesitaba para mis necesidades. Esto sólo me exije algunas horas todas las noches; aparte de eso, vivo como todo el mundo. Pertenezco a un círculo, tengo muy buenas relaciones, el ministro me ha condecorado recientemente y cuando doy un buen golpe soy accesible a todas las generosidades. Por último, caballero, yo hago leal y francamente lo que todo el mundo hace de un modo indirecto. Mi conciencia está tranquila, porque, de todos los seres que conozco, yo soy el único que ha adaptado animosamente sus actos a sus ideas…

Era de día y ofrecí al elegante desconocido participase de mi almuerzo; pero él no aceptó, porque estaba de frac y no quería molestarme con tal incorrección.

viernes, 3 de mayo de 2019

Madeleine Vernet - Los dos hacendados

Los dos hacendados
por Madeleine Vernet



En cierto país de América vivían dos hacendados inmensamente ricos cuyas propiedades vastísimas colindaban. El uno cultivaba la caña de azúcar, el otro el café. Sus plantaciones eran soberbias y magníficamente cuidadas por esclavos negros. La ley de aquel país prohibía a los amos de esclavos que vendieran las crías de sus negros y que se desembarazasen de sus servidores bajo pretexto de vejez. Al comprar un esclavo, el amo venía obligado a conservarlo hasta que muriese. El dominio de cada colono formaba de esta suerte un pequeño Estado.

Pero sucedió que un día el hacendado del café y el hacendado de la caña de azúcar notaron que aumentaba siempre el personal que tenían que alimentar, sin obtener por esto más abundantes cosechas. Había, pues, exceso de gastos y disminución de beneficios. Los dos llegaron a estar pensativos.

* * *

El hacendado del café tuvo una idea: aumentó la tarifa de los productos.

—De este modo, pensaba, cubriré la diferencia.

Y jugando a las cartas con su vecino, el hacendado de la caña de azúcar, le confió su remedio.

—Es excelente, —dijo el otro—; yo voy a imitaros.

Ambos elevaron los precios de sus mercancías; pero como todos los Estados de América no estaban sometidos a la misma ley, los otros productores no aumentaron los precios y nuestros dos hacendados no pudieron vender sus cosechas. Hubieron de resignarse a vender al precio del mercado, como los otros, y se debatían los sesos para hallar otro remedio.

* * *

A su vez, el hacendado de la caña de azúcar tuvo una ocurrencia.—Reduzcamos la alimentación de nuestra gente. 

—¡Eureka! —gritó el vecino.

Los alimentos fueron reducidos. Se los redujo hasta lo estrictamente necesario para la vida. Pero también esta vez el resultado fue malo: los negros, mal alimentados, se rendían y el trabajo se resentía de ello. De suerte que, si había una disminución de gastos, había también disminución de beneficios. Se ensayó entonces persuadir a los negros que no se juntasen con sus compañeras, que no tuviesen hijos, hasta se rodearon sus uniones de una serie de complicaciones y dificultades. Pero los infelices —no teniendo otro placer, como decían—, querían, a pesar de todo, tener una mujer y tenían hijos, a pesar de todo. La situación era siempre mala. Y hasta se agravaba. Maltratados, mal alimentados, los negros comenzaban a murmurar y cruzaban por sus cerebros veleidades de rebeldía.

Los dos hacendados veían con terror aproximarse la hora de una insurrección. ¿Qué sucedería? ¿Serían los negros capaces de apoderarse de todas las riquezas que su trabajo había producido? Era necesario a todo trance conjurar el peligro. Los dos hacendados se reunieron y, después de jugar otra partida, con acompañamiento de tazas de excelente moka —con el café del uno y el azúcar del otro—, convinieron en un tercer remedio, que calificaron de infalible. Así, restablecida su tranquilidad, se despidieron con un apretón de manos.

* * *

Al día siguiente, visitando el límite de su propiedad, el hacendado del café notó que las cañas de azúcar se habían apoderado de una faja de terreno que, según él declaraba, le pertenecía. En seguida, envió una delegación de negros a requerir a su vecino, que vino escoltado por una delegación de los suyos.

—Este es el caso, —dijo en tono agrio el hacendado del café—; vuestras cañas invaden mi terreno.
—Perdonad, replicó el otro no en tono menos acerbo; ese terreno me pertenece.
—Nunca; mirad donde están los jalones.
—Señor mío, los límites han sido cambiados y yo os acuso de haberlos trasladado para buscarme querella.
—Mis fieles amigos, —dijo entonces el hacendado del café volviéndose a sus negros—, yo os tomo por testigos del insulto que se me acaba de hacer.
—Y vosotros, mis buenos camaradas, —dijo el otro hacendado a sus esclavos—, yo os ruego que hagáis constar que los jalones han sido cambiados de lugar.
—Está bien, señor, replicó el insultado, tendréis que darme la razón bien pronto.
—No os temo, —respondió con altivez el hacendado de las cañas.

Ambos se saludaron inflexibles y se alejaron seguidos de sus delegaciones de negros, muy contentos y orgullosos por haber sido tratados por sus amos de fieles amigos y de buenos camaradas.

Por la noche, en las humildes cabañas negras de las dos plantaciones, los esclavos —muy sobreexcitados por un vaso de ron, muy generosamente distribuido— no se hablaba más que de
honor ofendido, de honor a vengar, de dignidad herida, etc...

—Hay que vengar al amo, decían.
—Estamos prestos a morir por el buen amo, encarecían los más sentimentales.

Y los dos hacendados, habiendo salido a dar un paseo a la sordina por detrás de las miserables barracas, reventaban de risa, al pensar cuan buen remedio habían hallado por fin.

* * *

A la mañana siguiente, el hacendado del café envió la delegación de sus negros a declarar la guerra a su vecino el hacendado de la caña de azúcar.

—Sobre todo, mis fieles amigos, —dijo—, nada de concesiones. Hemos sido ofendidos y hay que lavar la injuria.
—¡Oh!, amo, quedar tranquilo, respondieron los buenos negros; nosotros querer morir por vengar el honor del amo.

Por su parte, el hacendado de la caña había recomendado a sus buenos camaradas esclavos que no hiciesen concesiones y estuviesen muy firmes.

—¡Demostrad que sois hombres! —declamaba con un tono soberbio.

Llenos de orgullo por este calificativo de hombres, ellos a quienes se acostumbraba a tratar como perros, los negros del segundo hacendado recibieron muy mal a sus congéneres vecinos. Les maltrataron, les llamaron ¡bandidos!, y ¡ladrones! —Fueron hombres, en fin, por el odio y la violencia— y la guerra fue declarada.

* * *

Al día siguiente todo había terminado. En las dos plantaciones, las tres cuartas partes de los negros estaban muertos, tendidos sobre el suelo. Se habían batido con horcas, con azadones y con hachas. Algunas negras habían querido mezclarse y sus cadáveres yacían junto a los de sus compañeros. Otras negras, arrodilladas sobre el campo de matanza, lloraban silenciosamente, apretando en sus brazos pequeños negritos.

En el dominio del vencedor —el hacendado del café— una negra, sin embargo, no lloraba. Feroz, miraba a su muchacho, muerto, a sus pies, y a su hombre herido, sentado en un banco, cerca de ella. Pasó el amo.

—¡Miserable! —gritó la negra—; tú haber matado mi hijo.
—Es una gran desgracia, —dijo el amo con dulzura—; pero debes consolarte, mi pobre vieja, pensando que hemos conseguido la victoria.
—Tú tener la victoria, nosotros no —replicó la vieja, con ira—; nosotros quedar esclavos, como antes.—Pero hemos vengado nuestro honor ofendido, declaró todavía el amo.

El viejo esclavo herido se levantó:

—Tú nos has burlado con tu honor. Tú ser un asesino.
—Sí, tú ser un asesino, repitió la negra. Algunos sobrevivientes se habían aproximado. El amo pudo leer en sus rostros que les hacían efecto las palabras de sus compañeros. Otra vez sintió la insurrección muy próxima. A todo trance había que producir una reacción para prevenir la rebelión.
—Y vosotros sois ingratos y traidores, —dijo con tono de juez—, y merecéis la muerte de los traidores.

Tiró del revólver, disparó dos veces y los dos esposos negros cayeron sobre el cadáver de su hijo. En seguida, los que habían asistido a esta escena, llenos a la vez de miedo y de admiración, cayeron de rodillas.

—¡Oh!, amo, dijeron, ¡buen amo!
—Levantaos, —les dijo este—. Durante ocho días no trabajaréis. Haced hermosos funerales a vuestros camaradas, gloriosamente muertos por el honor de nuestro dominio. Yo os prometo levantar un bello monumento sobre su tumba.

Los negros se levantaron, satisfechos de pertenecer a un hombre tan generoso. Hicieron hermosos funerales a sus muertos, entonaron cantos de victoria y bebieron ron; después, al cabo de ocho días, emprendieron de nuevo su penoso trabajo de esclavos.

* * *

En la plantación vecina las cosas ocurrieron con alguna diferencia. Habían sido vencidos. El hacendado de las cañas de azúcar condujo a los sobrevivientes negros al campo de batalla.

—Mirad, —dijo señalándolos la faja de terreno que había tenido que abandonar, con las cañas, a su vecino vencedor—; mirad, se nos ha despojado. Os habéis portado como valientes, pero la fatalidad ha sido en contra nuestra.
—Buen amo, declararon los negros, nosotros vengar un día nuestros camaradas muertos.
—Sí, amigos míos; tomaremos nuestra revancha cuando el momento sea propicio. Entre tanto, haced hermosos funerales a vuestros hermanos y no olvidéis que su sangre clama venganza.

Y los negros sobrevivientes, extendiendo la mano sobre los cadáveres, juraron preparar la revancha. Hicieron hermosos funerales a sus muertos, entonaron cánticos feroces de venganza y bebieron ron para olvidar la derrota; después emprendieron de nuevo, también, su duro trabajo de esclavos.

* * *

Desde entonces los dos hacendados ya no tienen inquietudes. Cuando sus esclavos vienen a ser demasiado numerosos, cuando temen una rebelión de sus negros, o cuando necesitan hacerse temer, se ponen de acuerdo, mientras juegan a las cartas, y con pretexto de la faja de terreno a defender o a reconquistar, o con pretexto de vengar los muertos, lanzan uno contra otro los dos rebaños de negros, que han acabado por calificarse mutuamente de enemigos y se matan sin piedad.

Esto siempre tiene éxito. Y siempre también después de cada batalla, los dos hacendados, saboreando una taza de excelente moka —con el café del uno y el azúcar del otro— se felicitan de haber hallado por fin el gran remedio.

sábado, 15 de diciembre de 2018

Carlos Velázquez - Biopic

Carlos Velázquez
Biopic



He regresado a casa borracho
total perdido en camiones de la Ruta Norte
o en taxis amarillo confesionario a las 3 de la madrugada
con chóferes que morirán encomendados a San Cristóforo
y arrastrarán su caos celular por las cantinas del centro.
Llevo una vida de tequila
despacho pollo frito para ganarme la botana rencorosa y amarga
que sirven en el Chalio’s Bar los sábados a las dos de la tarde.
Soy un espécimen mexicano
fui un muchacho mexicano
seré un viejo mexicano.
Conocí al Rey de Copas
un tigre impostergable al que no le cabe una botella más
quien no pocas veces me invitó unas cervezas.
Mis ídolos eran Santo y Blue Demon
sobre el ring o en la pantalla del cine Laguna
mientras me bebía mi refresco marca Pep.
Reuní 44 figuras de las Guerras de las Galaxias
mi favorito era Han Solo.
Vendí chicles en los camiones Campo Alianza
para complacerme lonches, gigantes de aguacate
en el mercado más pobre de la ciudad.
Tuve una niñez confusa
por las tardes compraba un litro de tequila San Matías
para mi abuela que era alcohólica desde los 17 años.
Crecí en el Mercado Alianza
donde ella tenía una pozolería
su clientela eran los borrachines de la cantina El Mar Rojo.
A los 10 años me suspendieron el domingo por negarme a ir a la iglesia
y acompañaba a mi papá a las sesiones de alcohólicos anónimos
en venganza mi abuela me dejaba pegarme un trago de tequila siempre que nos quedábamos a solas.
Me he internado en el desierto
para comer carne de venado
y me tatué dos coyotes en el brazo derecho.
Recorrí parte del país de raite
obligado a oír el parloteo incesante de los traileros drogados.
He viajado de polizonte en el tren que va a Ciudad Juárez
estuve a punto de morir de hipotermia en la sierra de Chihuahua
me bajé del convoy y comí burritos y quesadillas en VillaAhumada.
Estoy leyendo José Trigo
y una biografía de Jack Kerouac
el autor de Visiones de Cody
el clochard que inspiró a varias generaciones a lanzarse a la carretera.
Asistí a un concierto de Depeche Mode en Monterrey
me despeñé en parrandas de cocaína con Gerson Gómez
me hice amigo de Arnulfo Vigil
bebí caguamas Sol en la guarida de la revista Oficio
y en un programa de concursos me gané una grabadora con compact disc, papá.
No acompañé al Abuelomuchacho a Argentina
pero algún día me voy a comprar el boleto de avión.
Me he enfermado de salmonela
por entrarle a los tacos de tripitas en la esquina de Matamoros y Acuña
me he enfermado de tifoidea
por cenar tortillones con don Lolo a las 2 de la mañana.
He oído todos los discos de John Coltrane
y leí Zodiaco Negro del poeta Charles Wrigth .
Me gusta caminar por calles llenas de fábricas
por la prolongada avenida a espaldas de la central de autobuses.
Yo también he recorrido a pie las vías del tren.
He compartido litros de cerveza con desconocidos en lotes baldíos.
He comprado droga en Veracruz.
Estuve en el D.F.
borracho con el emborrachado Eusebio Ruvalcaba.
He presenciado los peores partidos de béisbol de la historia
en el estadio Revolución.
He contemplado el eterno lecho seco del río Nazas
llenarse de agua por primera vez en muchas vidas
lo he visto desde el Cristo enorme que habita la punta del Cerro de las Noas.
Conocí a Manic Street Preachers gracias a “El Bordón”.
He deambulado por todas las cantinas de la ciudad
bares, teibols y antros gays.
He regresado a casa borracho
he vuelto con heridas en el hígado
a las 5 de la mañana
mientras otros van al trabajo.
Una vez viví con una mujer.
Me fui de pinta por los billares del barrio.
Tengo en mi iPod la discografía completa de Johnny Cash.
Me he aficionado a las pastillas
he ingerido Tafil, Prozác y Valium
anfetas y tachas.
Estoy en busca del amor
como el grupo de rock que busca quién le produzca su primer disco.
Estoy en busca del díler definitivo
que fíe y sea mujer.
La juventud es una nación perdida.
He viajado con muy poco dinero
he sufrido apocalípticas resacas
he sido infiel
he renunciado a varios empleos
he recibido cien dosis de Beyodecta.
He oído la música de todos los conjuntos norteños que se reúnen afuera del Gota de Uva.
He dormido en las bancas de la Alameda Zaragoza.
Me he peleado en las cantinas.
Me he vestido de negro
y cantado corridos de Cuco Sánchez.
Caí en la cárcel por robar libros.
Qué ojos, qué piernas y qué cuerpos los de las mujeres de mi ciudad
qué cantinas
el Perches, el Reforma, el Águila de Oro, el Versalles, el Chava Club, el Paraíso.
He visto a mi alma irse de gira por España
dos años.
Y he chocado
un carro que no es mío.
Se que moriré de cáncer en el hígado
no me importa.
He oído mil veces el mismo disco
las canciones 3 y 4 están rayadas.
Hace mucho tiempo fui un buen niño.
y le compré un globo con el dibujo de una rana.
Veo los aparadores de las tiendas de discos.
He visto cómo la histeria colectiva ha sido capaz de aparecer la imagen de la Virgen de Guadalupe
en un tamal de rojo.
He caminado con la carcoma del amor
en cada uno de mis 7 pezones.
Me he quedado solo en el backstage de mi vida.
He oído a las ciudades llenarse de una lluvia de sal
y aún creo en el amor a oscuras.
He visitado un Wirikuta de la mente
y recuerdo el día que nevó en el desierto de Coahuila.
Y me he revolcado con prostitutas que cobran 50 pesos
que te hacen el amor mientras se drogan
con solventes.
Las he contratado.
Soy ese tipo de hombre.
Estoy aquí como una herida colectiva.
Sufrí
por un amor anoréxico.
Soy un mexicano.
No tengo pasaporte.
Y soy enemigo de beber con moderación.
Soy un hombre que se ha deshecho a sí mismo
con caldos de brebajes estimulantes de medicamento controlado.
Sólo por hoy seré un vendedor de baratijas.
Soy una rebanada de la canción Las mañanitas.
Soy un disco pirata
en las manos del Rey David.
He regresado a casa borracho
con los bolsillos huecos
con el páncreas triturado.
Soy un moderno Stephen Dedalus.
He orinado en el bosque Venustiano Carranza.
Conozco las habitaciones de varios moteles.
Me he apoyado en las paredes borrachas del mundo.
He escrito poemas eróticos.
Soy esa clase de sujeto.
Sufrí
un segundo.
Como los viejitos me he sentado en los primero asientos del camión.
Soy el traje de un santo puesto a secar al sol de Acapulco.
Soy un fan de las botas vaqueras.
Inventé dos o tres fórmulas
para que me echarán de los tugurios.
Soy un poeta.
Soy las palabras Toño y Lupe
escritas en la parada de camión
encerradas en un corazón de marcador Berol.
Soy la furia contra el sistema.
He soñado
que dios asesina a la historia
que mi madre es recluida en un hospital psiquiátrico.
Porque soy una botella de whiskey
andante
soy una hectárea de pistolas.
Soy el hijo que el Abuelomuchacho nunca quiso
y sin embargo lo tiene.
Soy un invento de Charly García.
Veo un parecido entre la luna y mi cerveza.
He oído el sonido que produce una lolita
al ser seducida en un taxi.
He visto teiboleras con verdadero talento para ignorar a los hombres
y admiro sus convicciones.
He visto a los aviones aparearse.
Me he arriesgado a la sobredosis.
He visto al fantasma de mi abuelo pasearse con una sola pierna por la cocina
perdió la derecha cuando era niño
por columpiarse del ferrocarril frente a la Casa del Cerro.
Y a Javier Solís en sesiones espiritistas que organiza una secta
en la calle Muzquiz.
He visto que el amor tiene menos presupuesto que el municipio más pequeño del estado.
He visto el rostro del delirium tremens
es una lección de punzadas en el hígado.
He oído a la sirena de la Cruz Roja
atravesar la ciudad con juegos infantiles.
He visto un cementerio de botellas de mezcalito
como si fuera el único lugar al que pueden ir a morir los elefantes
el 25 de diciembre.
He regresado a casa borracho
llevo una vida de bourbon
fui bautizado con el nombre de Fortunato Longstreet
y he decidido que los tiempos mejores no existen
que es una trampa del marketin
para ignorarnos a nosotros mismos
y olvidar lo que hemos leído.
Soy un hombre
estoy con las llaves en la mano
y quizá no conseguiré nada
ni entradas para el cine
ni pastillas para dormir.
Y quizá me case con una fichera
de cualquier cantina.
Y quizá no llegaré a ninguna parte
pero como todos
conservaré mi derecho a desaparecer.

Carlos Velázquez
En Hey! Jack Kerouac. La huella beat en la poesía en lengua española. Colección Oveja Negra. 2018

jueves, 7 de julio de 2016

Ryunosuke Akutagawa - Vida de un loco

Vida de un loco
por Ryunosuke Akutagawa



a Kumê Masao

Dejo en sus manos la decisión de si este manuscrito debe ser publicado y, por supuesto, cuándo y dónde debería publicarse.

Usted conoce a la mayoría de las personas que aparecen en él. Pero si lo publica preferiría que no tuviera un índice onomástico.

Vivo ahora en una felicidad muy infeliz. Pero, extrañamente, sin remordimientos. Sólo lo lamento por aquellos que me tuvieron como esposo, padre, hijo. Adiós. En el manuscrito no hay, al menos conscientemente, ninguna intención de justificarme.

Por último, le dejo este escrito con el sentimiento de que usted me conoció más que nadie (despojado de la piel de mi yo cosmopolita). Con respecto al loco de este manuscrito, siga adelante y ríase.

20 de junio de 1927
AKUTAGAWA RYÛNOSUKE



1. La época

Era la planta alta de una librería. A los veinte años, él estaba trepado a una escalera de diseño extranjero, apoyado contra los anaqueles, buscando libros nuevos. De Maupassant, Baudelaire, Strindberg, Ibsen, Shaw, Tolstoi…

La penumbra había empezado a imponerse. Pero, febrilmente, él continuó enfrascado en las letras de los lomos de los libros. Ante sus ojos, más que libros, se reunía el 'fin de siècle' mismo. Nietzsche, Verlaine, los hermanos Goncourt, Dostoievski, Hauptmann, Flaubert…

Resistiéndose a la oscuridad, se esforzó por distinguir los nombres. Pero los libros se hundían en las sombras. Sus nervios se tensaron, preparándose a bajar. Una bombilla desnuda, directamente sobre su cabeza, se encendió repentinamente. Encaramado en lo más alto de la escalera, miró hacia abajo. Entre los libros se movían los empleados, los clientes. Raro, qué pequeños se veían. Qué andrajosos.

«La suma de toda la vida humana añade menos de una línea a Baudelaire».

Durante un tiempo, desde la cima de la escalera, los había estado observando.



2. Madre

Los locos estaban todos vestidos igual con quimonos grises. Eso hacía más deprimente la enorme habitación. Uno de ellos estaba ante el órgano, interpretando himnos con fervor. Otro, de pie en el medio de la habitación, no, no podemos llamar a eso bailar, brincaba.

Con un médico saludable y animoso él miraba. Su madre, diez años antes, no había sido diferente en nada. En nada… el olor de ellos era el olor de su madre.

—Bien, vámonos.

Con el médico a la cabeza, bajaron a una habitación desde la sala. En un rincón, en grandes frascos de vidrio y flotando en alcohol, había una cantidad de cerebros. Encima de uno de ellos, pudo distinguir un manchón blanco. Algo semejante a la clara de un huevo. Mientras hablaba con el médico, otra vez cruzó por su mente la imagen de su madre.

—El hombre al que pertenecía este cerebro trabajaba para una empresa eléctrica, era ingeniero.

Solía creerse una enorme dínamo, que irradiaba luz negra.

Eludiendo los ojos del médico, miró a través de la ventana. Nada. Sólo una pared de ladrillos, el alféizar sembrado de frag mentos de botellas. Parches de musgo delgado. Blanco.



3. Hogar

En una habitación del segundo piso de los suburbios dormía y despertaba. Tal vez los cimientos eran débiles, el segundo piso parecía inclinarse un poco.

En ese segundo piso él y su tía discutían constantemente. Tampoco existió un periodo en que sus padres adoptivos no tuvieran que intervenir. Y sin embargo, era a su tía a quien quería más que a cualquier otra persona. Había estado sola toda la vida, y tenía casi sesenta años cuando él tenía veinte.

En esa habitación de los suburbios del segundo piso, lo perturbaba que todos los que se amaban entre sí se causaran mutua desdicha. Sintiéndose mareado por la inclinación del cuarto.



4. Tokio

El río Sumida henchido bajo las nubes. Mirando los cerezos de Mukojima por la ventanilla de la lancha de vapor en movimiento. En plena floración los capullos a sus ojos una fila de andrajos, triste. En los árboles… que se remontaban a la época de Edo. En los cerezos de Mukojima, viéndose a sí mismo.



5. Yo

Con un graduado, sentado a una mesa de café, fumando un cigarrillo tras otro. Apenas si abría la boca. Pero escuchaba atentamente las palabras del graduado.

—Hoy pasé la mitad del día andando en auto.
—¿Por trabajo, supongo?
—¿Eh?… simplemente tenía ganas.

Esas palabras le abrieron un mundo desconocido… próximo a los dioses, el reino del Yo. Era doloroso. Y extático.

El café estaba atestado. Bajo una pintura del dios Pan, en un tiesto rojo, un gomero. Sus hojas carnosas. Mustias.



6. Enfermedad

En una brisa marina sin ningún freno, el gran diccionario inglés abierto de par en par, sus dedos buscando palabras.

TALARIA: Botas, sandalias aladas.
TALE: Narración.
TALIPOT: Palmera de las Indias Orientales. Altura entre 15 y 30 m. Hojas usadas para hacer sombrillas, abanicos, sombreros. Florece una vez cada setenta años.

Su imaginación proyectó vívidamente la flor de la palmera. Mientras lo hacía advirtió una picazón en la garganta. A pesar suyo, la flema goteó sobre la página. ¿Flema?… pero no era flema. Pensando en la brevedad de la vida, conjuró una vez más la flor de la palmera. Sobre el mar remoto, en el aire, remontándose en su ascenso, la flor.



7. Pintura

De inmediato quedó impresionado. Parado ante una librería mirando una colección de pinturas de Van Gogh, sintió el impacto. Eso era pintar. Por supuesto, los Van Gogh eran tan sólo reproducciones fotográficas. Pero aun así, pudo sentir en ellas un yo que afloraba intensamente en la superficie.

La pasión de esas pinturas renovó su visión. Ahora veía las ondulaciones del ramaje de un árbol, la curva de la mejilla de una mujer.

Un encapotado crepúsculo de otoño, fuera de la ciudad, había cruzado por un paso subterráneo. Allí al otro lado del terraplén había un carro. Mientras pasaba junto a él tuvo la sensación de que alguien había pasado antes por allí. ¿Quién?… Ya no tenía necesidad de preguntarlo. En su mente de veintitrés años, una oreja cortada, un holandés, en su boca una pipa de larga boquilla, clavaba sobre el sombrío paisaje su mirada penetrante.



8. Chispas

La lluvia empapaba, hollando asfalto. La lluvia feroz. Bajo el diluvio aspiró el olor del abrigo de caucho.

Ante sus ojos un cable eléctrico aéreo lanzó chispas violeta. Extrañamente se sintió conmovido. Metido en el bolsillo de su chaqueta, para ser publicado en la revista grupal, su manuscrito. Caminando una vez más bajo la lluvia, se volvió para ver una vez más el cable eléctrico.

Emitía infatigable sus chispas como púas. Aunque evaluó toda la existencia humana, no había en ella nada especial que valiera la pena tener. Pero esos capullos de fuego violeta… esos formidables fuegos artificiales en el cielo… hubiera dado la vida por tenerlos en sus manos.



9. Cadáver

De un alambre delgado sujeto al pulgar de cada cadáver pendía una tarjeta. En ella se consignaba un nombre, una fecha. Su amigo, inclinado sobre uno de los cuerpos, empezó a despellejar la piel de la cara. Debajo de la capa de piel la grasa era de un amarillo adorable.

Miró fijamente el cadáver. Para un cuento suyo… sin duda, para dar autenticidad a la atmósfera de un cuento de la época dinástica siguió mirando. Pero el hedor, como de duraznos podridos, era nauseabundo. Su amigo, frunciendo el entrecejo, siguió trabajando silenciosamente con el escalpelo.

—Últimamente resulta difícil conseguir cadáveres.

Había dicho su amigo. Antes de advertirlo, su respuesta ya estaba preparada… «Si me hiciera falta un cadáver, sin ninguna mala intención, cometería un asesinato». Pero, por supuesto, la respuesta sólo se enunció en su cabeza.



10. Mentor

Bajo un gran roble leía el libro de su mentor. Bajo el sol de otoño el roble no movía ni siquiera su hoja más diminuta. Allá en el remoto cielo un par de platillos de vidrio pendían de una balanza, en perfecto equilibrio… Leyendo el libro de su mentor, imaginó la escena…



11. Fin de la noche

Lentamente rompía el alba. Se encontró en una esquina de alguna parte mirando la amplia plaza de un mercado. En la plaza del mercado convergían personas, carros, todo teñido de un suave rosado.

Encendiendo un cigarrillo, se aproximó discretamente al centro del mercado. Mientras avanzaba, un flaco perro negro ladró. Pero no sintió miedo. Hasta para el perro había amor.

En el centro del mercado, un bananero, sus ramas extendidas ampliamente en todas direcciones. De pie junto a la raíz miró a través de la trama de las ramas el alto cielo. En el cielo justo arriba de su cabeza centelleaba una estrella.

Sus veinticinco años… hacía tres meses que había conocido a su mentor.



12. Base naval

El interior del submarino era penumbroso. Rodeado de maquinarias, estaba inclinado atisbando en una pequeña lente. La escena del puerto que se reflejaba en la lente estaba brillantemente iluminada.

—Probablemente podrá ver al Kongo allá afuera.

Un oficial naval le hablaba. Observando una parte de la nave de guerra en la lente cuadrada no supo por qué se encontró pensando en el perejil de Holanda. Incluso sobre una mínima porción de carne de 30 sen. En su fragancia apenas perceptible.



13. Muerte del mentor

En el viento rezagado tras la lluvia él caminaba por el andén recién construido. Cielo sombrío. Más allá del andén cantando en tono agudo tres o cuatro obreros ferroviarios alzaban y dejaban caer sus mazas.

El viento poslluvia rasgaba el canto de los obreros y hacía jirones sus sentimientos. Con el cigarrillo apagado, su angustia estaba próxima a la exaltación. Mentor en estado crítico, el telegrama hecho un bollo en el bolsillo de su abrigo…

Detrás de la montaña de pinares el largo tren de las seis con destino a Tokio, su humo pálido muy bajo, serpenteante, se acercaba.



14. Matrimonio

Ya al día siguiente de su matrimonio, «De inmediato empiezas a malgastar el dinero», criticaba a su reciente esposa. Aunque en realidad la queja no era tanto suya sino de su tía. Ante él, por supuesto, pero también ante su tía, su esposa bajó la cabeza pidiendo disculpas. Un cuenco de narcisos amarillos, que él le había regalado, frente a ella.



15. Ellos

Vivían en paz. A la expansiva sombra de las hojas de un enorme árbol de bashô… Incluso por tren, a más de una hora de Tokio, en una casa de una ciudad de la costa. Por eso.



16. Almohada

Reclinado sobre el escepticismo con aroma a pétalos de rosas, leía un libro de Anatole France. Que incluso una almohada así pudiera alojar a un centauro era algo de lo que él no parecía darse cuenta.



17. Mariposa

En un viento que apestaba a lentejas de agua, apareció una mariposa. Sólo por un instante sintió sobre sus labios secos el roce de las alas. Pero años después, sobre sus labios, el polvo que las alas dejaron grabado aún centelleaba.



18. Luna

En cierto hotel, subiendo la escalera, se cruzó con ella. A la tarde su rostro parecía iluminado por la luna. Siguiéndola con la mirada (no eran ni siquiera conocidos que podían saludarse con una inclinación de cabeza), sintió una soledad como nunca había experimentado…



19. Alas hechas por el hombre

De Anatole France pasó a los filósofos del siglo XVIII. Pero evitó a Rousseau. Un aspecto de su naturaleza… un aspecto fácilmente dominado por la pasión, estaba tal vez demasiado próximo a Rousseau. El otro… el aspecto dotado de un intelecto helado, lo acercaba al autor de Candide.

Veintinueve años de existencia humana le habían ofrecido poca iluminación. Pero Voltaire al menos lo equipó de alas artificiales.

Desplegando esas alas hechas por el hombre, se remontaba con facilidad hacia el cielo. Empapado por la luz de la razón, la alegría y el pesar humano se hundían bajo sus ojos. Sobre sórdidas ciudades, dejando caer la burla y la ironía, se elevaba hacia el espacio despejado, encaminándose directamente al sol. Lo mismo que con alas hechas por el hombre, derretidas por el resplandor del sol, había lanzado al mar a un antiguo griego, muerto. Parecía haberlo olvidado…



20. Ataduras

Se acordó de que él y su esposa compartirían el mismo techo con sus padres adoptivos. Eso se debía a que él había sido contratado por cierto editor. Había dependido absolutamente de las palabras del contrato, escritas en una única hoja de papel amarillo. Pero más tarde, mirando el contrato, se hizo evidente que el editor no estaba obligado a nada. Todas las obligaciones eran de él.



21. Loca

Dos rickshaws bajo un cielo encapotado avanzaban por un camino rural despoblado. Una brisa marina indicaba que el camino conducía al mar. En el rickshaw de atrás, intuyendo su absoluta falta de interés en la cita, se preguntó qué lo impulsaba. De ninguna manera el amor. Entonces, si no era el amor… cómo evitar responder «al menos somos parecidos». Eso no podía negarlo.

En el rickshaw de adelante iba una loca. No sólo eso. Su hermana, por celos, se había suicidado.

«No hay salida».

Esta loca… esta mujer impulsada por el instinto animal lo colmaba de aversión. 

Los rickshaws bordearon un cementerio, que hedía a costa. Una cerca de valvas de ostra incrustadas. Adentro, ennegrecidas lápidas. Mirando el mar más allá de las tumbas, un vago resplandor. De repente por el esposo de ella… por ese esposo incapaz de conseguir su amor, desprecio.



22. Un pintor

Era una ilustración de revista. Pero un gallo en blanco y negro que expresaba inconfundible individualidad. Le preguntó a un amigo por el pintor.

Más o menos una semana más tarde el pintor lo visitó. Fue uno de los acontecimientos de su vida. Descubrió en el pintor una poesía desconocida para cualquiera. Y más, descubrió un alma de la que ni siquiera el mismo pintor era consciente.

Un helado anochecer de otoño, en un solitario tallo de maíz vio al pintor. Alto, armado con agresivas hojas, desde el suelo sus raíces como delgados nervios, expuestas. Era, por supuesto, un retrato de su propio yo vulnerable. Pero el descubrimiento sólo lo condujo a la desesperación.

«Demasiado tarde. Pero cuando llegue el momento…».



23. Ella

La plaza oscureciéndose. Su cuerpo febril, caminando alrededor. Los grandes edificios, tantos, vagos, en el cielo plateado las luces eléctricas de las ventanas en las ventanas enrojecidas.

Se detuvo en el cordón para esperarla. Unos cinco minutos después, con aspecto extrañamente demacrado, ella se acercó a él. Viendo su rostro, «Nada, sólo cansancio». Ella sonrió. Lado a lado, caminaron por la plaza en penumbras. Era la primera vez que estaban juntos. Por estar con ella, él sentía que daría cualquier cosa.

Más tarde, en un taxi, ella lo miró directamente a la cara. «¿Y no te arrepentirás?». Él respondió escuetamente. «Ningún arrepentimiento». Oprimiéndole la mano, ella dijo: «No me arrepentiré, pero…». También en ese momento su rostro parecía iluminado por la luna.



24. Parto

Merodeando junto a la puerta corrediza, miraba a la partera vestida de blanco que restregaba al bebé rojo. Cada vez que le entraba jabón en los ojos el bebé hacía una mueca lastimera. Peor, chillaba constantemente. Olía como un ratón. A él las preguntas lo roían todo el tiempo…

«¿Por qué vino a este mundo? A este mundo de desdicha. ¿Por qué le tocó la carga de un padre como yo?».

Y era el primer bebé de su esposa. Un varón.



25. Strindberg

De pie en la entrada, en la luz de la luna color capullo de granada, mirando a los grises chinos que jugaban mah-ong afuera. Volvió a su habitación. Bajo una lámpara tenue empezó a leer 'Le Plaidoyer d’un Fou'. Pero antes de que hubiera leído siquiera dos páginas se descubrió esbozando una sonrisa sardónica… Strindberg no era tan diferente. En las cartas a su amante, la condesa, también él escribía mentiras…



26. Antigüedad

Budas descoloridos, seres celestiales, caballos, flores de loto… casi lo abrumaron. Contemplándolos, se olvidaba de todo. Hasta de su propia suerte al escapar de las manos de la loca…



27. Disciplina espartana

Con un amigo, caminando por una calle lateral. Avanzando directamente hacia ellos, un rickshaw con capota. Totalmente inesperado, en el vehículo, ella, la de anoche. También a la luz del día su cara parecía iluminada por la luna. Con su amigo presente, naturalmente no podía haber ninguna señal de reconocimiento.

—Una belleza.

Comentó su amigo. Él, mirando hacia el punto en el que la calle se topaba con las colinas primaverales, sin poder contenerse.

—Sí, una verdadera belleza.



28. Asesino

Un camino rural al sol, olor de bosta de vaca en el aire. Enjugándose el sudor, él se arrastraba colina arriba. Desde ambos lados, el aroma del trigo fragante y maduro.

«Matar, matar…».

¿Cuánto tiempo había estado repitiendo estas palabras en su cabeza? ¿Matar a quién?… Sabía muy bien a quién. Recordaba a un hombre maligno, con el cabello muy corto.

Trigo dorado. Más allá, una catedral católica romana. Cúpula.



29. Forma

Una botella de vino de metal. En algún momento esa botella de vino finamente grabada le había enseñado la belleza de la forma.



30. Lluvia

En una gran cama con ella, hablando de bueyes perdidos. Más allá de la ventana de la habitación caía la lluvia. En esa lluvia los capullos de amarilis seguramente se pudrían. El rostro de ella ya no parecía atrapado en luz de luna. Pero hablar con ella había empezado a ser cansador. Tendido boca abajo, encendiendo con calma un cigarrillo, se dio cuenta de que los días que había pasado con ella ya sumaban siete años.

«¿Estoy enamorado de esta mujer?».

Se preguntó. Aun para su ser tan dedicado al autoanálisis la respuesta fue una sorpresa.

«Todavía lo estoy».



31. Gran terremoto

El olor no era muy diferente del de los damascos podridos. Caminando a través de las ruinas calcinadas, percibiéndolo vagamente, bajo el cielo ardiente el olor de los muertos no era del todo maligno. Pero mirando los cadáveres amontonados en altas pilas junto al estanque la expresión «me revuelve el estómago» cobra significado preciso. Más conmovedor resulta el cadáver de un niño de doce o trece años. Observándolo, no puede evitar sentir envidia. «Los amados de los dioses mueren temprano». Se le ocurre esa expresión. La casa de su hermana y de su medio hermano incendiada hasta los cimientos, el esposo de su hermana acusado de perjurio, su sentencia suspendida. 

«Mejor que todos estuvieran muertos».

Permanece en las ruinas, la idea persiste.



32. Conflicto

Él y su medio hermano estaban enfrentados. Cierto que a causa de él su medio hermano estaba bajo constante presión. Al mismo tiempo, a causa de su medio hermano, él se sentía atado. La familia no cesaba de azuzar al medio hermano para que lo siguiera. Estar al frente no era diferente de estar atado de pies y manos. Enzarzados en lucha, ambos cayeron del porche. En el patio donde cayeron, lilas de la India… todavía hoy puede verlas… bajo un cielo cargado de lluvia. Destellos de flores escarlata.



33. Héroe

¿Cuánto tiempo había pasado mirando por la ventana de la casa de Voltaire, sus ojos clavados en la imponente montaña? Arriba, en la cumbre helada, no se veía siquiera la sombra de un cóndor. Sólo el ruso retacón que ascendía obstinadamente la ladera.

Después de que la oscuridad hubo encerrado la casa de Voltaire, bajo una lámpara brillante empezó a componer un poema. En su cabeza emergía la figura del ruso que trepaba la montaña…

Más que nadie tú
respetaste el Decálogo,
más que nadie tú
violaste el Decálogo,
más que nadie tú
amaste a la gente,
más que nadie tú
despreciaste a la gente.
Más que nadie tú
llameaste con ideales,
más que nadie túconociste lo real.
Tú, nacido del Oriente,
locomotora
eléctrica
con olor a hierba.



34. Color

A los treinta años, durante algún tiempo se había enamorado de un baldío. Un lote lleno de musgo, con ladrillos rotos, fragmentos de tejas. Pero en sus ojos, un paisaje de Cézanne.

Recordó sus pasiones de siete u ocho años atrás. Siete u ocho años atrás, se dio cuenta ahora, no había entendido el color.



35. Maniquí

Para que no le importara cuándo moriría, su deseo era vivir una vida intensa. Pero en realidad su vida era una constante deferencia a sus padres adoptivos y a su tía. Esa sumisión formaba tanto la luz como la sombra de su ser. Estudió el maniquí del escaparate de la sastrería, curioso por ver hasta qué punto él se le parecía. Al menos, conscientemente… Su otro yo ya había resuelto la cuestión. En un cuento.



36. Tedio

Con un estudiante universitario caminaba por un campo de altos penachos de hierba.

—Todavía sientes un intenso apetito por la vida, ¿verdad?
—Así es… y también tú…
—Yo no. Sólo el deseo de trabajar.

Así era cómo se sentía. Ya hacía mucho que había perdido todo interés por la vida.

—Pero el deseo de trabajar y el deseo por la vida… ¿no son lo mismo?

Él no respondió. En el campo de penachos de hierba rojiza, un volcán. La feroz montaña despertó en él cierta envidia. Pero no sabía decir por qué…



37. El norteño

Conoció a una mujer que era su par intelectual. Sólo escribiendo poesía, como «El norteño», logró evitar una crisis. Era doloroso, como contemplar la nieve escarchada y centelleante gotear del tronco de un árbol.

Sombrero de junco arremolinado por los vientos,
caído en el camino,
¿a quién le importa mi fama?
La que importa es la tuya.



38. Venganza

Entre árboles en retoño, la veranda de un hotel. Él dibujaba, para entretener a un niño. Hijo único de la loca con la que había cortado relaciones, siete años atrás.

—Tiene algo tuyo, como ves.
—No, nada. En primer lugar…
—¿Qué? Sabes muy bien, ¿no?… lo de la influencia prenatal.

Él se alejó. En silencio. En lo profundo sentía deseos de estrangular a esa mujer. No podía negar que albergaba en él ese cruel impulso…



39. Espejos

Él y su amigo estaban en el rincón de un café, conversando. Su amigo, comiendo una manzana asada, comentaba el frío reciente, etc. Él, en medio de la charla, de pronto advirtió contradicciones.

—Estás soltero todavía, ¿verdad?
—No. Me caso el mes que viene.

No tenía nada más que decir. En las paredes del café, innumerables espejos reflejaban su imagen. Heladamente. Un poco amenazantes…



40. Catecismo

Atacas el sistema social actual, ¿por qué?

Porque veo los males nacidos del capitalismo.

¿Males? Creía que no discriminabas ente el bien y el mal. En ese caso, ¿qué pasa con tu propia vida?

… La discusión era con un ángel. Impecable. Con sombrero de
seda…



41. Enfermedad

Empezó a sufrir insomnio. Sus fuerzas se agotaban. Una cantidad de médicos diagnosticaron su enfermedad… dispepsia ácida, atonía gástrica, pleuresía seca, postración nerviosa, conjuntivitis crónica, fatiga mental…

Pero él conocía la causa de su enfermedad. Era su sentimiento de vergüenza ante sí mismo, mezclada con el miedo a ellos. Ellos… el público que él despreciaba.

En una tarde nublada por nubes de nieve, en el rincón de un café, un cigarro encendido en la boca, sus oídos inclinados hacia la corriente que fluía hacia él desde el gramófono, la música.

Música extraña, penetrante. Esperó que terminara, después fue hasta la máquina para examinar la etiqueta del disco: 'La flauta mágica'… Mozart

Súbitamente comprendió. Después de todo, el infractor del Decálogo Mozart también sufrió. Pero, Mozart nunca… Su cabeza gacha, en silencio. Volvió a su mesa.



42. Risa de los dioses

A los treinta y cinco años, paseando por un bosquecillo de pinos encendido por el sol de primavera. «Los dioses, pobrecitos, a diferencia de nosotros no pueden matarse». Regresaron las palabras de dos, tres años atrás…



43. Noche

Una vez más caía la noche. En la luz penumbrosa, el salvaje mar estallaba en espuma incesante. Él, bajo ese celo, se casaba por segunda vez con su esposa. Era un júbilo. Y una angustia. Sus tres hijos con ellos, observando los relámpagos a lo lejos. Su esposa, abrazando a uno de los niños, conteniendo las lágrimas.

—Ves el barco allá a lo lejos.
—Sí.
—El barco con el mástil partido en dos.



44. Muerte

Bueno era que estuviera durmiendo solo. Ató una faja a la reja de la ventana. Pero al insertar su cuello en el nudo, el terror a la muerte lo arrasó. El miedo, sin embargo, no era a la agonía de la muerte. En el siguiente intento, tenía en la mano un reloj de bolsillo, para medir el tiempo de la estrangulación. Había sólo un instante de sufrimiento, después todo empezaba a embotarse. Si al menos pudiera cruzar al otro lado, entraría en la muerte. Estudió su reloj. El dolor había durado alrededor de un minuto y
veinte segundos. Del otro lado de la ventana enrejada la oscuridad era total. En la oscuridad, desgarrándola, el canto de un gallo.



45. El diván

El diván le daría una nueva vida. Hasta ahora no había conocido al «Goethe oriental». Con una envidia próxima a la desesperación vio a Goethe de pie en la otra costa, más allá del bien y del mal, inmenso. A sus ojos, el poeta Goethe era más grande que el poeta Cristo. El alma del poeta no alberga solamente a la Acrópolis o el Gólgota. En ella también florece la rosa árabe. Si al menos tuviera la fuerza necesaria para seguir a ciegas los pasos del poeta… Terminado El diván, abatida ya la tremenda excitación, sólo quedó desprecio por sí mismo. Un eunuco congénito.



46. Mentiras

El suicidio del marido de su hermana lo aplastó de inmediato. Ahora se le agregaba la responsabilidad de la familia de su hermana. Le parecía que su futuro tenía el gris de la penumbra. Con una mueca distante, sonriendo ante su propio colapso espiritual (plenamente consciente de todos sus vicios y debilidades), siguió leyendo un libro tras otro. Pero hasta las Confesiones de Rousseau estaban repletas de mentiras heroicas. Y peor aún era La vida nueva de Toson… allí encontró un héroe más taimadamente hipócrita que cualquiera. Sólo Villon conmovía su corazón. En su poesía descubrió belleza masculina.

En sus sueños veía a Villon que esperaba ser ahorcado. Cuántas veces, como Villon, él había deseado caer hasta el fondo de la vida. Pero ni sus circunstancias ni su fuerza física lo permitieron. Consumido poco a poco. Como lo había visto Swift. Un árbol pudriéndose, de la copa para abajo.



47. Jugar con fuego

El rostro de ella resplandecía. Era como la luz del sol matinal sobre el hielo. Ella le gustaba. Pero no era amor. Nunca tocó su cuerpo, ni siquiera un dedo.

—Tratas de morirte, ¿verdad?
—Sí… No. No trato de morirme. Pero estoy harto de vivir.

De esta conversación surgió la resolución de morir juntos.

—Lo llamaremos Suicidio Platónico.
—Doble Suicidio Platónico.

Hasta a él mismo su propia calma le resultó maravillosa.



48. Muerte

Él no murió con ella. No haberla tocado nunca era suficiente gratificación. Ella, como si nada hubiera pasado entre ellos, hablaba con él de tanto en tanto. Le entregó su ampolla de cianuro de potasio, diciéndole «Esto debería inspirarnos».

Era cierto, la ampolla le dio seguridad. En su silla de ratán, sentado solo mirando las hojas nuevas del roble pensó en la quietud. En la muerte.



49. Cisne embalsamado

Gastando la poca fuerza que le quedaba, intentó una autobiografía. Era más difícil de lo que había creído. El engreimiento y el escepticismo y el cálculo de ventajas y desventajas no lo abandonaban. Despreciaba ese yo suyo. Al mismo tiempo no podía evitar pensar: «Si quitamos una capa de piel todo el mundo es igual». 'Dichtung und Wahrheit'… el título de ese libro sería adecuado para todas las autobiografías. Pero él también sabía perfectamente que las obras de literatura no conmovían a muchos. Su propia obra sólo podría gustarles a aquellos cuyas vidas estaban próximas a la suya; fuera de esos lectores no tendría otros… Ése era el sentimiento que predominaba en él. Trataría, concisamente, de escribir su propia 'Dichtung und Wahrheit'.

Después de terminar 'Vida de un loco' vio por casualidad en un negocio de segunda mano un cisne embalsamado. Estaba allí con su cuello erguido, sus alas amarillentas, apolillado. Recordando toda su vida, lo embargó un súbito acceso de lágrimas y heladas carcajadas. Frente a él se cernía la locura o el suicidio. En el crepúsculo caminó por la calle solo, decidido, pacientemente, a esperar su destino, la destrucción que lentamente se acercaba.



50. Cautivo

Uno de sus amigos enloqueció. Siempre había sentido hacia él una afinidad peculiar. Debido al aislamiento… porque conocía el aislamiento oculto tras una máscara de alegría y desenfado. Después que su amigo enloqueció, fue a visitarlo dos o tres veces.

—Tú y yo estamos poseídos por un demonio. El demonio 'fin de siècle', eh.

De esas cosas hablaba su amigo, su voz en un susurro. Pero varios días más tarde, se enteró por terceros: su amigo, en camino hacia una fuente termal, había empezado a comer rosas. Después de que su amigo fue internado en un manicomio él recordó el busto de terracota que le había regalado una vez. Era el busto del autor de Inspector general, tan amado por su amigo. Recordando que Gogol también había muerto loco, no pudo evitar sentir que algún poder los controlaba a ambos.

Enfermo y exhausto, leyendo las últimas palabras de Radiguet, escuchó una vez más la risa de los dioses… «Los soldados de Dios vienen a apresarme». Desesperadamente trató de luchar contra su superstición y su sentimentalismo. Pero era físicamente incapaz de llevar adelante la batalla. Era cierto, «el demonio del fin de siglo» seguía atormentándolo. Cómo envidiaba a los de la Edad Media con su fe en Dios. Pero creer en un Dios… creer en el amor de un Dios, era imposible. ¡Ni siquiera en el Dios de Cocteau!



51. Derrota

La mano que empuñaba la pluma había empezado a temblar. Babeaba. Su cabeza sólo tenía alguna claridad después de una dosis de ocho miligramos de Veronal. Y entonces, sólo por media hora o una hora. En esta semioscuridad día a día vivía. El filo mellado, una espada muy delgada como bastón.